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martes, 31 de marzo de 2020

MARYHEN JIMÉNEZ MORALES : SIMPLIFICANDO PERDEMOS


Es comprensible, no siempre queremos respuestas largas o complejas a los desafíos que enfrentamos, tampoco en Venezuela. En gran medida, se consumen mensajes fáciles, cortos, épicos, que confirmen lo que ya intuían antes de leerlos. 


Muchos medios, de hecho, se han dedicado a cultivar «el sensacionalismo» del mensaje y no necesariamente su contenido. Es popular quien comparte una opinión sesgada, cargada de emociones, apoyándose en teorías de conspiración, o un ad hominem; no así quien intenta explicar y desmenuzar fenómenos complejos. La desinformación ha secuestrado la política y también marca la pauta de muchas interacciones sociales.

En la Venezuela de hoy, pudiéramos caer en la tentación de rechazar la reflexión, el debate de ideas, la autocrítica, el análisis histórico del conflicto, entre otras razones, porque vivimos en tiempos de emergencia humanitaria y, ahora, pandemia. ¿Para qué tendríamos que intercambiar ideas o discutir si todo está muy claro? El único responsable de nuestros males es Chávez y el movimiento que él creó. Ya Estados Unidos afirma lo que aparentemente sabíamos desde siempre: los que hoy ejercen el poder en Venezuela son narcotraficantes y terroristas. No hay más nada que discutir, ¿correcto? Sí y no.

Sí, el chavismo acabó con las instituciones democráticas ya golpeadas, destruyó la economía, generó más dolor y más resentimiento, tergiversó nuestra historia, normalizó la violencia, separó a las familias, causó un éxodo nunca visto en la región, condujo al país hacia una emergencia humanitaria compleja. Pudiera seguir enumerando déficits sistémicos, pues la destrucción es casi infinita.

Ahora bien, desde hace algún tiempo se ha impuesto una narrativa simplificadora de nuestra historia y nuestro conflicto. El populismo autoritario parece haber sembrado en tierra fértil y la polarización aparenta ser indomable. En otras palabras, una parte del liderazgo político, influencers o analistas plantean una lectura binaria de la compleja realidad venezolana. Frases como “la lucha del bien contra el mal”, “ellos vs nosotros”, “el único problema de Venezuela es el comunismo”, “quien no apoye a Juan Guaidó es un colaboracionista”, se leen en las redes sociales, pero también se escuchan en conferencias o conversaciones entre paisanos. La reproducción de estas ideas binarias tiene un alcance importante, pues nuestra sociedad está adolorida y agotada. Puede resultar más atractivo en el corto plazo refugiarse en esos mensajes para calmar el dolor que vivimos. Sin duda,»comprar» esas narrativas en una Venezuela, en la cual la tragedia es el día a día, puede ser más tolerable que investigar, indagar o cuestionar. Esa división absolutista de la sociedad en dos polos iguales es excluyente y, por tanto, cierra las posibilidades de un entendimiento plural. Arrinconar, estigmatizar o perseguir bajo el imperativo moral de acabar con “el mal”, no solo es antidemocrático, sino también muy peligroso. La historia universal lo confirma.

Atravesamos tiempos de pandemia, en los cuales el virus no está distinguiendo entre “ricos y pobres”, “liberales y conservadores”, “migrantes y nacionales”, o en nuestro caso, entre “opositores y chavistas”. Precisamente lo que ha demostrado la penetración veloz del covid-19 es que, de una u otra forma, todas las personas nos beneficiamos o padecemos las consecuencias de un mundo globalizado. Vivimos en un mundo interconectado. Y si bien varios movimientos (ultra)conservadores insisten en fortalecer las fronteras, el coronavirus las ha traspasado todas. Somos iguales en nuestra vulnerabilidad y por ello, hoy más que nunca, debemos enfrentarla fortaleciendo la cooperación.

Simplificando la compleja realidad en la que nos desenvolvemos perdemos todas y todos. Los análisis reduccionistas y populistas son, sin duda alguna, seductores, pero no permiten ir más allá del problema que plantean. De esta forma pueden crear estancamiento, grietas, y generan aún más odio. Pensar en el “todo o nada” puede imposibilitar el entendimiento de las partes. Al no insistir -desde ya- en una deliberación plural y con respeto, pudiéramos estar alargando el regreso de la democracia a nuestro país. Disentir no es un pecado, exigir transparencia en el discurso y acciones políticas tampoco lo es. Estas son dos condiciones muy básicas, entre muchas otras, para el funcionamiento de un sistema democrático.

El liderazgo y la ciudadanía están a prueba. Considero que debemos resistir ante la tentación del pensamiento simplista y excluyente, por más difícil que sea. Hemos padecido por más de dos décadas las consecuencias del populismo autoritario, y, con este, la división de nuestra sociedad. En el llamado de Juan Guaidó a conformar un gobierno de emergencia nacional se abre una pequeña ventana para la unión. Insistamos en ella y diferenciémonos así de ese proyecto autoritario que tanto rechazamos.

Maryhen Jiménez Morales 
maryhen.jimenezmorales@politics.ox.ac.uk. 
@maryhenjimenez

viernes, 27 de marzo de 2020

JUAN GUERRERO: LA PESTE VENEZOLANA

La mal llamada gripe española, que se inició en las barracas de los soldados norteamericanos que esperaban embarcar a Europa para la Gran Guerra, llegó a Venezuela a finales de septiembre de 1918.

La devastación que dejó esa pandemia en nuestro país no fue tanto por la enfermedad como por las deplorables condiciones socio sanitarias y de una frágil infraestructura médico asistencial que existía en una palúdica nación sometida por la dictadura de Juan Vicente Gómez.

Pero en realidad la inmensa cantidad de muertes (más de 80 mil fallecidos) que ocasionó la gripe española se debió a las condiciones nutricionales de una población subalimentada, desnutrida y que estaba expuesta a las continuas epidemias de malaria, difteria, y sobre todo tuberculosis.

Las reseñas indican que los muertos se contaban por centenares, en las calles de las ciudades y a la vera de los caminos. Muchos de ellos debieron ser incinerados o sepultados en fosas comunes, como el caso de un espacio que fue habilitado en el cementerio municipal de Caracas, conocido como La Peste.

La censura impuesta por la dictadura desde su inicio ocultó la realidad de la epidemia y no fue sino después que se registraron los primeros casos, cuando designó una junta de médicos para hacerle frente a tan devastadora enfermedad.

Traemos esta historia a colación porque lo que está ocurriendo en la Venezuela del siglo XXI, es, prácticamente, una especie de dejavú tropical, pero recubierto con la sofisticada realidad virtual globalizada de los medios de alta tecnología.

En las pocas ocasiones que he salido de mi casa para hacer colas en procura de gasolina para mi vehículo (que ya no es posible obtener) los comentarios que escuché son insólitos. La gente teme más ir a un hospital que contraer el virus chino del coronavirus. –Y eso por qué?, preguntaba. La respuesta siempre era casi igual. Las precarias condiciones de los hospitales, ambulatorios, dispensarios y los destartalados centros de atención integral (CDI), aunado a la ausencia de medicinas, equipos médicos y hasta útiles para la limpieza, presentan un verdadero cuadro dantesco en todos esos centros sanitarios que los convierten en verdaderos antros donde el riesgo de morir por las llamadas bacterias hospitalarias son una constante realidad.

-No sólo es el riesgo de contraer una bacteria hospitalaria. Me comentaba la doctora en la última cola para la gasolina, que hice la semana pasada (20 de marzo, desde las 3:30 am., hasta la 1:45 pm.) en medio de un sol sofocante que muy posiblemente desintegró –si es que andaba por ahí- al coronavirus. -También son las condiciones nutricionales –continuaba comentando la doctora- por las que atraviesa la población venezolana. La sub alimentación, desnutrición, y sobre todo la proliferación de enfermedades vinculadas con el hambre, como la tuberculosis, o por las condiciones de insalubridad por falta de agua potable en todos los estados del país y que se agrava en las zonas populares, donde los brotes de cólera son constantes. Además, la presencia de la malaria en Venezuela es algo ya endémico y no sólo se observa en las zonas selváticas de sur del país, sino también en ciudades, como Caracas y Maracay.

-Pero dentro de toda esta terrible realidad que padecemos, algo bueno nos ocurre, -me comenta. -La población venezolana, en general, al estar expuesta al ambiente por tener que pasar largo tiempo en colas para buscar comida, agua, gas, o leña para cocinar, a la vez adquiere anticuerpos que le permiten tener defensas naturales.

En Venezuela no es posible obtener cifras certeras por la pandemia del virus chino porque la información oficial está politizada, sesgada y no se corresponde con las tendencias estadísticas del comportamiento mundial de la pandemia.

Por las calles observo que la casi totalidad de quienes estamos fuera de la casa, llevamos mascarilla y respetamos la distancia de un poco más de un metro para evitar la contaminación. La población de los estratos más bajos acata las indicaciones y se mantiene informada por el llamado “comentario vecinal” de quienes traen y llevan chismes de última hora.

Pero es casi imposible que el venezolano esté encerrado en su casa. Lo primordial: más del 85% de la población vive del día a día. Si no sale a la calle a trabajar no puede comer. Así de simple. Además, la urgencia para obtener agua potable para tomar –antes que lavarse las manos- es de vida o muerte. También debe buscar gas o leña para cocinar.

Pero mientras transcurren las horas y los días se acortan los espacios y el virus chino se siente más y más cerca. Poco a poco vienen los comentarios, las noticias sin confirmar pero que dicen que cerca, ya hay dos casos confirmados. Por las redes sociales, -que es lo más creíble- informan que un vecino dio positivo.

Uno siente el virus muy cerca. Se potencia por la incertidumbre, por la censura del régimen, por el temor a quedarte sin gasolina y no poder salir a comprar víveres. Por la arbitrariedad de los paramilitares (colectivos) que ahora están haciendo de las suyas y te matan si te ven por la calle.

En Venezuela las estadísticas oficiales no son confiables. No es posible creer en esos números rojos-rojitos. Tampoco confiar en la medicina cubana que trae un llamado medicamento (interferón) como panacea que lo cura todo. Ya los investigadores lo han refutado e indican que fue desarrollado en Europa en los años ’50. Pero los jerarcas del régimen siguen insistiendo que están preparados y suman miles de camas para primeros auxilios, otras más con equipos de ventilación. Pero el venezolano, en general, prefiere creer en su vecino, quedarse en su casa, atenderse con los remedios de la abuela, de la tradición, como el hacer inhalaciones (vaporizaciones) con agua hirviendo (más de 56 grados) y desintegrar ese bicho.

En Venezuela la realidad es muy particular. Por las condiciones socio sanitarias tan desastrosas, y por el régimen totalitario imperante, que desde hace años nos mantiene encerrados, censurados. Aunque la población sabe que debe respetar las medidas sanitarias –y lo acata- le es muy cuesta arriba cumplirlas. Además, es preferible quedarse en casa y morir dignamente antes de quedar expuesto a la insalubridad, humillación y degradación humana que significa caer en las garras de inescrupulosos jerarcas de un régimen criminal que todo lo politiza y usa a su favor para seguir en el poder a costa de la vida de los más vulnerables.

Juan Guerrero
camilodeasis@hotmail.com
@camilodeasis 

miércoles, 7 de agosto de 2019

JESÚS DELGADO: EL NEGOCIO DE LAS FAKE NEWS. LA TECNOLOGÍA Y SMARTMATIC EN MEDIO DE LA GRIETA - CASO ARGENTINA -

Las elecciones argentinas han estado signadas por acusaciones infundadas de fraude y manipulación electoral por parte de sectores de la oposición, argumentando que la incorporación de tecnología en la transmisión de los telegramas es una ventana para prácticas irregulares.

Este relato, que Leandro Querido ha llamado “la narrativa de fraude entendida como fake news”, no necesita de pruebas, y una vez instalado en la agenda pública, es muy difícil de retrotraer.

Este fenómeno no es particular de Argentina. Recordemos cómo las elecciones presidenciales de Estados Unidos en 2016 dejaron en evidencia la existencia de una industria de desinformación que opera a escala planetaria.

Si bien el término “fake news” parecía un leitmotiv del presidente Trump, cuando era candidato, la verdad es que son muchos los procesos electorales que se han visto empañados por el uso de campañas de desinformación como estrategia política. Latinoamérica no ha estado exenta de este problema. Recientemente la Organización de Estados Americanos (OEA) publicó un informe titulado “Desinformación en Internet en contextos electorales de América Latina y el Caribe” que desnuda esta preocupante realidad.

En este documento, la OEA asegura que “procesos electorales de alta relevancia mundial han estado marcados por la desinformación en la red: desde la elección de Trump, el sorpresivo triunfo del Brexit en Reino Unido y la polémica llegada al poder de Bolsonaro en Brasil, entre otros tantos en el mundo.”

A tres días de las elecciones Primarias, Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO), la Argentina puede estar atravesando su peor momento (des) informativo. El maniqueísmo con el que algunas organizaciones políticas, así como sus militantes y simpatizantes, se aproximan a cada acción política, económica, cultural y social, es un fenómeno conocido desde hace algún tiempo como la grieta. Todo lo que hace el otro está mal, en una dinámica en la que no importa el hecho, sino quién lo hizo. Así, la tecnología -por más beneficios que traiga- siempre estará mal si fue el otro quien la seleccionó.

Esto se evidencia en las denuncias que ha hecho la oposición con respecto a la transmisión de los telegramas. Han señalado que la conversión del formato de .TIFF a PNG (y no a PDF como erróneamente han afirmado) tiene como consecuencia la falta de trazabilidad. Sin embargo, hasta hace unos días, los expertos informáticos de estas agrupaciones, así como de algunas OSC, “ignoraban” que esta conversión también la hacía la empresa que se encargaba de la transmisión en las elecciones anteriores. Sin embargo, en aquel momento, no se presentaron inquietudes, mucho menos acusaciones de manipulación y fraude.

¿Cómo puede ser la desinformación una industria?

Por ilógico que resulte, existe una demanda importante de noticias falsas. La gente tiende a compartir información que refuerza lo que piensa y a creer lo que le dicen las personas en las que confía. Estos sesgos, aunados al poder de las redes sociales para transmitir información entre conocidos, nos ha convertido en prisioneros de “burbujas informativas”.

Al haber una demanda, es lógico que exista una oferta. La súbita transformación del negocio tradicional de la prensa y la aparición en escena de las redes sociales, se unieron para hacer un negocio de la desinformación.

A diferencia de los medios tradicionales, las nuevas plataformas como Google, Facebook y Twitter, donde la gente consume noticias, crean los incentivos económicos para que la desinformación se propague. Según deja entrever la OEA, “para muchos analistas, son las lógicas del diseño de las plataformas –fomentadas para hacer eficientes sus modelos de negocio– los que guardan la clave en el problema de la desinformación”.

El diario inglés The Guardian reveló que Liberty Writers News, una página operada por dos personas desde una casa en San Francisco, genera unos 40 mil dólares mensuales a partir de los anuncios que colocan en sus páginas de Facebook. El compromiso de estos individuos con la verdad es cuestionable; su motivación es netamente financiera. Aprovechándose de Facebook, Twitter, Google Ads y titulares amarillistas, hacen su magia.

Los actores en escena

La facilidad de crear sitios web, blogs y páginas de Facebook, ha facilitado que cualquiera cree un sitio donde alojar noticias. Modelos de negocio, que premian los titulares atractivos pero engañosos, invitaron a los creadores de estos sitios a dejar atrás cualquier compromiso con la verdad, y dedicarse a atraer clics.

Ahora bien, para que una noticia genere dividendos, no basta con ser publicada. Debe ser compartida. Y para ello, es posible encontrar agentes que trafican las ‘fake news’. Según la investigadora Brenda Struminger, cuando se ha publicado una fake news, se “llama a un agente de comunicación y se pone en marcha la ingeniería de trolls y cuentas de reproducción automática. El link circula. Se esparce por muros, timelines y chats. Recibe comentarios y “me gusta”. Resta esperar que “lo levante” algún referente con muchos seguidores o un medio masivo”. La viralización de la noticia determina su efectividad y su precio.

En Argentina, el guion para propagar fake news se siguió tal cual lo explica Struminger: Supuestos expertos electorales dedicados a provocar y desinformar comenzaron a compartir diferentes teorías de fraude. Este tipo de noticias negativas resultan más atractivas y son más fáciles de esparcir por muros, cadenas, etc. Luego, un referente, -entiéndase partidos políticos y candidatos presidenciales- toma este contenido y lo convierte en noticia de los medios tradicionales.

Las fake news atraen a los consumidores, cuentan con canales de distribución muy poderosos, y con personas inescrupulosas que tienen los incentivos financieros para desinformar.

El autor es Director de Desarrollo Institucional de Transparencia Electoral para América latina.

Jesús Delgado Valery
Transparencia Electoral
@TransparenciaAL
@JesusDValery

https://www.lapatilla.com/2019/08/07/jesus-delgado-el-negocio-de-las-fake-news-la-tecnologia-y-smartmatic-en-medio-de-la-grieta/

jueves, 28 de marzo de 2019

TRINO MÁRQUEZ, APAGONES: DESINFORMACIÓN, INEPTITUD Y DESIDIA


La crisis eléctrica muestra de nuevo algunos de los rasgos más persistentes del madurismo: la forma descarada como adultera los hechos, su incapacidad para resolver los problemas que causa y la desidia general con la que actúa frente a cualquier dificultad, especialmente si esta es grave.

            El madurismo jamás informa acerca de lo que ocurre. No proporciona datos que les sirvan a los ciudadanos –ni a los gobernadores y alcaldes- para entender la dimensión y características de los obstáculos que surgen en la vida del país. Lo primero a lo que apela es a la búsqueda de un culpable. Por supuesto que nunca son ellos, a pesar de haber gobernado durante veinte años sin contrapesos institucionales y con las alforjas llenas de petrodólares. Luego de acusar a la oposición, inventan historias rocambolescas. No describen los hechos con cifras confiables, sino que apelan a una larga ristra de adjetivos estereotipados. La responsable de los entuertos siempre es la derecha terrorista y apátrida.

En el caso de la electricidad, este patrón de comportamiento se repite hasta el hastío. Los expertos más connotados del país en esa área venían denunciando desde hace años la posibilidad de la explosión del Sistema Eléctrico Nacional (SEN). La Escuela de Ingeniería Eléctrica de la UCV elaboró un informe detallado y convincente de los hechos ocurridos el 7 de marzo, cuando se produjo el primer mega apagón. Pero, el régimen insiste en adulterar la realidad. Torcerla con el vano propósito de librarse de la responsabilidad.

            El régimen no admite que en 2011 creó el Comando General Eléctrico, pomposo nombre que se le dio a la comisión presidida por Jesse Chacón, conformada por militares y civiles, responsable de anticiparse al actual descalabro. Su labor consistía en contemplar desde los recursos financieros necesarios, hasta la búsqueda del personal profesional capaz de mantener en óptimas condiciones la operatividad del SEN. Nada de esto ocurrió. El dinero se evaporó en la espesa nube de la corrupción.

            La falsificación de los hechos con leyendas absurdas como la del ataque electromagnético, las iguanas gigantescas y otras majaderías parecidas, van acompañadas de una ineptitud que, a pesar de tratarse de los maduristas, desconcierta. El diagnóstico de las fallas del SEN es ampliamente conocido incluso por los mismos técnicos del régimen. 

            En los tres planes de la Nación formulados desde 2001, el mantenimiento y renovación del SEN aparecen subrayados. Venezuela se convertiría en las primeras dos décadas del siglo XXI, en una potencia energética mundial gracias al uso intensivo del petróleo, el gas y las fuentes hídricas. ¿Qué ocurrió en realidad? Que el régimen destruyó Pdvsa, la explotación de gas se pasmó y la generación de energía hidroeléctrica fue aniquilada, al punto que en las últimas semanas hemos vivido el peor descalabro eléctrico en la historia venezolana. Todo sucedió porque fue expulsado el capital humano de las empresas responsables de cada una de esas áreas, no se invirtió en el mantenimiento y renovación de los  equipos y al frente de la conducción de esas áreas se colocaron unos ignorantes cuya lealtad ha sido con el gobierno y el Psuv, no con la nación. La incapacidad para gerenciar industrias complejas, que requieren un uso intensivo de capital y tecnologías de punta, terminó por descalabrar un sector esencial para el desarrollo del país.

            En medio de la catástrofe provocada por los apagones recurrentes, aparece la desidia de los rojos con efectos aún más letales que los acostumbrados. El círculo, más que vicioso, es infernal. Como el régimen invierte toda su energía en negar  su fracaso y da piruetas de saltimbanqui tratando de incriminar a la oposición  en delitos ficticios, descuida lo más importante: atender las penurias de la gente. No aplica planes de contingencia para atender las fallas eléctricas en los hospitales. No se ocupa de los efectos que los trastornos provocan en el transporte público. No habilita programas especiales para cubrir las deficiencias del Metro de Caracas y de los sistemas de transporte en la provincia. No habilita soluciones rápidas para satisfacer la demanda de gasolina. No da ninguna respuesta a los enfermos que padecen enfermedades terminales. No apoya a los trabajadores para que puedan desplazarse a los lugares donde laboran.

            La incompetencia alcanza niveles demenciales en los medios de comunicación públicos. En VVT, canal de ‘todos los venezolanos’, el caos que acompaña a los cortes intempestivos de electricidad, no existe. No figura ni como noticia digna de reportar. Los periodistas de Últimas Noticias, diario convertido en pasquín del régimen, viven en Nardia. 

La extensa red de medios comunicacionales, que debería colocarse al servicio de la orientación clara y oportuna del ciudadano, para que sepa cómo actuar ante la adversidad, se dedica a atacar a la oposición. Maduro suponen que la gente se interesa más por los supuestos culpables, que por los efectos devastadores que los apagones provocan.

            El madurismo, además de inepto, trata con desprecio insolente a la gente.

Trino Márquez 
@trinomarquezc

viernes, 8 de febrero de 2019

ÁNGEL OROPEZA, ¿CÓMO AYUDAR A MADURO?


Se ha avanzado mucho. La estrategia envolvente de acumulación progresiva de presión –internacional, institucional, de organización y de calle– está dando sus frutos. La dictadura se encuentra más débil que nunca, al punto de que solo se mantiene temporalmente sostenida de las manos que en las otras empuñan los fusiles. En estas condiciones, son pocas las opciones que le quedan. Pero le quedan, y esto es lo importante. 

En el plano internacional, sabiendo que las bravatas y amenazas allí no funcionan, y que la posibilidad del chantaje económico se le ha reducido al mínimo, opta por arroparse con la bandera de víctima y llamar a los pocos aliados para intentar un engaño de diálogo que le permita algo de oxígeno. En el plano militar, su esperanza está en que los cuarteles compren el disfraz de la soberanía amenazada, y en sembrar miedo sobre supuestas represalias a sus miembros una vez instaurada la democracia. Dado el curso de los acontecimientos, tales opciones no parecen estar funcionando.

Sin embargo, los dos planos anteriores –el internacional y el militar– cobran mayor viabilidad de incidencia en la medida en que se ven acompañados por un tercer factor, que es un rechazo popular que se visibilice en las calles y haga presencia activa en todos los espacios y rincones del país. Sin esto último, los primeros pueden sufrir una mengua importante en el sustento que les da legitimidad y eficacia política. La dictadura lo sabe, y por eso apunta hacia allá su estrategia de supervivencia. ¿Cómo desmotivar a la gente, cómo desactivar las calles y la presión ciudadana generando la necesaria frustración que las apague?

Lo primero, por supuesto, es reprimir y disuadir con la amenaza de la fuerza bruta. Al momento de escribir esto, ya suman 73 los venezolanos asesinados y 956 los detenidos a raíz del grito de libertad y justicia del 23 de enero pasado. La esperanza de la dictadura es repetir su exitosa estrategia de 2017, cuando la sanguinaria represión fue el factor principal en el agotamiento de las protestas de entonces.

Lo segundo –y en esto el gobierno es demostradamente bueno– es generar campañas mediáticas y digitales que propicien desinformación y confusión. La psicología de las masas ha demostrado cómo el paso previo a la frustración y a la desmotivación que se busca es inundar a los adversarios con informaciones falsas, contradictorias, que produzcan vaivenes afectivos de alegría y tristeza, en una especie de “montaña rusa” emocional difícil de soportar en el tiempo y que suele terminar irremediablemente en desilusión y apaciguamiento. En este esfuerzo se incluye el jugar con el tiempo, para provocar el desgaste de unas expectativas que venden su caída como fácil e inminente.

Y por último, hacer lo que sea para dividir a las fuerzas del cambio. Desde inventarse una elección parlamentaria extemporánea e ilegal, con la esperanza de que algunos acepten participar en ella, hasta propagar los consabidos cuentos de negociaciones de trastienda para intentar renacer el fantasma de la oposición “mala” vs la “buena”, tratando de ocultar que el verdadero enfrentamiento es entre un inmenso país que se cansó de sufrir y una minoría corrupta que se empeña en seguir sometiéndolo por la fuerza.

Una cosa es que vayamos bien, y otra que se haya logrado el objetivo final. Por eso hay que entender la estrategia del enemigo y evitar que la necesaria presión popular disminuya, sino que por el contrario se mantenga y aumente. Para ello, la mejor forma de hacerlo –y al mismo tiempo el reto que se nos presenta– es que la población y sus sectores sociales se organicen en torno a identificar y definir actividades y tareas concretas que les lleven del peligro de convertirse en espectadores pasivos a un papel activo de incidencia política, cada quien dentro de su especificidad y circunstancias particulares, lo cual es clave para mantener la motivación y la presión social creciente.

La mejor forma de ayudar a que la dictadura permanezca es bajar la guardia, y que nuevamente triunfe su estrategia de desmovilización y desesperanza.

Pero como usted, al igual que la inmensa mayoría del país, ya tiene tiempo resistiendo y abogando por un país distinto, la invitación es a que no luche solo. Somos millones en esta cruzada. Si nos acercamos y articulamos esfuerzos en tareas comunes, no solo alejaremos el riesgo de la desmotivación y el desgaste, sino que estaremos transformando en formidable realidad aquello de que un pueblo unido jamás será vencido.

Ángel Oropeza
@AngelOropeza182