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domingo, 10 de mayo de 2020

JOSÉ RAFAEL HERRERA, ¿QUÉ ES ESO DE HISTORICISMO?

“Nadie es mejor que su tiempo, a lo sumo es su propio tiempo”. G. W. F. Hegel

 No resulta tarea fácil la pretensión de poner en duda las capacidades intelectuales de un pensador de la talla de Karl Popper, autor de una Lógica de la investigación científica, con sus criterios de demarcación y su doctrina del “falsacionismo”. Por fortuna, el “principio del orden espontáneo”, que el prestigioso autor compartió desde siempre con Von Hayek, da cuenta de que no siempre lo que es bueno para el pavo es bueno para la pava. Entre austríacos te veréis. De modo que, por ejemplo, si bien La sociedad abierta y sus enemigos es un ensayo que recoge algunas verdades de peso, que permiten dar sustento y justificación al devenir de la democracia occidental, el ensayo sobre la Miseria del historicismo es, a lo sumo, una vergüenza, no solo textual –¡que lo es!–, sino esencialmente contextual. La versión popperiana de la conocida sentencia de Wittgenstein: “Quien sea incapaz de hablar con claridad debe callar hasta poder hacerlo”, se vuelve en contra de su propio autor.

El historicismo, según el punto de vista que de él ha dado Karl Popper, es una concepción cuasi mística, plena de palabras infladas y pretensiosas sin mayor significado, que pretende profetizar cuál es el origen y cuál será el fin de la historia universal. Según el filósofo austríaco, existen dos tendencias o tipos de historicismo: los “anticientíficos” y los “procientíficos”. Los primeros están cargados de un esencialismo totalizante, holístico, místico-religioso, si se quiere, que niega de plano el incuestionable triunfo de las ciencias físico-matemáticas y de la metodología de la investigación científica en el abordaje de los procesos políticos y sociales, que los historicistas pretenden sustituir con la intuición y el “esencialismo” que emana de la “comprensión vivencial” de las realidades históricas. La segunda, parte de lo que apenas es una tendencia conceptual –una hipótesis– y termina presentándola como un postulado conclusivo, como una “ley inexorable y universal” de la historia. En todo caso, en ambas tendencias se presentan los mismos defectos: creen que las fuerzas ocultas de la historia determinan las acciones humanas y que el conocimiento del pasado permite prever el futuro. Y es así como tales creencias son convertidas en leyes, en mandatos supremos. Es por eso que para Popper el historicismo es miserable, porque termina siendo el gran causante de la justificación de los peores totalitarismos padecidos por la humanidad. He aquí la lista negra de los “rufianes”, de “los más buscados” por mister Popper: Platón, Aristóteles, Hegel y Marx.

El entusiasmo con esta versión popperiana del historicismo tuvo un éxito formidable entre no pocos científicos de la política y la sociedad, particularmente entre los años setenta y ochenta, una época marcada, como se sabe, por la progresiva “muerte de las ideologías” y el advenimiento de los adioses a las viejas convicciones de unos cuantos ex camaradas que, en el fondo, nunca lograron tramontar, a pesar de sus muy sinceros y denodados esfuerzos, el más allá de la tercera página de la Fenomenología de Hegel o de los dos primeros párrafos de la Dialéctica negativa de Adorno. La era de las grandes ideologías y, con ella, de las complicaciones argumentativas –es decir, ”dialécticas”– en el horizonte de la comprensión histórica, había –¡por fortuna!– culminado, y ahora el vasto territorio del sentido común quedaba libre a sus anchas para poder cumplir el anhelado retorno a esas pequeñas satisfacciones de la vida, al fruto de las cosas más elementales –pero dulces–, en el que los viejos resabios de la abuela, el chinchorreo, la sabiduría popular, la buena cerveza y la metodología de las ciencias sociales se confunden y hermanan en un abrazo. Se trataba, finalmente, de dar “el salto del aguilucho” y de transmutar los rigurosos acordes de la Quinta sinfonía de Mahler por los cálidos compases del “Chiquitita” de Abba o el “Lady” de Kenny Rogers.

Lo cierto es que ningún historicista, plenamente consciente de serlo, puede permitirse el toupet de ser juzgado ni como un profeta del pasado o del futuro ni como un amante de los totalitarismos, según la ligereza de ignorantes y prejuiciosos, entregados a los brazos del entendimiento reflexivo. Más aún, ningún historicista, por respeto a sus propias consideraciones, podría llegar a argumentar la mamarrachada de representarse el porvenir como la predeterminada conclusión de “lo que pasó ayer”, y menos aún de concebir que “son los hechos” los que, por sí mismos, “tejen una cadena de eslabones inseparables”, fabricados con el material de los errores que, cual espantos, persiguen y se empeñan en acorralar a la humanidad.

El señor Popper ha sido, sobre todo, un severo y respetable crítico de los dogmas y los esquematismos, en cuanto al estudio de las “ciencias duras” se refiere. Pero la subordinación que hace en sus obras del saber histórico al uso y abuso –como solía afirmar Federico Riu– de sus intereses políticos inmediatos lo transforma en el peor de los fanáticos, capaz de representarse a Platón o a Hegel como los antecesores de Mussolini o de Hitler y a Stalin como el más legítimo heredero de Marx. Por ese camino, el general Pérez Arcay o el taimado Luis Miquilena –los primeros mentores de Chávez– terminarían siendo calificados como supremos historicistas convencidos, por más aventurado y temerario que resulte afirmar que sus vidas estuvieron consagradas a la lectura de –por lo menos– una sola página de la obra de Hegel, prestos, como en efecto, al servicio de la verdad y la libertad.

Claro que Popper tenía sus méritos. Eso es innegable. Pero no así sus repetidores de oficio. Afirmar que historicismo significa esa “manía de que los fenómenos son producto inevitable de las condiciones y de fuerzas históricas indetenibles”, además de mal escrito, sería como afirmar que el gran descubrimiento de Arquímedes consistió en inventar el jacuzzi y que Newton se hizo un nombre con la invención de los ordenadores Apple. Todo lo contrario, es el hombre, al decir de Marx, quien permite comprender la anatomía del mono, no la del mono al hombre. Ni son las “fuerzas históricas indetenibles” las que predestinan a la humanidad, sino que es la humanidad la que, con sus errores y virtudes, sus aciertos y desaciertos, se va labrando su propio destino en la historia. Es más, las tales “fuerzas” de la historia no son más que la objetivación de la propia acción de los hombres. Y es que tales “fuerzas” son, al decir de Vico, de “factura humana”, porque justo donde termina la creación de los hombres comienza la objetividad. Y a la inversa. Verum et factum convertuntur. Tampoco el historicismo se preocupa por pretender definir el futuro de la historia, porque su preocupación se centra en el presente y lo real. De hecho, como dice Hegel, la filosofía es el propio tiempo aprehendido con el pensamiento.

En el presente, y a diferencia de los férreos años de la dictadura neopositivista sobre el pensamiento libre, la vulgata de los esquematismos –tesis, antítesis y síntesis incluidas– contra el historicismo filosófico ha sido desechada por fraudulenta. Todo lector contemporáneo sabe bien que Hegel nada tenía ni de prusiano ni de totalitario y que entre Marx y el marxismo se alza, por cierto, una inmensa barrera, un auténtico “criterio de demarcación”. Y no se diga más de Platón y Aristóteles, por respeto a la inteligencia. Quizá una buena actualización contribuya a desechar los viejos prejuicios de otros años en unos cuantos y hasta contribuya a despistar los síntomas de la peligrosa peste de la mediocridad.

José Rafael Herrera, 
jrherreraucv2000@gmail.com
@jrherreraucv

viernes, 5 de abril de 2019

JOSÉ RAFAEL HERRERA, LAS TINIEBLAS


No fueron siete las plagas que, por intermediación de Moisés, el mismísimo Dios le infligiera a los egipcios, con el propósito de que el faraón liberara y permitiera el éxodo del pueblo hebreo. Fueron diez en total, a pesar de lo que el sentido común suele asegurar invariablemente, bajo la forma del adagio popular: “A ese pobre país le han caído las siete plagas de Egipto”, se dice en la actualidad, casi siempre haciendo referencia a Venezuela, una ex nación que, hasta la llegada al poder del llamado chavismo, gozaba de la mayor pujanza económica y de una envidiable estabilidad política y social, con un desarrollo cultural y educativo de los más altos en la región, amén de su privilegiada situación geográfica, del encanto de sus paisajes y de sus incalculables riquezas naturales. En 1498, al llegar a suelo venezolano, Cristóbal Colón la bautizó como “Tierra de gracia”. Y, en efecto, hasta hace veinte años, y desde que las plagas del cartel chavista –literalmente– la devoraran, Venezuela era considerada por el mundo como Il più bel segreto dei caraibi.

El verbo apercibir es un verbo transitivo. Significa hacer saber a alguien las sanciones a las cuales se expone. En derecho procesal se habla de apercibir cuando un juez emite una comunicación a alguna de las partes implicadas en un proceso judicial para advertirla de las consecuencias que acarrearía su incumplimiento. Se trata de una advertencia, un llamado de atención, un exhorto, que se hace a la luz de la conciencia. Los verbos transitivos expresan la acción –precisamente, el tránsito– del sujeto sobre su predicado, es decir, sobre su objeto. Es por eso que Kant define la apercepción trascendental como el tránsito –el “lazo”, dice Kant– que posibilita la unidad del sujeto y del objeto. Ese “lazo”, ese actus, es el movimiento de la conciencia consciente de sí misma, de la autoconciencia, el “Yo pienso que debe poder acompañar todas mis representaciones”, la unidad de la sustancia con el sujeto. Una de las páginas más sublimes de la filosofía kantiana.

Según el segundo libro del Pentateuco, que lleva por título Éxodo, Moisés, en nombre de Dios, apercibe al faraón para que libere al pueblo judío. De no hacerlo, Dios iría sucesivamente aumentando las sanciones con grandes pestes contra los dominios del faraón. El lector avisado se encuentra ahora, mutatis mutandi, en pleno cese de la usurpación. Y, en efecto, la primera de aquellas plagas fue la transformación del agua en sangre, a la que, ante la persistente soberbia del faraón, seguirían la de las ranas, los piojos, las moscas, el exterminio del ganado, las úlceras en la piel, la lluvia de granizo y fuego, las langostas y, las dos últimas: la llegada de una tiniebla tan densa que podía sentirse su presencia física, y, finalmente, el arribo del “ángel exterminador”, que acabaría con la vida del hijo primogénito del faraón, el heredero del dios Horus, el galáctico. Como podrá observarse, todas las opciones estaban sobre la mesa del apercibiente. El resto es historia conocida. El mar se abrió y el pueblo judío conquistó la libertad y reconstruyó su nación.

Todo en Venezuela ha sido deliberadamente puesto al revés. El país que fue es, ahora mismo, ruina circular, laberinto de espejos, precipicio en reverso sin fondo visible: un “mundo invertido”. Mientras lo que va quedando de país productivo usa la cabeza para caminar, quienes usurpan el poder político usan los pies para pensar. Los fanatismos son asunto de cuidado. Por lo general, invocan pomposos ideales que conducen directamente al callejón sin salida de los más bajos y perversos apasionamientos, en manos de la inescrupulosa canalla. De la luz sólo quedan sombras, de las aguas solo sed y pestilencias, del alimento excremento, de la paz la guerra, del moralismo la corrupción, del justicialismo el crimen organizado, del purismo de la verdad el engaño, del triunfalismo la derrota, del comunitarismo la egolatría, del instruccionismo la incompetencia. El Estado se ha hecho negocio privado y los negocios privados asunto de Estado. Entretanto, los mercenarios asumen la función de las langostas, de los sapos, de los piojos, de las moscas. La “Venezuela potencia” ha terminado en la más miserable, triste e impotente de las Venezuelas históricamente existentes. Tiembla, y hay fuego y granizo. Una desgracia. Creencia y entendimiento se contraen y dilatan, proyectan su reciprocidad, hasta hacerse espejismos, ficciones, el uno del otro, mientras van trastocando sus roles de continuo para poner siempre de nuevo en evidencia su correspondiente –correlativa– bancarrota. Las manos del entendimiento abstracto están teñidas de la sangre de las víctimas que brota del manantial de los fanatismos. 

Quizá la peor de todas las plagas, la que ha dejado las mayores secuelas y, al mismo tiempo, las renovadas premisas que retroalimentan la viscosidad de su eterno retorno, haya sido la de las tinieblas que va dejando a su paso el populismo, esa vil enfermedad que puede palparse en cada niño que fallece de inanición, en el rostro de las madres que van perdiendo a sus hijos, en la angustia y la desesperación del día a día para poder sobrellevar el peso de una vida que hace tiempo dejó de serlo. Es tan tragicómico el populismo en Venezuela que no ha necesitado ni de los castigos de Dios ni de las apercepciones de Moisés: ellos mismos han hundido al país en terribles plagas. El populismo chavista es la muleta de quien hipoteca su voluntad para que alguien –el “gran líder”–, a quien considera mejor que él, la dirija a su antojo. Es el padre que, de vez en cuando, pone la electricidad o el agua, envía la cajita de alimentos, desprecia la educación y la cultura, asfixia las universidades y el desarrollo del saber, otorga una generosa pensión para poder comprar menos de seis huevos al mes y permite el ingreso del enfermo a un hospital sin recursos para que pueda morir “en paz”. El populismo es la negación de la luz del conocimiento y de la libertad, ese que deja la puerta abierta al gran negocio del narcotráfico, que corrompe el cuerpo y el espíritu de la sociedad hasta los tuétanos. Y cuando la incompetencia y el rentismo parasitario comienzan a dar sus primeros frutos, cuando todo falla y nada alcanza, entonces inicia la retórica de la expiación. Surgen las iguanas, los francotiradores, los ataques electro-magnéticos, la “guerra económica”, los “enemigos del pueblo”. El “pueblo”, ese vasallaje de los narcotraficantes. Venezuela como nación no es más que la triste fachada de la Cuba castrista. Es una satrapía. La enfermedad populista ha colocado las premisas. Y cuando todo se ha invertido, la apercepción ya no es la premisa sino el resultado de las tinieblas.   

José Rafael Herrera