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domingo, 12 de julio de 2020

CARLOS RAÚL HERNÁNDEZ, EL DISCRETO ENCANTO DEL POPULISMO

El populismo y otros colectivismos, son exitosas trituradoras de la vida cotidiana, la posibilidad de que la gente gane el sustento y para convertir sociedades en derrelictos. Lo asombroso es que aún hoy, después del siglo de sarcomas populistas y revolucionarios, en casi todas partes, grupos ilustrados sigan sin entender esta dolorosa verdad. 

Hasta pasada la segunda mitad del siglo XX, la literatura latinoamericana clásica sobre sus orígenes, proviene de los pequeños grupos comunistas, que odiaban el populismo porque ganó muchedumbres, mientras ellos no eran más que pequeñas sectas herméticas, de jerga abstrusa a oídos de obreros, oficinistas o campesinos (los éxitos soviéticos, el marxismo, la plusvalía, la grandeza de Stalin, Lenin, Mao, el heroísmo comunista en la guerra, la revolución mundial).

Los patriarcas populistas Getulio Vargas en Brasil y Juan Domingo Perón carecen de “proyecto de sociedad”, su discurso no es clasista, pero si severo e “inclusivo”, anti imperialistas, pero no pro soviéticos sino nacionalistas, no aspiran construir estados socialistas ni abolir la propiedad privada. Solo “meterla en cintura”. 

No fusilan, pero “castigan el egoísmo” para “hacer el bien a todos”, y “distribuir la riqueza con justicia” (Perón llamó su ideología “justicialismo”). No aniquilan la libertad de expresión, pero crean sus propias maquinarias comunicacionales y acosan la prensa libre. Justifican sus desafueros en grandes movilizaciones populares y no son estados policiales al estilo soviético o cubano, pero le dan palo a los opositores “cuando lo necesitan”.

Potencia mundial del mundo

El balance social y económico es demoledor. Argentina a la llegada de Perón era la segunda potencia mundial del mundo al decir de Cantinflas. Granero universal, suministrador de proteínas a Estados Unidos y Europa en la guerra y después a la destruida economía europea que se recuperaba con dificultades gracias al Plan Marshall y al FMI (el primer crédito de este recién creado organismo fue precisamente para la miserable Inglaterra, cuya moneda, la libra, no era internacionalmente transable (como el bolívar de hoy).

Salvo Alemania, Europa arranca después de la guerra con gobiernos estatizantes no tan moderados que atrofiaron su crecimiento económico. En los años 70, el ingreso per cápita de Venezuela era varias veces mayor que los de Italia, España, Portugal, Grecia, Inglaterra e incluso Francia, por dejarlo ahí. Es solo en los años 80 cuando sus líderes entienden la necesidad de introducir elementos de mercado y liberalizar relativamente las economías.

Dijimos que la bipolaridad de posguerra era entre EEUU y Argentina, más Perón y Santa Evita (la única mujer, según conozco, violada después de muerta) se encargaron que quebrar su país, arruinar los productores, y sumirlo en un purgatorio subdesarrollado del que no logran salir nunca. Por fortuna el esplendor pre-peronista edificó una majestuosa Buenos Aires que aún hoy tiene el efecto similar a cuando alguien se consigue en Ginebra a Sofía Loren, cuya elegancia recuerda aquella venus neorrealista de Matrimonio a la italiana (De Sica,1964).

Vargas terminó suicidado dramáticamente en una emisora radial en la que reconoció su fracaso y culpó naturalmente a los brasileros. Después de las plagas socialistas, estatistas y populistas, incluida la mismísima nuestra en plena explosión de la riqueza petrolera, en Venezuela del siglo XXI, la gente come basura, y decepciona que se quiera barajar la responsabilidad de su demiurgo, Hugo Chávez. Como a Perón, la extraviada ideología de Chávez lo dedicó a extenuar los empresarios “capitalistas” que “financiaban la oposición”.

Matrimonio a la argentina

A su final redujo a la mitad el número de empresas productivas, con la precámbrica idea de sustituir el empleo por subsidios, “misiones”, ya que, según consejo de Fidel Castro, el petro Estado lo permitía. Al suprimir los empresarios, creadores de empleo y de bienes, aunque suelen caer mal, se podía vivir de la capacidad para importar solo mientras hubiera ingreso petrolero, como cualquier hijo de vecina podía prever. A diferencia, los nórdicos crearon con los petrodólares excedentes, el Fondo Noruego, con billones de dólares ahorrados para la seguridad de la ciudadanía. 

Como la tercera petrolera mundial de aquella época, Pdvsa, era “elitista”, “tecnocrática”, la convirtió con Ramírez en un templete democrático “rojo rojito”, hoy en ruinas. No solo devoró como Pantagruel dos billones de dólares en ingresos petroleros, sino que multiplicó la deuda externa y la de Pdvsa hasta descapitalizarla. Cadivi hizo de todo venezolano un efímero millonario, enriqueció verdaderos y falsos importadores y ramificadas roscas de “raspa cupo”, asesorado por Malavoglia Giordani. 

Así aseguró, como todo populista, ganar decenas de elecciones, “entre el amor su pueblo”. Invocarlo como un benefactor porque hizo vivir al país una orgía de dólares que sembró el hambre de hoy, es un error que amenaza lo que está planteado para una recuperación futura. Tal vez querrán que se haga lo mismo. Si los que tienen que aprender y entender para la reconstrucción no cumplen su trabajo, no saldremos jamás de la autopista del sur, directamente no ya a Buenos Aires, sino a la Antártida. 

Carlos Raul Hernandez
carlosraulhernandez@gmail.com
@CarlosRaulHer
@ElUniversal

domingo, 5 de julio de 2020

ALVARO VARGAS LLOSA, SIMÓN BOLÍVAR, EL CAUDILLO, EL POPULISMO Y LA DEMOCRACIA

Hace diez años, escribí un libro titulado “Manual del perfecto idiota latinoamericano” con el escritor colombiano Plinio A. Mendoza y el escritor cubano Carlos A. Montaner. A menudo nos han preguntado cómo logramos ponernos de acuerdo en cada frase. Lo cierto es que no lo hicimos. Tuvimos importantes desavenencias. Como colombiano, Plinio era un gran admirador de Simón Bolívar, el héroe venezolano que liberó a su nación de España a comienzos del siglo diecinueve. Como persona oriunda del Perú, yo sentía recelos ante el hombre que había asumido el título de dictador del país donde nací. En un momento dado, la discusión sobre Bolívar se tornó tan severa que parecía que tendríamos que desistir del capítulo sobre el nacionalismo, en el cual Bolívar--un hombre menudo que bebía poco, bailaba como un dios, jamás fumó, tenía predilección por la hamaca, era un erotómano incurable y apenas empleaba el benigno "carajo" como palabrota--era una figura central. Pero sin ese capítulo, no había libro. Al final, ambos hicimos concesiones para salvarlo.

Este es el tipo de pasiones que Bolívar, el libertador de cinco países sudamericanos (seis si se toma en cuenta a Panamá, que formaba parte de Colombia) sigue despertando. Ni siquiera dos sudamericanos de ideas afines son capaces de coincidir respecto de si fue un gran padre fundador que se adelantó a su época o una de las razones por las cuales América del Sur, dos siglos después de la independencia, vive todavía una infancia política y económica. Mi propia opinión de él se ha vuelto ligeramente más benigna, aunque insisto en que el Libertador fue, además de una fuerza de la naturaleza en términos militares, un déspota peligroso que no comprendía que la mejor manera de evitar aquello que temía--el faccionalismo y la sublevación étnica y clasista contra la elite criolla--era el Estado de Derecho y no un caudillismo ilustrado y autoritario.

La nueva biografía de Bolívar de John Lynch es comprensiva con su personaje--más comprensiva, creo yo, de lo que se justifica por la evidencia que ella misma presenta; pero está impecablemente investigada, es excepcionalmente honesta y genuinamente equilibrada, y está muy bien escrita. La conclusión general a la que nos lleva Lynch es que los fracasos de Bolivar se debieron a factores ajenos a su control, que la gesta del líder de la independencia fue víctima de los tiempos que le tocaron vivir. No estoy tan seguro de esto. Aún cuando superaba a sus pares en muchos aspectos y fue el indiscutible arquitecto del fin de la era colonial, Bolívar personifica el pecado original de las repúblicas latinoamericanas: elitismo, autoritarismo y una pasión sin parangón por lo que denominamos ingeniería social. Bolívar, quien comenzó a luchar por la independencia en 1810 y murió en 1830 solitario, repudiado por las naciones a las que había liberado y desgobernado, fue un mejor imitador de Napoleón que de las instituciones británicas a las que tanto admiraba, un líder en quien el instinto militar ansioso de gloria y orden y el instinto civil favorable a las instituciones de largo plazo convivían en desigual proporción, de modo que el primero doblegó al segundo.

Bolívar fue ciertamente mucho “mejor” caudillo que los demás: más estratégico, visionario, instruido. Pero ocupa un sitial en los anales del caudillismo de América Latina, y el caudillismo es todavía el corazón del problema latinoamericano. Bolívar habría merecido más consideración si hubiese fracasado intentando establecer repúblicas liberales, promoviendo la movilidad social y propiciando la integración desde abajo, en lugar de concentrar el poder en nombre del orden social y dedicar su tiempo a grandiosos -y verticales- proyectos de integración supranacional entre precarios estados sudamericanos forjados sobre sociedades altamente estratificadas.

No hay duda de que Bolívar fue un genio militar, pese a su escasa preparación. Viajó unos 120.000 kilómetros (más que Colón o Vasco da Gama) a través de picos y valles, aprendiendo de sus derrotas, siempre contraatacando, reclutando soldados y reuniendo recursos como fuera posible, explotando las debilidades de sus enemigos y empleando la velocidad para doblegar a fuerzas superiores. Tras dos tentativas fallidas --en 1810 y 1813-- de establecer una república venezolana independiente, regresó de su exilio en Haití en diciembre de 1816 para intentarlo de nuevo. Hacia finales de 1819, Bolívar había liberado a Venezuela y Colombia (por entonces llamada Nueva Granada) y creado una república que comprendía a esos dos países más Ecuador, que todavía se encontraba en manos españolas. En 1822, liberó a Ecuador, eclipsando a José de San Martín, que había liberado a Argentina y Chile, declarado independiente a Perú y puesto los ojos en Guayaquil. En 1824, Bolívar siguió adelante para completar la liberación de Perú antes de sellar la independencia de Bolivia el siguiente año.

La audacia estratégica de Bolívar, combinada con un talento para escoger buenos generales --como Francisco de Paula Santander y especialmente Antonio José de Sucre-- hicieron de él un dirigente irresistible. Como líder militar, tenía fuego en el estómago: él mismo habló del “demonio de la guerra” que lo consumía y de su determinación por ganar de cualquier forma. Pero, por desgracia, el genio militar fue un utópico político y, por ende, un fracaso. Sus grandes designios terminaron en lágrimas. Hacia 1830, Colombia, Perú y Ecuador se habían separado; su intento por crear una confederación andina terminó en una guerra entre varias naciones; y el congreso de Panamá que concibió como el primer paso hacia una federación que abarcase a todo el hemisferio y coordinase la política exterior y resolviese disputas regionales colapsó casi tan pronto como fue inaugurado en 1826.

Pero el “fracaso” de Bolívar no es el problema. Los defensores de Bolívar celebran, más bien, el hecho de que fracasara tratando de unir a América del Sur porque esa derrota hace de él un mártir y convierte a sus enemigos en una versión precoz de la conspiración reaccionaria del siglo veinte contra la revolución progresista. El verdadero problema de Bolívar reside en algunas de sus grandes metas y en su comportamiento político.

Lynch admite que el sueño bolivariano de unir a los distintos países era "ilusorio", pues subestimaba el poder del faccionalismo; pero justifica el esfuerzo de Bolívar por ser un líder supranacional basándose en las necesidades políticas de la hora. "Entendió que la liberación de Venezuela y Nueva Granada no podría ser alcanzada por separado, teniendo en cuenta la capacidad de España para explotar la línea divisoria ...," escribe Lynch. "Un frente unificado tenía entonces que ser protegido contra la contrarrevolución española desde el sur y por lo tanto Ecuador tenía que ser conquistado e incorporado a la unión". Es una interpretación benevolente. Bolívar era un hombre en busca de gloria (dijo que odiaba gobernar tanto como amaba la gloria) con pasión por los asuntos militares que aborrecía la administración y que por tanto desatendió los asuntos de Estado, dejándoselos a sus vicepresidentes para poder continuar con sus aventuras militares. Después de convertirse en presidente de la república de Colombia (conformada por Venezuela, Nueva Granada y buena parte de Ecuador), dejó a cargo a su vicepresidente y no regresó durante cinco años. En ese tiempo, exasperó al gobierno colombiano con constantes solicitudes de dinero del que éste ya no disponía para financiar sus campañas. En medio de esas campañas, se las arregló para enviar cartas dando su opinión sobre toda clase de cuestiones políticas y administrativas de las que se encontraba muy lejos.

En su "Manifiesto de Cartagena", en 1812, Bolívar había hablado de "repúblicas etéreas " en las que las instituciones son edificadas, tal como nos lo recuerda Lynch, sobre "principios abstractos y racionalistas muy alejados de la realidad concreta y de las necesidades de tiempo y lugar". Murió en diciembre de 1830, quebrado y desterrado de su país de origen, refugiado, irónicamente, en la casa de un adinerado español en el norte de Colombia, después de que una serie de rivales políticos explotaran su intento fallido de hacer que la nueva constitución reflejase sus propios intereses políticos y de su efímera asunción de poderes dictatoriales. Para entonces, el legado institucional de Bolívar era precisamente eso: etéreo, alejado de la realidad, una hoja de parra que encubría la autoridad del dictador. "Bolívar no era por naturaleza un dictador", sostiene Lynch, "y no buscaba el poder absoluto como estado permanente". Esto también suena excesivamente benévolo respecto de un hombre que asumió poderes dictatoriales en Caracas en 1813, en Angostura en 1817, en Lima en 1824 y, finalmente, en Bogotá en 1828 después de que fracasara su intento por reformar la constitución de Colombia adoptada en 1821. (Puede discutirse, en cambio, si asumió o no facultades autoritarias en Bolivia durante un muy breve periodo en 1825).

Lynch sugiere que "criticar a Bolívar ... por no ser un demócrata liberal en vez de un conservador absolutista implica dejar las condiciones fuera del argumento". Agrega que de Bolívar "no podía esperarse que consiguiese generar un orden completamente nuevo en la sociedad y la economía dado que éstas estaban fundadas en base a condiciones de largo plazo enraizadas en la historia, el contexto y el pueblo, y no podían ser desafiadas fácilmente por la mera legislación". Una cuestión significativa parece haber quedado de lado aquí: Bolívar no intentó realmente establecer un Estado de Derecho. Sus acciones contribuyeron a ese "caos" general del cual Lynch considera que fue víctima.

Consulté la opinión del historiador Elías Pino Iturrieta, una de las autoridades más respetadas de Venezuela con respecto a Bolívar. Bolívar fue “un aristrócrata bien informado de las tendencias liberales”, me dijo, “pero distanciado del pueblo en términos abismales”. En su carta de Jamaica, en 1815 -explica el historiador-, Bolívar habló de "un nuevo género humano" destinado a ser libre, pero incluía solamente a los aristócratas. Mantuvo esta postura hasta su discurso ante el congreso de Angostura en 1819, cuando confesó su republicanismo y habló de ciudadanía. Mas luego insistió en que los candidatos a la ciudadanía eran ineptos debido a la cultura española. A eso se debe que desease un senado hereditario y un "poder moral" (una cuarta rama gubernativa) cuyo objetivo fuese hacer que los criollos blancos enseñasen virtudes sociales al resto. Aunque sus ideas no eran compartidas por las elites liberales, intentó una reforma institucional que lo hubiese convertido en el "padre de familia" en torno a quien habría girado el destino de la sociedad.

Cuando Bolívar regresó a Colombia tras su largo periplo por Ecuador, Perú, y Bolivia, intentó cambiar la constitución e introducir elementos autoritarios como la presidencia vitalicia y la senaduría hereditaria. Coqueteó también con la idea de coronarse rey. Al final no lo hizo y merece admiración por haber contenido las ínfulas de sus simpatizantes. Pero hay prueba escrita--y Lynch hace referencia a ella— que indica que no era del todo reacio a la idea monárquica (en este aspecto, como en muchos otros, no debe ser comparado con George Washington) y que permitió a los monárquicos considerarla durante demasiado tiempo, fomentando por consiguiente pasiones enardecidas.

José García Hamilton, un estudioso argentino de Bolívar, considera que el Libertador fue consistentemente dictatorial: “En su carta desde Jamaica (1815) y en la Convención Constituyente de Angostura (1819), Bolívar postula un sistema político con presidente vitalicio, una cámara de senadores hereditarios integrada por los generales de la independencia...La Convención de Angostura no aprueba este sistema para Venezuela ni tampoco la aprueba para Nueva Granada la siguiente convención de Cúcuta, pero luego Bolívar, en la flamante Bolivia, redacta personalmente una constitución con esas características, que luego es aprobada para el Perú. Luego pretende que ese sistema se extienda a la Gran Colombia, pero Santander rechaza que esa sanción se haga mediante atas populares, por no ser un procedimiento legal. “No será legal”, contesta Bolívar, “pero es popular y por lo tanto propio de una república eminentemente democrática”.

Hay algo de cierto en la afirmación de García Hamilton de que Bolívar "fue el creador del populismo militar en América Latina, al cual Santander en Bogotá y Bernardino Rivadavia [el presidente de Argentina] en Buenos Aires se oponían". Agregaría que Bolívar menospreciaba a los caudillos y caciques locales que se interponían en su camino solamente cuando éstos no satisfacían sus propósitos. De lo contrario, estaba feliz de ser su aliado. El propio Lynch señala que en 1821 Bolívar "emitió un decreto que en efecto institucionalizaba el caudillismo" mediante el establecimiento de dos regiones político-militares, una al este y la otra al oeste, controladas por dos caudillos que más tarde lo atormentaron a él y al país. Ambos usurparon grandes extensiones de tierra y crearon virtuales dictaduras en sus respectivos feudos.

Bolívar entendía bien las realidades políticas de su época. Arremeter contra todos los caudillos y caciques locales no era una opción. Pero muy a menudo les hizo concesiones que iban más allá de lo que la necesidad política exigía. Hacia el final de su vida, Bolívar se alió con José Antonio Páez, uno de los caudillos a los que había legitimado en 1821, contra los esfuerzos de Santander por institucionalizar la república de Colombia. Santander tenía muchos defectos, pero estaba apuntando en la dirección correcta; Páez era un típico caudillo.

Otros historiadores tienden a coincidir con el tipo de argumento que brinda Lynch en apoyo de los esfuerzos políticos de Bolívar. La historiadora venezolana Inés Quintero me dijo que “su fracaso político se debe a la complejidad de las contradicciones que desató el proceso de independencia. No creo que la dimensión y envergadura de los conflictos que se originaron con la independencia podían ser atendidos ni resueltos de inmediato. Bolívar era un ilustrado con todo lo bueno y lo malo de la Ilustración”.

Pienso que Bolívar agravó en vez de contener esas fuerzas anárquicas y violentas desencadenadas por la lucha independentista. Estaba obsesionado con evitar la pardocracia --una revolución de los mestizos, pardos y negros contra las elites blancas que siguieron gobernando tras la independencia. Siempre había sido consciente de esta división social y de la desventaja numérica de su raza y su clase en una sociedad en la que los negros, mestizos e indios constituían tres cuartas partes de la población. La rebelión de José Tomás Boves y sus sanguinarios llaneros en las llanuras de Venezuela en 1814 —causa del colapso de la segunda república independiente— dejó una marca profunda en Bolívar.

Vivía también obsedido por la revolución haitiana. Dessalines, el ex esclavo, había decapitado a todos los blancos que se interpusieron en su camino antes de ser asesinado en 1806; una guerra civil había producido luego un régimen despótico en el norte y uno más moderado en el sur. Bolívar hablaba en distintas ocasiones acerca de su temor a que una guerra de colores pudiese destruir la república. La obsesión con la prevención de la pardocracia en Venezuela se volvió la fuerza impulsora de todo lo que Bolívar hizo militar y políticamente, incluyendo la decisión de combatir en otros países después de la independencia del suyo, la ejecución de ex lugartenientes como Manuel Piar, su alianza con caudillos locales como Páez y, fundamentalmente, la concentración de excesivas facultades en sus propias manos.

La biografía de Lynch trata muy bien este tema a la vez que justifica el temor de Bolívar a la pardocracia. Un punto importante que no se enfatiza lo suficiente es que el gran logro de Bolívar a comienzos de la lucha independentista fue poner a los pardos, que al comienzo se habían opuesto violentamente a las elites criollas, en contra de España. Juan Bosch, el desaparecido escritor y político dominicano, dedicó un libro entero a esta cuestión, titulado “Bolívar y la Guerra Social”. Hay elementos marxistas en su argumento, pero sugiere de manera convincente que Bolivar desvió la energía de las masas de color de su objetivo inicial--las elites—hacia el enemigo común, el régimen colonial español. Estimaba que mantenerlas en un estado de guerra constante era la mejor forma de gastar esa energía y de alejarla de los líderes de la nueva república. Bosch atribuye a este temor la extralimitación militar de Bolivar. Yo agregaría que su incapacidad para soltar las riendas del poder y establecer instituciones sólidas derivaba parcialmente de esta fijación.

Antes de la independencia, la monarquía española había estado durante años del lado de las clases más bajas y promovido alguna movilidad social, lo que incomodaba mucho a los criollos blancos. Bosch sostiene que "la Guerra a Muerte", una campaña de terror anunciada por Bolívar en 1813 en la que declaraba que incluso los españoles neutrales serían ejecutados, fue un intento por parte del joven general de convertir “la guerra social”—la anarquía, como la él llamaba—en “una guerra de independencia”. A pesar de que la segunda república que resultó de ese esfuerzo fue efímera, la estrategia de Bolívar dio resultado más adelante. Su genio consistió en reencauzar hacia el enemigo la hostilidad popular que se había desatado contra las elites.

Pero al final este encono se volvería contra Bolívar, en parte debido a que boicoteó los esfuerzos liberales por establecer instituciones durables que pudiesen controlar a estas fuerzas, y en parte porque su estructura de poder dictatorial reforzaba, a menudo sin quererlo, la estratificación social de las que esas masas se resentían. El temor a una revuelta racial y clasista llevó al Libertador a adoptar medidas absurdas, como la abolición de las comunidades indígenas en Perú. Pensaba que la abolición de esta forma de posesión comunal de la tierra y la distribución de pequeñas parcelas individuales fortalecería a los indios. Provocó exactamente lo opuesto: el rompimiento de esas estructuras abrió las puertas a través de las cuales las elites locales lograron usurpar las propiedades y concentrar la tierra en muy pocas manos.

En su libro “El Culto a Bolívar”, el académico venezolano Germán Carrera Damas sostiene que de 1812 a 1814 la guerra fue librada por los ricos, de 1814 a 1817 por los pardos y los esclavos, y de 1819 en adelante nuevamente por los ricos, los terratenientes y los monopolistas comerciales. Los caudillos se encontraban bajo su control. En algunos casos, adquirieron tantas propiedades que ellos mismos se volvieron parte de la elite rica. El desatino de Bolivar consistió en contener, en vez de abrir, las puertas de la movilidad social. No reconocía bien la separación existente entre las constituciones teóricas que él y sus hombres sancionaron y la clase de sociedad estratificada que las subyacía. En su visión elitista de la economía, los tenderos y los pequeños comerciantes eran "gente vulgar".

La riqueza estaba atada a la tierra. Como Lynch afirma acertadamente, "en Venezuela, donde la aristocracia colonial se encontraba reducida tanto en número como en importancia, las grandes fincas pasaron a manos de una nueva oligarquía criolla y mestiza, los exitosos jefes militares de la independencia". Así que las caras pueden haber cambiado, pero el sistema permaneció casi intacto, a pesar de alguna movilidad entre los pardos en los campos de la educación y el gobierno. Tras la independencia, unos diez mil blancos de ascendencia española eran los dueños de Venezuela. Medio millón de pardos y mestizos fueron excluidos, muchos de ellos hacinados por la nueva elite en las haciendas y ranchos por una paga mínima.

Algunas de las medidas tomadas por Bolívar fueron justas, como la abolición del tributo indio y de las prestaciones laborales no rentadas, pero para muchos indios esto simplemente significó tener que pagar más impuestos como ciudadanos normales. El verdadero problema residía en que en la práctica ellos no eran iguales ante la ley, eran dueños de muy pocas propiedades y no podían participar de actividades productivas y comerciales propias debido a que los derechos de propiedad dependían esencialmente de la elite gobernante. Bolívar, distraído por las cuestiones militares y obsesionado con contener a la pardocracia, nunca trató de modificar este estado de cosas. Cuando intentó alguna reforma, como en Colombia al restituir a los indios las tierras de las reservaciones, no la hizo cumplir, dejando que los legisladores y administradores lidiaran con los detalles mientras él conquistaba más tierras. Lo que ocurrió en la práctica, tal como Lynch lo demuestra cabalmente, es que la tierra fue enajenada y terminó en manos de los grandes terratenientes. Se perdió una gran oportunidad de crear una sociedad de propietarios. Sin ella, no había esperanza alguna de forjar una república liberal bajo el Estado de Derecho. Los Whigs británicos y los Padres Fundadores de los Estados Unidos, a quienes Bolivar admiraba mucho, comprendían los fundamentos de una sociedad libre de un modo que a él lo eludía.

Lynch atribuye estos defectos a la circunstancia. Pero filosófica y políticamente, las prioridades de Bolívar deberían haber sido distintas. La fijación de límites a la acción del Estado y la descentralización del poder fueron los grandes logros de los Padres Fundadores. El ominoso legado de las luchas por la independencia de América Latina fueron la concentración y la centralización del poder. Cualesquiera hayan sido los otros logros de Bolívar, y tuvo muchos, éste fue un defecto fundamental de su visión y liderazgo.

A diferencia de otros admiradores de Bolívar, John Lynch es justo con respecto de las cuatro sombras que oscurecieron su reputación entre los observadores menos fervientes: su traición a Francisco de Miranda, el precursor de la independencia de América del Sur; la ejecución de cientos de prisioneros en la prisión de La Guaira; la "Guerra a Muerte" en el inicio de la campaña que lo llevó a establecer la segunda república; y la ejecución de Manuel Piar, uno de sus propios hombres, por insubordinación.

Al colapsar la primera república, Miranda fue capturado por Bolívar justo cuando se aprestaba a abandonar Venezuela y entregado a los realistas (moriría pocos años después en una prisión española). La justificación de Bolívar fue que Miranda había capitulado demasiado pronto y que su partida hubiese permitido a los realistas dar marcha atrás en los términos de la capitulación. Lynch no lo justifica y está en lo correcto. El historiador británico es más comprensivo respecto del decreto de la Guerra a Muerte, cuando, habiendo aprendido la lección del colapso de la primera república, Bolívar decidió librar una despiadada campaña a efectos de infundir temor en el enemigo. El decreto finalmente se volvió una autorización general para la represión indiscriminada. Bolívar alentó o toleró la ejecución y la persecución de los españoles y americanos que habían cometido el pecado de permanecer neutrales o no haber sido lo suficientemente serviciales.

La guerra nunca es amable. Pero las tácticas de Bolívar eran particularmente despiadadas: liberó a los esclavos solamente cuando prestaban servicios en el ejército de liberación, saqueó el tesoro y se apoderó de las fincas de otros para financiar sus campañas, decretó la ley marcial para cubrir sus filas con aquellos que no tenían apetito alguno por la guerra y ejecutó a mucha gente. Cuando se enfrentaba a la revuelta de los llaneros que llevaron finalmente al colapso de la segunda república, ordenó la ejecución de unos ochocientos prisioneros en La Guaira. Lynch le dedica poca atención a este episodio y adopta un tono neutral, explicando que fue una acción tomada a la luz de las atrocidades cometidas por el bando contrario.

Más justificada, aunque igualmente ilustrativa acerca de la falta de compasión por parte de Bolivar, fue la ejecución de su aliado Piar, un mulato que había combatido a los españoles en el este. Piar gozaba de su propia base de poder y no deseaba obedecer al liderazgo de Bolívar. El Libertador lo hizo ejecutar, lo que justificó años más tarde con el argumento de que la muerte de Piar era una “necesidad política” porque de lo contrario el ejecutado hubiese iniciado una guerra de “pardos contra blancos". Nuevamente, el temor de Bolívar a un conflicto racial lo llevó a actuar contra Piar de un modo que no empleó contra Santander años después, cuando el revolucionario criollo de raza blanca permitió un intento de asesinato en contra de Bolívar siguiera adelante en Colombia.

Estas acciones fueron parte de una guerra librada por las buenas razones, pero fueron también las características de un líder para quien los fines a menudo justificaban los medios y cuyas metas se confundían con consideraciones atinentes a la construcción de bases de poder en lugar de instituciones. Bolívar veía a Santander, su vicepresidente, como "el hombre de las leyes" y a sí mismo como "el hombre de las dificultades". Es una distinción contundente.

El culto de Bolívar es un fenómeno fascinante—y aterrador—en América del Sur. Ha sido ahora capturado por Hugo Chávez por razones de conveniencia política. (Mientras tanto, Chávez se dedica a socavar la Comunidad Andina de Naciones debido a que este bloque regional no es funcional a su objetivo de abandonar los tratados de libre comercio que algunos de los países andinos han suscripto con los Estados Unidos. Bolívar, que era pro-estadounidense y pro-integración, se estremecería). Durante gran parte del siglo veinte, el culto de Bolívar era de derechas; pero ya no lo es, como lo demuestra la campaña de Chávez en torno al mito de Bolívar. Quintero, que ha escrito acerca de la utilización de las ideas de Bolívar por parte de la derecha y la izquierda, considera que “en los dos casos el procedimiento es exactamente el mismo: la utilización interesada y descontextualizada de las ideas de Bolívar para ponerlo al servicio: unos de la derecha Cesarista; otros de la izquierda revolucionaria”.

Como lo ha demostrado Pino Iturrieta, autor de importantes trabajos sobre la "deificación" de Bolívar, el culto a Bolívar se inició en 1842, cuando sus restos fueron llevados a Caracas. Entonces se convirtió en un profeta que había prefigurado el surgimiento del dictador Antonio Guzmán Blanco en el siglo diecinueve, la tiranía de Juan Vicente Gómez entre 1908 y 1935, la dictadura de Pérez Jiménez entre 1952 y 1958, los gobiernos democráticos que lo sucedieron y, ahora, el chavismo. El vínculo entre el "cesarismo" y el "bolivarianismo" -piensa Iturrieta- comenzó durante el régimen de Gómez en Venezuela, como resultado de un libro de Laureano Vallenilla intitulado “Cesarismo Democrático”, aparecido en 1919 y traducido al italiano durante la era fascista, y aplaudido por Mussolini. Fue también admirado por los publicistas de la Falange en España, entre ellos Giménez Caballero, quien sostuvo que Bolívar fue un precursor de Franco. Por lo tanto, Chávez simplemente ha retomado el culto y transformado a Bolívar en el precursor de su propia revolución. Y ha ligado este artilugio a la liturgia popular que rodea a Bolívar desde el siglo diecinueve. Si Bolívar viviese hoy día, observa Iturrieta, se sorprendería de ver a un zambo, un individuo de origen negro y amerindio, habitando el palacio presidencial y hablando en su nombre.

Uno podría agregar, en contra del culto de la izquierda a Bolívar, que el Libertador no fue un antiimperialista. Constantemente solicitó la protección británica, llegó a ofrecerle a Londres el control de Nicaragua y Panamá a cambio de ayuda contra España, y aplaudió la doctrina Monroe como una forma de mantener a raya las ambiciones francesas y españolas. En un gran ensayo llamado "Marx y Bolívar," el escritor venezolano Ibsen Martínez cita una carta de Marx a Engels en la cual sostiene que Bolívar "era el verdadero Soulouque". (Soulouque fue el revolucionario haitiano que se coronó emperador y estableció un reino de terror en su país). En otros escritos, Marx acusa a Bolívar de ser incapaz de "cualquier esfuerzo de largo plazo".

Martínez documenta el entusiasmo por Bolívar entre los simpatizantes de la dictadura en otros países, y concluye: “Era sólo cuestión de tiempo para que en el país de la teología bolivariana...un teniente coronel demagogo y populista, apoyado por la izquierda militarista...educado en una Academia militar...terminase por cambiarle el nombre a la República de Venezuela”. Se refiriere a la circunstancia de que Chávez ha cambiado el nombre de su país por el de República Bolivariana de Venezuela. El Libertador, un hombre de la elite que creía en las instituciones oligárquicas y que pasó gran parte de su vida procurando evitar la revolución social, es en la actualidad el icono del populismo de izquierda. Debe estar retorciéndose en la tumba.

Traducido por Gabriel Gasave

Este trabajo fue originalmente publicado en inglés por la revista The New Republic bajo el titulo de THE FLIP SIDE OF POPULISM--Democracy s Caudillo, en su edición del 19 de junio de 2006.

Alvaro Vargas Llosa es Académico Asociado Senior del Centro Para la Prosperidad Global en The Independent Institute y editor de Lessons from the Poor.

Alvaro Várgas Llosa
avllosa@independent.org
@ElIndependent 
Traducido por Gabriel Gasave
http://www.elindependent.org/

jueves, 25 de junio de 2020

JUAN GUERRERO, PUREZA

  El revisionismo parece que es uno de los males de nuestro tiempo. Eso siempre ha traído consecuencias lamentables en nuestra historia. El tema del racismo en el mundo, visto desde la perspectiva de la pureza, como también el de la religión o de la moral, buscando responsables, para, en consecuencia, sentenciar y condenar (venganza/supremacía) a unas estatuas, edificaciones e iglesias (símbolos) a las cenizas. Es, indudablemente, la manifestación de mentalidades infantiles (Puer Aeternus), ese Peter Pan eternizado, que se niega a asumir su identidad, su individualidad para devenir ser independiente de cualquier Estado. 

  De negro, genéticamente hablando, tenemos todos los seres humanos. Unos más que otros, desde que partimos en el camino de la humanización, hace poco más de 80 mil años, por la zona del llamado Cuerno de África. Un recorrido que llevó nuestros genes básicos negroides por medio mundo, hasta terminar por el sur de Chile (Concepción), y antes por el medioriente, Asia, Siberia, Norte, Centro y Sudamérica. Un viaje apasionante donde mezclamos una y otra vez nuestro ancestral origen hasta ser esto que somos hoy: una colorida piel con diversidad infinita. 

  El tema del racismo como pureza (-y los negros lo son en demasía), así como otros conceptos, son manifestaciones de algo que subyace muy en lo profundo de ciertas almas desesperadas de atención y que se denomina, Aporofobia(Adela Cortina). Sobre esto ya en más de una oportunidad hemos estado comentando. Porque si bien el concepto alude a la pobreza material, no es menos cierto que en los últimos tiempos se ha estado clarificando y amplificando hasta convertirse en manifestación de cierto pensamiento que abriga la necesidad de atención, protección y representacióna los más desvalidos. Es decir, el anhelo de un Estado paternalista del que nunca parece que han terminado de salir/dejar este tipo de individuos. 

  Las manifestaciones contra algunos símbolos históricos representados por monumentos en general, que han sido atacados, no son más que la consecuencia de mentalidades que jamás terminarán de convertirse en adultas.Curiosamente estas mentalidades se manifiestan, generalmente, entre los grupos políticamente radicalizados de izquierda, quienes, bajo supuestos criterios de reivindicaciones sociales, han salido a tirarle piedras al mundo. 

  El izquierdismo convertido en populismo siempre ha trabajado para imponer la “ilusión” de un mundo de “igualados”, donde la responsabilidad individual viene suplantada por la protección del Estado benefactor, todopoderoso y que le garantiza su estabilidad material, aunque no se esfuerce, ni por estudiar ni trabajar. 

  Indudablemente que cada país y cada sociedad tienen sus especificidades sobre este tema y lo abordan desde su perspectiva histórica correspondiente. En el caso de Venezuela, la mezcla genética es bien particular: poseemos cerca del 25% de influencia negra, otro 25% hispánica y el resto, 50% de memoria genética indígena. Lástima que menos del 1% de la población habla una lengua amerindia, aunque nos rasgamos las vestiduras en defensa de los pueblos y la historia indígenas. El racismo en Venezuela lo aplica una minoría de la sociedad contra esas culturas y la población negra. Esa es nuestra realidad. Sin embargo, como hemos indicado, el verdadero problema radica en la pobreza y de quien la padece. Porque prácticamente todos rechazamos la pobreza, y a quien la sufre le asumimos como débil, enfermo, minusválido, incapaz y por lo tanto, “objeto” de rechazo. No por ser negro o indígena sino por pobre. 

  En Venezuela, y en el resto del mundo, usted puede ser negro o blanco o indígena, pero si tiene bienes materiales y en consecuencia es “rico”, será bien visto, recibido y atendido. A esto se reduce la realidad que estamos padeciendo sobre las protestas mundiales, sea en Chile, Estados Unidos, Inglaterra o Colombia. Ya en Venezuela, hace varios años, desde el mismo Estado (cuando existía), las hordas de “colectivos culturales” se cansaron de derribar estatuas, destrozar iglesias y monumentos, y ahora se dedican a quemar bibliotecas y destrozar universidades. Esto es; muerte al conocimiento y el saber. 

  Es la mentalidad del infantilismo contra la tradición, principios y valores que representa el anciano sabio (Senex)ancestral en toda sociedad. La lucha debe ser no tanto en hacer justicia, sino en superar la pobreza material, y, fundamentalmente, la pobreza del “rancho mental” asumiéndonos como seres integralmente adultos, responsables y solidarios.

Juan Guerrero  
camilodeasis@hotmail.com
@camilodeasis   
Venezuela 

jueves, 5 de diciembre de 2019

GABRIEL BORAGINA: POLÍTICOS RICOS, PUEBLOS POBRES


La aparente paradoja por la cual líderes políticos que sostienen y defienden un discurso "de izquierda" (socialista, valga la aclaración en estas épocas de alta confusión semántica) ganan adhesiones y elecciones al mismo tiempo que se hacen ricos cuando alcanzan alguna cuota de poder, e inmensamente ricos cuando asumen todo el poder posible sin perder seguidores y adictos sino -por el contrario- incrementarlos tiene explicación -en mi opinión- en lo siguiente:


La ideología marxista se ha extendido por todo el planeta y domina la mente humana, claro que en diferentes grados que van del 1% al 100%. En el extremo del 100% encontramos al marxismo-leninismo, aunque afortunadamente no son muchas las personas que aglutinen explícitamente a esta corriente hoy en dia. Y en escala decreciente al marxismo gramsciano.

Por debajo de ese 100% hallamos a todos los individuos que dicen "no ser" ni comunistas, ni socialistas, ni de izquierdas, etc. pero que, sin embargo, están de acuerdo con opiniones tales como la que "los ricos deben pagar más impuestos y en mayor alícuota que los pobres", que "el gobierno debe redistribuir la riqueza", "igualar rentas y patrimonios", etc. Lo que en los hechos implica aceptar (aunque ellos lo nieguen) que los ricos explotan a los pobres, al menos en alguna medida mayor o menor, pero dar, por cierto -de una forma o de otra- la teoría de la explotación marxista. Niegan para sí mismos el rótulo de marxistas, no obstante, el menor dialogo con cualquiera de ellos y las respuestas a nuestras preguntas denotan que piensan como verdaderos marxistas, mal que les pese.

Poca gente tiene buena opinión sobre el capitalismo, a la vez que está convencida que es el sistema que "domina al mundo", idea que impregna no solo a los pobres sino a sujetos de posición acomodada.

En esta mitología popular el gobierno es el instrumento de "la justicia social" que "debe" combatir al capitalismo "imperante" y destruirlo o -al menos- disminuir su poder, para (acto seguido) redistribuir la riqueza "mal habida" de los "capitalistas" y repartirla entre los pobres. Por eso, el súbdito populista no ve con malos ojos el enriquecimiento de sus cabecillas populistas sino al contrario, lo que ellos "ven" es que cuanto más ricos son los políticos populistas más pobres son los representantes del "capitalismo" mundial o local. Esto explica que personajes nefastos y siniestros como Hitler, Mussolini, Stalin, Perón, Fidel Castro, Chávez, como hoy Maduro, Evo Morales, los Kirchner y muchos otros hayan sido o sean enormemente ricos, porque la mayoría de las masas lo ve como el botín arrebatado a los "capitalistas" que será -hoy o mañana- repartido entre los más desfavorecidos.

Encuentro aquí la razón por la cual lo que yo califico como enriquecimiento por corrupción de los jefes populistas un seguidor populista no lo ve de ese modo y lo defiende de palabra y luego en las urnas con su voto al que -para mí- es un corrupto socialista (en realidad, la corrupción es inherente al socialismo).

Si de algo se culpa a los gobiernos (en esta mentalidad tan popularmente extendida) es de no ser eficaces en cuanto a la expropiación de los capitalistas, y la pobreza se atribuye a esto, y no a su verdadero motivo: la inexistencia de tal "capitalismo" que sólo habita en la mente enfermiza de populistas y socialistas. Los dirigentes populistas inculcan a las masas que el hambre y la miseria no son culpa de los gobiernos "de izquierda" sino de los "de derecha" que "no quieren" combatir al capitalismo. Ellos entienden por "capitalismo" a los grupos empresarios, banqueros y -en algunos casos- grandes comerciantes y punto.

Esto demuestra también porque habitantes de zonas muy pobres o carenciadas votan a gobernadores ricos que los mantienen en esa condición mientras estos lucran de sus impuestos y hechos de corrupción, al tiempo que siguen siendo elegidos masivamente comicios tras comicios. Aun para la persona más ignorante parece "evidente" que no es el gobierno el que lo conserva en ese estado y en la pobreza sino el "maldito capitalismo". Y que cuando la pobreza aumenta es por dos "razones" posibles: o el gobierno donde ello ocurre es ineficaz para combatir al capitalismo, o bien se ha convertido en cómplice de los capitalistas. No existe para dicho tipo de masa ninguna otra explicación, o no están preparados para aceptar razonamientos más profundos y consistentes. Menos aún para aceptar la verdadera causa de la pobreza: la ausencia de capitalismo.

De esta manera se puede entender -aunque no excusar- el hecho innegable de más pobres votando o apoyando implícita o explícitamente a políticos ricos, o justificándolos cuando asumen poderes de facto. Todas las tiranías se disculpan a sí mismas discurseando que se tuvieron que convertir en tiranías para enfrentar "el creciente poder" del "imperialismo capitalista", "grupos económicos", etc. es decir, aceptando el planteo fundamental de Marx y de Engels (la dictadura del proletariado) tan errado por estos como por sus "modernos" continuadores.

Es por eso que los políticos más "moderados" evitan hablar del capitalismo en términos elogiosos, y se cuidan mucho de prometer en sus campañas electorales que si llegaran al gobierno promoverán el capitalismo o medidas afines a este, porque saben que tales declaraciones les restarían votos si las incluyeran en sus plataformas electorales, y porque tampoco la mayoría de ellos cree en ese sistema, excepto cuando suponen utilizarlo para incrementar sus propios patrimonios. Pero desconocen que no se hacen ricos por poner en práctica los principios del capitalismo sino los contrarios al mismo. Dado que lucrar a costa de los contribuyentes no es capitalismo, es simple y llano latrocinio y rapiña.

Cuando un partido quiere desalojar a otro de la competencia electoral no hay arenga más estratégica, demagógica y más efectiva para semejante propósito que acusar a los partidos contrarios de querer defender o representar a "los ricos" y a "los capitalistas", esto genera entusiasmo y apegos entre las multitudes y votantes. Es decir, esta perorata sumada a que en la mente de los sufragantes está implícito el Dogma Montaigne por el cual "la riqueza de los ricos es consecuencia de la pobreza de los pobres" brindan al demagogo la fórmula perfecta para aumentar su caudal de votos en cualquier elección. Por ejemplo, en el caso argentino el peronismo opositor predicó desde el comienzo mismo del mandato del presidente Macri que este "gobernaba para los ricos" (lo que desde luego era falso) y así, finalmente, logró vencerlo en las elecciones respectivas.

Gabriel S. Boragina
gabriel.boragina@gmail.com
@GBoragina

ALBERTO BENEGAS LYNCH (H): EL PAPEL DE LA NUEVA OPOSICIÓN, CASO ARGENTINA

Es una verdad de Perogrullo que todas las personas de bien desean lo mejor para su país. En nuestro caso venimos de fracaso en fracaso desde que se estrenó el populismo en nuestro medio y se revirtió el formidable éxito que hizo que fuéramos un ejemplo de progreso moral y material en el concierto de las naciones civilizadas, debido a la aplicación de recetas compatibles con la sociedad abierta. Luego vino la avalancha de estatismos que bajo diversas denominaciones nos empobreció bajo la ficción de que recursos gubernamentales operarían de la nada, como si no fueran producto del saqueo al fruto del trabajo ajeno.

En el actual contexto, sería lamentable que el gobierno saliente estime que el apoyo logrado en distintas manifestaciones y marchas proselitistas y el respaldo obtenido en las urnas se deben a un apoyo a su gestión, puesto que ha sido como expresión de la imperiosa necesidad de preservar las instituciones republicanas, de modo muy especial la libertad de prensa y lo que queda en pie de la Justicia. Este apoyo, así concebido, permitió establecer una oposición de peso en ambas cámaras, si bien resulta mucho más notoria en Diputados que en el Senado.

A esta altura debe recordarse que el sistema republicano se basa en cinco columnas fundamentales en el contexto del reaseguro de la libertad de expresión, sin límite de ninguna naturaleza. Estas cinco bases son la igualdad ante la ley anclada en la Justicia como "dar a cada uno lo suyo", la responsabilidad de los gobernantes ante la ciudadanía por lo realizado, la nítida división de poderes, la transparencia de los actos de gobierno y la alternancia en el poder a través de elecciones confiables.

Esto es lo que debe defender a capa y espada la nueva oposición durante la próxima gestión gubernamental, para lo cual, desde luego, resulta primordial poner en claro que la gestión hoy en funciones ha fracasado rotundamente en cuanto a lo más acuciante, es decir, a la incapacidad para reducir el tamaño elefantiásico de un Leviatán desbocado. De esta situación se sigue la presión tributaria, la deuda exponencial, el adiposo déficit total y el haber generado una inflación mensual equivalente a la anual en naciones normales.

No caben pretextos y el relato de anécdotas irrelevantes, solo importan los resultados. Está en juego la supervivencia de la República, antes de que se promulgue una "ley de medios" como subterfugio para amordazar la libertad de expresión, antes de reformas constitucionales nefastas, de modificaciones en el esquema judicial y de revocar, frenar y revertir fallos que quitan sustento a la corrupción administrativa.

El comienzo del gobierno macrista estuvo adornado con el bailecito del presidente en la Casa Rosada con la banda presidencial, lo cual dista mucho de un gesto republicano. La primera medida en el plano económico fue la irrupción de nuevos ministerios y la primera medida en el terreno institucional fue la pretensión de designar por decreto a dos ministros de la Corte Suprema.

Es perentorio consolidar la nueva oposición, alejada de los personajes que contribuyeron al referido fracaso. Sería del todo impropio que pretendan constituirse en referentes de la oposición a partir de la asunción del gobierno recién electo aquellos que cargan las pesadas mochilas de la deplorable administración que, entre muchas otras cosas, termina con cepos cambiarios y otras múltiples regulaciones dignas del estatismo más exacerbado.

Además de lo aludido sobre las fallas del gobierno que termina (que es lo principal para descartar la idea de mantener la misma dirección), como una nota a pie de página debe tomarse en cuenta que es probable que la actual cabeza del Ejecutivo esté obligada a acudir a Tribunales en varias causas en su contra, que por más que resultaran injustas debilitan y desgastan la capacidad de maniobra de un referente en la oposición.

Se requiere la suficiente cintura y reflejos políticos para proceder sin demora en el sentido señalado. A nuestro juicio, quienes podrían asumir las nuevas responsabilidades son políticos de la Unión Cívica Radical más cercanos a la tradición inaugurada por su fundador, Leandro Alem, desviada a partir de la Declaración de Avellaneda de 1945. Esto no solo debido al extraordinario ideario en su tramo original, sino a que se trata de una expresión de lo que hasta ahora ha sido una coalición electoral que debería apuntar a ser en el futuro una coalición de gobierno que recoja la mencionada tradición original.

En este contexto debe tenerse muy presentes pensamientos de gran trascendencia de Alem. En el debate sobre la federalización de Buenos Aires, en 1880, expresó: "Más el poder es fuerte, más la corrupción es fácil. Para asegurar el poder legítimo, es necesario impedir a todo trance que él exagere sus facultades". Recomendaba además "una política liberal que deje el vuelo necesario a todas las fuerzas y a todas las actividades" y concluía: "gobernad lo menos posible porque mientras menos gobierno extraño tenga el hombre, más avanza la libertad, más gobierno propio tiene y más fortalece su iniciativa y se desenvuelve su actividad".

En igual línea argumental, Alem, a contracorriente de la sandez de "vivir con lo nuestro", patrocinaba la completa apertura de las fronteras al comercio en "El Argentino", en 1894, en un texto titulado "El proteccionismo y el pueblo" y en 1891 en el "Manifiesto Radical" se refiere a los peligros de la inflación monetaria que firma Alem como presidente y lo secundan Joaquín Castellanos, Carlos Estrada, Daniel Tedín y Abel Pardo. Allí se resume el cuadro de situación al sostener que "Es un axioma ante la conciencia argentina que el mal se ha producido por exceso de oficialismo."

Lo dicho no es óbice para la necesaria tarea de trabajar en otros espacios para contribuir a la difusión y ejecución de plataformas liberales y las faenas que se vienen desarrollando al efecto de dar la batalla cultural. Pero insistimos que para que esto último tenga lugar y se amplíe su radio de acción es menester conservar los principios esenciales del sistema republicano. No es responsable poner la carreta delante de los caballos. Primero hay que asegurar lo esencial de la República, para lo cual debe fortalecerse la nueva oposición gracias a la oportunidad que le brindaron las urnas en las elecciones del 27 de octubre. No debe confundirse el plano académico con el político, pues son dos esferas sustancialmente distintas.

Ahora bien, si las bancadas de la nueva oposición van a competir por la promulgación de las medidas estatistas que nos han asfixiado hasta el presente, para eso es mejor evitar disimulos y asociarse a la alianza del gobierno recién electo.

Por último, hago votos para que no se recurra a las absurdas y contraproducentes expresiones de "ajuste" o "shock" si es que se quiere liberar recursos atrapados en las pesadas telarañas estatales al efecto de engrosar los bolsillos de la gente. Ya bastantes ajustes y shocks padecen cotidianamente los argentinos desde hace mucho tiempo para soportar nuevos embates de ese calibre.

Alberto Benegas Lynch (h): 
@abenegaslynch_h 
Autor del libro El poder corrompe (2019).

jueves, 28 de noviembre de 2019

TRINO MÁRQUEZ: LA CALLE ESTÁ FRÍA

El llamado de Juan Guaidó a mantenerse a partir del 16 de noviembre en la calle sin retorno, no tuvo éxito. La petición partió de una visión demasiado voluntarista. La premisa fue más o menos la siguiente: Si hubiese un líder que convocase, los venezolanos seguirían el ejemplo de los ecuatorianos, chilenos, bolivianos y colombianos, pueblos que se han alzado con fuerza y furia por distintas razones contra sus respectivos gobiernos. 

La ‘primavera suramericana’ podría extenderse a Venezuela, pues si en algún país existen razones para indignarse y protestar, ese es el nuestro.  

La hipótesis resultó falsa. Los venezolanos, en efecto, tienen muchas razones para movilizarse. El problema es que también poseen otro tanto  para no hacerlo. Estas han predominado. En el origen de la desmovilización -o el reflujo, como se diría en el lenguaje más tradicional-, se encuentran el éxodo de millones de venezolanos jóvenes, que podrían participar en las convocatorias de masas, la rutinización de las marchas, y el fracaso de las movilizaciones masivas y revueltas de 2014 y 2017, que dejaron un trágico saldo de estudiantes acribillados, y dirigentes políticos detenidos o exiliados.  

El resultado concreto de esas grandes manifestaciones fue magro. El régimen logró pulverizar el referendo revocatorio que acabaría con el mandato de Nicolás Maduro. No se firmó en Santo Domingo un acuerdo que permitiera resolver la crisis. Las direcciones de los partidos políticos más importantes fueron desbaratadas. El régimen impuso la Constituyente y, luego, las elecciones presidenciales de mayo de 2018, cuando Maduro fue reelecto. Las movilizaciones en masa entre 2014 y 2018 no produjeron victorias, sino que propiciaron respuestas por parte del gobierno que descalabraron a los opositores.

2019 despuntó con un esperanzador renacimiento del movimiento ciudadano. Juan Guaidó logró reanimar a una oposición frustrada, desesperanzada y resignada a calarse los siguientes seis años de Maduro. El Presidente de la Asamblea Nacional se conectó con el malestar de millones de venezolanos maltratados por el régimen. Propuso la  famosa tríada, millones de veces repetida: cese de la usurpación, gobierno de transición y elecciones libres. Por unos meses pareció que esta vez las metas sí se alcanzarían y que una nueva etapa se abriría para la nación. Finalizando el año, los objetivos no se han alcanzado y el gobierno se ve tan robusto como siempre, a pesar de su impopularidad, de las calamidades que ha desatado y del aislamiento internacional.  Por supuesto, que la frustración ha resurgido. La sensación de fracaso vuelve a apoderarse de la gente. Este sentimiento conduce a la parálisis.

A estos factores hay que agregar la política deliberada diseñada y ejecutada por el gobierno, dirigida a desmovilizar a los ciudadanos y aterrorizarlos. El instrumento fundamental de extorsión son las cajas Clap, para muchos habitantes de los sectores más pobres, el único medio del cual disponen para proveerse de ciertos alimentos y bienes, por precarios que estos sean.  Más de 80% de los pobladores de los barrios reciben, aunque de manera irregular, esas cajas. El temor a dejar de recibirlas constituye un poderoso factor de inhibición. El gobierno amenaza con los Clap. 

El otro componente de la tenaza es el Carnet de la Patria, vehículo para obtener las pequeñas prebendas, limosnas, concedidas por Maduro. Retirarle, anularle o no concederle el carnet a una persona, significa excluirlo de los Clap y del sistema de reparto clientelar  de dinero a través de la banca oficial,  diseñado por el régimen. La nación se encuentra en manos de unos señores que manejan el presupuesto público para comprar lealtades y, cuando esto resulta insuficiente, para intimidar a los ciudadanos.

La combinación entre el fracaso, la decepción, la manipulación y el chantaje, han creado esta realidad paradójica: el país se encuentra arruinado, la población empobrecida,  los motivos para manifestar abundan, pero la gente no acude a las jornadas convocadas por la oposición. Las miles de protestas que ocurren en todo el territorio nacional por la escasez de agua, luz, etc., se dan en  una escala tan reducida, que no afectan en nada la estabilidad del régimen.

La dirigencia opositora no logra anular la acción del gobierno, ni puede conectarse con el malestar de la ciudadanía y avivarlo. Ahora, toca recomponer el liderazgo, dividido por numerosos conflictos internos, diseñar una nueva estrategia que redefina los objetivos trazados al inicio de 2019, promover metas alcanzables que no conduzcan al escepticismo.  

Anda en curso la designación de un nuevo CNE. Pronto hay que definir la participación en las parlamentarias. Ambos son temas de enorme importancia. Esperemos que se recupere la sensatez y se eviten espectáculos tan deplorables como el que ha girado en torno a Humberto Calderón Berti. 

Volver a movilizar los ciudadanos representa un reto colosal. Los venezolanos no se han rendido. Las protestas cotidianas lo demuestran. El desafío reside en cómo canalizarlas hacia el cambio del régimen. Las próximas elecciones parlamentarías serán una excelente ocasión para reacoplarse con la gente.

Trino Márquez 
trino.marquez@gmail.com
@trinomarquezc

REINALDO AGUILERA: VENEZUELA, LA CUBA DE TIERRA FIRME

El régimen Chavista de izquierda dirigido por Nicolás Maduro en nuestro país, bajo la supervisión de Raúl Castro y compañía desde la isla caribeña, está creando un desajuste socioeconómico nunca antes visto, lo que antes fue una Venezuela que siempre apuntó a niveles de desarrollo que generaron en el pasado logros para toda la población,  en éstos momentos va en franco retroceso, hundiendo a la nación en pobreza y desesperación, abarcando prácticamente todo lo pensable, es decir tanto bienes como servicios.

En la Cuba de hace 39 años, el denominado éxodo del Mariel, fue un gran movimiento migratorio en el que más de 125.000 cubanos salieron de la isla en apenas siete meses con destino a Estados Unidos, la ciudad de Miami se vio superada por la masiva y repentina llegada de ciudadanos que huían del régimen de Fidel Castro, quién todavía contaba con el apoyo de la Unión Soviética. 
El éxodo masivo fue un momento traumático para Cuba y para el régimen que ya estaba domesticado por Fidel Castro, la oposición, los últimos focos guerrilleros, estaban extinguidos, así como todo lo que era contrario a los ideales de la revolución; en la isla se había institucionalizado la economía soviética con los planes quinquenales, es decir, el país estaba plenamente sovietizado sin dar lugar a ningún cambio.

Antes del incidente del puerto de Mariel, pero de una forma más ordenada, también hubo una salida de muchos cubanos, para aquel momento 1965 hasta 1973 fue de 260.561 cubanos, en los llamados vuelos de la libertad que partían de Cuba dos veces al día durante cinco días a la semana.
Sin embargo, a la larga esa salida de miles de cubanos y muchos que huyeron después, de alguna forma ayudaron a sostener por muchos años más a la Revolución Cubana y a su régimen, cuando nueve años después cayera el Muro de Berlín y tras eso se desintegrara la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).

El caso es que esos miles de cubanos, comenzaron a enviar las famosas remesas a sus familiares en la isla, lo que sin duda fue un foco de atención para el régimen cubano y su dirigencia, que de alguna manera tenía que continuar manteniendo el control y el poder a costa de cualquier cosa.

Es así como millones de dólares fueron a parar tanto a manos de los familiares de quienes e fueron, como al régimen castrista que cobra o descuenta un porcentaje por concepto de impuestos sobre esas remesas, ésta práctica sin duda ayuda al mantenimiento de la economía maltrecha de la isla.
Para tener una idea de lo que se refiere, en la última década ha recibido un poco más de $29 mil millones de dólares en remesas en efectivo desde el exterior a lo que se debe sumar una cantidad similar con lo que tiene que ver con mercancía, siendo ésta de $27,321 millones de dólares, combinando los dos tipos de remesas, la población cubana ha recibido un total de $57,269 millones de dólares durante los años que coincidieron con la etapa de flexibilización puesta en marcha por la administración de Barack Obama.

Todo lo comentado tiene una explicación, es claramente lo que está ocurriendo en Venezuela, el régimen Madurista sin dar por oficial el desbarajuste económico en el que se encuentra el país, da rienda suelta a una dolarización subyacente que proviene de la circulación ya pública y notoria del dólar como moneda que prácticamente sustituye al bolívar, sin que nadie pueda hacer nada, pues el manejo de dicha moneda hace que además de lo poco que puedan enviar en remesas los Venezolanos que huyeron de las calamidades revolucionarias, también ayuda sin lugar a dudas a que quizás se lave dinero producto de actividades ilícitas y así para por desapercibido.

Lo cierto es que el desastre se vive y se siente aun habiendo dólares en la calle, pues Venezuela a causa de los malos manejos económicos y la destrucción del aparato productivo, junto al deterioro del poder adquisitivo de los ciudadanos se ha convertido en la Cuba de tierra firme, dando un claro ejemplo del daño masivo que las directrices Castristas hacen en las naciones y que para este momento mantienen en jaque a Suramérica.

Para concluir, lo que está pasando en Venezuela es caracterizado erróneamente como una crisis económica o política, cuando en realidad no es así, si analizamos detalladamente, lo que está ocurriendo es un acto criminal sin precedentes que está penetrando en toda América Latina; el manejo masivo de la población de bajos recursos, las maquinaciones burocráticas y el empleo de las Fuerzas Armadas para controlar el país han permitido la captura y el saqueo sistemático del Estado venezolano, en la última década, según antiguos funcionarios gubernamentales venezolanos, hasta 300 mil millones de dólares pudieron haber sido desviados de las arcas públicas a cuentas privadas de los afines al régimen.

Esto ha convertido al régimen de Nicolás Maduro en un mal gobierno de naturaleza criminal y con la comprobación de estos actos y sus consecuencias son cada vez más evidentes para sus ciudadanos que la solución no es ni será para nada fácil, así de simple y sencillo.

Reinaldo J. Aguilera R. 
@raguilera68 / @AnalisisPE


viernes, 1 de noviembre de 2019

ARIEL PEÑA: LA CAÍDA DEL MURO DE BERLÍN Y EL REZAGO IDEOLÓGICO EN AMÉRICA LATINA

El próximo 9 de noviembre se cumplen 30 años de la caída del muro de  Berlín, lo que precipitó la debacle del comunismo  en Europa Oriental y la  desaparición de  la URSS, por eso con mucha  tristeza vale la pena preguntar: ¿En América Latina ya se asimiló ese acontecimiento histórico  de hace  3 décadas? Y la respuesta es un rotundo, No, porque como diría el poeta, Julio Flórez : “Todo nos llega tarde…. ¡hasta la muerte!” ya que no es posible que la estafa comunista del marxismo leninismo este a la ofensiva en la región con el remoquete del socialismo del siglo XXl, del cual dijera el tirano Fidel Castro en una entrevista en el 2010 al hacerle una pregunta en ese sentido  sobre la mencionada denominación, afirmó: que era el comunismo, el que el propio Marx definió como comunismo, por lo que no cabe la menor duda  acerca del enemigo al que se está enfrentando la democracia en la región.

El  derrumbe  del muro de Berlín,  se constituyó  en un acontecimiento cimero para Europa y el mundo, pues no solo fue la debacle del  comunismo totalitario en el viejo continente, sino que se rompió el mito de la invencibilidad e intocabilidad del marxismo, cuyo accionar criminal en más 150 años lo catapultan como la organización mas torcida e infame que ha conocido la humanidad, sin embargo sus miembros guiados por el fetichismo, la superstición y la leyenda le dan a semejante doctrina abyecta el carácter de todopoderosa, de ahí fue que Hugo Chávez inducido por el dictador Fidel Castro buscó reeditar al comunismo en Latinoamérica llevando a la miseria y al hambre al pueblo venezolano. 

América Latina  por su retardo  ideológico, no ha podido  discernir y por ello ha sido víctima de las patrañas  marxistas desde hace tiempo. Resaltando que Fidel Castro se declaró comunista cuando ya estaba en el poder en Cuba, porque antes tenía como coartada al movimiento “26 de Julio”  y  al Partido del pueblo cubano o Partido Ortodoxo cuya ideología  era nacionalista y democrática, pero ulteriormente declaró como partido único al comunista en 1965, que según  la anterior constitución  lo define como: “la vanguardia organizada de la nación cubana, fuerza dirigente superior de la sociedad y el Estado, que organiza y orienta los esfuerzos comunes hacia los altos fines de la construcción del socialismo y el avance hacia la sociedad comunista”. 

Esa aversión  constitucional de la camarilla comunista cubana es en realidad un sustituto de la religión, en donde condena al pueblo por los siglos de los siglos a vivir bajo el dominio de la desgracia marxista. Pero la cosa no se queda de ese tamaño, porque los países de la región según la orientación del comunismo totalitario, deben seguir ese camino usando diferentes máscaras, que ya las hemos denunciado en otras oportunidades, como son: el socialismo del siglo XXI, el indigenismo, el progresismo, el bolivarianismo, el foro de Sao Pablo y los gobiernos alternativos, para copiar al maniático de Hugo Chávez que de manera vulgar transportó los desechos del marxismo, repudiados en el viejo continente con la caída del muro de Berlín para implementarlos en Venezuela y en toda América Latina, convirtiendo a ese país hermano en un albollón comunista. 

Por  carecer de la razón los seguidores del marxismo, van en contra de su conciencia y su actuación se circunscribe dentro de lo más arcaico de la política. Por ello tienen un comportamiento brutal que desecha toda lógica, al querer convertir a las masas en un rebaño, lo cual demuestra que los miembros de esa caterva saben que están equivocados y en ocasiones son vergonzantes, porque muchos de ellos no permiten que los llamen comunistas, pues eso va en contraposición de sus intenciones rastreras; por lo cual se cambian de disfraz para engañar a los pueblos que de manera ingenua se dejan envolver de su doblez. 

Los comunistas también han utilizado varias argucias embaucando a las naciones en Asia. Recordando que el genocida de Kim Il Sung en Norcorea, para esconder su marxismo impulsó la idea “Juche” la cual significaba: “que propietarias únicas de la revolución y su posterior construcción son las masas”, entendiéndose eso como un revuelto entre el comunismo y la cultura tradicional coreana. De igual manera en Vietnam se ocultó el comunismo con la fundación del Partido de los Trabajadores de Vietnam en 1951, pero con la reunificación de ese país en 1976, después del triunfo del Vietcong tomó el nombre de partido comunista de Vietnam, siendo eso demostrativo de la impostura marxista que se acomoda para hacer caer a los pueblos incautos. 

La  ficción  marxista leninista con la cual han engañado naciones, demuestra que lo dicho por Lenin no es tan alejado de la realidad, cuando afirmaba: “nosotros somos una iglesia”. De ahí precisamente se desprende que la superstición y el mito son inherentes al marxismo y por ello aprovechando la religiosidad en Latinoamérica y su cultura, crearon la Teología de la Liberación impulsada en los años 60 del siglo pasado como un producto comunista traído a Latinoamérica por la KGB, agencia secreta de la URSS; evidenciándose que el marxismo se mimetiza hasta en la religión, para lograr satisfacer sus instintos mórbidos que buscan envilecer a los demás. 

El marxismo es un culto al engaño, que en América Latina especialmente se ha puesto varios antifaces, para esclavizar a nuestras naciones, y se le pueden colocar otros motes como el de castro-chavismo, pero el comunismo totalitario sigue siendo el mismo bebedizo que usa diferentes rótulos. Por ello hay que reconocer con vergüenza que a  30 años de la caída del muro de Berlín nuestra región no ha podido dimensionar ese acontecimiento, y por eso han surgido timadores como Hugo Chávez con  el socialismo del siglo XXl, degeneración  diseñada  por el político de la antigua Alemania Oriental, Heinz  Dieterich en 1996; curiosamente este personaje es  oriundo del  país en donde se cayó el muro de Berlín. 

Ariel Peña
arielpena49@yahoo.com
@arielpenaG
Colombia

miércoles, 23 de octubre de 2019

FRANCISCO POLEO: BARCELONA, QUITO, SANTIAGO… Y MADURO TAN FELIZ INFORME POLÍTICO

Maduro disfruta el momento. Tras años de enfrentar duras condenas por la represión a intensas protestas en su contra y un brutal asedio internacional para debilitar su control del poder, el tirano venezolano anima como el más ultra a cualquiera que haga que sus enemigos pasen las de Caín en sus respectivos países.

La derecha más conservadora ha acusado al Foro de Sao Paulo de incendiar Latinoamérica para recuperar las posiciones perdidas en los últimos años. Algunos, los más extremistas, rayan en la paranoia al ver la mano del comunismo hasta en la moción de censura que amenaza a Trump con acortar su mandato. Esta alerta ha llegado hasta las cúpulas del poder. El gobierno conservador de Colombia, por ejemplo, no ha dudado en advertir que ellos son los próximos en la estrategia presuntamente coordinada con perfección hollywoodense desde La Habana.

Pero la verdad está en los matices. Lo que sí está haciendo la llamada extrema izquierda es incentivar las protestas sociales originadas por la falta de tacto de los gobernantes de turno, unos de centro y otros de derecha. Hace unas semanas, en estas líneas, hicimos el símil entre el populismo y la adicción a los opioides: tras altas dosis, la resaca es tan brutal que el consumidor busca desesperadamente consumir nuevamente, cuanto antes. Por eso, para curarse de ambas adicciones, al enfermo hay que retirarle la dosis poco a poco, no de un solo golpe.

¿Ni a Lenin Moreno ni a Sebastián Piñera se les ocurrió que el pueblo iba a protestar ante la retirada inmediata de subsidios cruciales para quienes llevan una economía al día? El chileno es de derecha, pero el ecuatoriano es, cuando mucho, socialdemócrata. La falta de tacto no es inherente a la ideología. El comunismo aprovechó ese regalo para hacer lo que mejor sabe: agitar. En este caso, Moreno fue astuto. Al ver que la extrema izquierda subía la parada al exigirle una convocatoria anticipada de elecciones, el presidente ecuatoriano retiró inmediatamente el decreto de la discordia tras pactar con los indígenas y retomar el control del país. Como se ve, los comunistas no estaban detrás de la protesta sino que intentaron aprovecharla.

En Santiago de Chile el desenlace todavía está por verse. Una jornada de protesta destrozó la capital, y ese es justamente el tipo de manifestaciones que no son ni democráticas ni legítimas. Es algo tan elemental que se resume en lo que es casi un dicho popular: tus derechos terminan en donde empiezan los míos. Al momento de escribir este informe, Piñera había decretado el estado de emergencia para tomar control de la situación. Por cierto, ¿qué espera Sánchez para hacer lo mismo en Barcelona?

Las imágenes que llegan desde Santiago son las de una ciudad desolada por la violencia, similares a las de Barcelona. Los primeros protestan por una subida de tarifa en los subsidiados tickets del metro, otros supuestamente por una sentencia contra unos dirigentes políticos que prefirieron violar la ley en vez de intentar sus objetivos dentro del marco constitucional. Como era de esperarse, el régimen de Maduro respaldó a los golpistas catalanes. “Venezuela ve con preocupación el incremento de la violencia en la Comunidad Autónoma de Cataluña, debido a las masivas movilizaciones por la libertad de presos políticos, y hace un llamado a disminuir las tensiones y exhorta a iniciar un proceso de diálogo nacional”. Vamos, lo dicen quienes tienen 466 presos políticos tras las rejas y se niegan a entablar una negociación por unas elecciones libres.

Con el respaldo a los golpistas catalanes, Maduro cumple con incentivar cualquier protesta social que socave a sus enemigos. No le importa si es a favor de unos subsidios desfasados o de una secesión ilegal. No le importa si el gobierno es socialdemócrata (Sánchez y Moreno) o conservador (Piñera). No es precisamente un tipo frío, calculador y consciente de su lugar en el concierto occidental. Es una marioneta de los movimientos anti-occidentales. Sus aliados son Rusia, Irán, Corea del Norte o Bielorrusia. Y los independentistas catalanes, no lo olviden. Ahí está la amistad de Maduro con personajes como Puigdemont y Anna Gabriel. O Monedero e Iglesias, si nos apuran.

Pero Maduro sabe, al igual que Guaidó, que Venezuela es una olla de presión. El líder de la oposición al régimen se prepara para canalizar ese descontento en las calles y, para ello, son fundamentales los dirigentes de las zonas populares. La respuesta del régimen es enviar al FAES, sus escuadrones de la muerte disfrazados de policía, a ajusticiar y calcinar a Edmundo Rada, dirigente del partido de Guaidó. El asesinado era un operador político fundamental en la parroquia caraqueña Petare, la favela más grande de Latinoamérica.

Sí, hablamos del mismo Maduro cuyo régimen acaba de ser admitido en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU. ¿Cómo estrenará esa medalla el tirano cuando le estalle en la cara la nueva oleada de protestas populares en su contra? Esas manifestaciones no serán por un subsidio o una secesión ilegal. Serán en contra de la mayor inflación del mundo, de la que va rumbo de ser la mayor crisis migratoria del mundo, de los mayores índices de inseguridad del mundo y de la mayor cantidad de presos políticos en el mundo.

Cuando a Maduro le explote en la cara la olla de presión, ¿liberará a los presos políticos y no violentará los Derechos Humanos con el uso excesivo de la fuerza policial como exige que haga España? ¿Llamará a elecciones libres como exige que se haga en Ecuador?

Francisco Poleo
@FranciscoPoleoR

domingo, 13 de octubre de 2019

ALFREDO MICHELENA: EL CASTROCHAVISMO CONTRAATACA

El reconocimiento del presidente de Ecuador, Lenín Moreno, de que detrás de los problemas de agitación política en su país están Maduro y Rafael Correa, comprueba el plan desestabilizador del castrochavismo en la región. 

Los cambios

Desde finales de 2015,  el panorama regional y local reflejaba el inicio de un proceso de cambio al producirse dos triunfos sumamente importantes: el de Mauricio Macri en Argentina y el de la oposición venezolana organizada en la MUD.  Al año siguiente, en Brasil,  Dilma Rousseff era execrada del poder y en Colombia, Juan Manuel Santos,  quién había asumido una línea ambigua frente al régimen venezolano, mostraba una actitud un poco más dura, luego de los acuerdos de paz con la narcoguerrilla de las FARC.  En 2017 salían de la presidencia Rafael Correa en Ecuador  y Barack Obama en EE.UU.

Llegaba Donald Trump a Washington y al año siguiente Sebastián Piñera en Chile e Iván Duque en Colombia.  El panorama regional había cambiado estrepitosamente. Las fuerzas del castrochavismo se habían recogido. La marea rosada había sufrido una fuerte resaca y apenas quedaba en el continente su núcleo duro: Cuba, Venezuela, Nicaragua y Bolivia. 

La alianza

Estos cambios permitieron la creación de  una alianza a favor del retorno de la democracia en Venezuela.  Ella ha  venido avanzando fuertemente, no sólo dentro de la Organización de los Estados Americanos (OEA), sino en la constitución de Grupos ad hoc, como el Grupo de Lima y más recientemente con el Órgano de Consulta  del TIAR, que estableció mayores sanciones hacia los funcionarios del régimen. 

Pero el otro equipo también juega y ha venido preparando su estrategia para reconquistar el terreno perdido. Solo que en medio del debilitamiento que ha sufrido, es más fácil observar sus acciones y estrategia. A este fin se ha propuesto articular una lucha al nivel continental para reconquistar el poder, como fue postulado en XXV Encuentro del Foro de Sao Paulo, celebrado recientemente en Caracas. Según este plan, hay que pasar a la acción y tomar la iniciativa, declaraba recientemente el excanciller ecuatoriano, ahora asilado en México. 

Populismo

Estamos frente a una izquierda postmarxista (¿o populista?); esa que ya no cree en lo de las contradicciones entre la burguesía y el proletariado, sino que está empeñada en explotar cualquier diferencia interna (“cleavages”) en la sociedad, para exacerbarla y así crear caos, promover el caudillismo y tomar el poder para perpetuarse en él.

La reconstrucción de un país sometido a un gobierno populista ha sido siempre un problema serio. Sus ciudadanos – de todas las clases- acostumbrados al estado benefactor resienten que sus “conquistas sociales o económicas” deban ser recortadas para promover el desarrollo económico.  Resienten pasar de un estado orientado por la política a uno orientado por la economía. Y eso, que ya vivimos en Venezuela, está pasando en Argentina, pareciera comenzar a pasar en Brasil y ha estallado en Ecuador, permitiendo un movimiento hacia la vuelta del populismo de izquierda, que tiño a la región hasta mediados de esta década. 

Migración y agitación

Una de las más descarnadas tácticas de este grupo es aprovechar las masivas migraciones de venezolanos para causar desestabilidad en los países receptores. Lo hacen rebasando la capacidad de la sociedad de acogida de metabolizar este flujo y profundizando el malestar, sobresaturando las redes sociales y noticieros con pequeños y localizados incidentes así como con las “fake news”, que se van sumando para crear una especie de bola de nieve que se retroalimenta hasta que estalla.  A este fin el régimen venezolano ha creado el “Ejército de Trolls de la revolución Bolivariana”.

No es que sólo hayan migrado los venezolanos buenos en esta estampida incontrolada, sin duda los malandros también tomaron “las de Villa Diego”, pero es que también, como en el caso del flujo de los  cubanos que salieron del puerto de Mariel en los años 80 (los marielitos), muchos de ellos fueron plantados allí para crear problemas. A esto hay que agregar que también salieron fichas del castrochavismo y otras organizaciones criminales y terroristas a cumplir su papel de agitadores. 

Desestabilización

Comenzaron explotando la xenofobia en los países de acogida en especial en Ecuador y Perú, donde han tenido una buena caja de resonancia. Pero su papel es ir más allá y desestabilizar a esos gobiernos. Y están listos para exacerbar las contradicciones (“clevages”) internos.

Esto se ha hecho patente en Ecuador. Recientemente fue denunciada por su presidente y vicepresidente, la participación de extranjeros y en especial de venezolanos en los procesos de agitación política que sufre el hermano país.  Incluso miembros de las Fuerzas Armadas venezolanas han sido señaladas en estas tareas.

Sin duda hay un financiamiento por el régimen de Caracas. No sólo se financia a Cuba enviándole petróleo, cuando la crisis humanitaria requiere de esas divisas para palearla, sino que evidentemente se financia a estos cuadros. El caso más patente es el del  expresidente Rafael Correa, quien está detrás de la agitación política ecuatoriana. 

Un enemigo que se crece

Los promotores de esta vuelta del castrochavismo  comienzan a mostrar diferentes caras, unas más radicales que otras. Así a la par del Foro de São Pablo, con toda su connotación comunista, surge el Grupo de Puebla, orientado a cerrarle el paso a la “derecha neoliberal”, pero desde una posición más edulcorada. Allí encontramos personalidades como J. M. Insulsa y Ernesto Samper, pero también a Rodríguez Zapatero,  Rafael Correa, Lula da Silva, Dilma Rousseff así como Alberto Fernández de la Argentina.  Es la reunión de lo que se llama el “progresismo”. A los que conocen a estos personajes, ya les hemos dicho suficiente.

Así pues, nos encontramos frente a un enemigo que se va transmutando y va trascendiendo lo regional, pasando hacia lo global y articulándose con las viejas potencias de la Guerra Fría: Rusia y China. Con eso, actúa coordinadamente para reconquistar la región.

Las políticas de apaciguamiento y contención – sabemos que no los detienen.  Es necesario tomar medidas contundentes para desarticular esta alianza y restaurar la democracia en nuestro continente.  Si la experiencia del castrismo no ha sido suficiente para entender a lo que nos enfrentamos, esperemos que ante su forma potenciada, la del castrochavismo con sus variadas caras, se actúe contundentemente.

Alfredo Michelena
@Amichelena