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viernes, 15 de febrero de 2019

GABRIEL S. BORAGINA, ELECCIONES, MOTIVACIONES Y SOCIALDEMOCRACIA


Si bien el factor económico -se dice- es un móvil muy importante y muy frecuente por el cual el ciudadano decide su voto, no es el único. Las elecciones económicas (las que incluyen el voto a candidatos políticos -agregan quienes así argumentan-) están influenciadas por las emociones humanas.

Desde el punto de vista praxeológico la opinión expresada arriba puede ser objeto de varias objeciones.

Comencemos diciendo que, para la praxeología, economizar es optar, elegir entre diferentes alternativas. Y como toda acción implica una opción toda acción es económica, en la que se descartan unas alternativas por otras. En nuestro tema, esto incluye al voto político, también llamado sufragio. Al votar por un pretendiente al cargo, automáticamente estoy descartando a los restantes. Se trata, praxeologicamente, de una acción económica.[1]

Aun cuando se acepte que una decisión este influida -en mucho o en poco- por elementos emocionales, la acción final que se emprenda será económica en el sentido apuntado.

Ahora bien, las motivaciones por las cuales un votante elige al aspirante "A" en lugar del "B", también son, en última instancia, económicas.

Vivimos en un mundo estatista, donde esta tan aceptado que los gobiernos intervengan, manipulen o dirijan por completo la economía, que tenemos en cuenta este último componente a la hora de concurrir a emitir el sufragio. La gente está convencida que sus destinos económicos están y seguirán estando -sino enteramente- si en una proporción muy importante. en manos del partido de quien resulte el postulante electo. En consecuencia, su voto se orientará hacia aquel que promete más bienestar económico a corto o mediano plazo.

Las llamadas motivaciones "no-económicas", como -por ejemplo- la educación, la salud, la previsión social, la seguridad personal y jurídica, la corrupción, etc. son todas, en última instancia, también económicas por todo lo que llevamos dicho. Lo sepa la gente o no, todas esas actividades solo pueden sustentarse y desarrollarse contando con los respectivos fondos que, en el imaginario colectivo, han de ser adelantados por los gobiernos, cuando sabemos -desde la más pura ciencia económica- que esto nunca ha sido así, ni puede ser así. Nada que el gobierno gaste no ha sido sino previamente detraído del bolsillo de alguno o de todos nosotros mediante impuestos u otros artilugios "legales".

Entonces, a la hora de votar, evaluamos como fue la gestión económica del mandato (si pretende ser reelecto) o como suponemos que lo será en caso de que no hubiera aun ejercido el cargo. Y comparamos todo ello con nuestra personal situación económica. Esto es más acusado en aquellos lugares donde los gobiernos son más intrusivos en la vida ciudadana que en aquellos otros donde lo son menos.

Claro que, también en nuestras elecciones entran a jugar otros constituyentes, ya más de índole personal como, por ejemplo, el carisma del candidato, su liderazgo, sus actitudes personales, familiares, etc. Pero, más bien, cumplen un lugar secundario en relación a las motivaciones económicas, salvo casos excepcionales.

La cultura media del elector es otro ingrediente decisivo. No solamente cuenta su formación cívica, sino su nivel total de educación es relevante, porque de acuerdo a ellos será la opinión que se haga de los candidatos y lo que determine su voto.

Nos parece que -en promedio- las motivaciones económicas (según se las entiende popularmente) ocupan un 50% de la intención de voto, y el otro 50% lo representan las llamadas (o percibidas por el ciudadano como) no-económicas (educación, salud, seguridad, justicia, previsión social, etc.). El político que ofrezca mejorar estas cosas respetando esas prioridades del votante será quien finalmente se alce con el triunfo.

La visión socialdemócrata del electorado para la cual el gobierno-estado es una especie de Santa Claus o Robin Hood moderno, terminará votando al candidato que mejor prometa hacerle cumplir con dichos roles. La socialdemocracia -a la cual nos hemos referido en muchísimas oportunidades anteriores- representa un grado por encima al más básico del saber económico. Este nivel ultra elemental de "conocimiento" económico es el que ofrece el marxismo. Y radica en la pura intuición de lo que parece "evidente" a los ojos de cualquier persona sin discernimiento de economía: que hay gente que posee cosas que otros no tienen. De allí a concluir que lo que ostentan unos se debe a que no lo poseen otros hay un paso tan simple como es el que terminan dando la mayoría de las personas.

Es a esto a lo que se refería Friedrich A. von Hayek cuando insistía que la economía es una ciencia contraintuitiva. Sus verdades no son evidentes por sí mismas. Y es por esto que no ha existido jamás en la historia ningún gobierno liberal, ni democrático ni antidemocrático.

Aquel razonamiento errado marxista es matizado por el no menos equivocado socialdemócrata, en el sentido de que el estado-nación debe cumplir con la mal llamada "justicia social", es decir, quitarles a unos lo que les pertenece para darles a otro lo que nos les pertenece, lo que -en esencia- no tiene demasiada diferencia con la fórmula marxista que proponía lo mismo por medio de la fuerza bruta revolucionaria. La única discrepancia con la socialdemocracia es que esta persigue idéntico fin, pero a través de los votos. Por eso, antes se usaba una expresión más clara, como la de socialismo democrático, y luego se la abrevió para disimular mejor, y quedó como socialdemocracia.

Lo que no parece aceptarse de ningún modo -al tiempo de hoy- es que el gobierno se abstenga de intervenir en la economía, fruto de esa ideología socialdemócrata que se impone mundialmente, y en la cual se enrolan la generalidad de los partidos políticos internacionales con mayores o menores variantes, pero todos encolumnados detrás de la "filosofía" socialdemócrata. Por supuesto, si esto se les dice a algunas de estas personas lo negarán enfáticamente. En su lugar, dirán "No. Yo soy de izquierda", o "de derecha" o "de centro", pero pocos admitirán ser socialdemócratas. Es que la gente prefiere manejarse con expresiones estereotipadas y ordinarias, corrientemente términos que divulga el periodismo, que es la fuente principal de información y, lamentablemente, hasta de formación de numerosas personas.

[1] véase Ludwig von Mises, La acción humana, tratado de economía. Unión Editorial, S.A., cuarta edición.

Gabriel Boragina
gabriel.boragina@gmail.com
@GBoragina

martes, 20 de octubre de 2015

MIGUEL A. MEGIAS, EL RETORNO DEL JEDI, MANUEL ROSALES

Todos, o creo que casi todos, recordamos el personaje de la serie Star Wars, ese extraño sabio que hablaba con frases construidas al revés de como sería lo normal. El Jedi. El sabio. El guardián. Según Wookieepedia, el Jedi “se convirtió en el reverenciado guardián de la paz y la justicia en la galaxia”.

¿Será ese el papel que le tocará jugar a Manuel Rosales? ¿Será que ha regresado de una lejano universo a años luz, después de un largo retiro, de una larga meditación, para poner orden donde impera el desorden, armonía donde reina la discordia y amor donde solo encontramos encono y odio? ¿Será él el mediador que perdone a los corruptos, que deshaga tanto disparate y recupere la cordura y la conciencia después de 16 años de dislates?

Esa y muchas otras preguntas nos atormentan hoy por igual a todos los venezolanos, provengan de donde provengan y tengan las inclinaciones (políticas) que tengan. Alrededor de su retorno se van tejiendo las más peregrinas historias: que si el gobierno lo ha comprado, que si Maduro ha pactado con él, que si este es el momento de influir en los resultados del 6D, que si es el candidato de la transición, que si es un nuevo martir,... ¡Que se yo! Se oyen tantas disparatadas historias, tantos cuentos sin sentido, tantas disquisiciones ilustradas que, a falta de mayor información, no tenemos mas remedio que crear nuestras propias y particulares teorías.

¿Porqué regresó Rosales? ¿Y, sobre todo, porqué ahora? Unas incógnitas que, parafraseando al difunto, no podrán ser contestadas “por ahora...” Visto desde una prudente distancia, lo de Rosales resulta, según el “hombre que camina” (Carlos Andrés Pérez para los jóvenes), como una especie de “autosuicidio”. Regresar a un país donde las condiciones de justicia están totalmente corrompidas, como se ha demostrado hasta la saciedad con el caso López; donde las cárceles son absolutamente nauseabundas; donde ni el más inocente de los ciudadanos tendría un juicio justo, es absolutamente increíble. En especial habida cuenta que ya la fiscal (¿o es la fiscala?) general de la República (¿bananera?¿bolivariana?) ya lo había anunciado con claridad y en alta voz: “¡en lo que toque suelo en Venezuela lo metemos preso!”. Sólo le faltó agregar ¡carajo! para estar un poco más cerca de Juan Vicente Gómez, nuestro bien recordado dictador. O sea: ir directamente al matadero, sabiendo de antemano que los cuchillos están listos para la faena es, repito, absolutamente increíble. O como diría mi amigo Rubén (Núñez), incroyable. En la suposición de que Rosales no es masoquista (al menos en apariencia), tenemos que descartar sin remedio la tesis de que se haya entregado “por gusto”. Bueno, pronto le cogerá el gustico al encierro, sin duda. Lamento decir que él se lo ha buscado. Lo que ignoro son sus razones.

En cuanto a las motivaciones políticas, ¿cuales pueden ser? ¿Competir con López? ¿Competir en el martirio, real o aparente, que significa perder la libertad, verse lejos de todas comodidad, fuera del alcance de familia, amigos, condenado a un encierro que con seguridad será por tiempo indefinido? Si es así, como dijera Luis Herrera “tarde piaste, pajarito”. Competir haciéndose el mártir contra alguien que ya lleva catorce meses preso no será fácil. ¡Ay, pobre López! dicen muchos venezolanos. Pero no serán muchos los que digan “¡Ay, pobre Rosales!”. Mas bien, creo yo, dirán otras cosas que no me atrevo a escribir aquí. Cada quien que interprete mi silencio. Así es que la teoría del arrepentido de última hora, el último de la fila que pretende colearse ahora, pues tampoco es muy creíble. Me cuentan que en esta fiesta no se admiten coleados.

Seguimos escarbando, indagando. ¿Que disparó el gatillo del arrepentimiento o del nacionalismo o de la aventura para que sea ahora, justamente ahora, a dos meses de una elecciones que se presentan como cruciales para el devenir de la nación cuando el señor Rosales haya tomado la decisión de dejar atrás su exilio, dar la cara y echarse encima un encierro indefinido?

Desde luego, conociendo como conocemos las extrañas circunvoluciones cerebrales de nuestros políticos, será muy difícil llegar al fondo del pozo de la verdad. Con el tiempo, tal vez, sabremos si vino a competir con López, si vino a desbancar a Capriles o si, como el Jedi, vino a “convertirse en el reverenciado guardián de la paz y la justicia en la galaxia”.

Lloverá y escampará, CAP dixit.

Miguel A. Megias
autonomiaspoliticas@gmail.com

@mmegias