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jueves, 27 de abril de 2017

ALBERTO MEDINA MÉNDEZ, EL NOCIVO RITUAL DE LA COMPLACENCIA.

NADA SUCEDERÁ POR ARTE DE MAGIA
DESDE ARGENTINA

Un sector de la comunidad cree con convicción, que las soluciones vendrán cuando muchos depositen una inmensa voluntad para que todo lo bueno ocurra. Es una actitud meramente emocional, muy infantil y bastante poco racional, ausente de ese mismo pragmatismo que tantas veces endiosan. 

Nada grandioso ocurrirá por arte de magia. Las cosas positivas solo suceden cuando se trabaja a conciencia para conseguirlas, luego de una secuencia plagada de decisiones correctas e inteligentemente instrumentadas. 

No se debería dudar de los sanos propósitos de esos ciudadanos que aspiran a un mejor porvenir. Pero no menos cierto es que eso no es suficiente y que aquel refrán popular que dice que “el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones” sigue describiendo la realidad. 

Una discutible lógica binaria empuja a la sociedad a suponer que las alternativas solo pasan por criticar todo o aplaudir ciegamente. Emulan la dinámica de oficialismo y oposición de la política tradicional, sin comprender que el rol ciudadano es otro bastante distinto.  

Reprobar sistemáticamente la totalidad de lo que hace un gobierno no parece conducente, pero mucho menos lo es ser condescendiente con los errores haciéndose los distraídos solo por ese miedo de retornar al pasado  

La idea de que la crítica es patrimonio exclusivo de los detractores seriales es completamente falaz. Esa postura simplista ignora deliberadamente la chance de apelar a las alertas oportunas que permiten hacer las correcciones necesarias que todo proceso político precisa. 

Una eficiente forma de colaborar es señalar lo incorrecto, hacerlo a tiempo y con la vehemencia necesaria. No se puede ayudar a quien no se cuestiona cuando comete errores. Hacer la vista gorda no solo es una mala opción, sino que es absolutamente contraproducente para la vida en comunidad.  

Ese mal hábito que minimiza los síntomas de la enfermedad y hasta los oculta, no valora la utilidad que tiene disponer de los avisos que habilitan las oportunas determinaciones que cada circunstancia amerita.  

Los gobiernos no están conformados por niños a los que hay que consentir para cuidar su autoestima. Esos políticos, son personas adultas, que aspiraron a tener ese lugar cuando se postularon para ocupar cargos. Fueron seleccionados para resolver problemas y no para recibir aplausos. 

Claro que hay gente que utiliza los cuestionamientos con un fin político mezquino. Es parte del juego. Ellos usarán cada error para sacar provecho y mostrarse como una opción para suceder al que está gobernando.

La visión disparatada consiste en suponer que los inconvenientes desaparecerán si se mira para otro lado. En realidad, si no se actúa a tiempo la idealizada tolerancia se puede convertir en complicidad. 

Definitivamente las opciones no son solo las más obvias. Ni el que critica siempre lastima, ni el que alaba siempre ayuda. Indudablemente, el peor de los caminos es advertir la equivocación y omitir los cuestionamientos. No solo es una postura cínica sino que es altamente perjudicial para todos.  

Identificar un problema debe ser una virtud, porque permite accionar en la dirección adecuada, con la antelación suficiente, sorteando esas complicaciones que efectivamente pueden ser evitadas. Poco sentido tiene esperar a que todo sea luego mucho más difícil de resolver. 

Una apreciación adversa sobre la realidad es como una señal. Su tarea es avisar que algo está mal, que no funciona como debe. Si se registra la presencia de esta amenaza con la debida seriedad y no se prefiere ignorarla solo porque es negativa, una modificación del rumbo puede encaminar todo. 

Claro que el interlocutor que emite el juicio es un actor principal. Algunos se descalifican por si mismos por su conocida intencionalidad, pero siempre es saludable chequear la totalidad de las observaciones. Es menester testear todas ellas para eventualmente aceptarlas o descartarlas según sea el caso. 

Los gobernantes deben ser menos hipersensibles a los cuestionamientos. No ocupan sus puestos para ser objeto del elogio cívico. No es ese su destino y la sociedad no tiene el deber de aclamarlos por sus exitosas intervenciones. 

Una sociedad condescendiente solo estimula políticas erróneas, alimenta la infaltable arrogancia de los funcionarios de turno y posterga su propia prosperidad. Definitivamente, hacerlo es una decisión muy costosa. 

Muchos repetirán aquel lugar común que sostiene que “los extremos siempre son malos”, intentando encontrar un falso punto medio. Son los que reclaman esa falsa objetividad de aplaudir los aciertos con la misma intensidad que se plantean los enojos frente a los yerros. 

La misión de un gobierno es garantizar a los ciudadanos el pleno ejercicio de sus derechos. Ovacionar funcionarios no es un deber cívico. Cuando los que gobiernan se limitan a su tarea, son las personas las que se encargan de su propia felicidad. 

Los respaldos políticos se plasman en las urnas en un contexto donde los partidos ofrecen propuestas de futuro. Una gestión aceptable, probablemente reciba acompañamiento para continuar su tarea, pero a veces los ciclos inexorablemente concluyen a pesar de sus logros.

La gente no tiene la obligación de continuar con un color político o reemplazarlo. No todo es tan lineal. Una elección es solo optar entre alternativas. Eso no convierte a unos en buenos y a otros en malos. Es la percepción subjetiva la que finalmente inclina la balanza hacia la mejor posibilidad disponible de cara al futuro en función de las variantes ofrecidas.

El día que la ciudadanía pierde su capacidad de criticar inicia un perverso circuito de deterioro institucional. Las equivocaciones se naturalizan y todo termina funcionando deficientemente. Los cheques en blanco siempre culminan mal pero todo empieza con el nocivo ritual de la complacencia.

Alberto Medina Méndez
albertomedinamendez@gmail.com
@amedinamendez
  Argentina 

domingo, 23 de abril de 2017

ALBERTO MEDINA MÉNDEZ, LOS FALSOS DEMÓCRATAS,

EXISTE OTRO CAMINO

Casi todo el planeta cayó en la trampa de repetir esa secuencia de simplificaciones sin sentido, tan hipócritas como peligrosas. Es así como se ha idealizado a la democracia sin advertir sus reales inconvenientes. 

Obviamente que no todos razonan de igual modo frente a este apasionante debate. Algunos prefieren inmolarse defendiendo a rajatablas todo lo ya conocido. Eso les impide evaluar cualquier otra alternativa superadora. 

Otros, casi con resignación, prefieren apelar a aquella famosa frase que se le atribuye a Winston Churchill cuando decía que “la democracia es el peor de los sistemas, excepto todos los demás”. Interesante reflexión, pero demasiado inconducente cuando se trata de resolver dilemas con sensatez. 

Ambas posturas, las del fanatismo ciego que no acepta discusión alguna y la del conformismo inundado de justificaciones, no ayudan para nada a entender la complejidad de la coyuntura global y los desafíos que se vienen. 

Pero, indudablemente, los más peligrosos son los rufianes que pululan en el mundo académico y político, esos que amparados en la presunta inmutabilidad de la democracia vigente, se apalancan en ella, sin recato, en la medida que les resulta funcional a sus propios intereses. 

Estos farsantes, ni siquiera tienen el coraje de decir a cara descubierta que ellos aborrecen este sistema y que solamente lo utilizan para, desde ese inmaculado pedestal, alcanzar cada uno de sus cuestionables fines. 

No tienen la integridad moral suficiente para ser intelectualmente honestos y confesar que ellos detestan esta modalidad y solo creen en una autocracia en la que un minúsculo grupo de personas define los destinos del resto.

Estos perversos personajes deambulan por ahí recitando su cantinela sin pudor alguno. Por un lado se muestran muy respetuosos de los valores democráticos, esos mismos en los que no creen para nada, pero cuando ostentan el poder no les tiembla el pulso para exhibir su peor costado. 

Su cinismo es infinito. Ellos saben que mienten descaradamente, pero cultivan aquello de que “el fin justifica los medios”. Su credo dice que la democracia es solo un puente que hay que traspasar para llegar a la meta. 

Desde su perspectiva, la mentira no es un defecto sino solo un instrumento que ayuda a lograr sus propósitos. Por eso lo hacen sin siquiera sonrojarse. Se mantienen imperturbables cuando dicen lo que no piensan, porque están convencidos de que necesitan engañar a sus potenciales votantes. 

Su irrespeto por las personas es de tal magnitud que manipulan a la gente deliberadamente y sin culpa. Ellos se creen los elegidos, los iluminados, que tienen la misión de orientar a su pueblo hacia su fraudulenta cima. 

La estafa es esencial en esa gran parodia montada. Lo importante no es el “mientras tanto”, sino que lo colectivo se imponga a lo individual. Todo vale en ese juego en el que terminarán liderando ese desvergonzado despliegue. 

Es cierto que todo sistema político es siempre un mero engranaje y no constituye un objetivo en sí mismo. Cualquier forma de gobierno elegida tiene como máxima ambición favorecer a una armoniosa convivencia cívica. 

Es bueno recordar que los regímenes autoritarios han nacido, muchas veces, al amparo de estas permisivas reglas democráticas. El pérfido socialismo del siglo XXI y cada una de sus variantes regionales, se han desarrollado gracias a las bondades de un sistema tan frágil como obsoleto. 

Esto ha sucedido, en el marco de un proceso en el que cientos de intelectuales prepararon el caldo de cultivo perfecto para que la sociedad compre esa idea de que el partido que obtiene la mayor cantidad de votos hace lo que quiere con la sociedad, sin restricción alguna. 

Ellos han alimentado este retorcido esquema matemático en el que tener un voto más que la mitad significa representar a todos, mientras que cuando se logra solo una cifra que no alcanza a la mitad, eso equivale a cero. 

Su rutina es simple. Mientras todo esto les sirve lo utilizan. Cuando ya no cuentan con el acompañamiento mayoritario giran velozmente y promueven insurrecciones, sembrando el caos a su paso, para cumplir con todas las enseñanzas que aprendieron de sus ideólogos e inspiradores del pasado. 

Es muy saludable la idea de cuestionar a la democracia. Es sumamente peligroso aferrarse a cualquier sistema utilizando el débil argumento de que siempre todo fue así. Esta lógica es muy endeble y puede conducir a las sociedades hacia un interminable callejón sin salida. 

Si la humanidad se comportara de idéntica forma en otros aspectos cotidianos el progreso sería inviable. Para mejorar algo, hay que tener el valor de dejar atrás lo que ya no funciona, reemplazándolo por otro modelo con más atributos asumiendo, obviamente, los riesgos de esa transición. 

Es vital cuidarse mucho de los embaucadores seriales que se disfrazan de corderos para aprovecharse de cualquier circunstancia que los pueda favorecer. Esos fundamentalistas solo quieren el poder para saquear a la comunidad y destruir a los que no piensan como ellos. 

En los lugares en los que han gobernado lo han hecho sin contemplaciones. Abundan testimonios en el presente que pueden dar fe de sus crueles andanzas. No importa como prefiera etiquetarlos la gente. De un lado y del otro, siempre defienden ideas intervencionistas en lo económico y justifican la concentración del poder para instaurar un fascismo sistemático. 

La difícil tarea de una sociedad madura consiste en cuestionarse todo, revisarlo hasta el cansancio, pero siempre buscando nuevas posibilidades y discutiendo con honestidad y sin falsificaciones que tergiversen el debate. 

El mundo precisa un intercambio de ideas que permita encontrar una salida inteligente a esta disyuntiva contemporánea. Hay que estar muy atentos porque en ese itinerario aparecerán, como siempre, los impostores profesionales, esos mismos que hoy brotan como falsos demócratas. 

Alberto Medina Méndez 
albertomedinamendez@gmail.com
@amedinamendez
Argentina

miércoles, 8 de febrero de 2017

ALBERTO MEDINA MÉNDEZ, "TRUMP ES SINÓNIMO DE PERPLEJIDAD"

POLÍTICAMENTE INCORRECTO

La llegada al poder de Donald Trump como Presidente de los Estados Unidos ha generado todo tipo de reacciones en su país y también en el mundo entero. Hoy, frente al hecho consumado, reina un absoluto desconcierto.

Nadie entiende demasiado lo que sucedió en los últimos meses. La mayoría creía que este empresario aventurero lanzado a la política no triunfaría y todos sus dislates se detendrían en algún lugar del recorrido electoral.

Casi todos suponían que no superaría las primarias republicanas pero pudo ganarlas sin grandes contratiempos. Los más temerosos sostenían que sería recién en la elección general donde culminaría su patético delirio, pero eso tampoco es lo que ocurrió y también allí obtuvo una victoria.

Durante la campaña cometió todo tipo de incorrecciones. Dijo lo indebido, en el tono inadecuado, en los lugares inapropiados y lejos de retroceder, frente a cada despropósito, redobló las apuestas con cierta cuota de ambigüedad, desdiciéndose a si mismo descaradamente, sin pudor.

Su discurso es burdamente contradictorio pero sorprendentemente efectista. Sus inconsistencias son inocultablemente evidentes, pero esto no parece preocuparle ni a él, ni a sus votantes, que también se dan cuenta, pero escogen selectivamente esa parte de sus planteos con las que mayores afinidades tienen, descartando el resto como si no existiera.

En esa ensalada ideológica que ostenta este personaje mesiánico y que tropieza con sus propias fragilidades argumentales, intenta mostrarse seguro, autosuficiente, transmitiendo la sensación de control total.

Algunos le creen, pero muy pocos están convencidos de que ese sea su perfil auténtico y genuino. Sospechan que todo esto se trata en realidad de la caricatura de un gran simulador que sobreactúa casi todo.

Su inexperiencia política podría ser una debilidad gigante y entender ciertos códigos propios de la actividad le llevará mucho tiempo. No menos cierto es que las grandes reformas de la historia casi siempre nacieron desde afuera del sistema y no de la mano de los eternos continuadores seriales.

Habrá que confiar en que la tradición americana y su envidiable modelo de república en el que los frenos y contrapesos funcionan adecuadamente hagan su parte a tiempo y construyan esa red de contención que evite los desmanes, minimice los excesos y permita amortiguar el impacto de cualquier desquicio que se intente implementar improvisadamente.

El futuro está lleno de incertidumbre y nadie sabe lo que ocurrirá. Es posible que todo esto sea solo parte del show que continúa montando este nuevo protagonista de la escena política. O tal vez sea algo mucho más peligroso que se concretará muy pronto convirtiéndose en la nueva realidad global.

La responsabilidad de lo que viene no depende solo de Trump, sino también de los reflejos de los poderes constitucionales de esa gran nación y de una madura actitud ciudadana que podría resumirse en aquella cita de Thomas Jefferson que recuerda que “el precio de la libertad, es su eterna vigilancia”.

El sistema político americano enfrenta un enorme desafío. Debe evitar la inercia de seguir lamentándose por lo ocurrido y asumir la autocrítica imprescindible, haciéndose cargo de la larga secuencia de innumerables errores que son los verdaderos padres de este nuevo engendro político.

Es primordial que se encaren reformas estructurales en los principales partidos políticos. Nada nuevo sucederá si esa tarea no se aborda con inteligencia y con profundidad. El riesgo de que este impredecible espécimen de la política contemporánea mantenga el rumbo está latente.

La política mundial está mutando desde hace algún tiempo. Se asisten a cambios que parecían aislados e imperceptibles, pero que se están replicando con potencia. Ya dejaron de ser fenómenos locales y se vienen multiplicando, con matices pero con inusitada fuerza, en todo el planeta.


Indudablemente el mundo está girando y es vital tomar nota de lo que está sucediendo para eludir la trampa de subestimar las consecuencias de esas transformaciones que dejaron de ser esporádicas y ya son parte del paisaje.

El transcurrir de los meses mostrará la verdadera personalidad de este nuevo líder global. También quedará en evidencia cuál es su “modus operandi”. Por ahora solo pueden hacerse conjeturas, pero pronto se dispondrá de información más concreta para evaluar esta nueva dinámica.

Mientras algunos hoy creen que se trata de una nueva forma de hacer política cumpliendo con todo lo prometido, otros perciben solo meros recursos tácticos y algunos ardides negociadores que apelan a las amenazas para correr el eje central y obtener avances hacia sus propios objetivos.

Más allá de los estilos, las formas y los exabruptos, lo que preocupa es el contenido que subyace en las consignas. La idea de que un país cerrando sus puertas puede progresar es falsa. Abundan demasiadas evidencias que demuestran exactamente lo contrario y Estados Unidos lo sabe por su propia experiencia y puede contarlo con lujo de detalles.

El nuevo discurso destiñe. Un nacionalismo exacerbado, acompañado de un renovado proteccionismo económico no solo no traerá prosperidad sino que postergará a sus ciudadanos obligándolos a pagar cada vez más por lo mismo y lo que los hará perder lugares en esta irreversible carrera global.

Incentivar odios, buscar enemigos apelando a la confrontación sistemática es una fórmula que solo destruye a quien la genera. El mundo, a lo largo de su propia historia, es testigo de múltiples experimentos que lo confirman.

Es difícil saber qué es lo que sucederá. Asoma un gran signo de interrogación, pero es indudable que las señales que se vislumbran preocupan y mucho. Por ahora Trump es sinónimo de perplejidad.

Alberto Medina Méndez
amedinamendez@arnet.com.ar
albertomedinamendez@gmail.com
@amedinamendez
Argentina

martes, 19 de abril de 2016

ALBERTO MEDINA MÉNDEZ, LA CONTROVERSIA SOBRE UBER. DESDE ARGENTINA

La llegada a estas latitudes de este novedoso sistema instaló un apasionante debate con múltiples aristas, que merecen ser abordadas para comprender con mayor claridad los prejuicios, paradigmas y contradicciones con los que la sociedad contemporánea decidió convivir en la actualidad.

No es un fenómeno estrictamente local. Esta polémica ya es global y poco tiene que ver con los parámetros culturales domésticos de cada país. Esto ya no es noticia, porque ha ocurrido, hace muy poco tiempo, en otros lugares distantes, con diversos matices pero idénticas características.

Algunos argumentos se repiten hasta el cansancio y ocupan el centro de la escena en estas discusiones. Sin embargo, no son las únicas enseñanzas que quedan como herencia de éste particular ida y vuelta.

Los relevamientos más serios afirman que la mayoría de la gente prefiere estar del lado de Uber aduciendo que se trata de un servicio de mayor calidad, cómodo, seguro y más barato que el que ofrece un taxi.

Los usuarios han inclinado la balanza apelando siempre  a motivos de absoluto orden práctico, con un alto grado de sensatez y sin recurrir a sofisticados razonamientos ideológicos, jurídicos ni morales.

Los detractores de Uber, por el contrario, alegan que es un servicio ilegal, intentando de ese modo custodiar los intereses económicos de los taxistas, que intimidan desde esa prerrogativa formal que hace viable su actividad.

Es este el debate de fondo entre la legalidad y la moralidad. Sin entrar en pormenores jurídicos, los usuarios que prefieren esta moderna alternativa sostienen, con mucho criterio, que ellos solo invocan su legítimo derecho a concretar un acuerdo voluntario entre individuos que pactan un valor monetario a cambio de un servicio y cuestionan enérgicamente la supuesta potestad del Estado de restringir este tipo de posibilidades.

Esta visión objeta aquella trillada frase que dice que "las leyes están para cumplirse". Es la moralidad de una decisión la que realmente legitima la vigencia de las normas. Ellas no se convierten en buenas y sabias por el solo hecho de haber sido redactadas y aprobadas por los legisladores.

Es importante entender  que los gobiernos tampoco son neutrales en estas disputas, porque sus propios intereses son parte central del debate. El sistema de licencias otorgados a los medios de transporte les generan cuantiosos ingresos al Estado y, entonces, los funcionarios también son protagonistas de esta maraña de beneficios que prioriza lo recaudatorio.

Ni hablar de los taxistas, que pagan impuestos al fisco y cumplen requisitos formales para circular a cambio de esa retorcida protección con la que pretenden sojuzgar a los consumidores cercenándoles su capacidad de elección. Ellos son cómplices y no víctimas. Pagan tributos a los gobiernos para obtener una "concesión monopólica", alquilando un zoológico para cazar dentro de él a su voluntad, eliminando cualquier competidor externo.

Los gobiernos nacieron para asegurar derechos a los ciudadanos. No brotaron para prohibir actividades que los ciudadanos desean hacer ejerciendo su libertad, sin dañar a terceros. Una persona decide que otra lo traslade hasta su destino y lo compensa con una suma de dinero acordada, sin perjudicar a nadie. Proteger a los que cobran más caro y prestan un peor servicio no es función del Estado. Los circunstanciales "perdedores" podrían mejorar sus prestaciones y bajar sus precios para ser elegidos genuinamente en vez de obligar a todos a consumir su patético servicio.

Es increíble que aún algunos individuos estén dispuestos a fomentar monopolios artificiales engendrados a la sombra de normas inmorales, que preservan inocultables intereses sindicales para el provecho de personas que viven a expensas del esfuerzo de los demás, solo porque instrumentaron un perverso régimen de onerosos permisos especiales que les permiten recaudar dinero espurio cobrándole mayores precios a los indefensos consumidores finales.

El circuito pergeñado se desmoronará cuando se eliminen regulaciones, se supriman privilegios y se quiten impuestos. Eso colocará a los que deseen ejercer esta actividad de transportar personas, en igualdad de condiciones. En ese libre juego de competencia los mejores sobrevivirán, y los que no traten bien a sus pasajeros y cobren más caro, no tendrán clientes.

No se puede tapar el sol con un dedo. El progreso tecnológico y la creatividad humana emergen cotidianamente y permiten a la sociedad desarrollarse. Impulsar arcaicos sistemas que fueron superados no tiene ningún sentido. Aducir que se pierden fuentes de trabajo es una gran falacia porque cuando unas desaparecen germinan nuevas mucho más eficientes.

Si se aceptará esa pérfida lógica, habría que regresar al correo postal y eliminar los envíos electrónicos, renunciar a la tecnología y volver a la época de las cavernas.  Solo se debe avanzar en libertad, incentivando el talento creador del hombre. La mayoría de los adelantos del presente permiten a la humanidad vivir más y mejor, por lo que no parece inteligente despotricar contra todo lo que se usa a diario con enorme satisfacción.

Aun persisten igualmente algunas contradicciones. No se entiende porque mientras se apoyan este tipo de interesantes iniciativas, no se razona de igual modo cuando los gobiernos justifican medidas proteccionistas obligando a los consumidores a pagar más por lo mismo. Las barreras arancelarias gozan aún de muchos promotores, inclusive de quienes se perjudican pagando en exceso por cosas de menor calidad, solo para proteger a industriales ineficientes. Es un debate pendiente en la sociedad.

La discusión de estas semanas no gira alrededor del presente de un original medio de transporte. Es acerca del cuestionable valor moral de las leyes, es sobre la libertad de emprender y también de elegir sin restricciones, pero fundamentalmente es sobre el nefasto poder de las corporaciones en alianza con los gobiernos de turno, de cualquier color político. Son los mismos que siempre priorizan sus conveniencias sectoriales por encima de las decisiones de los individuos. Las discusiones no fueron en vano porque ha quedado en evidencia el gran legado de la controversia sobre Uber.

Alberto Medina Méndez
albertomedinamendez@gmail.com
amedinamendez@arnet.com.ar
@amedinamendez
Argentina

jueves, 14 de abril de 2016

ALBERTO MEDINA MÉNDEZ, DESECHAR LAS CONVICCIONES

Parece que los principios ya no importan mucho a la hora de hacer política. Al menos eso es lo que surge al observar lo que hace la inmensa mayoría de los dirigentes cuando debe fijar posturas y brindar discursos en público.

Queda en el aire esa sensación de que las decisiones se toman en base a un conjunto de conveniencias circunstanciales, a un pactado intercambio de beneficios mutuos y siempre de la mano de ocultos acuerdos que la gente desconoce, no por azar, sino por expresa voluntad de los protagonistas.

La política sigue siendo una actividad de escaso prestigio. Las acciones poco transparentes de quienes la ejercen no ayudan demasiado. La gente percibe que los que hoy opinan de una manera, mañana pueden hacerlo de un modo diametralmente opuesto, sin siquiera sonrojarse.

Debe quedar en claro que cambiar de parecer no es un pecado. De hecho, puede ser el síntoma de una meritoria evolución y sinónimo de una gran honestidad intelectual. Cuando una visión sobre la realidad es cuestionada y los argumentos que sostienen esa crítica tienen suficiente sustento, pueden dar paso a una idea mucho mejor, superadora y con mayor fundamento. En esa circunstancia, ese gesto de reemplazar opiniones debe ser aplaudido.

Se requiere, para eso, de una colosal capacidad para dudar de lo que se ha dicho siempre y estar dispuesto a someter las propias miradas al complejo desafío de una interpelación constante frente a otras ideas, contrastándolas con nuevas perspectivas e interpretaciones diferentes y originales.

Lamentablemente, esto se verifica con mayor frecuencia en los ámbitos científicos y académicos, que en el mundo de la política, donde la hipocresía, la versatilidad y el cinismo parecen ser, no solo moneda corriente, sino una virtud en el desempeño de esa tarea.

Cuesta comprender la falta de escrúpulos de muchos dirigentes que con la misma potencia que sostenían hoy una visión, luego reniegan de ella. Vale la pena insistir en esto de que el problema no pasa por cambiar de posición frente a un tópico cualquiera, sino en la escasa dignidad para aclarar los motivos de esa revisión, que pudiendo ser genuina, se desacredita ya no por la eventual mutación, sino por la inocultable ausencia de explicaciones.

Mucha gente se indigna frente a este tipo de montajes burdos, excesivamente habituales en la política contemporánea. Pero no menos cierto es que estas mismas sociedades no han tenido la osadía suficiente para repudiar con determinación estas acciones que tanto critican por lo bajo. La queja aparece por poco tiempo, en el intercambio superficial entre amigos, pero luego se olvida rápidamente con preocupante displicencia.

Ya se sabe que lo que no tiene costo político para un dirigente, lo que no implica una caída en sus posibilidades futuras, termina convirtiéndose en un estímulo. Es bueno comprender que en países como estos, ese tipo de imposturas se reiteran hasta el cansancio, cíclicamente, justamente porque la sociedad las pasa por alto borrándolas de su registro.

Todo esto también ocurre como consecuencia de un premeditado proceso de vaciamiento ideológico que se ha vivido en las últimas décadas con mayor impulso, bajo el paraguas del endiosado pragmatismo.

Los partidos políticos que se han ocupado expresamente de hacer una apología de la flexibilidad de sus creencias han generado deliberadamente este fangoso terreno que les resulta muy cómodo porque pueden decir lo que sea sin costo alguno y cambiar de visión con total maniobrabilidad.

En los países más serios, con mayor gimnasia cívica, los partidos promueven un conjunto de ideas, se identifican con ciertos preceptos y la gente sabe que esperar de ellos frente a cada tema planteado. Sus posturas no son sorpresivas y el margen de ductilidad se utiliza solo para cuestiones instrumentales, pero no para abandonar los principios básicos.

Mientras se siga idolatrando a los pícaros, mientras se continúe con esta detestable práctica ciudadana de apoyar a personas despreciables, los resultados serán estos y habrá que soportar esta maldita inercia.

La política actual prioriza solo sus intereses. Hace acuerdos a espaldas de todos, canjea favores personales, ofrece ventajas sectoriales y privilegios de casta. Esa volubilidad le resulta tremendamente funcional y cuenta con la complicidad de una irresponsable ciudadanía que avala ese esquema porque prefiere no apegarse a una escala de valores tan inquebrantable.

Nadie ha "recuperado la capacidad de reflexionar, ni de decir lo que piensa". En todo caso, sería más apropiado reconocer que  hoy resulta conveniente hacer esto, decir eso y borrar con el codo lo que se escribió con la mano. Es solo una muestra de la perversidad de un sistema, del descaro de una generación de políticos y de una sociedad que tiene mucho que replantearse, porque no solo ha votado a personajes como esos, sino que aprueba a diario, tal vez sin darse cuenta del todo, este tipo de conductas que no son aisladas, sino que forman parte de su inalterable escenografía.

Muchos repiten hasta el cansancio aquello de que "la política es el arte de lo posible", y utilizan esta frase para justificar su eterna adaptabilidad y sus ambiguas posiciones. Que estos episodios se hayan naturalizado más allá de lo deseable no los convierte, de modo alguno, en éticamente correctos.

El presente no es fruto de la causalidad. Buena parte de lo que sucede tiene que ver con lo que se hace mal y la clase política no es la excepción a la regla, sino en todo caso, una prueba irrefutable de la decadencia moral de una sociedad que, en su vida diaria, funciona de idéntico modo, con un doble estándar, reclamando a los demás un status moral que no se pide a sí misma. No solo la política hace siempre lo que más le conviene. Muchos individuos también han caído en la tentación de desechar las convicciones.

Alberto Medina Méndez
albertomedinamendez@gmail.com
amedinamendez@arnet.com.ar
@amedinamendez

Argentina

lunes, 11 de abril de 2016

ALBERTO MEDINA MÉNDEZ, EL TURNO DE LOS DESCARADOS, DESDE ARGENTINA

Parece asomarse lentamente el tiempo de encerrar en la cárcel a algunos corruptos. Sin embargo, no se vislumbra con claridad, un plan serio, integral y concreto para desarticular las verdaderas causas de la corrupción.

Es posible que se estén dando algunos pasos en la dirección adecuada, recorriendo una línea de progresivos avances. Es necesario que los que se apropiaron del dinero de la gente no queden impunes. Si todo esto ocurre finalmente, será una excelente señal para el presente y el futuro del país.

Aun no se sabe si lo que viene aconteciendo es parte de una venganza organizada desde la corporación judicial, una meditada decisión política o solo un ataque espasmódico de moralina ventajista. El resultado final puede ser igualmente muy positivo, con independencia de las motivaciones que han llevado a este repentino despertar cívico y a esta inusual valentía republicana nacida desde las entrañas de este cuestionado sistema.

Más allá de las innegables implicancias favorables de estas noticias que todavía conmueven, desmontar las profundas raíces de la corrupción doméstica, de esa maquinaria arraigada por décadas, precisará de muchas otras acciones y no solo de este mero conjunto de loables intentos aislados.

Esta puede ser una enorme bisagra en la historia política, sobre todo por su significativo valor simbólico.  De algún modo, desde ahora mismo se puede hacer bien lo que casi nunca se hizo adecuadamente. Los corruptos no merecen clemencia alguna. Ellos tampoco la han tenido en ningún momento y sus remordimientos no aparecieron jamás, ni siquiera ahora.

El inocultable cinismo que ostentaron varias generaciones de dirigentes políticos es tremendamente ofensivo para todos. Demuestra una total falta de respeto a los ciudadanos, a esos mismos a los que se les ha mentido reiteradamente sin sonrojarse y sin ningún pudor. Sin dudas, esa despreciable actitud amerita, como mínimo, un castigo moral equivalente.

Para esto no sirve demasiado el endiosado gradualismo que invita a quedarse a mitad de camino. Claro que hay que avanzar caso por caso y continuar por ese sendero, pero importa mucho hacerlo con total determinación y suficiente potencia, para no caer en la eterna tentación de ocuparse solo de algunos emblemáticos incidentes, de seleccionarlos con un sentido político y haciendo gala de un indisimulable oportunismo.

Siempre ha sido una preocupación la impunidad ante la ley, pero hay que invertir también muchas energías en conseguir que los corruptos reciban además un contundente rechazo ciudadano, no solo porque corresponde, sino porque esa es la mayor garantía de que si la estrategia legal tropieza, no podrán continuar con sus fechorías como si nada hubiera acaecido.

Esta casta de inmorales tiene cierto talento para acomodarse a los nuevos escenarios a una gran velocidad, logrando que buena parte de la sociedad olvide todo lo sucedido sin pedir explicaciones por ese evidente cambio. El modo eficiente de terminar con esta patética historia es asegurarse que los corruptos tengan su merecido, pero que también los "colaboracionistas de siempre", no se escapen de ciertas normas haciéndose los despistados.

Una importante cantidad de dirigentes han sido, no solo funcionales por omisión, sino que han cooperado a cara descubierta con esos mismos a los que hoy les han soltado la mano, demostrando además, sin disimulo, sus escasos escrúpulos, su cruel personalidad y su indecencia crónica. .

Los delincuentes que se quedaron con el fruto del esfuerzo de la gente merecen todo el repudio. Pero ese premio también debe ser para aquellos otros que además de colaborar con las andanzas de los malhechores, deambulan por ahí como si nada tuvieran que ver, como si lo ocurrido no se hubiera logrado también gracias a su imprescindible complicidad manifiesta.

Esta actitud de hacerse los distraídos nos los exculpa de nada.  Hicieron lo que hicieron con total convicción. No fueron obligados a punta de pistola a hacer lo que no deseaban. Recibieron beneficios directos por sus posturas públicas y contribuyeron enormemente a construir el andamiaje político de ese perverso poder que fue el instrumento para ejecutar tantas atrocidades.

Es necesario mirar hacia adelante y dar vuelta la página de una vez, pero para hacerlo es indispensable que no se cuelen por los resquicios los secuaces de los forajidos de la política que aun pululan por ahí y pretenden pasar desapercibidos como si ellos no fueran parte central del problema.

Las sociedades siempre evolucionan con los individuos que disponen en un momento determinado y eso incluye a sus dirigentes. Hay que generar el marco de oportunidad para arrepentirse genuinamente. Si se cometieron errores bien vale asumirlos a viva voz, confesar los desaciertos sin eufemismos y comprometerse de un modo diferente para lo que viene.

Lo que no parece razonable es intentar que algo cambie con la participación protagónica de los mismos actores, con gente que no tiene miramiento alguno para delinquir, y que además exhibe una ausencia de códigos de lealtad con sus ideales y sus amigos, que los muestra como lo que son.

Un personaje que mira para otro lado, que ahora descubre mágicamente que, en el pasado, se cometieron delitos que fueron denunciados hasta el cansancio, que de pronto se sorprende ante la inmensa nómina de abusos de poder que emergen a diario y las reiteradas arbitrariedades que han quedado al desnudo, no merece tampoco respeto ciudadano alguno.

La lucha permanentemente contra la corrupción es un deber de todos. Encarcelar a los corruptos también. Pero es necesario además asumir las equivocaciones del pasado reciente con hidalguía. En ese proceso resulta vital ocuparse de esos pícaros que intentan hacerse los desentendidos. Para ellos también están las normas legales, pero si esas reglas no alcanzan para ponerlos en su lugar, será entonces la sociedad la que tendrá que recurrir a las urnas para que pronto sea también el turno de los descarados.

Alberto Medina Méndez
albertomedinamendez@gmail.com
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@amedinamendez

Argentina

sábado, 2 de abril de 2016

ALBERTO MEDINA MÉNDEZ, LA CODICIA COMO SINÓNIMO DE INEPTITUD.

Cuando se trabaja con esmero, se pueden lograr brillantes resultados. El corolario de la tarea bien hecha, de la capacidad de resolver los problemas de la sociedad en el marco de un mercado competitivo, de satisfacer necesidades de un modo óptimo, muchas veces permite generar riquezas.

En cambio, en el ámbito estatal, el único modo de acumular mucho dinero es apelando a la corrupción. Los salarios en el sector público pueden ser inclusive elevados, según la posición que se ocupe, pero jamás se comparan con las significativas ganancias que se pueden lograr en el sector privado.

Sin embargo, en estos países, en el ranking de hombres más acaudalados, invariablemente aparecen dirigentes políticos que ostentan fortunas sin ningún pudor. No es necesario abrir una investigación judicial para darse cuenta de que esos dineros se han logrado recurriendo a negocios espurios.

Nadie puede acumular tantos recursos, en un cargo público con su salario formal. A lo sumo, siendo austero y administrándose muy bien, puede llevar adelante una vida acomodada pero jamás tan ampulosa como la que se le conocen a tantos personajes siniestros por estas latitudes.

La mayoría de los analistas intentan explicar el flagelo de la corrupción enfocándose en sus causas y consecuencias, pero tal vez valga la pena detenerse un poco en comprender como funcionan sus protagonistas.

Es posible entender, aun sin compartir sus criterios, la actitud de algunos que creen que su llegada a las oficinas públicas se constituye en su gran oportunidad para hacerse ricos. Ellos toman esa ocasión como la gran chance para salvarse. Saben que esa circunstancia durará poco tiempo y que si hacen negociados pueden cambiar su situación actual para siempre.

Es evidente que no tienen escrúpulo alguno y que les importa muy poco su eventual desprestigio personal. Algunos apuestan a pasar desapercibidos y que nunca nadie registre sus andanzas, pero su destreza para el disimulo es invariablemente efímera. Tarde o temprano terminan desplegando un patrimonio que jamás podrán justificar.

Indudablemente, su descredito no los incomoda tanto. En su escala de valores disponer de dinero es más relevante que su propia honra. Los tiene sin cuidado lo que opine la sociedad sobre ellos, ni siquiera lo que sus amigos y familiares piensen o la indigna herencia que le dejarán a sus hijos.

Una arista que no se analiza con suficiente profundidad es la otra cara de esa actitud lamentablemente tan cotidiana, de ir por lo ajeno sin pudor alguno, de quedarse con el fruto del esfuerzo de otros, y hacerlo con el descaro y la impunidad que tantas veces se ejercita sin recato.

Ese corrupto que utiliza su poder circunstancial en el Estado, para apropiarse del dinero que no le corresponde, no solo es un delincuente que infringe leyes y un inmoral por su ausencia de principios éticos.

Este individuo, es un incapaz, alguien que no dispone de ninguna habilidad, ni talento, para generar una riqueza legítima y bien merecida. Su valoración sobre sí mismo es muy limitada, casi nula. El no se cree apto. Sabe que no podrá desarrollarse por sus propios medios y el único camino que le queda para lograr su meta es  saquear, sin contemplaciones, a los ciudadanos.

Ni siquiera tiene el coraje de los malhechores que le quitan todo a la gente a cara descubierta. El corrupto es un ser mucho más despreciable aún, porque además de sus burdas acciones diarias, es un cínico sin límites porque habla de la corrupción, como si él no fuera parte esencial de ella. Utiliza palabras como "honestidad" y "transparencia" en su lenguaje habitual, y lo hace a sabiendas de su real comportamiento, lo que lo convierte en un personaje mucho más repugnante.

La corrupción es un fenómeno aberrante, pocas veces combatido con inteligencia. La sociedad supone que solo se trata de elegir a los honestos, sin comprender el complejo entramado estructural que ha sido pergeñado por algunos para que cualquier energúmeno ignorante se aproveche de esas enormes grietas instaladas deliberadamente en el sistema.

Se podrán minimizar los hechos como estos, pero no se eliminarán de raíz hasta que no se logre desmontar el desmesurado tamaño del Estado, la eterna discrecionalidad de sus decisiones y su sombrío accionar.

En ese contexto, seguirán desfilando nefastos personajes por la vida política, sin distinción ideológica ni partidaria. Pero es trascendente entender que los corruptos, no solo son detestables sujetos que se apoderan de lo impropio con absoluta hipocresía, delincuentes de guantes blancos que se aprovechan de la gente, sino también personas que no valen la pena, que no tienen ninguna aptitud y cuya autoestima está por el suelo.

Ellos han elegido voluntariamente el camino del mal, el más humillante de los senderos. Legarán a sus hijos una inmensa fortuna a cambio de que convivan con la pesada carga de sus apellidos. Su patrimonio es la prueba más irrefutable de su absoluta impericia. Ellos solo pueden obtener dinero robando. Jamás podrán ufanarse de haber construido un imperio genuino, ni sentirse orgullosos de su esfuerzo. Es probable que no tengan remordimientos, ni se arrepientan nunca, pero la sociedad jamás los respetará, ni les dará reconocimiento. Su codicia es sinónimo de ineptitud.

Alberto Medina Méndez
albertomedinamendez@gmail.com
amedinamendez@arnet.com.ar
@amedinamendez
Argentina

lunes, 21 de marzo de 2016

ALBERTO MEDINA MÉNDEZ, LA VERDADERA DISCUSIÓN DE FONDO.

La política contemporánea invita permanentemente a encarar debates que son absolutamente periféricos e intrascendentes, que tienen la intención de ocultar contenidos de mayor magnitud. No importa cuál sea el tema que propone la coyuntura. Invariablemente todo gira alrededor de lo mismo.

Lo concreto es que el gasto estatal está totalmente desbordado. La sociedad pretende que el Estado lo haga todo, barato y bien. Eso requiere de recursos que no son inacabables. En ese contexto, la disyuntiva central pasa por definir a quienes saquear en cada ocasión.

Vale la pena recordar que los gobiernos se alimentan de tres únicas fuentes y por más creatividad que se le imprima a este dilema, serán los impuestos, el endeudamiento o la emisión de dinero, las únicas alternativas a las que pueden recurrir los que conducen los destinos políticos de la comunidad.

Se podrán buscar atajos, se utilizarán ardides, se encontrarán inclusive métodos para dilatar los impactos, pero inexorablemente la cuenta algún día se paga. Las vivencias dan testimonio de que cuanto más retorcido es el artilugio, desenredarlo resulta, a su vez, mucho más engorroso.

Esta es la radiografía de muchas sociedades que han intentado hacer del gasto estatal un mecanismo flexible, capaz de soportar cualquier dislate, sin advertir que han fabricado una verdadera "bomba de tiempo".

Esa intrincada construcción no resiste más y administrarla con sensatez parece casi imposible. La clase política ha decidido no dar la mala noticia. Es por eso que siguen hablando del Estado como un ente mágico que todo lo puede y que es capaz de brindar múltiples soluciones a los problemas.

Tal vez sea el momento de empezar a admitir que ese discurso está repleto de repetidas falacias y absurdas mentiras. El Estado no puede siquiera resolver los asuntos más elementales, esos que le dieron nacimiento en el origen de las sociedades organizadas.

La Justicia ya no goza de ninguna respetabilidad y los ciudadanos saben que su seguridad personal, depende más de las acciones preventivas que encara cada individuo que de la protección del las leyes. El Estado no aborda sus funciones esenciales con eficiencia. No puede ocuparse siquiera de lo menos, por lo tanto tampoco puede hacer bien el resto de esas misiones que la ciudadana, en un acto de candidez e ingenuidad, le encomienda.

Claro que la política miente cuando dice que puede hacerse cargo de esos nobles objetivos. El Estado moderno no puede garantizar ni seguridad ni justicia, pero tampoco es eficaz a la hora de educar o curar, mucho menos puede ser empresario o administrar algo más complejo con cierto criterio.

Es tiempo de entender que los dirigentes han ingresado al círculo vicioso del embuste eterno, solo porque no han reunido el valor suficiente para confesar que el sistema que ellos defienden ha colapsado y es ingobernable.

Es importante aceptar que la mayoría de ellos, también, siguen en esa inercia crónica porque existe una sociedad que prefiere la ceguera y la inocencia a la verdad, esa que se verifica en la propia experiencia empírica.

Es más fácil delegar responsabilidades que asumirlas como propias. Será por eso, probablemente, que los ciudadanos siguen buscando a quien endilgarle la tarea que ellos mismos no desean tomar en sus manos.

No se trata de defenestrar a la política y convertirla en la única responsable de todas las calamidades de esta era sino, en todo caso, de comprender que parte de este desatino permanente le toca a cada uno en este juego.

La política debe ser el instrumento para transformar la realidad. Pero es vital distinguir entre su potencial, lo que se puede esperar de ella y su dramático presente, diferenciando lo que debería hacer de lo que hace.

La dirigencia actual ha elegido obedecer a la sociedad, intentando ser consecuente con sus demandas, por eso solo dice lo que la gente quiere escuchar. Son los ciudadanos los que parecen estar muy confundidos al creer que lo que el Estado gasta nace del aire, al punto que muchos se han convencido de que si los políticos dejan de robar, el dinero es inagotable.

La corrupción es mala y no debería ser tolerada jamás, en ninguna de sus formas. Pero es muy ingenuo creer que si el gobierno fuera honesto le sobrarían los recursos para hacer todo lo que la gente pretende.

Como en la vida misma, se precisa comprender que las necesidades insatisfechas son ilimitadas pero también que los recursos son siempre escasos. En definitiva, solo se trata de asignar prioridades y eso implica, irremediablemente, dejar de lado ciertas cuestiones para privilegiar otras.

Mientras no se comprenda esta lógica básica, se seguirá tropezando indefinidamente. En esto, todos son responsables. Primero los líderes por no plantear con franqueza la verdad, aunque sea políticamente incorrecta, pero también la ciudadanía que, a estas alturas, ya no puede alegar ignorancia.

Se puede seguir debatiendo sobre las circunstancias emergentes del presente, sobre si es mejor crear nuevos impuestos o aumentar los existentes, emitir a mansalva o endeudarse como tantas otras veces en el pasado, pero más tarde o más temprano, habrá que enfrentar la verdadera discusión de fondo.

Alberto Medina Méndez
albertomedinamendez@gmail.com
amedinamendez@arnet.com.ar
@amedinamendez

Argentina