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viernes, 4 de septiembre de 2020

CARLOS ALBERTO MONTANER, LA ESTRATEGIA DE DONALD TRUMP

Al fin terminaron las convenciones. La de Trump fue mucho más vistosa que la de Biden. Lo asombroso es que los estadounidenses no le prestaron la atención debida ni a una ni a otra. Los jardines de la Casa Blanca eran un set natural para proyectar el mensaje de Trump. El argumento de que la ley prohíbe la utilización de espacios públicos para hacer campañas partidistas es más débil que la silenciosa presencia del Covid 19. Son épocas especiales. Sin embargo, los asistentes, salvo unos cuantos ciudadanos respetuosos de los demás, no portaban mascarillas ni guardaban la “distancia social” debida. Dios los coja confesados. 

El tema de la campaña republicana es el supuesto socialismo de los demócratas. Ese argumento me ha mordido antes. No me lo creo. Ni Joe Biden ni Kamala Harris tienen nada que ver con la visión comunista de la sociedad. Alegar que Joe Biden es como Fidel Castro es como decir que Donald Trump es como Vladimir Putin. Una manifiesta exageración. (Supongo que Trump no es capaz de envenenar a los opositores). 

Recuerdo las elecciones de 1982 en España, cuando triunfó Felipe González por mayoría absoluta. Un cubano que trabajaba conmigo, muy buena gente, entró en mi despacho a decirme que se iba a Estados Unidos. “¿Por qué?” –le pregunté. “Porque el cordón de aceitunas se lo mete su madre”. Él había sufrido mucho por las locuras colectivistas de Castro. Había sido obligado a sembrar café caturra en el “cordón de La Habana”. Cualquier razonamiento que yo alegara se estrellaba contra su experiencia. 

Cuatro cubanos figuraron en la Convención republicana. La vicegobernadora de Florida Jeanette Núñez, Mercedes Schlapp, Lourdes Aguirre y Máximo Álvarez, un señor que pronunció un discurso muy persuasivo. Llegó a Florida por la operación “Peter Pan” organizada por los curas y la CIA durante el gobierno de John F. Kennedy. Probablemente, ninguno de ellos se hubiera establecido en Estados Unidos de haber estado en la Casa Blanca un nacionalista antiinmigrante como el señor Trump. 

Prueba al canto: Trump, que prometió arrancar de cuajo las “órdenes ejecutivas” de Obama, ha respetado la que le puso fin a la llamada “pies secos y pies mojados” firmada por Bill Clinton, que les permitía a los cubanos pedir asilo en Estados Unidos o presentarse en cualquier puesto fronterizo para recabar la protección americana. Trump no quiere a los cubanos. Por lo menos no los quiere en territorio americano. 

Tampoco quiere a los venezolanos, aunque los ayuda económicamente fuera de las fronteras estadounidenses. No sólo les niega a los venezolanos el TPS (Temporary Protected Status) solicitado por Mario Díaz-Balart y otros 30 congresistas, pese a saber que en Venezuela hay una fracasada dictadura comunista, mientras juega cruelmente con los ochocientos mil “soñadores”, estadounidenses sociológicos  que vinieron al país arrastrados por sus padres, sencillamente porque a sus bases no les gustan los inmigrantes.  

Grosso modo los cubanos apenas constituyen el 4% de los votos de la Florida. Ni siquiera pueden ganar en Miami-Dade. En las últimas elecciones Obama obtuvo el 49% de los sufragios cubanos. En las del 3 de noviembre acaso a Trump lo respalde el 60%, pero los puertorriqueños, avecindados en torno a Orlando, tal vez le den la victoria a Biden, porque tienen razones para sentirse ofendidos por la Casa Blanca. Según Miles Taylor, un alto oficial del DHS (Department of Homeland Security), Donald Trump pretendió vender Puerto Rico, como si la Isla fuese una pieza más del juego Monopoly, o un trozo de real state neryorquino, sin tomar en cuenta que desde 1917, hace más de un siglo, los boricuas son ciudadanos norteamericanos “de nacimiento”. 

No puedo ser trumpista, precisamente, porque Trump es un nacionalista, antiinmigrante, antiglobalización, proteccionista, cuatro categorías que me producen un enorme rechazo. Me gusta que sea (teóricamente al menos) prudente en el terreno fiscal, y que prefiera reducir el gasto antes que subir los impuestos, y que haya mudado la sede diplomática a Jerusalén, algo que habían prometido sin cumplirlo media docena de presidentes antes que él, aunque me irrita su fanfarronería hiperbólica y su actitud de bully incapaz de comprender que los daneses no le quieran vender Groenlandia o a los socios de la OTAN no les guste ser maltratados públicamente. 

Entiendo que quiera sumar a los cristianos evangélicos, y que tome públicamente partido por los “pro life”, aunque sea un tema resuelto por la Corte Suprema, pero alguien con su biografía al sur de la cintura, que se ufana por agarrar a las señoras por la entrepierna, seguramente lo hace como un sacrificio electoral más que como una convicción arraigada, extremo que le reclama Jerushah Duford, la piadosa nieta de Billy Graham, que suele acusarlo de ser un gran hipócrita. 

Sólo faltan dos meses para las elecciones del 3 de noviembre. Veremos qué ocurre. Según Real Clear Politics, Biden está delante en las encuestas. Pero ya sabemos que eso no quiere decir gran cosa.

Carlos Alberto Montaner 
montaner.ca@gmail.com
@CarlosAMontaner
España 

El último libro de CAM es Sin ir más lejos (Memorias). La obra fue publicada por Debate, un sello de Penguin-Random House. Se puede obtener por medio de Amazon Books.  

viernes, 31 de julio de 2020

RICARDO VALENZUELA, ¿QUIÉN ES REALMENTE DONALD TRUMP?, REFLEXIONES LIBERTARIAS, DESDE MÉXICO

Los últimos 4 años mi aventura política ha sido una gran lección que me ha enseñado cómo las pasiones políticas, mal-manejadas, llegan a romper lazos de toda una vida. El apoyar a Donald Trump me ha costado amigos, repudio de los economistas libertarios light, y casi un linchamiento cuando tuve la osadía de ir a un supermercado del barrio chicano de Tucson con mi gorra MAGA. Y yo me pregunto ¿Por qué ese odio? 

Dicen que los verdaderos amigos se hacen en la niñez y, ante los problemas, son los que siempre se forman a tu alrededor. Sin embargo, yo tuve la fortuna de encontrar un amigo especial ya en mi vida adulta. Un tipo muy diferente a las multitudes sin rostro llamado Gary Triano. Alguien que siempre vivió al filo de la navaja y muriera de la misma forma cuando, al montarse en su auto, explotara una potente bomba en un asesinato solicitado por su ex esposa para cobrar su seguro de vida. 

A inicios de los años 90, Gary fungiría como anfitrión en una visita a Tucson del empresario de moda, Donald Trump. Me invitaba a una cena en su casa para tan distinguido visitante y, aclaraba, sería para poca gente. Yo, como todo mundo, tenía información de quien era Trump, un hombre que antes de sus 40 años había construido una impresionante fortuna operando no solo en EU, también en otros 10 países. Un hombre que, además, tenía otras bendiciones como un padre gran emprendedor que lo dirigiera por esa complicada ruta de los grandes negocios, muy buen atleta en su época de estudiante, e inclusive, tuvo una oferta para jugar beisbol profesional. Pero, sobre todo, un hombre a quien Ronald Reagan en una carta lo animaba a participar en política, misma petición que le había hecho John Kennedy Jr.  

La invitación no me entusiasmaba, pues Trump, portaba la reputación de ser arrogante, brusco y de un complejo de superioridad que seguido exhibía. Fue cuando recordé una entrevista que le hicieran a Reggie Jackson y le preguntaban “¿Piensas que José Canseco es un tipo sangrón?” Hace una pausa y responde: “Si tienes 25 años, tienes un físico de actor de Hollywood, tu porcentaje de bateo es superior a 300, pegas más de 40 jonrones, produces más de 100 carreras, robas 40 bases, ganas millones de dólares y a la salida de cada juego tienes 100 jovencitas esperándote, deberías ser sangrón porque con esas estadísticas tienes el deber de serlo”. Fue cuando me invadió la curiosidad y decidí aceptar la invitación.  

En la cena los invitados éramos solo cinco. Al transcurrir la noche se fue develando un hombre totalmente diferente a la reputación con la que la gente lo identifica. Emergía un hombre tranquilo, mesurado, de gran carisma que con genuino interés preguntaba a los asistentes de sus actividades, pedía opiniones sobre diferentes temas mostrando conocimientos profundos y una inteligencia fuera de serie. Los invitados revirábamos preguntando a lo que el respondía con precisa puntería. Me impresionaban sus conocimientos de economía y finanzas antes de saber su alma mater era la escuela de economía y negocios de una universidad elite, la Universidad de Pensilvania. Pero, sobre todo, cuando, al saber yo era mexicano, con gran interés me interrogaba acerca del país. 

Después del evento, de regreso a mi casa repasaba cómo se derrumbaba la imagen que yo tenía de este hombre y, sobre todo, la imagen equivocada que tanta gente tenía de él, y construía una diferente. Definitivamente, el hombre me había impresionado, me había caído muy bien y presentía algo más que luego mi buen amigo Gary me lo develaría. 

Días después veía a Gary y, a boca de jarro, me dice, “Trump te cayó bien ¿no? pero ¿sabes por qué?” no, reviro confundido. “Porque tú y él se parecen”. Con sorpresa le respondo, “ah chingados ¿Cómo qué nos parecemos?” Con una sonrisa procede. “Sí, Trump, como tú, es un salvaje chero gringo. No se calla lo que piensa y lo echa fuera con brusquedad. Si lo insultan, revira esos insultos, si lo atacan, viene luego su contrataque con más fuerza. En su juventud, como tú, fue un peleonero de barrio. Como tú, piensa que los gobiernos son ineptos, corruptos y conducen los países hacia el precipicio. No le importa lo que la gente piense de él y se divierte escuchándolos. Como tú, es orgulloso, soberbio, terco y le cuesta mucho aceptar consejos. Los dos son una especie de kamikazes frente las figuras de autoridad”. 

Yo permanecía con la boca abierta y le digo. “Pinche Gary ¿desde cuándo me has estado psicoanalizando? ¿que eres psiquiatra?” Me responde, “desde que te conocí, chero, y no necesito ser psiquiatra porque tú, como él, no esconden nada ni tratan de actuar algún papel pues son, y no lo cito como virtud, dos libros abiertos en los que todo mundo puede leer, los dos son broncos, bruscos, agresivos, explosivos y es muy fácil hacerlos enojar. Pero, muuyy en el fondo son nobles y muy buenos amigos. Son, como platicabas de tus vaqueros lidiando con los caballos broncos enfermos”, le completo el pensamiento; “no se dejan curar parados”. “Exacto”, responde Gary. “Por eso te cayó tan bien”. 

Para cerrar le digo, “pero también tenemos grandes diferencias” “¿Cuáles?” Pregunta Gary. Le digo,” como unos 100 puntos en el coeficiente de inteligencia, 10 billones de dólares y él es abstemio”. 

Lo vería algunas veces en mis viajes a NY que en esos años eran casi mensuales. En una de esas ocasiones, invitado por él, asistí a una conferencia que impartía en una prestigiada empresa en la cual, entre otras cosas, exhibía gran conocimiento de la teoría Supply-Side que demuestra cómo la reducción de impuestos provoca crecimiento económico al asignar más recursos a las actividades privadas. Y es lo que ya ha activado con la ayuda de Art Laffer, uno de sus creadores y, con la explosión económica que ha provocado, demuestra esa verdad que los demócratas han saboteado. 

Pero, cuando mis actividades ya no lo requerían me ausentaba de NY y se enfriaba la conexión hasta que, días antes de la elección del 2016, me invitaban a una reunión en Phoenix de un grupo pequeño con él. Me saludó con gusto y comentamos la muerte de Gary. En el trascurso de la reunión me pude dar cuenta era el mismo que yo había conocido hacía tantos años, pero, con sus herramientas más desarrolladas, afinadas y, en especial, con pasión exhibiendo su propósito de regresar el país a su grandeza derrumbando el esquema de saqueo operado por Demócratas y Republicanos por igual y, en especial, por los organismos internacionales y otros países. 

Un hombre que, con activos tan difícil de encontrar, es odiado y temido por el EP porque saben que los puede detener y, por eso, durante cuatro años han tratado de destruirlo. Ese es el hombre que yo he conocido durante casi 30 años, no el demonio que describe la media porque así lo ordenan sus amos cuando les entregan sus cheques. No es político y decidía participar en una elección, no en un concurso de simpatía, no necesitaba ser presidente para hacerse millonario, pero, al ver la descomposición política y la forma en que se estaba destruyendo el país, abandonó sus negocios para rescatarlo porque, además, ama su patria, es hombre temerario y decidido.    

Ricardo Valenzuela 
elchero@outlook.com 
@elchero
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México

El mercado libre no ofrece garantías, privilegios especiales, favores, monopolios, oligopolios, subvenciones, ventajas, protecciones, subsidios, apoyos, tratamientos especiales, distinciones, dádivas, cancelación de deudas, en pocas palabras, como lo afirmara Milton Freedman, no hay free lunch. Por eso es tan impopular y por muchos odiado.

viernes, 26 de junio de 2020

JOSÉ LUÍS MÉNDEZ LA FUENTE, ME ENCANTAN ESOS ITALIANOS

Si en algo ha sido coherente el presidente de los Estados Unidos Donald Trump durante los tres años y medio que lleva de mandato, es en su constante decir y desdecirse. En su contradicción permanente, casi siempre envuelta en una nube de declaraciones explosivas, sensacionalistas y atípicas dentro de la compostura que debe guardar un jefe de estado. En este sentido, las últimas sobre Venezuela, dadas hace apenas un par de días, no defraudan a nadie. A nadie, quiero decir, que después de ver como ha venido manejando la política exterior en el resto del mundo, no contase con que el señor Trump, finalmente, se cansaría de entretenerse con ese juguetito en que se ha convertido Venezuela; en ese país de maletín, portátil, más “portátil” que nunca, no obstante el medio siglo transcurrido desde que Adriano González León publicase su célebre novela.

Pero a quien seguramente sí defraudó Trump, fue a la diáspora de más de cuatro millones de venezolanos que andan por el mundo esperando un mejor país para volver, así como a esa gran mayoría que permanece aún en él por diferentes motivos y que desea, igualmente, recuperarlo para sus hijos y nietos, no obstante las fracasadas intentonas de dar al traste con el régimen de Maduro del 30 de abril del año 2019, y de la más reciente de mayo pasado, un verdadero bodrio, bautizado como Operación Gedeón,

Resultaría lógico, pensar que esas declaraciones, en las cuales le quita peso al interinato de Guaidó y oxigena la posición de Maduro a quien convoca prácticamente a una reunión, en la cual lo único que puede perderse es tiempo, pudieran obedecer a una estrategia de último momento, para convencer a Maduro, a quien puso precio de quince millones de dólares por su cabeza, de que se vaya. Sobre todo, luego de que en el pasado, Trump ha sido capaz de reunirse con Kim Jong Un, de quien llegó a decir que es un tipo con el que se puede hablar y con el que va a mantener una magnifica relación, o con Xi Jinping, el presidente de China, país al que ha amenazado y desamenazado en varias oportunidades, en tan solo cuestión de horas.

Lamentablemente, para los venezolanos que habían depositado buena parte de su confianza en la “habilidad de la diplomacia norteamericana” y en la embestida frontal con la que Trump aparenta llevarse a todo el mundo por delante, la última posición del presidente del país más poderoso de la tierra sobre Venezuela, asegurando que apoyó a Guaidó, no obstante su juventud, porque le gustaba a algunas personas, entre ellas a John Bolton su exasesor en asuntos de seguridad nacional, obedece mayormente, al desborde de una rabieta similar a la de un niño aburrido, al que ya no le interesa seguir con el juego que va perdiendo. A un desesperado intento reconociéndolo él primero, de quitarle hierro y adelantarse de alguna manera, a la aparición oficial y masiva en las librerías, donde ya es un “best seller”, del libro “The room where it happened” escrito, precisamente, por su otrora consejero, y en el cual al tocar algunos aspectos relativos al caso venezolano, deja muy mal parado a quien fuera su jefe; caprichoso, cambiante y hasta ignorante, a la hora de tomar decisiones.

Una crítica que es una constante en el texto, donde destacan, además, las implicaciones de China y Ucrania, entre otros temas, en los asuntos internos norteamericanos y que explicaría porque Trump intentó detener primero su publicación ante un tribunal federal, aunque sin éxito, pues tal como argumentó el magistrado en su decisión, buena parte de la información clasificada como confidencial, así como determinados secretos e intimidades de esa habitación donde ocurrió todo, ya habían sido filtrados a la opinión pública, razón por la cual no había manera de evitar cualquier posible daño a la seguridad nacional. Daño que, por otra parte, no estaba especificado en la demanda por restricción a la distribución del libro.

Afortunadamente, no todas las declaraciones emitidas por el presidente Trump el pasado fin de semana, donde los estragos de la “pandemia” y “la cuestión racial” han estado ausentes de manera expresa, han sido del mismo calibre o, al menos, en nuestra opinión, no tan contradictorias o frustrantes como las de Venezuela, por lo que debo reconocer mi coincidencia con alguna de ellas y con su significado, más allá de cualquier otra intención que las haya motivado. Me refiero, concretamente, a unas que pronunció en su mitin de Tulsa, ante una gran concurrencia, a la que por cierto pidió firmar una exoneración de responsabilidad en caso de posible contagio por Covid-19, cuando al condenar la destrucción de que han sido objeto varias estatuas en los Estados Unidos, hizo una referencia expresa a la forma en como un grupo de personas de origen italiano en Nueva York, impidió que la figura de Colón fuese derribada. “Me gustan esos italianos, los quiero”, fue lo que dijo Trump en más o menos palabras.

Y, a mi, también me encantan esos italianos, así como en general, todos los que se atreven a defender la historia de quienes pretenden destruir nuestra memoria y la de nuestros antepasados, de la anti historia, y de los que buscan construir el futuro borrando el pasado escrito con sangre, tratando de reemplazarlo por otro escrito con tiza.

JOSE MENDEZ  
xlmlf1@gmail.com
@xlmlf 

lunes, 22 de junio de 2020

INDIRA URBANEJA, MEMORIAS DE VENEZUELA EN LA CASA BLANCA



John Bolton, en su polémico libro “La habitación donde sucedió: una memoria de la Casa Blanca”, ha dedicado un capítulo a Venezuela, el cual comienza con un “No estuvimos a la altura”. Nada nuevo para quienes hemos mantenido una postura crítica sobre la larga lista de errores cometidos desde Washington en el manejo de esta crisis.


En artículos anteriores he señalado el desatino de la administración estadounidense en “comprar” el plan de un sector de la oposición venezolana que carece de estrategia; traza sus acciones inmediatistas a partir de escenarios irreales; desconoce los códigos del chavismo y de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana. 

Ahora bien, de las treinta y nueve páginas de “Venezuela Libre”, se confirma que al menos Donald Trump tenía claridad sobre las “debilidades” de Juan Guaidó, la “fortaleza” de Maduro y el mal camino que se avizoraba. Dice Bolton, “El 3 de marzo, Trump me dijo: Guaidó no tiene lo que se necesita (…) Aléjate un poco de eso, no te involucres tanto”; siendo así ¿por qué han continuado con el mismo plan sin ningún correctivo?, ¿cuál sería el interés del Presidente Trump en avanzar con alguien que visualiza como un “niño débil”?

Sobre la valoración del Presidente Trump hacia Nicolás Maduro, lo dicho por Bolton coincide con las recientes declaraciones de Fernando Cutz, ex funcionario del National Security Council of The White House, en entrevista con Juan Carlos López de CNN, quien dijo “en privado Trump había comenzado a manifestar respeto por Maduro”.

Todavía no sabemos cuál será el destino final del libro que confirma la opción militar como parte del menú puesto sobre la mesa, sin embargo, para John Bolton, reafirmado en su propio escrito, “la intervención militar no es la solución”. 

El diez de septiembre de 2019, Bolton abandona su puesto en la Casa Blanca. Después de la tristeza colectiva de los radicales venezolanos, quienes creían estar perdiendo a su mejor aliado para la guerra, Donald Trump escribe un tweet posicionando a Bolton como el “obstáculo que lo frenaba” para enviar la séptima flota a Venezuela. 

Surge una contradicción. El 18 de junio el Presidente Trump coloca un trino en referencia a Bolton “es un tonto aburrido descontento que solo quería ir a la guerra”, pero mucho antes, el 29 de enero de este año, cuando ya se sabía de la existencia del famoso libro, Trump dijo: “si lo hubiera escuchado estaríamos ahora en la Sexta Guerra Mundial”, entonces, ¿John Bolton es o no el freno para la guerra?

La administración estadounidense debe definir y responder si su compromiso está con un sector del país, con todos los venezolanos o con sus propios intereses. De confirmarse las memorias de Bolton, sería sumamente preocupante que la intervención militar sea considerada como algo “cool” y que todavía, en pleno siglo XXI, alguien pueda pensar en la posibilidad de revivir la doctrina Monroe, ¿el plan es redemocratización o colonización?

Ahora, ¿por qué tenemos que creer en un Bolton “resentido y enojado”? De la gloria a la “nada” en un tweet, así cierra su paso por la Casa Blanca el ex asesor de seguridad John Bolton. Tiempos aquellos cuando era ovacionado y considerado el hombre que le pondría la braga naranja a Nicolás Maduro, Diosdado Cabello y al Ministro de la Defensa Padrino López.

Así paga el diablo a quien le sirve, dicen en mi pueblo. El presidente Donald Trump lo ha calificado de “traidor”, “loco”, “mentiroso”, “tonto”, “aburrido”. Desde Venezuela, ninguno de sus antiguos aduladores ha salido en apoyo solidario.

Bolton fue utilizado para impulsar una política propia de un circo y ahora es desechado. Primero fue con el show de la famosa libreta amarilla con la nota sobre las 5000 tropas por enviar a Colombia; luego con la cantidad de tweets incoherentes que día y noche dirigía a los altos jerarcas del entorno de Maduro los cuales llegaron a ser tan contraproducentes, que una tarde me atreví a decirle a un alto funcionario estadounidense: “por favor, alguien que le esconda el Twitter”.

En un apartado del capítulo, Bolton cuenta: “Trump periódicamente decía que quería reunirse con Maduro para resolver todos nuestros problemas con Venezuela, cosa que ni Pompeo ni yo pensábamos que era una buena idea”. Es una lástima leer esto, estoy segura hubiese funcionado mucho más que todos los “planes” ejecutados hasta ahora; era la oportunidad perfecta para darle un bálsamo al golpeado ego de Maduro, quien tiene tiempo deseando ese encuentro, no olvidemos cuando lo intentó en el marco de la reunión de Naciones Unidas.

Como anécdota personal, una tarde del verano del año pasado, estábamos reunidos parte de grupo de trabajo informal en un importante tanque de pensamiento de Washington DC, analizábamos la posibilidad de un encuentro Trump con Maduro y posteriormente Guaidó. La propuesta la llamamos “Cumbre de Mar–A-Lago”, pensamos en repetir la historia Clinton, Arafat, Barak en Camp David, tratar de construir una ruta realista para una solución negociada al tiempo que reposicionábamos la diplomacia norteamericana. Esta idea llegó a altos niveles pero no devolvieron el último feedback.

Definitivamente el libro de Bolton es un repaso de sus propias contradicciones y las de la administración. Por un lado se habla de intervención cool, anexionismo Monroe, pero también de reuniones, diálogos; se confirman valoraciones poco favorables a la persona de Juan Guaidó, pero por otro lado se reafirma el respaldo continuado; habla sobre la seriedad de la amnistía ofrecida a militares venezolanos para que abandonaran a Nicolás Maduro, pero olvida que él mismo alejó a esos militares con la grosera y torpe actitud de influencer en Twitter.

Por último, si Guaidó leyó el pdf del libro, debe reconsiderar bien su papel en esta historia. Debo reconocer que el único mérito indiscutible de Juan Guaidó es su coraje. Indistintamente de tener las espaldas cubiertas por un amplio sector de la comunidad internacional, se requiere valentía para verle la cara al “perro con rabia” tan de cerca, sin embargo, es muy mala señal que los presidentes de dos superpotencias no tengan una imagen bien definida de ti, el de Rusia lo visualiza como una Hillary Clinton y el de Estados Unidos como un Beto O’Rourke.
Después de un largo e intenso año, le cambiaría el título al libro de Bolton, le llamaría “La habitación donde ocurrió y no ocurrió nada”.

Indira Urbaneja 
@indiurbaneja

martes, 2 de junio de 2020

CARLOS ALBERTO MONTANER, DONALD TRUMP Y HERBERT HOOVER

Noviembre está a la vuelta de la esquina. ¿Quién pagará en el terreno electoral por los 130.000 muertos proyectados, por los millones de desempleados y por el cierre de miles de empresas provocados por el Covid-19? Creo que el presidente Donald Trump. Le pasarán la cuenta, aunque él no tenga la culpa del maldito «virus chino». Ya se sabe que los electores, grosso modo, votan con la memoria del periodo anterior. 

Veamos. 

El 4 de marzo de 1929 fue un día luminoso. Herbert Hoover, el secretario de Comercio de Calvin Coolidge, asumió la Presidencia de Estados Unidos en la ya primera nación del planeta. Había derrotado al demócrata Al Smith, gobernador de Nueva York, de una manera contundente.

Obtuvo el 58% de los votos populares frente al 40% que sacaron los demócratas, y le ganó en 40 de los 48 estados que entonces tenía la nación. En su discurso de aceptación del cargo, dijo que en un futuro cercano la pobreza sería abolida en Estados Unidos.

Tenía razones para pensarlo. Eran los roaring twenties. Una época de experimentación y desenfreno. A Hoover, como suelen decir en España, “le cabía el Estado en la cabeza”. Sabía qué hacer y cómo hacerlo.

Era un ingeniero geólogo graduado de Stanford, dotado del instinto reformista de los grandes burócratas. Por saber, sabía hasta chino (mandarín), aprendido a fines del siglo XIX como consejero del emperador asiático en cuestiones mineras. La nación llevaba casi una década de crecimiento sostenido como consecuencia de la posguerra, y él era un infatigable organizador y un hombre honrado. 

No pudo. Nada de eso le sirvió. El país se le cayó a pedazos a los seis meses de haber tomado posesión de la Presidencia. En octubre de 1929 se produjo el crash de la Bolsa. Ese fue el punto de partida de la Gran Depresión.

Hay cien explicaciones de ese terrible episodio. Siguió una corrida bancaria. Miles de empresas se fueron a la quiebra y paulatinamente el desempleo se multiplicó hasta llegar al 25% de la fuerza trabajadora. 

A partir del crash de 1929 Hoover no supo qué hacer. Intento con los remedios keynesianos de aumentar el gasto público para aumentar la demanda. No tuvo éxito. También experimentó con el proteccionismo económico

A partir de ese momento no supo qué hacer. Intentó con los remedios keynesianos de incrementar el gasto público para aumentar la demanda. No tuvo éxito. También experimentó con las fórmulas del proteccionismo económico.

En 1930 firmó la ley Smoot-Hawley que imponía unos altos impuestos a las importaciones de productos agrícolas y manufacturas extranjeras. Tampoco resultó. Fue contraproducente. Dio inicio a una guerra internacional de tarifas. Era el ciclo de las vacas flacas, como dice la Biblia, y no es nada fácil enfrentarse a estos periodos.

Lo liquidaron en las elecciones de 1932. F.D. Roosevelt le ganó por landslide. Fue una avalancha de votos a favor de los demócratas. Se invirtieron los resultados de cuatro años antes. Los demócratas triunfaron en 42 de los 48 estados. Se apoderaron de las dos Cámaras.

Durante 20 años estuvieron a cargo de la Presidencia hasta que, en 1952, ganó Dwight Eisenhower, un competente y helado general de gabinete que había estado al frente de los ejércitos norteamericanos durante la Segunda Guerra Mundial. 

Los dos grandes partidos trataron de reclutarlo. Los republicanos consiguieron seducirlo. El mensaje fue sencillo: “Hacer la paz en Corea. Nada de bombardear China, como había recomendado el general Douglas MacArthur. No más guerras. Intervenciones clandestinas en otros países, sí. Pero para eso se había creado la CIA”. Los estadounidenses eran mayoritariamente aislacionistas. Especialmente los republicanos.

Biden no debe confiar en que los estadounidenses irremediablemente votarán contra Trump. Es un formidable competidor que dirá, hará y tuiteará lo que sea necesario para ser reelecto

Aunque las elecciones estén a la vuelta de la esquina, Joe Biden tiene 77 años y no debe confiar en que los estadounidenses irremediablemente votarán contra Trump. Éste es un formidable competidor que hará, dirá y “tuiteará” lo que sea necesario para salir reelecto.  

En alguna medida, dependerá de la vice que Biden elija. (Ya se comprometió a que fuera una mujer). Tendrá que ser alguien que esté lista para ser presidente si él se incapacita, muere en la Casa Blanca o no aspira a un segundo mandato. 

Afortunadamente, dispone de tres mujeres excepcionales: Stacey Abrams, abogada graduada en Yale, y novelista exitosa, quien estuvo a punto de ganar la gobernación en Georgia, y las senadoras Amy Klobuchar (Minnesota) y Kamala Harris (California), ambas también brillantes abogadas y graduadas de magníficas universidades: Chicago y California. Stacey es negra. Kamala es mestiza. Amy es blanca. Biden tiene donde escoger.

Carlos Alberto Montaner 
montaner.ca@gmail.com
@CarlosAMontaner 
España-Estados Unidos

El último libro de CAM es Sin ir más lejos (Memorias). La obra fue publicada por Debate, un sello de Penguin-Random House. Se puede obtener por medio de Amazon Books.

miércoles, 13 de mayo de 2020

CARLOS ALBERTO MONTANER, DONALD TRUMP Y HERBERT HOOVER, DESDE ESTADOS UNIDOS

Noviembre está a la vuelta de la esquina. ¿Quién “pagará” en el terreno electoral por los 130,000 muertos proyectados, por los millones de desempleados y por el cierre de miles de empresas provocados por el “Covid-19”? Creo que el presidente Donald Trump. Le pasarán la cuenta, aunque él no tenga la culpa del maldito “virus chino”. Ya se sabe que los electores, grosso modo, votan con la memoria del periodo anterior.  

Veamos. 

El 4 de marzo de 1929 fue un día luminoso. Herbert Hoover, el Secretario de Comercio de Calvin Coolidge, asumió la presidencia de Estados Unidos en la ya primera nación del planeta. Había derrotado al demócrata Al Smith, Gobernador de New York, de una manera contundente. Obtuvo el 58% de los votos populares frente al 40% que sacaron los demócratas, y le ganó en 40 de los 48 estados que entonces tenía la nación. En su discurso de aceptación del cargo dijo que en un futuro cercano la pobreza sería abolida en Estados Unidos. 

Tenía razones para pensarlo. Eran los roaring twenties. Una época de experimentación y desenfreno. A Hoover, como suelen decir en España, “le cabía el Estado en la cabeza”. Sabía qué hacer y cómo hacerlo. Era un ingeniero geólogo graduado de Stanford, dotado del instinto reformista de los grandes burócratas. Por saber, sabía hasta chino (mandarín), aprendido a fines del siglo XIX como consejero del emperador asiático en cuestiones mineras. La nación llevaba casi una década de crecimiento sostenido como consecuencia de la posguerra, y él era un infatigable organizador y un hombre honrado.  

No pudo. Nada de eso le sirvió. El país se le cayó a pedazos a los seis meses de haber tomado posesión de la presidencia. En octubre de 1929 se produjo el crash de la Bolsa. Ese fue el punto de partida de la Gran Depresión. Hay cien explicaciones de ese terrible episodio. Siguió una corrida bancaria. Miles de empresas se fueron a la quiebra y paulatinamente el desempleo se multiplicó hasta llegar al 25% de la fuerza trabajadora.  

A partir de ese momento no supo qué hacer. Intentó con los remedios keynesianos de aumentar el gasto público para aumentar la demanda. No tuvo éxito. También experimentó con las fórmulas del proteccionismo económico. En 1930 firmó la ley Smoot-Hawley que imponía unos altos impuestos a las importaciones de productos agrícolas y manufacturas extranjeras. Tampoco resultó. Fue contraproducente. Dio inicio a una guerra internacional de tarifas. Era el ciclo de las “vacas flacas”, como dice la Biblia, y no es nada fácil enfrentarse a estos periodos. 

Lo liquidaron en las elecciones de 1932. F.D. Roosevelt le ganó por “landslide”. Fue una avalancha de votos a favor de los demócratas. Se invirtieron los resultados de cuatro años antes. Los demócratas triunfaron en 42 de los 48 estados. Se apoderaron de las dos cámaras. Durante veinte años estuvieron a cargo de la presidencia hasta que, en 1952, ganó Dwight Eisenhower, un competente y helado general de gabinete que había estado al frente de los ejércitos norteamericanos durante la Segunda Guerra mundial. 


Los dos grandes partidos trataron de reclutarlo. Los republicanos consiguieron seducirlo. El mensaje fue sencillo: “Hacer la paz en Corea. Nada de bombardear China, como había recomendado el general Douglas MacArthur. No más guerras. Intervenciones clandestinas en otros países, sí. Pero para eso se había creado la CIA”. Los estadounidenses eran mayoritariamente aislacionistas. Especialmente los republicanos. 

Aunque las elecciones estén a la vuelta de la esquina, Joe Biden tiene 77 años y no debe confiar en que los estadounidenses irremediablemente votarán contra Trump. Éste es un formidable competidor que hará, dirá y “tuiteará” lo que sea necesario para salir reelecto.  En alguna medida, dependerá de la vice que Biden elija. (Ya se comprometió a que fuera una mujer). Tendrá que ser alguien que esté lista para ser presidente si él se incapacita, muere en la Casa Blanca o no aspira a un segundo mandato.  

Afortunadamente, dispone de tres mujeres excepcionales: Stacey Abrams, abogada graduada en Yale, y novelista exitosa, quien estuvo a punto de ganar la gobernación en Georgia, y las senadoras Amy Klobuchar (Minnesota) y Kamala Harris (California), ambas también brillantes abogadas y graduadas de magníficas universidades: Chicago y California. Stacey es negra. Kamala es mestiza. Amy es blanca. Biden tiene donde escoger.

Carlos Alberto Montaner 
montaner.ca@gmail.com>
@CarlosAMontaner. 
Desde Estados Unidos

El último libro de CAM es Sin ir más lejos (Memorias). La obra fue publicada por Debate, un sello de Penguin-Random House. Se puede obtener por medio de Amazon Books.   

viernes, 8 de mayo de 2020

ALFREDO CEPERO, LA MANO SINIESTRA DE BARACK OBAMA, DESDE ESTADOS UNIDOS

Los políticos de la mafia de Chicago ni toleran ni perdonan a quienes se les enfrentan y, más temprano que tarde, pasan la cuenta. Obama se la pasó a Michael Flynn.

Aún antes de que el Alcalde Richard Daley Senior le vendiera los votos del estado de Illinois a Joseph Kennedy para que su hijo John le robara las presidenciales de 1960 a Richard Nixon ya Chicago disfrutaba de una bien ganada reputación de corrupta. En ese ambiente hizo su entrada a la vida pública un aventajado joven mulato que había crecido a la sombra de su abuelo blanco y de sus compinches de la ideología de izquierda. Su nombre Barack Hussein Obama. Un hombre que aprendió en el pantano de Chicago las artimañas necesarias para triunfar en el pantano de Washington.

Obama inició su proselitismo político asistiendo por más de veinte años a la iglesia de Trinity United Church of Christ, en Chicago, liderada por el polémico pastor Jeremiah Wright, un consumado terrorista del púlpito cuyo sermón más famoso fue el titulado "Dios maldiga a América". Cuando decidió aspirar al Senado Estatal de Illinois, Obama anunció su campaña en la residencia de los dos terroristas confesos y miembros del Weather Underground, Bill Ayers y Bernardine Dohrn.

Por lo que resulta obvio que Obama y el terrorismo han andado de la mano desde hace mucho tiempo. Pero su capacidad para la simulación le ha permitido, al igual que la famosa "gatica de María Ramos", tirar la piedra y esconder la mano. Esa característica de su personalidad le ha sido muy útil en su vertiginosa y productiva carrera política. Un millonario que jamás ha sido dueño de empresa alguna ni desempeñado un empleo que cree riquezas.

Quizás esa sea la razón por la cual sus ocho años en la Casa Blanca estuvieron marcados por la ineptitud, la cobardía y la mentira. La raya roja con la que amenazó al dictador sirio Bashar al Assad se tornó amarilla cuando el amenazado continuó utilizando armas químicas contra la población civil. Los miles de millones de dólares con los que se propuso comprar la simpatía de los clérigos iraníes sólo le ganó el desprecio de los matones. La patraña inventada para justificar su inercia ante el asesinato de cuatro diplomáticos americanos en Benghazi no se la creyó nadie.

Pero en el campo de las mentiras, Obama bien merece un Oscar por su capacidad histriónica. Con su sonrisita sardónica le prometió a los americanos que su programa de salud−llamado "Affordable Care Act" y mejor conocido como "Obamacare"−les permitiría continuar con sus seguros individuales, mantener sus médicos personales y les ahorraría un promedio de 2,600 dólares anuales. No resulta, por lo tanto, extraño que esta cruel mentira haya sido rechazada por la mayoría del pueblo norteamericano.

Menos extraño todavía es el hecho de que, en noviembre de 2016, el pueblo norteamericano se decidiera a cambiar en forma radical la composición del gobierno y la dirección de la nación. La elección de Donald Trump, un hombre que jamás había ostentado un cargo público, fue un verdadero terremoto político que tomó por sorpresa a la totalidad del pueblo americano, pero, sobre todo, al mismo Barack Obama.

De hecho, el rechazo de Hillary Clinton fue, en gran medidas, un rechazo a la política de Obama. Un hombre de su arrogancia no podía aceptar de buen grado ese insulto a su auto idolatría. Obama se dio entonces a la tarea de encubrir sus trampas, obstaculizar al nuevo gobierno y destruir tanto a Trump como a sus colaboradores cercanos.

A Donald Trump lo acusaron de todo tipo de transgresiones. Llegaron al extremo de inventarle delitos. El más destructivo de todos fue la acusación de que había conspirado con los rusos para ganar las elecciones presidenciales. Nombraron a Robert Mueller, un abogado y ex miembro del FBI con reputación de hombre íntegro, con el título de Abogado Especial, que tendría a su cargo la investigación de los hechos.

La comisión nombrada más tarde por Mueller estuvo integrada en su totalidad por miembros o simpatizantes del Partido Demócrata. Por razones que no han sido esclarecidas, Bob Mueller fue una figura decorativa que daba un toque de imparcialidad a la investigación. De hecho, Mueller delegó muchas de sus responsabilidades en un fanático de la izquierda llamado Andrew Weissman, amigo personal de los Clinton. De todas maneras, a pesar de los 30 millones de dólares malgastado en esta cruzada del odio, la verdad triunfó sobre la mentira y Donald Trump fue exonerado de todos los cargos.

Pero, cuando se dieron cuenta de que Trump era un árbol gigantesco que no podía ser arrancado desde sus raíces, comenzaron a poderle las ramas. Entre ellas se encontraban los colaboradores más cercanos del presidente como Rudy Giuliani, Roger Stone, Paul Manaford, Michael Cohen y George Papadoupolos. Ahora bien,  el más importante de todas esas ramas y primero en esa lista de la infamia fue el Teniente General y veterano de 33 años en las fuerzas armadas, Michael Flynn.

¿Por qué Michael Flynn? Porque este general de conducta intachable había sido Director de la Agencia de Inteligencia del Departamento de Defensa bajo la presidencia de Barack Obama. Los encargados por Obama de destruir a Trump sabían que podían engañar a aquellos asesores de Trump sin experiencia en las intrigas de los organismos de inteligencia, pero no a Michael Flynn.

Obama, por su parte, quería cerrar una cuenta pendiente con Flynn por lo que consideraba un acto de insubordinación del general. Durante la campaña presidencial de 2012, Obama trató de sacar ventajas políticas a la liquidación de Osama Bin Ladin y dijo que, con ella, AlQaeda había desaparecido. Cuando en unas declaraciones ante el congreso le preguntaron a Flynn si estaba de acuerdo con las declaraciones del presidente, el general dijo que no y que, en su opinión, habría AlQaeda para rato. Los políticos de la mafia de Chicago ni toleran ni perdonan a quienes se les enfrentan y, más temprano que tarde, pasan la cuenta. Obama se la pasó a Michael Flynn.

Noticias filtradas durante estos casi cuatro años señalan como ejecutores de esta venganza a los miembros del Buró Federal de Investigaciones James Comie, Andrew McCabe y Peter Strzok, al Director de la Agencia Nacional de Inteligencia, James Clapper y al Director de  la Agencia Central de Inteligencia John Brennan. También desempeñaron papeles de importancia funcionarias de alto nivel y de la total confianza de Obama como Susan Rice, Samantha Powers y Sally Yates.

La Rice mintió en cinco programas dominicales sobre la causa de los cuatro asesinatos de Benghazi, la Powers violó la ley revelando los nombres de ciudadanos americanos en investigaciones sobre inteligencia y la Yates acusó a Flynn de violar la Ley Logan, que no ha sido aplicada jamás desde su aprobación en enero de 1799. Ninguna de esta gente se habría atrevido a lo que equivale a un golpe de estado contra un presidente legalmente electo sin la aprobación de su jefe. En ese momento, el jefe era Barack Hussein Obama.  

Pero como no hay nada que permanezca eternamente oculto bajo el sol esta conspiración que puso en peligro a la democracia americana ha comenzado a salir a la luz gracias al nuevo Secretario de Justicia William Barr y del Fiscal de Distrito del estado de Connecticut, John Durham. Sin embargo, la verdadera heroína en esta batalla ha sido la abogada Sidney Powell, defensora del General Flynn.

Gracias a la tenacidad de esta mujer ahora sabemos que el General Flynn se declaró culpable cuando los fiscales lo amenazaron con perseguir a su hijo por delitos ficticios. Que los agentes del FBI que entrevistaron a Flynn en la Casa Blanca a principios enero de 2017 le tendieron una "trampa de perjurio". La misma consiste en interrogar a un testigo con el principal objetivo de obtener declaraciones que les permita acusarlo más tarde de perjurio. Pero lo más revelador, despreciable y mortificante es el hecho de que los mismos agentes del FBI que lo interrogaron concluyeron que Flynn no había mentido. ¡Ahí está la trampa y, por ende, la mano siniestra de Barack Obama!

Alfredo Cepero
alfredocepero@bellsouth.net
@AlfredoCepero
Director de www.lanuevanacion.com
Desde Estados Unidos 

viernes, 28 de febrero de 2020

RICARDO VALENZUELA: CENA DE APACHES CON PEYOTE. REFLEXIONES LIBERTARIAS

La nueva década del siglo ha iniciado con una fisonomía muy diferente a lo que alertaran infinidad de predicadores afirmando Trump era un animal carnívoro que se ha tratado de hacerlo herbívoro y, bajo su presidencia, el mundo se acabaría envuelto en guerras, explosiones financieras, económicas y climáticas. No ha estallado la tercera guerra mundial, no se han derretido los polos y, por el contrario, Trump proclama que EU vive la mejor época de su historia y lo mejor está por llegar, mientras los demócratas se horrorizan ante la posibilidad que sea cierto.  

Así caminamos hacia un verano que se perfila más caliente que el infernal desierto del valle de la muerte. Y es que, después su saboteo permanente, las fuerzas ocultas no han podido eliminar a su gran enemigo, Donald Trump, y parece que, ante su desesperación, tendrán que enfrentarlo en la elección este mes de noviembre. Su desesperación se ha convertido en pánico cuando la partida de aspirantes demócratas, en un proceso semejante a una cena de apaches intoxicados con peyote, se destruyen ellos mismos ante una sociedad histérica cuando, al debatir, su único objetivo es elegir al candidato que represente el polo más extremo del nuevo socialismo marxista de su partido. 

Desde que Trump anunciara su ruta hacia la presidencia, se iniciaba un cataclismo mundial que transitaba desde los chistes hasta convertirse pánico alrededor del mundo. Y aquel verano del 2015 explotaba una grave epidemia que ahora se conoce como, TDS, (Trump Derangement Syndrome) y abrazara de forma especial a México y luego al resto del mundo. Esto ha sido para mí una experiencia enriquecedora cuando, al haber decidido apoyarlo, me ha llevado a vivir situaciones que jamás hubiera imaginado. Dese la pérdida de amigos hasta el cierre de muchas puertas que siempre habían permanecido abiertas. Una actitud que alguien la ligara con la estrategia de los demócratas: “una rebelión invitando a la gente para abandonar el boom económico más grande de su historia”.  

Sin embargo, en mi azarosa vida he enfrentado situaciones que me han dado las armas para sortearlas. Pero, aun así, no logro entender los extremos a los que este síndrome ha llevado a gente que, antes de establecer posiciones, no aplican en sus análisis la lógica, la razón. No siguen el consejo que alguien me diera hace años: “Cuando te invada la cólera cuenta hasta tres, si la cólera es muy grande, hecha un madrazo y permite que te invada la cordura para que te des a la tarea de, con inteligencia, resolver lo que te provoca esa conducta”. Ello me ha permitido olvidarme del boxeo y de ser un hombre tan impopular en mi tierra. 

Practicando lo aconsejado, decidí acudir a un Walmart en el sur de Tucson—área 90% mexicanos—vistiendo mi gorra “Make América Great Again”. La gente primero me fusilaba con la mirada, después escuché un grupo comentando, “pinche gringo hijo de la chingada, ¿por qué no lo sacamos a jodazos?”. Ante su sorpresa intervengo en español preguntando ¿Por qué me van a sacar si no he cometido ninguna falta? Me rodean, empezamos a discutir y, para mi sorpresa, cuando les expusiera mis bases para ser Trumpista, el nivel más bajo del desempleo de hispanos y todas las impresionantes cifras económicas, bajaban su tono e iniciábamos un interesante intercambio. Al final me dicen; “ah qué chingados, nosotros no estábamos enterados de todo eso”, y continuaban haciéndome preguntas inteligentes. Terminamos ese intercambio dándonos la mano y yo con una invitación para reunirme de nuevo con ellos. 

Me retiré pensando, si esta gente, a los que uno de los traidores del FBI y enemigo de Trump, definía como los apestosos de Walmart entendían y abrían sus mentes. ¿Por qué los perfumados de barrios de clase alta permanecen con sus mentes cerradas? Yo mismo me respondía, tal vez esos sabios al no haberse cumplido sus predicciones y un subconsciente refregándoles que se equivocaron, su frustración les provoca cada día ser más feroces. No estalló la tercera guerra mundial, el mercado en Wall Street ha doblado su valor, la “guerra comercial” con China fue ganada por Trump, se han creado 8 millones de empleos etc. Pero cuando a los perfumados les presentan esas cifras, en lugar de alegrarse, montan en rabia como, si el éxito de las políticas de Trump, fueran para ellos lo que la kriptonita para supermán. 

Sin embargo, hay un evento que me ha preocupado de forma especial. Y es porque su protagonista es un hombre que porta un doctorado en economía de Chicago, supuestamente liberal, alguien que llegué a admirar, un hombre decente, exitoso, de familia y al que yo consideraba mi amigo. Hace unos meses recibí un mensaje suyo acompañado de insultos exigiéndome que lo borrara de mi lista de envíos por considerarme un “abominable Trumpista”. Le respondí que yo le pedía lo mismo pues me daba cuenta había adquirido el TDS, me revira ya con un ramillete de insultos y una declaratoria de guerra. Pensé, debe haber estado en un mal momento y cuando analice los números económicos se dará cuenta que Trump no destruyó el mundo. Decidí olvidarme del asunto. 

Hace unos días me hacen llegar el último artículo de este hombre. Inicié su lectura y no lo podía creer. No se ha movido un solo milímetro de su posición y, expirando un odio enfermizo contra el presidente, afirma que, “a pesar de estar destruyendo el país”, era posible que se reeligiera y esto sería el fin del mundo. Entonces, yo pregunto ¿estos son los liberales mexicanos, los mismos que en sus reuniones durante 8 años jamás expresaran una crítica de un marxista como Obama? Para consolidar mis inquietudes hace un par de días me llega un mensaje del líder de una de las organizaciones empresariales más importantes de México, comparando a Trump con Lopez Obrador y calificando a los dos como payasos. Si los grandes economistas y los líderes de la empresa privada portan esas ideas; ahora más que nunca entiendo por qué México fue condenado a la eterna mediocridad por Milton Friedman (fundador de Alianza Álamos). 

Los reyes en la oscuridad sí tienen razones para odiar a Trump y desean desaparezca. Pero no entiendo a los perfumados porque, por más que busco, no encuentro los motivos que provocan su furia infernal. Esos reyes oscuros acaban de gritar su odio a través de una de la herramienta de los Rothschild, “The Economist” de Londres, donde elevan su queja de cómo Trump está destruyendo su proyecto; “The New World Order” y, si no lo asesinan como lo hicieran con Kennedy, es una batalla que pueden perder pues Trump no recula. 

Ellos tienen su candidato entre el ramillete de camaradas del politburó demócrata, pero saben bien que no lo pueden derrotar. Ni siquiera el mafioso que los representa, George Soros, con sus parvadas de rugientes talibanes ha podido detenerlo. Pero lo que verdaderamente los priva del sueño es que, si se reelige, ya libre de las trampas de la Pelosi y su pandilla de rufianes, va a iniciar una purga de traidores aun en la administración y, finalmente, exhibir al equipo Clinton ante el mundo y pueden perder algo más que su NWO y eso les provoca pánico.                     
Los grandes hombres son como las águilas. Construyen sus nidos en una majestuosa Soledad. Porque un alto grado de intelecto tiende a convertir al hombre en un ser antisocial..  Arthur Schopenhauer

Ricardo Valenzuela
chero@refugioliberal.net
chero.itesm@live.com
chero@reflexioneslibertarias.com
@elchero
Desde Mexico

martes, 11 de febrero de 2020

DOMINGO ALBERTO RANGEL: LA MISMA GIRA

En la red del pajarito me topo con un mensaje dirigido por una persona que se dice venezolana… quien extrañamente esconde la identidad tras un águila calva que como se sabe… no vuela por nuestras tierras.

Nada extraño: La identidad equívoca abunda y hay quien tras la foto del ave nacional de Estados Unidos pretende darnos lecciones de nacionalismo y moderación también pide la intervención de tropas extranjeras en nuestro territorio.

Apartando la bobería de esconderse tras el ave imperial, en vez de usar un gavilán -si eso le da seguridad- me reclama que no comente lo que considera segunda parte de la gira del autoproclamado.

Acepto el reto… pero no engañemos a los lectores.

Proclama él o la twittera… que la gira del interino se divide en dos partes.

Nada que ver.

El autoproclamado… y este remate sirve de prueba… no se manda… tiene como las marionetas hilos que otros halan.

Ya expliqué en anterior columna que el paseo por Europa del diputado fue un rotundo triunfo pero no por las razones que esgrimen los seguidores que aún le quedan.

Fue un éxito para quienes a nombre de un pueblo empobrecido… en parte por las sanciones… y en parte por las políticas de veinte años repartiendo… veinte años ahogando las posibilidades de enriquecerse decentemente… roban descaradamente los recursos de la ayuda humanitaria.

Ahora tendrán más fondos para meter las garras esos guaidólovers.

La parte americana de la gira –es la misma porque quienes la urdieron son los financistas de la parte europea- fue maquinada por quienes velan en el Congreso de USA para asegurar la entrega de recursos a dividir bajo cuerda entre la mafia de Miami… y la banda de Guaidó.

Por eso coincidió con un Super Bowl hispanizado que garantizaba la presencia de Trump celebrando el anunciado final del impeachment. Así garantizaban votos de Florida… a cambio de recursos que el ciudadano estadounidense nunca sabe para qué se gastan y cómo.

Lo demás es teatro: Trump injerencista promete acabar con nuestro gobierno… como antes prometió volatizar al gobernante de Norcorea y derrocar a los de Siria e Irán.

Mientras tanto Nicolás Maduro a causa de las sanciones liberaliza gran parte de la economía… aplausos… ojalá dure.

Domingo Alberto Rangel
doalra@yahoo.com
@DomingoAlbertoR
@UNoticias  

ALFREDO M. CEPERO: EL SÍNDROME DE ENAJENACIÓN DE LOS ENEMIGOS DE TRUMP

La simbiosis del político y del artista produjeron una noche de grandes beneficios para la campaña política que se avecina.

Donald Trump  es sin dudas el presidente de los Estados Unidos más odiado en los últimos 60 años. Ha superado incluso a presidentes tan vituperados como Richard Nixon y Ronald Reagan. Muchos analistas políticos se preguntan cuál es el motivo de este odio vitriólico. Mi tendencia a abordar temas difíciles me impele a buscar una respuesta a este complicado acertijo.

Durante años, demócratas y republicanos han actuado según el mismo libreto en su ejercicio del poder político. Las élites establecidas de ambos partidos se diferenciaban únicamente en la retórica pero no en la forma en que conducían los negocios públicos. Hablaban distinto pero actuaban lo mismo. Se protegían unos a otros en la usurpación de prebendas gubernamentales. Algo así como "hoy yo y mañana tú" y el pueblo crédulo que iba a las urnas era burlado en los procesos electorales.

Toda esta política de la iniquidad predominó hasta que llegó Donald Trump, el perturbador por excelencia. Un hombre que habla y actúa de la misma forma. Que, por primera vez en muchos años, se ha convertido en el candidato que ha tenido la integridad y la vergüenza de cumplir sus promesas de campaña al llegar a la Casa Blanca. Y que, con ello, ha desatado una enfermedad política que ataca a las élites de ambos partidos con la misma intensidad del ominoso corona virus chino.

El nombre de esta dolencia: "Trump's derangement syndrome". En español: "Síndrome de enajenación de los enemigos de Trump." De hecho, se podría decir que Trump es un enajenador de sus enemigos. Los saca de quicio y los turba del uso de la razón y de los sentidos. Parecería estar en posesión de poderes sobrenaturales. El mejor ejemplo es una Nancy Pelosi que inició un juicio político (impeachment" contra Donald Trump que sabía perfectamente tener perdido.

Desafortunadamente, Nancy no está sola en su odio vitriólico al presidente. Se encuentra en compañía de muchos como Mitt Romney, uno de los rezagos de la élite republicana que bailaba al mismo ritmo que la élite demócrata. Estos dos enajenados han perdido todo sentido de moderación y hasta de sentido común.
Ante la vista de millones de televidentes, Nancy Pelosi hizo trizas la copia del discurso sobre el estado de la Unión que le entregó el presidente. Mitt Romney, por su parte, se ha hecho acreedor a la innoble distinción de convertirse en el primer senador republicano en votar a favor de condenar al presidente de su propio partido en un juicio político.

Pero hay mucho más. Estos dos son unos fariseos que esconden su maldad detrás de una pretendida fe religiosa. Cuando un periodista tuvo el coraje de preguntar a la Pelosi si odiaba al presidente, la belicosa señora le apuntó con el dedo en forma amenazadora y le dijo: "Yo no odio a nadie y rezo por el presidente todos los días". Mitt Romney, por su parte, tomó esta página del libro de la Pelosi. Justificó su voto de condena a Donald Trump diciendo: "Yo soy profundamente religioso. Mi fe esta en el centro de mi vida. Tomo muy en serio mi juramento a Dios."

La realidad es que ambos están en conflicto con San Mateo 7:15-20: "Cuídense de los falsos profetas, que vienen a ustedes disfrazados de ovejas , pero por dentro son lobos rapaces. Ustedes los conocerán por sus frutos, pues no se recogen uvas de los espinos, ni higos de los abrojos".

Pero entre estos dos el más miserable y el que corre mayor peligro de ostracismo político es Mitt Romney porque Donald Trump, ganó el estado de Utah por amplio margen en las presidenciales de 2016. Me explico. Con el respaldo del  Partido Republicano a nivel nacional, el poder legislativo del Estado de Utah puede aprobar sin demoras el Proyecto de Ley HB 217 para llevar a cabo una revocación de Romney. Esto lo obligaría a aspirar de nuevo a su escaño en el senado federal compartiendo la boleta con el candidato presidencial del Partido Demócrata al que tanto ha beneficiado con su voto contra Trump en el juicio político.

Por otra parte, la mala noticia para las élites políticas es que los dos partidos han desaparecido y las opciones son inmensamente claras. Con los comunistas de Bernie Sanders o con los capitalistas de Donald Trump. Los logros del capitalismo hablan por sí mismos y no dejan lugar para ficticios lemas ideológicos o destructivos delirios fanáticos. Sobre todo después de las historias de miseria y horror que hacen de Cuba, Venezuela y Nicaragua, antesalas del infierno en la Tierra.

Veamos algunas de esos logros enunciados con mayor amplitud por Donald Trump en su reciente discurso sobre el Estado de la Unión. El presidente comenzó diciendo: "Hace escasamente tres años iniciamos la renovación de América. Esta noche me presento ante ustedes para compartir los increíbles resultados. Los empleos se multiplican, los ingresos crecen, la pobreza está en picada, el crimen se reduce, la confianza aumenta, nuestro país está prosperando y es respetado de nuevo. Los enemigos de América se baten en retirada. Los valores de América van en aumento y su futuro es brillante."

Paso entonces a una lista de éxitos que, en honor a la brevedad, procedo a sintetizar. El presidente dijo que desde su elección se han producido 7 millones de nuevos empleos y los niveles de desempleo de los afro americanos, hispano americanos y asiáticos americanos son los más bajos de la historia. Destacó que bajo su administración se han creado 12,000 nuevas fábricas, que los Estados Unidos disfrutan de independencia energética y que los sistemas de salud protegerán siempre a los pacientes con condiciones pre-existentes.

En un tema sensible e intensamente debatido el presidente pidió a los legisladores que aprobaran una ley condenando el aborto en estado avanzado de la gestación y agregó:"Seamos demócratas o republicanos, creo que debemos estar de acuerdo en que la vida humana es un regalo sagrado de Dios". Y ratificó la promesa hecha ya varias veces de que, bajo su administración, el socialismo no podrá prosperar en  los Estados Unidos. Por último les dijo a los tiranos de Cuba, Venezuela y Nicaragua que los Estados Unidos apoyan a quienes luchan por la libertad y la democracia en esos países.

Pero tan importante como la elocuencia de sus palabras fueron los ingredientes que rodearon el discurso y le dieron un atractivo de producción de Broadway. Detrás de esta trama estuvo sin dudas la mano del Donald Trump que condujo por 14 años el programa The Apprentice en la cadena NBC en el cual ganó 214 millones de dólares. La simbiosis del político y del artista produjeron una noche de grandes beneficios para la campaña política que se avecina.

Presentó por ejemplo al último piloto vivo de raza negra que luchó durante la Segunda Guerra Mundial, concedió la Medalla de la Libertad al popular comentarista conservador Rush Limbaugh, presentó a víctimas de la violencia urbana, mostró a un niño prematuro sobreviviente y destacó la reunión de un soldados con su familia. Es asimismo importante señalar que tuvo el acierto de no mencionar ni el cambio climático ni el juicio político a que fue sometido en el Congreso. Esta fue sin dudas una noche que benefició a Trump y multiplicó el síndrome de enajenación de sus enemigos en los dos partidos.

Pero más importante todavía, una noche que aumentó su popularidad y su influencia entre los votantes de todas las ideologías, de todos los sexos y de todas las razas. Por ejemplo, según una encuesta de la empresa Gallup, los niveles de aprobación de la labor de Trump como presidente se encuentran en el 49%, los más altos desde que tomó posesión en enero de 2017.

Al mismo tiempo, mientras los demócratas sufren una división interna que amenaza con destruirlos, Trump disfruta del 94 por ciento de respaldo entre los miembros del Partido Republicano y el 42 por ciento de apoyo de los votantes independientes. Igualmente esperanzador es el hecho de que el 47 por ciento de los ciudadanos están satisfechos con la dirección del país y el 52 por ciento se opone a que Trump sea sometido a otro juicio político. Con estos éxitos y estas estadística, al menos por el momento, Trump tiene asegurada su reelección en noviembre.  

Alfredo M. Cepero
alfredocepero@bellsouth.net
@AlfredoCepero
La Nueva Nación  

RONNY PADRÓN: LA GRAN APUESTA DE DONALD TRUMP

El público apoyo brindado recién al Presidente Encargado de la República de Venezuela no deja lugar a dudas. Solo una persona con la visión y arrojo de Donald Trump podría exponer su bien ganado prestigio de «excelente jugador» apostándole a una causa de liberación nacional cuyo líder mundialmente reconocido carece evidentemente de las necesarias cualidades inherentes al cargo.

Así las cosas corresponde esperar desde ya un accionar de gran contundencia por parte del Presidente de los Estados Unidos de América. Dirigido al restablecimiento inmediato del orden constitucional en la República de Venezuela en proporción e intensidad pocas veces vista para tales situaciones. Considerados como fueren los enormes requerimientos a solventar en el caso Venezuela comenzando por una dirigencia demócrata que, salvo honorables excepciones harto conocidas, se constituye hoy día en el principal aliado del Estado Criminal Socialista en el poder.

En pleno conocimiento de estas realidades no es de extrañar que el primer mandatario estadounidense – tan proclive a los grandes retos y su larga y brillante trayectoria en los negocios así lo demuestra su limitada pero exitosa carrera política lo certifica – decidió comprometer su prestigio y responsabilidad política al frente de la primera potencia mundial. A sabiendas que el éxito en este emprendimiento lo consagrará como el paladín de las libertades democráticas en el nuevo milenio.

Porque la gravedad de un genocidio en curso en esta la patria de Simón Bolívar nos concede licencias para tolerar contextos inaceptables en mejores circunstancias. Preferible será deberle la libertad a quienes se reconocen como libertarios, antes que continuar bajo la esclavitud de aquellos cuya profesión es el crimen

¡Ni un paso atrás! Ora y labora.

Ronny Padrón
caballeropercivall@gmail.com
@caballeroperci
@NOTDIG

lunes, 10 de febrero de 2020

JOSÉ LUIS ZAMBRANO PADAUY: UN ENCUENTRO DECISIVO PARA DEFINIR EL RUMBO. SAINETE EN CAPSULAS.

Los aplausos atiborraron el hemiciclo del parlamento norteamericano. Todos por unos segundos eran adeptos de las mismas consignas. Republicanos y Demócratas parecían estar de acuerdos en un solo punto. Sentían una irresistible necesidad de normalidad hemisférica. Un fervor por lograr hacer realidad las esperanzas de los tenaces. Sí, se sintió apoteósico y real. No hubo brumas de dudas sobre ese momento.

Guaidó recibió la ovación de pie, levantó la mano ante el anunció de Trump sobre su presencia y apenas logró esbozar una mueca que trató de convertir en sonrisa. No era su momento, sino el de su país.

Los rumores corrían desde la semana anterior, entre excusas inciertas y un nada definitivo. Tal vez habría una corazonada o la misma necesidad le daba lógica a la posibilidad. Se haría realidad el encuentro esperado. Pero nunca se presumió con certeza que el preludio fuera tan impactante.

Arribó a Washington y se trasladó al Capitolio. Fue invitado especial en el discurso del Estado de la Unión que pronunciaría el mandatario norteamericano. El estar presente ya era un gran paso. Era convidado de buena gana en donde se cuecen las definiciones y se debaten los caminos.

Cuando fue nombrado por Trump desencadenó una sacudida nacional. Una furia rara por alcanzar este valioso triunfo. Las posibilidades, las promesas… un momento histórico, una visión infalible por cumplirse, que nos han mantenido con los nervios templados. "Aquí, esta noche, se encuentra un hombre muy valiente que lleva consigo las esperanzas, los sueños y las aspiraciones de todos los venezolanos”, articuló el gobernante norteamericano con sobriedad, a sabiendas de la mirada vidriosa de un pueblo entero.

“Uniéndose a nosotros entre los presentes está el verdadero y legítimo presidente de Venezuela, Juan Guaidó”. Las palabras de Trump fueron acompañadas por una aprobación sonora, estimulante y verdadera de los asistentes. La misma Nancy Pelosi, líder del Partido Demócrata y presidente de la Cámara de Representantes, cambió su desestimulante mirada de enfado hacia su enemigo político, para unirse por unos segundos a la aclamación.

“Señor presidente, por favor lleve este mensaje a su gente”, dijo Trump con firmeza, fortaleciendo su alter ego y sabedor de lo atinadas de sus palabras. Poco antes había afirmado que EE. UU. estaba dirigiendo una coalición de 59 naciones contra Maduro, a quien calificó como ilegítimo y tirano, que brutaliza a su pueblo.

Pero la lectura más audaz puede hacérsele a una frase estremecedora: “Pero la tiranía de Maduro será destruida y quebrantada”. Tal exclamación sonó a un vaticinio demoledor. Una ráfaga hábil sobre el futuro. O una posibilidad a punto de hacerse realidad.  

Al día siguiente Guaidó fue invitado a la Casa Blanca. Las dos fotos que se tomaron dieron la vuelta al planeta. Sin declaraciones ni conjeturas. Simplemente charlaron en privado, quizá enfrascados en esa dualidad de más sanciones o emprender el sendero de las definiciones inmediatas. Una de las posibilidades ha estado en calificar a Maduro y a Cabello como terroristas extremos y convertirlos en objeto de búsqueda. Ese sería colofón para las exasperaciones finales de un régimen cruel y feroz. Los motivos para sacar al dictador y a sus secuaces por la fuerza. Pero el plan se trama en privado y nunca se le alerta al enemigo sobre las incidencias venideras.

El presidente interino no desaprovechó esta oportunidad ejemplar para reunirse a puerta cerrada con Almagro y las autoridades de la OEA; con Mark Green, administrador de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (Usaid); con Mike Pompeo, secretario de Estado y hasta con la misma Pelosi, quien, con un tono conmovedor y un razonamiento incomparable, precisó que el problema de Venezuela es un reto para todo el mundo.

La gira internacional de Juan Guaidó ha sobrepasado mis más notables expectativas. Se erige como una afrenta a la dictadura y sus postigos cerrados al humanismo. Como una respuesta certera a una tiranía ya atarantada, que se retuerce en su propia confusión. No dudo que la administración de Trump está decidida a resolver el entuerto venezolano. Pronto se desvelarán los secretos de estas pláticas y encuentros decisivos.  

José Luis Zambrano Padauy
zambranopadauy@hotmail.com
@Joseluis5571
Ex director de la Biblioteca Virtual de Maracaibo “Randa Richani”

sábado, 7 de diciembre de 2019

DOMINGO A. RANGEL: LA CHINA, ECUADOR Y DONALD TRUMP

Fui uno de los pocos que en nuestro país vimos posible un triunfo de Donald Trump en las elecciones del 2016

Recuerdo un viejo amigo, banquero de oficio, quien me llamó para conversar sobre el tema en el apacible ambiente del Caracas Country Club donde las ideas fluyen. 

Me decía el amigo que en el club habían colectado 20 millones de dólares destinados a la campaña de Hillary Clinton, a quien veía ganadora un joven ex diputado, hoy día ciudadano estadounidense, que durante unas horas fue juramentado ministro por Pedro Carmona en aquel golpe. Y anunciaba tener acceso a la candidata que luego ayudaría a derrocar a Nicolàs Maduro. 

El amigo banquero hizo las veces de augur persa pronosticando que ganaba Trump a pesar de todo… y que de esos 20 millones de dólares si le llegaban a las arcas de los Demócratas la mitad… era mucho. 

Luego la conversación pasó a temas más livianos y nos despedimos esperando los resultados que fueron como el amigo había pronosticado. 

Con Donald Trump tengo sentimientos encontrados: Me fastidia el personaje a veces chabacano pero siempre rodeado de bellas mujeres… quien es un empresario extraño que a pesar de haber heredado 300 millones de dólares… estuvo al borde de la quiebra 4 veces. Tan hábil –o tramposo- que paga menos impuestos que el ascensorista de la Trump Tower. Pero indudablemente es un ganador. 

No obstante algunos de sus lemas de campaña me parecieron interesantes –hacer América grande- aún cuando no viniendo Trump del estamento político le sería más difícil introducir cambios en un medio  la vez muy corrupto… pero suficientemente institucionalizado… por falta de equipo. 

Cuando Trump ya ganador anunció los nombres de sus acompañantes, me pareció que salvo Rex Tillerson, los demás, ya en el ocaso de sus carreras y que como Elliot Abrams son considerados orates peligrosos por los jefes Republicanos… poco harían para que cambiara la política yanqui… y eso era y es vital. 

Es sabido que la globalización adsorbió los inmensos capitales estadounidenses, acumulados durante un siglo, y hace décadas los invirtió desde en la China… pensando los grandes capitalistas, quienes como todo ser humano se equivocan,  que el gigante asiático se conformaría con fabricar eternamente licuadoras a bajísimo costo… para solaz de las clases medias del Primer Mundo. 

Estaban erradados en sus pronósticos los gigantes de las finanzas y hoy día la China marcha embalada a superar a los Estados Unidos como primera economía del planeta.

Pero volviendo a Trump hace tres años pensé que se atrevería a cambiar sus alianzas en América Latina donde los productos chinos… después de inundar el mercado estadounidense y europeo… se podían comprar en todas partes. 

Productos de compañías chinas que se habían separado del cordón umbilical de Wall Street que como es sabido nunca quiso saber de Donald Trump y que como el ex diputado venezolano… apostó junto a la mediática mundial… a la senadora Clinton.

Pensé que aprovechando Trump el apalancamiento que en este continente tienen los Estados Unidos desde que hace dos siglos gobernó James Monroe… comenzarían a colocar sus fábricas en territorio latinoamericano… para sustituir los productos chinos… poco a poco. 

Comenzando por Cuba y Guatemala donde la población es más disciplinada… hasta llegar a nuestro país donde se puede cultivar todo el año y los venezolanos ganamos una miseria. 

Pero nada… Trump… buen negociante… a pesar de esto se tuvo que entregar al lobby armamentístico que en su equipo de gobierno está representado por casi todos los que a diario declaran contra el gobierno venezolano… como si nosotros fuésemos realmente su gran problema a resolver. 

Los resultados de esa política acaban de aflorar en el Ecuador donde el equipo de bribones que acompañan a Trump en el Alto Gobierno… urdieron junto a los grupos económicos de Guayaquil… el espectacular salto de talanquera protagonizado por Lenin –vaya nombre- Moreno. 

Ignoro los cálculos que quienes manejan desde fuera del gobierno estadounidense, hicieron para pensar que es negocio que un traidor que insisto en señalar le puede dar lecciones en un doctorado a Judas Iscariote, le quite de buenas a primeras los beneficios que merced a buenos precios petroleros y la dolarización –protestada en principio por los grandes grupos económicos de Guayaquil… obtuvieron los grupos más pobres del Ecuador en los gobiernos de Correa. 

El sinvergüenza de la silla de ruedas… como es poco conocido porque la mediatica también censura… pactó quitarle la mitad de las vacaciones, subir la gasolina al doble y aumentar los impuestos al ecuatoriano común… a cambio de nada, 

Al tiempo en que por años dispensó de pagos impositivos a los grandes grupos económicos que en aquel país son casi todos de Guayaquil. 

Como negocio la trapacería de moreno es una birria toda vez que las rebajas de impuestos a los grandes significa una suma mayor a la que el FMI le dará en materia de préstamo. Como política es suicida. 

Ese acuerdo es parecido al que tenía pactado Ricardo Haussman con el FMI… si el autonombrado llegaba a la Presidencia aquí en nuestra Venezuela. 

Pero volviendo al Ecuador por lo pronto hay una tregua que implica retirar el aumento de la gasolina. 

El problema estriba en que el acuerdo con el FMI sigue en pie y cuando los ecuatorianos se den cuenta que los grupos económicos siguen con sus beneficios y los pobres y la clase media con sus alzas de impuestos… se volverá a prender la sampablera. 

Pero volviendo a Trump y su posible segundo gobierno… si Trump no cambia de aliados en este segundo debut… la China será potencia dominante por su política inteligente como fue muy hábil prestarle al gobierno botarate de Hugo Chávez –en suministros petroleros principalmente- … a cambio de ayudar a la China a ingresar en América Latina.Para eso servía el Foro de Sao Paulo.

Domingo Alberto Rangel
doalra@yahoo.com
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