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miércoles, 12 de agosto de 2020

LEANDRO RODRÍGUEZ LINÁREZ, LA GEOPOLÍTICA CIUDADANA DE VENEZUELA

Generalmente, llamamos geopolítica a las políticas del Estado fuera de sus fronteras, por supuesto, respondiendo a una milimétrica planificación donde intervienen ciento de factores como la educación, la institucionalidad, el comercio, entre otros. El objeto primordial es asegurar la presencia e interés de la nación a lo lejos.   

Asumiendo esta premisa, podemos aseverar que la geopolítica del Estado venezolano, adelantada por el chavismo los últimos 20 años, es otro abismal fracaso, en todo caso, lo que ha logrado es reducir la presencia de Venezuela en el exterior, caso opuesto, ha hecho de nuestra nación un país más pequeño, dependiente in extremis de lo de afuera, de la importación, de furtivos intereses foráneos… incluso en materia petrolera el país perdió la honorífica presencia que invistió por más de 80 años en la cima de este vital renglón mundial.  

Venezuela se encuentra aislada de la comunidad internacional democrática, determinante e influyente del hemisferio occidental y de buena parte del globo terráqueo, la ruptura del hilo constitucional, democrático y presuntos delitos de los que se acusa a los líderes del Socialismo del Siglo XXI, han enviado nuestro país al oscurantismo, al ostracismo, con aliados innaturales a nuestra venezolanidad, de la misma estirpe antidemocrática roja rojita.  

Pero no todo está perdido, Venezuela cuenta con una externalidad positiva de la que aún no ha extraído los ingentes frutos que pudiera obtener; su diáspora. La in crescendo cantidad de ciudadanos que huye de la dantesca descalidad de vida que atraviesa la nación, hace que en cada rincón del mundo haya venezolanos, diáspora que ocupa el segundo lugar en gravedad mundial, solo superado por el conflicto de sirio pero que, según expertos, lamentablemente pronto superaremos.  

Esa cantidad de venezolanos apostados en otras naciones son un potencial enorme, un ejército inerme que pudiera rendir frutos determinantes en la reconquista de nuestra libertad, de nuestra democracia.   

Sí esos venezolanos, de forma orgánica, se organizarán, presionaran a los gobiernos de los países receptores, además, ganaran simpatías de cada uno de esos pueblos llevando la información real de lo que aquí acontece, la presión internacional sobre el régimen chavista sería más agobiante.  

Del mismo modo, si esa organicidad se conectara entre sí, por ejemplo, los venezolanos de Europa con los del cono sur latinoamericano, muchísimos serían los aportes a nuestra libertad… y hacemos énfasis a la palabra “libertad” porque cuando se prohíbe, raciona o condicionan nuestros derechos hablamos de opresión y eso es exactamente lo que ha hecho el chavismo por más de 20 años en Venezuela.     

¿Por qué es determinante? No hay que olvidar que el tiempo de los políticos es absolutamente distinto al de los ciudadanos, pero sí desde la ciudadanía, indistintamente en el país que se encuentre, se redoblan los esfuerzos, las acciones, las presiones, lo político tiende a emitir respuestas mucho más aprisa.  

Para finalizar, esa diáspora venezolana, cuya transversalidad es el esfuerzo, el sacrifico, la nostalgia, pudiera ser la joya de la corona para generar los cambios que requiere la patria y que, posteriormente, ellos mismos sean los auspiciadores de su anhelado retorno. @leandrotango  

Leandro Rodríguez Linárez
leandrotango@gmail.com
@leandrotango   

miércoles, 30 de enero de 2019

PEDRO ELÍAS HERNÁNDEZ, PARTIDOS ARMADOS Y JUEGO DE TRONOS


Tenía que suceder, la revolución socialista bolivariana perdió su anclaje popular y con ello su encanto. No podía ser de otra forma, el socialismo en todo lugar y momento es básicamente dos cosas: la destrucción del sistema de precios y la eliminación progresiva de la economía privada, de allí la hiperinflación y el desabastecimiento que arrinconan a los ciudadanos. Recientemente, Oscar Schemel, diputado electo con el apoyo del chavismo a la Asamblea Nacional Constituyente e influyente hombre de medios que defiende el gobierno de Nicolás Maduro, dijo en el programa de televisión “José Vicente Hoy”, “ el modelo económico estatista de la revolución bolivariana fracasó”.

La oposición al régimen, que durante mucho tiempo se limitó a un núcleo duro conformado por sectores de la otrora vasta clase media venezolana y sobre todo geográficamente caraqueña, se hizo transversal, tanto territorial como socialmente. Esto tiene sus antecedentes. Se empezó a hacer patente con el reñidísimo triunfo de Maduro en los comicios presidenciales de 2013 y desde 2015 con el triunfo electoral de la extinta MUD en las elecciones parlamentarias de ese año. Sólo que se había desdibujado temporalmente como consecuencia de los errores políticos del liderazgo opositor. Desdibujado, pero no disipado.

El pasado 23 de enero quedó en evidencia el casi unánime rechazo popular al gobierno de Maduro y el angustiante reclamo de cambio. Más que una movilización política fue un masivo acto de legítima defensa por parte de la población frente a una realidad económica de exterminio. Luego de este evento, el régimen, que se veía sin trastornos en el horizonte, envejeció siglos en pocos días. Le ocurrió algo parecido a lo que le pasó a Carlos Andrés Pérez poco después de su toma de posesión en febrero de 1989 con los sucesos de “el caracazo”.

Lo que está de bulto es el gigantesco fracaso de un modelo económico. El convocante de las inmensas movilizaciones populares ocurridas en todo el país el 23-E fue sin duda el rechazo al masivo empobrecimiento derivado del socialismo del siglo XXI. Pero el rechazo, por inmenso que sea, no es suficiente para que tal cosa se convierta en cambio político. En este momento los operadores de la oposición que tienen en sus manos la conducción del movimiento de protesta, encabezado por el joven dirigente Juan Guaidó, seguramente están evaluando sus opciones disponibles. Por su parte el gobierno de Maduro, experto hasta ahora en la sobrevivencia, hace lo mismo usando los poderosos medios físicos de poder que están a su alcance.

Ahora bien, toda decisión de política de Estado tiene un correlato militar. Por ahora la juramentación de Guaidó como Presidente interino, carece de tal cosa. Con amplio respaldo popular y sólido apoyo internacional, parece que lo único que falta es la adhesión de la gente de uniforme. De hecho ha empezado una batalla por el afecto de los militares. Maduro inicia una ofensiva en los cuarteles, Guaidó hace lo propio extramuros con su Ley de Amnistía.

Focalizar el análisis político de la crisis venezolana en la esfera de lo militar no es nada auspicioso. Supone la beligerancia del componente armado en el devenir de asuntos que deberían ser estrictamente de orden civil. Sin embargo, la realidad pareciera asomar que la institución castrense tiene en esta hora un rol decisivo. Con dos poderes judiciales, dos legislativos y dos ejecutivos, sólo faltaría que también haya dos Fuerzas Armadas, sin mencionar la preexistente presencia en el país de grupos paramilitares y criminales. Es decir, el regreso definitivo y peligroso a la realidad política de Venezuela del siglo XIX: los partidos políticos eran partidos políticos armados, cada uno tenía su ejército.

El siglo XIX fue terrible para Venezuela, sobre todo a partir de 1848. Desde ese momento se produjo un proceso de disolución republicana con infinidad de conflagraciones civiles que llevó a nuestro país a casi perder todo lo que se había conquistado con la Independencia, la cual por cierto tuvo un costo enorme. Es en el siglo XX, gracias al “tirano liberal” Juan Vicente Gómez como “Gendarme Necesario”, que se puede refundar el Estado nacional moderno y con ello institucionalizar el estamento armado venezolano como principal garante del monopolio de la violencia legítima. Tal cosa permitió pacificar el país. El resto lo hizo un sistema monetario sólido basado en el patrón oro, una Hacienda Pública Nacional ordenada y saneada y una pujante industria petrolera. Tan prodigioso fenómeno fue posible como consecuencia de arreglos institucionales formulados por hombres tan notables como Gumersindo Torres y Román Cárdenas.

Tal cosa no fue un hecho menor. La consolidación de los Estados nacionales en Europa luego del Renacimiento, según el prominente historiador Niall Ferguson, fue un factor crucial para el desarrollo de economías capitalistas modernas que luego impulsaron la emergencia de la revolución industrial, el libre comercio y el prodigio de la generación masiva de riqueza en el seno de la civilización occidental.

Regresar a lo peor del siglo XIX venezolano, con la nefasta influencia de sus caudillos militares y sus partidos políticos armados, es un escenario sin duda aterrador. Independientemente del juicio que tengamos sobre la actual situación, en los hechos, lo cierto es que El Ejecutivo Nacional es el partido político del chavismo y La Asamblea Nacional es el partido político de la oposición, es decir, dejaron de ser instituciones nacionales para convertirse en grupos beligerantes parciales. Desencadenar esta lógica nos podría llevar al escalamiento de la violencia de forma total. Esperemos que la Fuerza Armada Nacional, en este difícil trance, de acuerdo a lo que establece la Constitución, pueda ser realmente nacional y ayude a una solución dialógica y negociada al conflicto de poderes que tenemos por parte de los actores políticos. Nos jugamos nuestra integridad territorial y nuestra viabilidad como República, algo que también estuvo en juego en Venezuela durante el siglo XIX y principios del siglo XX.

Ante este estado de incertidumbre, confusión y crispación que caracteriza a la actual hora venezolana, parece claro que la dimensión geopolítica del asunto, además del tema militar, cumple un rol crucial. Cada vez está más claro que ha habido una notable cesión de soberanía respecto al curso de nuestro devenir político. También, como en el pasado, las fuerzas en pugna buscaban el financiamiento de los imperios para sus respectivas causas, lo cual se tradujo en una onerosa carga económica externa que en 1902 sus acreedores cobraron a cañonazos. La suerte de Venezuela, en buena medida depende hoy del juego de tronos de las potencias internacionales. Un panorama inquietante sin duda.

Pedro Elías Hernández
@pedroeliashb