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miércoles, 16 de septiembre de 2020

VÍCTOR A. BOLÍVAR, DE LA UNIDAD DEVORADA POR UN CANIBALISMO POLÍTICO QUE SIGUE HACIENDO DE LAS SUYAS

La condición critica en la que se encuentra la oposición en general, dice mucho de cuánto tendría que hacerse para recuperar la sindéresis y la sensatez en tiempos espeluznantes. El sentido común no pasa de ser un eslogan que resume una vacua invocación del deber ser. La atomización de la oposición es un hecho tan palpable como cuestionable.

En esta Torre de Babel habitan y se manifiestan todos los demonios que dicen tener la forma de sacarnos de tamaña crisis pero son parte de esa crisis. Dista mucho su ejemplo para tenerlos como factores reales de solución; pareciera que lo único que tienen en común es que lidian con dos grandes problemas: el régimen y su poca resolución para vencerlo.

Hace 20 meses la expectativa popular pasó de ser un anhelo a ser fervor de calle en el país. Se apoyó al mantra opositor, hasta que dejó de serlo, y hoy se muestran serias reservas a su trasnochado relanzamiento. Se percibe una debilidad de liderazgo puertas adentro que lo hace inviable.

El papel de la AN, como única institución legítima, era y es genuino en lo que a sus funciones respecta; de allí que se generara la matriz de su reconocimiento cada día más consolidada en el ámbito internacional. Tanta legitimidad hubo, que de su seno surgió un presidente interino sustentado impecablemente en nuestra constitución que, en paralelo, buena parte de esa mayoría de países reconoció. Contó asimismo con el total respaldo del liderazgo opositor. Sin embargo, a pesar de ser alertado como inconveniente, la AN pasó a ejercer inconstitucionalmente el Poder Ejecutivo en el interinato, limitándole a  Guaidó su autonomía de decisión y acción en una especie de capitis diminutio.

Luego, con su sometimiento absoluto al G4, comenzó el período de gestación de cuanto ha pasado en el campo opositor; el reparto de cuotas en el interinato, contradicciones en la estrategia y equivocaciones tácticas, más la forma tribal de su estructura dejó en evidencia la verdadera “unidad” de esos factores políticos que no era la unidad real que el país requería para viabilizar una lucha más eficaz contra el régimen. De haberse mantenido la unidad que el pueblo mostró en las calles, otro hubiese sido el resultado porque entonces    contábamos con los dos elementos que hoy pretenden retomarse: el apoyo internacional y el interno.

Hoy, lamentablemente, el llamado pacto unitario está lejos de articular el respaldo de más de 60 países con el decidido apoyo de todos los venezolanos. Quienes de nuevo lo proponen están cosechando el escepticismo que sembraron y que se ha incrementado ahora por la pobre demostración que el vaivén electoral ha generado y aprovechado el régimen para dividirnos. Aquellos vientos trajeron estas tempestades.

El canibalismo político sigue haciendo de las suyas, dejando a su paso malestar y desasosiego. Quedan pocas referencias de autenticidad, insuficientes para  ser efectivas por sí solas en esta confrontación con el régimen. Esta realidad nos lleva a preguntamos sobre la percepción que tienen de esta situación en el plano internacional, más específicamente el presidente Trump y el candidato Biden. En este sentido, es importante saber lo que sobrevendrá luego de los eventos electorales de noviembre en Estados Unidos y las cuestionadas parlamentarias en Venezuela. Por lo pronto, Trump tiene que insistir con su apoyo cada día más decidido a esa oposición ante su propio compromiso; el rédito electoral se lo exige. Biden se esforzará en dejarse ver como un eventual aliado.

Seguramente,  esta situación se encuentra bajo permanente evaluación  de la comunidad internacional. Los riesgos que corre el país con la oposición en estas circunstancias son enormes. Los distintos escenarios suponen las peores consecuencias que se pueden producir de no privar la sindéresis y la cordura. Desde el desconocimiento o manipulación de unos resultados electorales,  en detrimento de aquellos que apuestan a esa vía, hasta la posibilidad del debilitamiento del apoyo internacional a quienes no concurran, al no concebir viable a la actual AN y al presidente interino con una legitimidad otorgada sine die.

Estando tanto en juego, lo deseable hubiese sido que toda la dirigencia opositora y los sectores de la sociedad civil hubiesen realizado un gran esfuerzo cumbre bajo el monitoreo del país; poniendo de lado sus animadversiones e intereses para que, valiéndose del apoyo nacional e internacional, se exploraran otras formas de enfrentar a este régimen. Venezuela bien se lo merecía.
Víctor Antonio Bolívar Castillo  

vabolivar@hotmail.com
@vabolivar

jueves, 22 de agosto de 2019

TRINO MÁRQUEZ: ENTRE EL CENTRO POLÍTICO Y LA FIRMEZA

El proyecto político hegemónico instalado en Miraflores hace más de veinte,  reeditó el canibalismo y la radicalización extrema, un estilo político que había desaparecido en Venezuela luego del derrocamiento de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. 

No fueron casuales los acuerdos del Pacto de Punto Fijo, o los del Pacto Obrero Patronal firmados entre los empresarios y los sindicatos la víspera de las elecciones de diciembre de 1958. La dolorosa experiencia del Trienio adeco había dejado como lección que  sin un modelo incluyente y consultivo, basado en la persuasión, no sería posible borrar las huellas del caudillismo militarista presentes desde el siglo XIX. Esos rastros gravitaban con fuerza en sectores poderosos que todavía a comienzos de la era democrática, se sentían atraídos por la fuerza de la tiranía. La postura excluyente y soberbia de Acción Democrática durante el período que va de 1945 a 1948, había sido en buena parte la responsable de que esa primera experiencia democrática encallara.

Luego de 1999, el diálogo volvió a desaparecer del espectro político. Un país acostumbrado a la confrontación dentro de un ambiente plural, de repente se encontró con que había resurgido el canibalismo político. Los espacios para la negociación entre el gobierno y la oposición, se habían cerrado. Instituciones como la Copre –Comisión Presidencial para la Reforma del Estado-, creada en 1984,  se convirtieron en  quimeras. La Copre había sido un modelo de coexistencia en medio de la confrontación. Esa comisión, integrada por distintos partidos y sectores sociales y académicos, llegó a acuerdos que permitieron modernizar el Estado, y hacerlo más eficaz y democrático. La elección directa de gobernadores y alcaldes, la elección nominal de diputados y concejales, y, en general, la descentralización, surgieron de las investigaciones y discusiones efectuadas en este complejo foro. La Copre, al igual que el Congreso de la República, eran espacios que demostraban que  la oposición y el gobierno podían cohabitar a pesar de las diferencias que los separaban.

Esta característica del sistema político venezolano, propia de los sistemas democráticos, fue interrumpida de forma abrupta por Hugo Chávez. Los adversarios pasaron a ser enemigos a los cuales había que exterminar. La política dejó de ser el arte de convencer e imponer a través del respaldo o anulación de corrientes encontradas, para convertirse en la práctica del aniquilamiento del contrincante. Ya no hubo más adversarios, sino enemigos.  Chávez trasladó a tierras venezolanas el esquema sellado con sangre y fuego impuesto por Fidel Castro en Cuba.

El estilo fue mantenido por los herederos. Cabello hace algunos años llegó a decirle a la oposición: liguen que Chávez no se muera porque quienes lo rodeamos somos unos locos. Sus palabras fueron proféticas: el modelo sectario patentado por el fundador, se fortaleció con sus discípulos. Solo las protestas populares, la resistencia, el heroísmo opositor y el inquebrantable apoyo de los países aliados, han obligado al régimen a conversar. Lo han conminado a buscar salidas negociadas, aunque aún parecen remotas. A través de la presión constante  y creciente, Maduro y sus colaboradores han tenido que regresar poco a poco al redil de la política. Se han visto obligados a entender que para Maduro es preferible negociar a que lo negocien, Vladimir Villegas dixit. Al parecer es lo que sucede en cenáculos foráneos.

En el escenario político, dentro de sectores críticos del gobierno, está gestándose una tercera vía. Una postura que quiere recuperar el centro, aislándose de los extremos que han marcado el ejercicio de la política durante los años recientes. Uno de los promotores de esta iniciativa es Simón García, el talentoso e incansable dirigente que hace bastante tiempo formó parte de la dirección nacional del MAS. 

La iniciativa debe eludir varios peligros. La primera es no debilitar a Juan Guaidó, el líder opositor de mayor arraigo nacional. El otro es no convertirse, por la fuerza de los hechos, en un factor adicional de división dentro de las fuerzas democráticas, ya seriamente amenazadas  por un régimen que desprecia los derechos políticos. 

Un tercer desafío consiste en evitar la ingenuidad; caer en la trampa de imaginarse un oficialismo susceptible a dejarse convencer por los argumentos racionales de sus interlocutores. La destrucción de Venezuela no es el resultado de la ignorancia y la incompetencia, que sin duda existen, sino de un plan de dominación basado en la premisa de que hay que gobernar sobre la exclusión, el sectarismo, la soberbia, pecados que inevitablemente conducen a la ruina. Maduro todavía no ha entendido las enseñanzas que dejó el Trienio adeco.

El centro político no está reñido con la firmeza. Pero el orden de los factores importa mucho: firmeza inquebrantable, con la  amplitud y flexibilidad que debe tenerse para lograr los cambios que se buscan.

Trino Márquez
@trinomarquezc