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jueves, 21 de marzo de 2019

TRINO MÁRQUEZ, LOS PELIGROS DEL 187


La forma irresponsable, represiva y cínica como el régimen de Nicolás Maduro se ha comportado ante la crisis eléctrica, el arraigo popular de Juan Guaidó y el reconocimiento internacional alcanzado por el Presidente de la Asamblea Nacional y Presidente encargado, unido a la petrificación de los usurpadores, atornillados a Miraflores y negados a dejar el palacio de gobierno, ha conducido a numerosos sectores a pedirle a Guaidó que invoque el artículo 187, numeral 11, de la Constitución nacional.



El 187 prescribe las competencias de la Asamblea Nacional. El numeral 11 señala que una de esas atribuciones consiste en “autorizar el empleo de misiones militares venezolanas en el exterior o extranjeras en el país”. De acuerdo con la letra constitucional, según la interpretación de quienes aspiran a invocar ese texto, y dada la crítica situación nacional, con tendencia a agravarse, la tozudez de Maduro y su equipo, y la impotencia de la sociedad para desalojarlos del poder, habría que valerse del 187 para solicitar  el empleo de una misión militar en Venezuela. Es decir, una invasión.

Juan Guaidó se ha comportado de forma cautelosa frente a esa posibilidad. No se ha dejado acorralar por quienes pretenden arrinconarlo para que apruebe la solicitud. Por razones tácticas, insiste en que todas las salidas están puestas sobre la mesa. Es la postura lógica. Para conservar el poder, el régimen abandonó todas las fórmulas basadas en la persuasión y el consenso. Optó por la coerción abierta apoyado en la GNB, la PNB, las Faes y grupos delictivos paramilitares. En ese escenario, lo más sensato es que Guaidó subraye lo que sus aliados  internacionales de mayor peso sostienen: que ninguna alternativa ha sido descartada. Si el régimen pretende mantener el secuestro indefinido del país, debe asumir que esa posibilidad está contemplada. Tiene que convencerse de que puede resultar muy alto el costo de atornillarse a Miraflores en contra de la voluntad de la inmensa mayoría y de los países democráticos de la región, que además sufren las consecuencia de la ineptitud madurista.

Hay que distinguir entre enarbolar el 187, teniéndolo como refugio, y exigirle a Guaidó y a la Asamblea Nacional que solicite su aplicación en la actual coyuntura. La precipitación en este campo puede conducir a un error gravísimo, con consecuencias letales para el movimiento que se ha organizado en torno de Guaidó. Si el presidente encargado y los diputados de la AN tomasen la decisión de valerse del 187 para llamar a la comunidad internacional a que aterrice en Venezuela, y ese llamado no es respondido por los Estados Unidos, Brasil y Colombia, las naciones más proclives a intervenir, el prestigio y autoridad de Guaidó y los parlamentarios quedarían seriamente lesionados. Tal posibilidad es muy alta.

En nombre de la soberanía nacional y del respeto que merecen los factores de poder y la opinión pública, los presidentes de cada una de esas sociedades tendrían que realizar las consultas de rigor y manejar con prudencia las diferentes opiniones que surjan. Involucrar a un país en un conflicto bélico con otro, no es una cuestión sencilla, que pueda resolverse en un cenáculo. La gravedad que los venezolanos les asignamos a nuestras penurias, no es igual a la que les asignan los pueblos de otras latitudes.

El Presidente y las Fuerzas Armadas de las naciones aliadas no pueden sentir que Guaidó y la AN están dictándoles órdenes. Si esos gobiernos deciden intervenir en Venezuela será porque concluyen que nuestra situación es insostenible por las razones que ellos consideren pertinentes,  no porque Guaidó y la AN lo pidan.

Según todos los indicios, la estrategia escogida por los socios internacionales de los demócratas venezolanos, en primer lugar los Estados Unidos, consiste en doblegar al régimen de Maduro. Asfixiarlo en el plano financiero. Dejarlo sin recursos económicos para que no pueda seguir operando. Las sanciones a Pdvsa persiguen ese fin.  Cada vez le resulta más arduo al régimen negociar con el oro, los diamantes y demás minerales extraídos del Arco Minero. La producción e importación de gasolina se hace cada vez más empinada. Las posibilidades de resolver la grave crisis eléctrica se alejan. Se requieren inversiones multimillonarias que Maduro no está en capacidad de atraer. Mucho menos de generar. El deterioro de los servicios públicos continuará. Recuperar el suministro de agua será imposible porque el gobierno está incapacitado de conseguir los fondos necesarios. Lo mismo ocurrirá con el gas, el transporte público, la salud, la infraestructura.

Resulta duro admitirlo, pero es la verdad: la comunidad internacional no atenderá la solicitud de Guaidó y de la AN. Trazó una ruta en la cual veremos cómo el país continúa despedazándose, con la esperanza de que el régimen, como resultado del malestar e ira de la gente, implote. Para ir bien tendremos que permanecer juntos sin solicitar invasiones extranjeras.

Trino Márquez
@trinomarquezc

martes, 5 de marzo de 2019

BERNARD HORANDE, LOS 3 PELIGROS QUE ENFRENTA GUAIDÓ


No, no me voy a referir al peligro evidente que supone para el Presidente Encargado Juan Guaido el regresar a Venezuela.



Es obvio que ese peligro existe. Tanto lo que podría ser una detención por parte del régimen, como algo más allá y más grave. Ya sabemos de lo que hablamos.

O que algún espontáneo, grupo o individuo, se le ocurra atentar contra él.

Estos son peligros latentes. Desde el primer día que Guaidó asumió el reto.

Más bien me voy a referir a otros peligros.

El primero lo llamo “La Desesperación”. Sí, la desesperación que podría comenzar a darse entre los venezolanos al no ver resultados concretos de lo avanzado. Que se comience a percibir que el régimen de Maduro toma un nuevo aire.

Que las expectativas que se han ido generando no sean cubiertas. Que los apoyos se vuelvan tibios. Que la excesiva diplomacia domine la escena. Que los hechos esperados vayan siendo sustituidos por palabras huecas.

La crisis venezolana no admite retrasos. Todos los días mueren compatriotas por falta de comida o medicinas. A cada instante la situación se complica más y más.

Pronto estaremos en escenarios de mayor gravedad. La gasolina va a escasear. El efectivo también. Y en general todos los bienes.

En Venezuela, la urgencia no es un lujo.

El segundo de los peligros lo denominaría “La Piñata”. En cifras gruesas, la dirigencia democrática lleva más de 20 años en oposición.

Seamos realistas: a excepción de algunas gobernaciones y alcaldías ganadas así como diversos tipos de contribuciones conseguidas de variadas maneras, los políticos opositores han estado fuera del poder y fuera del alcance de recursos para desarrollar sus actividades.

Para algunos, increíblemente ha resultado un buen negocio estar en la oposición. Pero para la mayoría no.

De tal manera que ahora se presenta quizá la mejor oportunidad que se haya tenido de salir de esta pesadilla. Muchos están haciendo sus cálculos. Algunos comienzan alegremente a repartir cargos.

De los muchos venezolanos que se han visto en la necesidad perentoria de tener que irse al exilio perseguidos, hay algunas – pocas afortunadamente – alimañas muy dañinas que ya están haciendo sus maletas para regresar. Afortunadamente, estos siniestros personajes están identificados.

Guaidó debe cuidarse mucho de esto. La aspiración lógica de cualquier venezolano de servir a su país desde un cargo o desde algunos de los sectores que hacen vida en el país, es perfectamente legítima. Nadie la puede objetar.

Pero algunos episodios recientes nos indican que hay que estar pendiente del tema.

Esto no es una piñata o una rebatiña. Aquí estamos hablando de la reconstrucción de un país. No sólo se trata de recuperar a Venezuela sino hacer que esa Venezuela sea muy superior a aquella que dejamos en 1998.

Finalmente, el tercer peligro podría llamarlo “El Aislamiento”. Un fenómeno que suele darse con frecuencia entre los dirigentes políticos con mucho poder. Los Presidentes, por ejemplo.

Juan Guaidó no proviene de una carrera típica de un dirigente nacional, jefe de partido, conocido en todo el país e internacionalmente.

No. Guaidó es lo que se llama un ‘outsider’. Un dirigente con arrastre local que llega a una posición en la Asamblea Nacional y que poco a poco venía forjando una carrera política.

Gracias al típico caso de “estar en el momento correcto y en el lugar correcto”, le toca asumir una responsabilidad de dimensiones siderales: ser el líder del 90% de la gente de un país y el intérprete de sus aspiraciones, frente a un régimen altamente sanguinario, criminal y mafioso, en un momento decisivo. Nada más y nada menos.

En estas circunstancias, es relativamente fácil que alguien pueda estar mediatizado. Tanto por el círculo de los máximos dirigentes de su partido, como por allegados que lo han protegido, promovido y ayudado anteriormente.

Y es muy factible quedar aislado. No tener la oportunidad de escuchar a otros, de recibir a otros. De sopesar diferentes alternativas. Sabiendo que nunca la verdad está en un solo lado.

Hasta ahora, Juan Guaidó lo ha hecho bien. Muy bien. Diríamos que muchísimo mejor de lo que las expectativas iniciales podían pronosticar.

Guaidó tiene particulares y positivas características como dirigente. Le llega a la gente. Se ha sabido manejar estupendamente.

Desde un punto de vista estrictamente de marketing político, me atrevo a afirmar que es un tremendo producto con cualidades de primera en muchos sentidos.

Juan se ha convertido en un hueso duro de roer para este régimen. Pero debe cuidarse. Y no confiarse.

Quizá su mejor herramienta sea su propio instinto.

Un instinto que le permita manejar la creación y cumplimiento de expectativas, y al propio tiempo mantener a raya inteligentemente a quienes pueden dar al traste con la gran oportunidad que tenemos esta vez por delante los venezolanos.

Que Dios lo guíe.

Bernard Horande
@BHorande