Mostrando entradas con la etiqueta RIQUEZAS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta RIQUEZAS. Mostrar todas las entradas

viernes, 15 de marzo de 2019

GABRIEL BORAGINA, CRISTO Y LAS RIQUEZAS (2DA. PARTE)

Comenta el historiador en otra parte de su obra[2] refiriéndose a la labor de los profetas que, para ellos:

"La meta ha de ser la justicia social. Los hombres de­ben cesar de buscar la riqueza como el propósito principal de la vida: «¡Ay de los que añaden una casa a otra, y agregan un campo a otro campo, hasta que no queda más lugar! Han de ser obligados a vivir solos en medio de la tierra.» Dios no tolerará la opresión de los débiles, «"porque aplastasteis a mi pueblo y machacasteis el rostro de los pobres", dice el Se­ñor, el Eterno de los ejércitos». "[3]

Como vimos en una cita anterior, esas casas y campos eran fruto de la expropiación a campesinos endeudados. Este párrafo indica a las claras que la riqueza en tiempos bíblicos y neotestamentarios se debía a la explotación de los pobres, cosa que continuó sucediendo hasta la aparición del capitalismo en el siglo XVIII. Resulta manifiesto que las condenas de Nuestro Señor Jesucristo se dirigen a esa forma o manera de hacerse ricos, y no contra la riqueza en sí misma. Dado que en aquel tiempo no se conocía otra forma de enriquecerse que, a través de una economía de suma cero, es que se refiere exclusivamente a ella como la "riqueza" lisa y llana. Hay una crítica (en cierto sentido) a un sistema económico imperante. Cristo no acepta que la riqueza surja en base a ningún tipo de explotación a los pobres. Existe mucha evidencia histórica que la pobreza del pasado era causada por los altos impuestos que todos estaban obligados a pagar, sea en dinero o en especie, lo que incluía la entrega de esclavos (que superaban en número a sus amos) al fisco. La cantidad de esclavos que se poseían era un índice de riqueza y seguramente también estarían sujetos a impuestos.



"Esdras había es­tablecido una altiva distinción entre el «pueblo del Exilio», los bnei ba-golá, temerosos de Dios y virtuosos, y los am ba-arets, que apenas eran judíos, pues a su juicio en muchos ca­sos habían nacido de matrimonios impropios. Esdras no tuvo escrúpulos en castigarlos severamente 53 y después, como la mayoría eran analfabetos y desconocían la Ley, habían sido tratados como ciudadanos de segunda clase o los habían ex­pulsado directamente. Habrían sido los primeros en benefi­ciarse si los rigoristas hubiesen perdido y se hubiese raciona­lizado la Ley. Pero ¿cómo podían los reformadores, que eran esencialmente un partido de los acomodados y los funciona­rios, apelar al pueblo común pasando por encima de los rigo­ristas? Y sobre todo, ¿cómo podían abrigar la esperanza de hacerlo con éxito cuando se los identificaba con los altos im­puestos, que infligían mayores sufrimientos precisamente a los pobres? Estos interrogantes carecían de respuesta, y por lo tanto se perdió la oportunidad de instalar el universalismo sobre una base popular."[4]

El párrafo describe la rivalidad entre dos grupos judíos (rigoristas y reformadores), pero para nuestro tema lo que interesa es que los impuestos eran altos y por eso el pueblo común era pobre, lo que es lo mismo a decir que en esos tiempos la mayoría era muy pobre frente a una minoría muy rica que incluía a "un partido de los acomodados y los funciona­rios". Se refiere a la nobleza y la clase sacerdotal que era el estrato alto de entonces. En tanto los pobres eran los campesinos y artesanos, que equivaldrían a lo que hoy se llamaría la clase productiva. Estos eran los que sostenían a la nobleza y el clero mediante fuertes tributos. Nuestro Señor Jesucristo atacó pues este tipo de riqueza en poder de la clase sacerdotal (acomodados y funcionarios), única manera de hacerse rico en aquellos tiempos.

Un dato significativo que demuestra -a mi modo de ver- que El Señor Jesucristo no condena la riqueza ni a los ricos por ser tales, es que en su tiempo los publicanos eran hombres tan ricos como despreciados. No obstante, Cristo fue su amigo, al punto tal que, uno de ellos (Mateo) fue llamado por El para ser su discípulo. Mateo, como publicano, seguramente fue un hombre rico como sus pares, pero su riqueza no fue obstáculo para que Dios lo eligiera como discípulo suyo, llegando a ser más que eso como apóstol.

Otro caso de un publicano cuya riqueza si se menciona en el texto sagrado es el de Zaqueo, quien también fue elegido por el Señor para ser huésped de su casa. Zaqueo deja entender que antes de conocer a Cristo no procedió de forma honesta, al declarar públicamente frente al Salvador que daría la mitad de todos sus bienes a los pobres, y que si hubiera defraudado a alguno se lo devolvería cuadruplicado. Esto da una idea bastante exacta de la fortuna habida por Zaqueo, lo que no impidió al Señor decirle que se había salvado él y toda su casa. Zaqueo estaba -de algún modo- admitiendo que su fortuna era mal habida. Y reconoció que este era el tipo de riqueza que el Señor condenaba, por ello en su conversión quiso liberarse de ella.

Se podría decir que Mateo fue admitido como discípulo porque dejó todo y siguió a Cristo. Pero esta aparente objeción cede cuando se advierte que a Zaqueo, Cristo no le pidió que deje nada y -no obstante- declaró que se había salvado sin necesidad de entregar todos sus bienes a los pobres. Bastó simplemente que Zaqueo (por su propia iniciativa) declarara al Señor que devolvería lo defraudado y la mitad de sus bienes a los pobres:

Luc 19:8 Y Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: He aquí, Señor, la mitad de mis bienes daré a los pobres, y si en algo he defraudado a alguno, se lo restituiré cuadruplicado.

Fue su actitud lo que salvó a Zaqueo, y no el dinero que estaba dispuesto a ceder, porque el Señor declaró que ya estaba salvo aun cuando a ese momento Zaqueo todavía no había procedido a devolver ni un céntimo. 

[1] http://www.accionhumana.com/2019/01/cristo-y-las-riquezas.html

[2] http://www.accionhumana.com/2019/01/cristo-y-las-riquezas.html

[3] Paul Johnson, La historia de los judíos. Ediciones B, S. A., 2010 para el sello Zeta Bolsillo. Pág. 117

[4] Johnson, P. La historia…ibidem. Pág. 155

Gabriel S. Boragina
gabriel.boragina@gmail.com
@GBoragina  

jueves, 21 de febrero de 2019

GABRIEL BORAGINA, CRISTO Y LAS RIQUEZAS


Muchas personas han encontrado y siguen encontrando conflictos entre sus principios morales y religiosos -por un lado- y la posesión de bienes materiales -por el otro-. Y en no pocas oportunidades la Iglesia católica se ha pronunciado también en dicho sentido, como -por ejemplo- con el actual pontificado de Francisco I. Pero, no sólo los católicos, sino otros cristianos también son unánimes en su condena a la riqueza como algo inmoral por sí mismo. Por eso, en tiempos donde todavía quedan quienes dicen que Nuestro Señor Jesucristo fue un ferviente enemigo de los ricos, será oportuno volver sobre este tema.

La prédica cristiana contra la riqueza debe -nos parece- ser entendida en su contexto temporal, para lo cual es importante conocer cuáles eran las circunstancias económicas que imperaban en tiempos de Cristo. En su vista, resulta necesario remontarse más atrás aún. Veamos entonces que dice la historia sobre aquellos tiempos: 

"[…] la casa de Omri, mundana y exitosa como Salomón, también suscitó agrio resentimiento social y moral. Las gran­des fortunas y las propiedades se acumularon. Se incremen­tó la distancia entre ricos y pobres. Los campesinos se endeu­daron, y cuando no podían pagar, se los expropiaba. Esta medida contrariaba el espíritu de la ley mosaica, aunque no contradecía taxativamente su letra, pues a decir verdad insiste sólo en que uno no debe desplazar los mojones de un veci­no."[1] 

No hay noticias que estas lamentables circunstancias se hubieran modificado en tiempos de Cristo. A la inversa, parece que se habrían agravado. De allí, la insistencia del Señor frente a los ricos que amaban a sus riquezas. Esos ricos no lo eran por derecho propio, sino por explotación al pobre. Si encima amaban el producto del botín, tanto peor. Hay que entender que, desde los comienzos de la civilización hasta el siglo XVIII de nuestra era la economía mundial era una economía de suma cero (lo que ganaba uno era porque lo perdía otro u otros, y viceversa). En dicho contexto, toda riqueza era injusta. Y era riqueza todo lo que superara la mera supervivencia o poco más.

Si bien había monedas circulando por Palestina, tanto romanas como judías, ello no implicaba que todos tuvieran acceso a ellas. El grueso de las transacciones se celebraba a través de trueques, sobre todo entre la población más pobre.

Había, pues, dos pecados a condenar por Cristo: por el primero, ganar a costa de otro y, por el segundo, amar el botín más que al prójimo, e incluso, más que a uno mismo. Extrapolar aquellas condiciones económicas a nuestros tiempos actuales se mantiene vigente en cuanto a la segunda censura (amor a la riqueza, lo que presentemente se conoce como avaricia o codicia). En cuanto a la primera (economía de suma cero) sigue sucediendo en aquellos lugares (que son muchos por desgracia) donde no se aplica (o se lo hace escasamente) el sistema capitalista de producción. Y, en general, es la forma en que los gobiernos habitualmente operan, apropiándose de la riqueza producida por los particulares, a través de los impuestos y otros artilugios legales. Tomarlo en otro sentido -como, por ejemplo, una censura a cualquier tipo de riqueza- no sólo descontextualiza el texto bíblico, sino que desfigura la enseñanza cristiana. 

"Los reyes se opusieron a la opresión de los pobres por la élite, porque necesitaban de los hombres pobres para sus ejércitos y sus cuadrillas de trabajo; sin embargo, las medi­das que adoptaron fueron débiles. Los sacerdotes de Siquem, Betel y otros santuarios eran asalariados, que se identificaban estrechamente con la casa real, se preocupaban por las ceremonias y los sacrificios y no demostraban interés —se­gún afirmaban sus críticos— por la angustia del pobre."[2] 

Evidentemente la descripción del autor peca de poca claridad. Hemos de entender -empero- que esta angustia era económica y no de otro tipo, ya que la angustia económica lleva a la física. Pero, aparentemente, la elite oprimía físicamente a los pobres, probablemente reduciéndolos a la esclavitud, es decir, sin paga. En tanto, ha de suponerse que los reyes retribuían -de alguna manera- los servicios de los pobres en el ejército o en esas cuadrillas de trabajo. Si lo relacionamos con el párrafo anterior, hemos de concluir que esos pobres eran los ex-campesinos expropiados, o no. Sabemos que las deudas se pagaban con la cárcel. Incluso en la Biblia hay constancias de que así era. Es factible que, en otros casos, el deudor fuera reducido a la esclavitud, ya sea como siervo de su acreedor o vendido por este a terceros. 

"En estas circunstancias, los profetas reaparecieron para expresar la conciencia social. […] Durante el gobierno de la casa de Omri, la tradición proféti­ca se fortaleció súbitamente en el norte gracias a la sorpren­dente figura de Elías. […] Como casi todos los héroes judíos, era de origen pobre y hablaba por ellos. […]Hacía milagros en beneficio de los pobres y se mostró suma­mente activo en periodos de sequía y hambre, cuando las masas sufrían".[3] 

Si bien el historiador describe aquí tiempos muy anteriores a la aparición de Cristo en el mundo, cabe destacar que las circunstancias socioeconómicas de su época no eran muy diferentes e, incluso, lejos de experimentar progreso denotaron franco retroceso. Los profetas se encargaron de denunciar la explotación a los pobres. La economía era agrícola mayormente y ganadera en menor escala. Se comprende entonces que las sequias provocaran hambrunas recurrentes. Resulta lógico que Cristo se hubiera rebelado contra aquellas conductas y cosas, y enfocara su discurso adverso a los efectos malsanos de las condiciones sociales deplorables de su tiempo.

Examinando los Evangelios resulta notable, por ejemplo, el énfasis que se le dan a las comidas. Lo que en nuestro día es algo casi común y corriente para la mayoría de la gente (las típicas tres comidas diarias o cuatro si se cuenta la merienda) eran una rareza en tiempos bíblicos. No se comía varias veces al día y en ocasiones tampoco se comía todos los días. Sólo los ricos podían darse ese lujo. La parábola del mendigo Lázaro y el rico grafican -de algún modo- ese contexto. De allí que, en los Evangelios las comidas se presentan como ocasiones de grandes acontecimientos o eventos de suma importancia. Y a ellas concurrían muchas gentes. 

[1] Paul Johnson, La historia de los judíos. Ediciones B, S. A., 2010 para el sello Zeta Bolsillo. Pág. 104-105
[2] Johnson, P. La historia…ibidem.
[3] Johnson, P. La historia…ibidem.

Gabriel S. Boragina
gabriel.boragina@gmail.com
@GBoragina