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jueves, 10 de marzo de 2022

GABRIEL BORAGINA: LAS GUERRAS, DESDE ARGENTINA

Las guerras en el curso de la historia siempre han sido desatadas por los gobiernos. Muy raramente un pueblo espontáneamente se ha alzado en guerra contra otro. Al menos yo no conozco ningún caso donde ello haya ocurrido. Detrás de todas las guerras que he estudiado siempre ha habido un móvil político que la desencadenara. Los pueblos sólo las sufren, porque son ellos las víctimas más importantes y -en la mayoría de los casos- las únicas víctimas. Inaudita vez se ha visto a un gobernante en la primera línea del frente de batalla batiéndose -cuerpo a cuerpo- contra el enemigo ocasional frente al cual le tocara combatir.

Claro que, ha habido casos en donde grupos -a veces numerosos- de civiles han apoyado tal o cual guerra, sobre todo cuando se la considera ‘’defensiva’’. Los líderes políticos jamás se culpan a sí mismos, ni de causarlas, ni de tener que enfrentarlas. Atribuyen el mal al gobierno enemigo o al pueblo de ese país al que, demagógicamente, también declaran enemigo.

Hay muchos mitos populares detrás de las guerras o -mejor dicho- de lo que la gente común y corriente piensa de ellas. Todavía hay personas que creen que las guerras sólo se dan entre países de diferentes ideologías (v. gr. Capitalistas contra comunistas/socialistas y viceversa) pero, más allá de aclarar, cómo tantas veces lo hacemos, que los países como tales no tienen ideologías sino que -en su caso- son las personas las que las tienen, la historia demuestra la falsedad de tal generalizada creencia.

L. v. Mises narra en su libro Caos planificado que durante la primera guerra mundial los socialistas italianos (de entre los cuales provenía y sobresalía quien luego sería el fundador del fascismo en dicho país, el Duce Benito Mussolini) sostenían que dicha guerra era entre ''países capitalistas'', lo que claramente consistía en un completo absurdo. La realidad manifiesta que difícilmente haya móviles ‘’ideológicos’’ detrás de las guerras, excepto que se considerara el ansia de poder y de lucro como ideologías, algo que es bastante discutible ya de por sí. Resulta tema opinable decir que la ideología del ladrón es robar, pero nos llevaría a debatir el significado de palabra ideología que no es el argumento que nos interesa abordar ahora, porque ya lo hemos hecho en otras ocasiones. De todos modos, si alguien quiere incluir al poder dentro de las ideologías nuestro análisis no cambiará en absoluto.

Con todo, predomina entre la opinión pública mayoritaria la idea que los motivos subyacentes de toda guerra hay que buscarlos en las ideologías, dentro de las cuales la que prevalece -en los tiempos modernos- es la del nacionalismo, así como en la antigüedad lo fue la religión. Aunque las llamadas ''guerras religiosas'' pensamos que en el fondo también eran guerras políticas. Lo que ocurría era que, en aquellos tiempos, la religión se politizó, y cuando reyes y monarcas pretendieron monopolizar sus respectivas religiones (en las cuales -según parece- muy pocos de ellos creían) fue cuando se desataron las guerras ‘’religiosas’’. De la religión también se hizo una ideología (o varias según religiones existían). El curso de las épocas determinó que las religiones paulatinamente se despolitizaran y se pasaran a politizar otras cosas.

En suma, la moraleja es que -detrás de todo conflicto- siempre aparece la política y los políticos. En eso la historia no ha cambiado nada.

Por eso, nosotros, sin embargo, creemos más bien que las ideologías sirven de perfecta excusa a políticos sedientos de poder económico no para sus pueblos sino para sí mismos. Estos líderes están convencidos que el poder político es el único puente y camino de acceso al poder económico y, a mayor poder político más poder económico.

Esta es la razón por la cual buscan perpetuarse en el poder, o regresar a él tan pronto como las circunstancias políticas lo permitan (sea por las vías democráticas donde existe esta tradición, o por las de hecho –de facto- donde no haya democracia o no este entre las costumbres políticas de los pueblos en análisis (por caso, las naciones de Europa del Este, Oriente Medio, Asia y Extremo Oriente, carecen de una tradición histórica que los apegue a formas democráticas de poder, por eso las allí mal llamadas ‘’democracias’’ son tan inestables o directamente inexistentes).

La cuestión pasa por entender que no existen los ‘’intereses colectivos’’ (llámense nacionales, populares, socialistas, izquierdistas, de Estado, etc.) sino que todos los intereses del mundo son personales o, más precisamente, individuales. Lo que se denomina individualismo no implica otra cosa más que reconocer este fenómeno. Pueden algunos coincidir con otros, pero sólo ocasionalmente esa coincidencia será del 100%. Y si lo fuera, más extrañamente todavía lo serán permanentes. Son estos choques de intereses los que -cuando se tratan de los de las personas que detentan alguna cuota importante de poder- desatan confrontaciones y, por consiguiente, guerras, ya sean estas internas o externas, no importa donde estén localizadas.

A veces se dice del tirano que declara una guerra que se trata de un loco. La barrera que separa al demente del criminal es difícil de trazar y -en última instancia- desde el punto de vista social es una cuestión del todo irrelevante.

Si bien es cierto que una psicosis grave -en algunos casos- puede conducir a un crimen (o a muchos) es complicado determinar en tales supuestos cual es el grado de conciencia del político criminal. En términos jurídicos, cuál sería su premeditación y alevosía.

Pero –aun así- siempre sostuve que cuando el daño a otro es altamente probable, hay que evitarlo sin reparar si se trata de un móvil perjudicial consciente o inconsciente en el agente, ya que -desde el ángulo de la o las victimas (que es el que importa al fin y al cabo)- este detalle es intrascendente, y que la reclusión al criminal (psicópata o no) se impone sin demoras, excusas, ni atenuantes. Lo único que debe tenerse en ponderación es el grado de peligrosidad del sujeto en cuestión. Y si ese grado de peligrosidad es alto no hay atenuantes que valgan. Si se trata de alguien que está al mando de una nación -y no es posible, por cualquier circunstancia, su derrocamiento, juicio y castigo- su liquidación está plenamente justificada.

 

Gabriel Boragina  
gabriel.boragina@gmail.com 
@GBoragina  
Argentina 

jueves, 10 de septiembre de 2020

GABRIEL BORAGINA, VIOLENCIA TRIBUTARIA,

La teoría aceptada de la representación parlamentaria presenta muchos problemas prácticos que la teoría ni contempla ni resuelve. La práctica indica que los parlamentarios una vez electos y ya en el poder suelen apartarse de las promesas ofrecidas en campaña a sus electores y tomar decisiones parlamentarias al margen de la voluntad de estos. Se dirá que esto se resolverá en la próxima elección no eligiéndose a los legisladores que violaron el mandato del elector, es posible pero raramente ocurre, y si sucede ya será tarde porque la ley fiscal no deseada por el elector ya estará votada, aprobada, sancionada y en vigor, con lo cual el famoso "voto castigo" devendrá en totalmente ineficaz. No siempre lo que votan los legisladores es la voluntad de la mayoría, ya que en la práctica muchas veces se desvinculan de sus propias plataformas políticas y promesas de campaña.

Aun suponiendo que lo anterior no sea así y que la ley fiscal sea deseada por el pueblo ello no impide los efectos voraces del impuesto en contra de aquellos mismos que los votaron y sus representados. En consecuencia, independientemente del signo político que los vote, los impuestos destruyen el ahorro y la capitalización, lo que -a su turno- disminuyen los salarios reales y -a la larga- eliminan puestos de trabajo, elevando las tasas de pobreza. Las mayorías no sólo no siempre tienen razón, sino que la generalidad de las veces, están equivocada.

El tema de la "honorabilidad del impuesto" es infantil y casi risueño. Por mucho que se le quiera rendir culto al impuesto este es letal para la economía, altamente regresivo y retardatario del progreso, disminuye el nivel de vida de la gente y aumenta la pobreza general. Sólo unos pocos se benefician con el impuesto: los gobiernos y los cercanos al mismo. Quizás algunos miembros del partido gobernante, y no muchas más personas. La gran mayoría de la población se empobrece con los impuestos. Estos son resultados económicos, no legales que, a diferencia de estos, no pueden modificarse con meros voluntarismos jurídicos.

Seguidamente, el autor pasa revista a lo que él llama los Fundamentos doctrinales del impuesto:

"1* Teoría: El impuesto es el precio de los servicios recibidos del Estado por cada contribuyente. Encabezan esta teoría los economistas de la talla de Adam Smith, David Ricardo, J. B. Say, Proudhon, Garnier, Courcelellex- Seneuil (a quien ya hemos citado en este trabajo), Colmeiro, Plorez-Estrada, y otros. Recuérdese, a propósito que la Asamblea Constituyente francesa, en una proclama datada en 1789, decía: "el impuesto es una deuda común de los ciudadanos, el precio de las ventajas que la sociedad les procura". Proudhon completaba el pensamiento diciendo que el impuesto es uno de los términos de un contrato do ut facías ("doy para que hagas") entre el contribuyente y el Estado.

Frente a esta teoría han surgido una pléyade de discutidores y los argumentos son de verdadero peso. Así, se afirma que el impuesto no nace de un pacto: si así fuera, dependería de la voluntad de los ciudadanos aceptar o no los servicios públicos y consiguientemente, pagar o no los impuestos. El impuesto no es tampoco el pagó de los servicios públicos, solamente, dicen otros, porque entonces la generación actual podría negarse a pagar los impuestos con que se satisfacen las deudas contraídas por otras generaciones a los gastos inútiles que no hubieren suministrado servicio alguno. Por -lo demás es prácticamente imposible determinar en qué proporción los servicios han beneficiado a cada contribuyente. Es evidente que la teoría podría ser exacta en punto a las tasas, que son contraprestaciones de los servicios recibidos, pero está lejos de justificar la legitimidad de los impuestos."[1]

Estas críticas son en una proporción importante, acertadas. El impuesto no nace de ningún pacto, ni es un acto discrecional de los ciudadanos, sino que es precisamente lo que su nombre indica: algo impuesto, forzado por otros individuos parapetados detrás de la máscara del gobierno. Si los impuestos se pagaran voluntariamente no podría llamárselos de ese modo, lo que obviamente no es el caso. Debería ser una contribución, pero no lo es, porque no tiene carácter facultativo.

El tributo es un acto de violencia o -por lo menos- de amenaza de violencia, tal y como lo fue en sus orígenes y lo es en la actualidad. En dicho sentido, no puede hablarse de "evolución" ninguna, ni de "categoría histórica" a su respecto. Es una "categoría absoluta" como ya indicamos, que nace de la voluntad unilateral del gobierno ,y que no cambia por esa famosa y supuesta "representación" democrática que ya tratamos, porque -en su caso- es la voluntad unilateral de la mayoría la que impone el impuesto por sobre la minoría, teoría que el autor comentado acepta y celebra, pero a que a nosotros nos parece aberrante ,por violatoria de derechos elementales y naturales del ser humano por parte de otros individuos con el sólo respaldo (que se quiere hacer pasar por "fundamento") de detentar una mayoría circunstancial.

El impuesto es un acto de explotación, por el cual el gobierno (en cualquiera de sus acepciones, sea de representación democrática o no) somete a ciudadanos desarmados e indefensos a la intimidación y constante extorsión permanente de ser recluidos en prisión de no ingresar el gravamen que "corresponda" en las arcas fiscales.

El típico ejemplo de los dos lobos y el cordero votando los tres en asamblea por cual será la cena de esa noche es plenamente aplicable al caso de marras.

Nadie -o muy pocas personas- actualmente cree en esta teoría estatal contractual. Tan falsa como la del famoso "contrato social" con que se ha pretendido justificar la existencia de ese ente mítico llamado "estado". Si, apuntamos nuevamente, hay una especie de acostumbramiento o resignación, igual que la que existía en la antigüedad, no sobre ninguna "necesidad" ni del impuesto, ni del gobierno, sino que existe como cierto consenso sobre la inevitabilidad del mismo (en el que los términos impuesto y gobierno son como "dos caras de la misma moneda" y no pueden ir el uno sin el otro).

Gabriel Boragina 
gabriel.boragina@gmail.com
@GBoragina 

http://www.accionhumana.com/2020/08/violencia-tributaria.html

sábado, 22 de agosto de 2020

GABRIEL BORAGINA, HIPNOTISMO FISCAL,DESDE ARGENTINA

"Las fases y los detalles de la evolución histórica del impuesto los analiza Adolfo Wagner, con gran riqueza de erudición y de comentario en los párrafos 101 a 123 de su Finnanzissenschaft: en los pueblos primitivos constituidos en estado de economía natural, los impuestos casi no se conocen: no hay autoridad suficientemente organizada y fuerte para exigirlos —en la antigüedad y en la Edad Media el impuesto despierta la idea de subordinación, del vencido al vencedor, de unas clases sociales a otras: su establecimiento se efectúa de un modo unilateral, despótico, sin recabar el consentimiento de quienes han de pagarlo—"[1]

Bandas de saqueadores que arrasaban pueblos enteros cada tanto, descubrieron que era mejor negocio ofrecer a esos mismos saqueados protección contra otras bandas de ladrones a cambio de una parte de sus bienes. De negarse quedarían expuestos a seguir siendo arrasados, sea por quienes así los extorsionaban o por otros salteadores.

Es la historia del ladrón errante y del ladrón estable. En los comienzos de la humanidad, donde los gobiernos no existían, la vida se debatía entre el ladrón errante que asolaba y atracaba pueblos y aldeas y una vez devastado todo, se retiraba hacia otro pueblo o aldea y repetía la operación hasta que llegaba un punto en que no le quedaba más para merodear y devastar. En la segunda fase de la historia, el ladrón errante se dio cuenta que obtendría mayores ganancias de otra manera, y en lugar de robar todas las comarcas era mejor establecerse en una sola, y dedicarse a asaltar periódicamente allí sin incursionar en las otras, ya que sus costos disminuirían al eliminar las incesantes y agotadoras incursiones. Otra ventaja del nuevo sistema consistía en que tampoco correrían el riego de encontrarse antes con otra banda de saqueadores más fuertes que pudieran vencerlos. El saqueo ("pacifico") periódico local sería un "precio" que el ladrón estable le cobraba al campesino o habitante del lugar, ese precio (tributo) se pagaría como reembolso por la "protección" contra otros ladrones errantes que quisieran asolar el lugar.

Este es el verdadero origen del impuesto. No había demasiadas alternativas para pueblos de agricultores, ganaderos, artesanos o mercaderes (las principales actividades productivas de la antigüedad), inexpertos en el uso de las armas. Ladrones y matones constituyeron así los primeros gobiernos de la historia. Algo que en el tiempo no ha cambiado demasiado, salvo muy honrosas excepciones.

Aquellas primeras gavillas de criminales si estaban suficientemente organizadas y fuertes para exigirlos, y han devenido en los gobiernos de la actualidad, pese a sus apariencias seudodemocráticas de las que tanto se ufana el autor en estudio.

También en la actualidad el impuesto conserva aquella "idea de subordinación, del vencido al vencedor, de unas clases sociales a otras" esto se mantiene en espíritu y en esencia, aunque no resulta políticamente correcto decirlo, desde luego.

Ahora bien, hay que reconocer que, en el curso de las eras, ha habido una suerte de domesticación del pueblo por parte de los estatistas, por la cual han convencido -de cierta forma- a una mayoría sobre la "necesidad" del impuesto. En parte, por eso la institución sobrevive. El éxito del lavado de cerebro es mérito, sin duda, del marxismo, que ha convencido a la mayoría de la humanidad de que los impuestos son "buenos" porque los pagan los "ricos" en "beneficio" de los "pobres". Esta falacia ha calado hondo en las gentes, lo que naturalmente incluye a la pléyade de autores socialistas que estamos comentando.

"durante un periodo intermedio, que comprende desde fines de la Edad Media hasta bien avanzada la Edad Moderna, se producen evoluciones que el profesor norteamericano A. Seligman ha esclarecido con sus análisis etimológicos y terminológicos. Durante este período: a) a veces el impuesto aparece como una espontánea y benévola "donación" de los súbditos a sus soberanos (donum, benevolence); b) a veces como una humilde "súplica" dirigida por el soberano al pueblo (precarium; Bede-de beten, rogar; peticiones cuadernos de...); c) a veces predomina en ellas la idea de "asistencia" de "ayuda" voluntaria ofrecida al Poder (contribución; uide; steuer-áe steuern, ayudar); d) a veces lo que adquiere mayor relieve es el sentimiento del "deber", de la obligación de pagar el impuesto (de ahí la palabra duty en Inglaterra; e) otros vocablos, en fin, acusan la idea de que el impuesto se fija "unilateralmente" por el Estado (tasa, arbitrio; rate)"[2]

Exceptuando el último punto, los casos anteriores no se tratan de impuestos, porque el elemento coactivo que lo caracteriza y constituye se encuentra ausente. Toda dación voluntaria de algo a otro es una contribución, donación, etc. pero nunca podrá llamarse impuesto. Precisamente porque en esos casos no hay imposición de ningún tipo. Donde existe voluntariedad, no hay imposición, por eso tales ejemplos dados arriba no se tratan de "impuestos".

Si esos casos han existido (confesamos no conocer la obra de A. Seligman) será excelente volver a ponerlos en práctica, pero (por lo que apuntamos en el final de nuestro párrafo anterior) lo vemos medio complicado: hay un consenso social bastante fuerte sobre la "necesidad" del impuesto, falacia que ya nos hemos ocupado de desenmascarar. No obstante, somos conscientes que nuestra posición es minoritaria, y dicho asentimiento lamentablemente existe. Mucha gente acepta la "necesidad" de los impuestos; algunos con resignación, otros con entusiasmo, convencidos que los "pagarán" los "ricos" sin que ellos se vean afectados, lo cual es falso, porque los impuestos que pagan los "ricos" generan más pobreza y no menos. Sin embargo, esta última realidad es contraintuitiva para la gente ignorante de la ciencia económica y sus axiomas. En nuestro libro Impuestos hemos tratado este tema bajo el rótulo de la "ilusión fiscal".

Volviendo a la cita comentada arriba, lo que allí se mencionan en los distintos apartados, son todos casos de contribuciones voluntarias, no de impuestos. Y en algún momento, aquellos gobiernos han convertido dichas contribuciones, de tales en obligatorias. Por eso, en la obra señalada en el párrafo anterior hemos criticado -como también lo hacemos aquí- que al que paga impuestos se le llame "contribuyente" porque no lo hace voluntariamente sino de manera forzada bajo amenaza de ser penado por la ley en caso de negarse a pagar. La expresión "contribución forzada" es auto contradictoria.

[1] Mateo Goldstein. Voz "IMPUESTOS" en Enciclopedia Jurídica OMEBA, TOMO 15 letra I Grupo 05.
[2] Goldstein, M. ibidem. Op. Cit.

Gabriel Boragina 
gabriel.boragina@gmail.com
@GBoragina  
http://www.accionhumana.com/2020/07/hipnotismo-fiscal.html
Argentina

domingo, 16 de agosto de 2020

GABRIEL BORAGINA, FISCALIDAD Y FALACIA AD POPULUM, DESDE ARGENTINA

"Wagner, economista alemán, apunta que "el impuesto como medio de cubrir las necesidades financieras, se funda, desde el punto de vista de los principios, en la hipótesis necesaria de mantener y desarrollar la existencia del Estado, como la de toda corporación cimentada en la comunidad económica obligatoria." El fundamento jurídico de la imposición, sostiene, conduce a la cuestión del fundamento mismo del Estado y de otras comunidades económicas obligatorias. El fundamento del impuesto, y, por consecuencia, el del derecho de imposición, se vincula íntimamente a la necesidad absoluta del Estado y del sistema de las comunidades económicas obligatorias de que existan y se desenvuelvan."[1]

Ya hemos dicho antes que el "estado" (como dicen ellos; el gobierno en rigor) no tiene "necesidades", porque no existe como tal. Lo que no existe no puede tener necesidades. La gente si existe, y esta es la única que sufre de necesidades, las que históricamente ha venido remediando a través del mercado, y no de ningún fantasmal "estado". Los gobiernos -por sí y ante si- tomaron -primero- la función de proveer a esas insuficiencias compitiendo con el mercado para tal fin y -más tarde- tratando de suprimirlo o abolirlo, monopolizando aquellas funciones y declarándolas por ley como "propias". Así, se han ido estableciendo todos los gobiernos del mundo en el curso de la historia de la humanidad. El impuesto, pues, lo que permite es la existencia del gobierno como ente que agrupa a determinadas personas que son elegidas por si o por otros para ejercer el mando sobre otros grupos de personas determinadas en un territorio equis.

No cabria -en principio y con reservas- objeción a que el gobierno "compita"[2] con el sector privado en brindar esos servicios, pero si sería censurable que tratara de monopolizarlos como lo ha perpetrado y sigue haciéndolo en todas partes. De hecho, como los gobiernos del mundo han probado más que suficientes veces sus deficiencias en la prestación de los servicios que monopoliza, la gente espontáneamente procura satisfacer esas necesidades buscando esos servicios en el mercado, que era de donde originariamente los habían obtenido. Pero -como ya dijimos- esto implica un doble gravamen para el particular desprotegido: se ve obligado a pagar impuestos por servicios que se le prestan en forma deficitaria, o no se le prestan en absoluto (estatales) y, por lo tanto, debe procurárselos a un costo mayor o menor en el mercado. Pero, tal como se advierte, los autores socialistas siguen hablando de quiméricas "necesidades absolutas" y de "comunidades obligatorias" fieles a sus deseos de regimentar y poner bajo su dominio total absolutamente todo lo existente. Aquellos a los que no pueden obligar a nada directamente lo desprecian o ignoran.

"Desde luego, todo el basamento se apoya en el derecho de soberanía del Estado que, a través de los órganos competentes, promueve y sanciona los recursos de los que ha de nutrirse la administración pública. Este es el concepto de la mayoría de los autores y tratadistas para fundamentar jurídicamente el derecho a la imposición."[3]

No existe ningún "derecho de soberanía del estado", lo cual es otra ficción muy apetecida por los socialistas que comentamos pero que no se asumen como tales. Se llaman a sí mismos "demócratas", pero en realidad son socialdemócratas, es decir, socialistas que, fracasados los métodos violentos de la revolución marxista desean implantar el socialismo por las vías democráticas creyendo que ello es posible. Sin embargo, sus experimentos -históricamente- siempre han terminado en la violencia, de un lado o del otro. La única soberanía reside en el pueblo, y no en míticos estados-naciones y -en última instancia- la soberanía reside en el consumidor, dueño de sus cosas. Pero -como se advierte- la terminología empleada por el autor continúa siendo organicista, suponiendo (dando por cierta en rigor) la existencia del gobierno como ente orgánico dotado de voluntad, inteligencia y capaz de tomar decisiones como si fuera un ser humano. Es decir, estos escritores tratan sobre fantasías creyendo -quizás de buena fe- que son realidades.

"Cualquiera entiende, señala un autor francés, que, en un sistema de apropiación de riquezas, la autoridad conserve siempre un vasto imperio, pues es la que garantiza la seguridad de las personas, de la propiedad y de la ejecución de los contratos, al mismo tiempo que la aplicación de las reglas generales sobre las sucesiones y testamentos."[4]

La retórica de los socialistas que escriben estas cosas adopta formas sinuosas, no se expresan claramente, y cuando se les interroga sobre qué quieren decir contestan vaguedades aún mayores. Pero nada cambiará la realidad de que la "apropiación de riquezas" que defienden con un entusiasmo cuasi místico, no es más que un robo liso y llano, o sea un delito, más allá que sus leyes lo exculpen. Y decir que "la autoridad conserve siempre un vasto imperio" como lo hacen, no es más que avalar la tiranía más cruda, por mucho que lo quieran adornar con lenguaje alambicado. A los déspotas que se apoderan de los gobiernos los sostienen -en última instancia- los otros tiranos: los de la pluma, los que gustan posar de "intelectuales", como los escritores que estamos analizando. La práctica indica, no obstante, que la seguridad de las personas está más amenazada por esa misma autoridad que reclama arrogantemente su "vasto imperio" para someter a todos a su voluntad omnímoda.

"En todas partes existe, prosigue, un poder público investido de atribuciones más o menos amplias y rodeado de un cuerpo de funcionarios más o menos considerable."[5]

También en todas partes existen delincuentes, asesinos, ladrones, violadores, criminales de todo tipo, rodeados de cómplices y colaboracionistas que coadyuvan a sus planes delictivos. Siguiendo la argumentación socialista deberíase otorgárseles un monopolio y un vasto imperio para que puedan delinquir sin ser molestados por la policía.

En suma, esgrime la cita la falacia ad populum (simplemente porque todo el mundo lo hace debería hacerse también donde no se lo hace). 


[1] Mateo Goldstein. Voz "IMPUESTOS" en Enciclopedia Jurídica OMEBA, TOMO 15 letra I Grupo 05.
[2] Lo cual es una forma de decir porque, rigurosamente, resulta imposible, dado que, la única manera de competir es con recursos propios, y el gobierno carece siempre de ellos, y es incapaz de generarlos sin expoliar a la gente.
[3] Goldstein, Ibidem.
[4] Goldstein, Ibidem.
[5] Goldstein, Ibidem.

Gabriel Boragina 
gabriel.boragina@gmail.com
@GBoragina  
http://www.accionhumana.com/2020/07/fiscalidad-y-falacia-ad-populum.html
Argentina

miércoles, 12 de agosto de 2020

GABRIEL BORAGINA, LA SUMISIÓN TRIBUTARIA, DESDE ARGENTINA

"Estos funcionarios tienen necesidad, como los otros funcionarios, y sus servicios se aplican a otra cosa que a la industria, por lo que deben ser retribuidos con una parte de los productos de la industria: o esta parte no puede ser obtenida por el cambio, porque los servicios que ella retribuye no son ni deben ser apropiados a alguna persona determinada: es necesario recurrir para retribuirlo a una porción de los productos del trabajo industrial: esa porción es el impuesto"[1]

Este verdadero galimatías parece decir que la industria debe pagar los impuestos de los funcionarios simplemente porque estos tienen "necesidades". Es decir, nos explica el socialista que solo los funcionarios tienen "necesidades", lo que implica tanto como afirmar que el resto de los seres humanos que no cumplan funciones públicas carecen de necesidades. Péinese que lo que transcribimos está plasmado en una de las enciclopedias jurídicas más importantes del mundo y que muchos abogados y juristas usan como fuente para sus trabajos legales. Tales barbaridades son aceptadas irreflexivamente por mucha gente "de derecho" sino por la mayoría de los que estudian y se gradúan en sus facultades de leyes y universidades.

Pero si los servicios de los funcionarios obviamente no se dedican a la industria ¿cuál es la razón, supuestamente "jurídica", por la cual la industria (como tal) "debería" abonar sus salarios que son más que lo que la industria paga como impuestos? ¿a qué se aplican esos "servicios" de esos funcionarios? Recorriendo oficinas públicas y observando el comportamiento de los mismos parece ser que se dedican a descansar, tomar muchos desayunos y meriendas, muchas veces desembozadamente y a la vista de una larga fila de personas que vanamente esperan ser atendidas por alguien que nunca aparece (o lo hace tiempo más tarde) al frente del mostrador o de la ventanilla pública. Espectáculo este que estamos cansados de observar y de padecer como usuarios y supuestos "clientes" de una burocracia que solo sabe descansar, hacer huelga, marchar obstruyendo el tránsito, y maltratar de palabra y de hecho al sufrido usuario obligado a pagar los salarios de los parásitos estatales que lo desprecian con absoluta arrogancia al que encima osan llamar "contribuyente". El "estado" no tiene "clientes" sino que tiene lacayos que mantenemos a dichos parásitos con nuestros impuestos.

Viola el sentido de la justicia más elemental que quien no recibe un servicio tenga que retribuirlo ¿Qué se va a retribuir si nada se ha recibido? Por lo demás la industria no presta servicios, sino que produce bienes, por lo tanto, la confusión es que el autor desconoce por completo a que se dedica la industria y por lo tanto también ignora la diferencia entre bienes y servicio.

"En la antigüedad, dice un autor, los servicios del gobierno eran remunerados de otra manera, por la renta territorial de una parte o de la totalidad del territorio, constituyendo un dominio público. Las cosas estaban así establecidas en la India, en Egipto, en Persia hasta que Darío introdujo el impuesto."[2]

No está claro a qué período se refiere la cita, pero sí está claro que alude a la propiedad estatal del suelo. El soberano simplemente concedía el uso de cierta fracción a los individuos a cambio de un canon a veces anula o por perdido más cortos. Pero en definitiva no interesa demasiado la forma de percibir los frutos en última instancia opera como un impuesto si es que existía el elemento coactivo que es justamente lo que caracteriza al impuesto. La tierra era propiedad del rey y en términos contemporáneos la alquilaba a sus súbditos a lo que estos no tienen alternativa porque en alguna parte debían asentarse ellos y sus familias. Las diversas formas que en la historia los pueblos fueron obligados a entregar el fruto y su trabajo al gobierno no modifica la naturaleza coactiva del impuesto ya que esta es su característica fundamental.

"Se recuerda el dominio de la mayor parte de los pueblos que sorprendieron al Imperio romano, notablemente en Francia; pero el impuesto ha reaparecido y su parte en la composición de las rentas públicas ha aumentado de siglo en siglo, mientras que las del dominio ha disminuido constantemente."[3]

No sabemos cuándo el impuesto hubiera desaparecido, y el autor no nos lo explica tampoco. Parece que enredado en su propio juego de palabras no tiene demasiado en claro de que nos está hablando. Aparentemente estaría tratando del impuesto territorial aludido en la cita anterior ya comentada por nosotros. Que el tributo se pague sobre la tierra o sobre cualquier otro bien, que se lo llame tributo, impuesto o de otra manera (dominio) no cambia la naturaleza coactiva de la exacción. Si no queremos caer en el trabalenguas que nos propone el autor sin quererlo posiblemente, designaremos por nuestra cuenta cualquier entrega de bienes que se haga en forma coactiva al gobierno con la palabra impuesto. Y esto, más allá de las diversas categorías o clasificaciones a las que son tan afectos los juristas.

"El impuesto no ha sido siempre afectado a satisfacer las necesidades, dice el mismo tratadista, de ¡los agentes de la autoridad: ha sido empleado algunas veces directamente para la producción de riquezas, como por ejemplo, en la construcción de rutas y caminos de hierro, puentes, navíos; en la fabricación de armas, municiones de guerra, bizcochas, pan, etcétera, en levantar edificios donde el servicio público los requiere, en poner en actividad manufacturas."[4]

El impuesto nunca "ha sido empleado algunas veces directamente para la producción de riquezas". En primer lugar, para que algo sea valorado como riqueza debe ser subjetivamente estimado como tal, porque el único valor que existe es el subjetivo. No hay tal cosa como valor "objetivo". En segundo lugar, ese sujeto que valora debe ser propietario del bien valorado. Esa valoración puede ser en más o en menos. Ejemplo: cuando quiero comprar un reloj es porque he valorado en más el reloj que necesito que el dinero del que dispongo para cambiarlo por el reloj. En tal caso, se cumple la condición, porque puedo valorar mi dinero porque es mío, soy su propietario y puedo valorar en más el reloj que necesito porque estoy dispuesto a entregar mi dinero (valorado en menos) por lo que necesito (en el caso un reloj que valoro en más). Esto permite la calificación de riqueza para lo que tengo y lo que doy por otra cosa que no tengo pero que valoro como riqueza.

[1] Mateo Goldstein. Voz "IMPUESTOS" en Enciclopedia Jurídica OMEBA, TOMO 15 letra I Grupo 05.
[2] Goldstein, Ibidem.
[3] Goldstein, Ibidem.
[4] Goldstein, Ibidem.

Gabriel Boragina 
gabriel.boragina@gmail.com
@GBoragina  
http://www.accionhumana.com/2020/07/la-sumision-tributaria.html
Argentina

martes, 21 de julio de 2020

GABRIEL BORAGINA, LOS IMPUESTOS Y LA GUERRA, DESDE ARGENTINA

"Insistiendo en la importancia del impuesto para afrontar las obligaciones -del Estado moderno, consignamos en seguida algunas cifras oficiales vinculadas con el enorme esfuerzo bélico realizado por los Estados Unidos de América para afrontar a las dos terribles guerras en las que le ha tocado intervenir en el curso de los últimos cincuenta años. De los mencionados guarismos surgirá toda la trascendencia que asumen los impuestos para solventar necesidades ordinarias y extraordinarias, justificando así nítidamente el fundamento económico del impuesto, al que nos hemos referido en los comienzos de este párrafo."[1]

La única obligación del gobierno es la de respetar el derecho de los gobernados que -en suma- son sus mandantes, y el mandato que le han otorgado a ese gobierno no es -por cierto- para que este desfalque a su mandante, sino para que proteja sus bienes (vida, libertad y propiedad, en este mismo orden). El impuesto solo puede hallar cierta justificación en lo que señalamos, y no en otros motivos espurios.

En el ejemplo elegido, la intervención de los Estados Unidos en ambas guerras fue una decisión pura y exclusivamente gubernamental. En ninguna de ambas contiendas los Estados Unidos fueron un país ni agredido, ni invadido por las naciones beligerantes.

El ataque japonés a la base militar estadounidense de Pearl Harbor en modo alguno justificaba que los Estados Unidos entraran en la guerra que -ya iniciada- se estaba librando en Europa, toda vez que el tema se podría haber solventado con una contraofensiva contra el Japón en represalia que, en rigor, fueron los atacantes. En consecuencia, la elección del modelo es, desde todo punto de vista, desafortunada.

Con todo, podemos conceder que en caso de que una nación sea atacada, eche mano a impuestos extraordinarios para solventar su defensa. Pero la excepción no puede constituirse en regla como quiere presentarlo Goldstein en su artículo. Esto no es ningún justificativo económico del impuesto o, al menos, no lo es para situaciones fuera de una guerra. Pero, además, existe la posibilidad que el gobierno no usara eficientemente esos recursos extraordinarios, y el gasto hubiera sido -si bien necesario en parte- en su mayor proporción un derroche. Un buen estratega militar probablemente hubiera ganado la guerra con una menor carga fiscal, pero más eficientemente empleada.

Es verdad que en los Estados Unidos soportaron una carga fiscal brutal a los que fueron sometidos sus ciudadanos por parte de los gobiernos norteamericanos y que el autor se esmera en detallar numéricamente (no vamos a reproducirlo por su extensión y por ser un dato histórico sobradamente conocido) pero omite la pregunta fundamental ¿tenía opción el contribuyente americano para negarse a sufragar dichos costos fiscales astronómicos (como el mismo autor los denomina)? La respuesta es no. O pagaba o iba a la cárcel. Es decir, para combatir a un totalitarismo político (la amenaza nazi) se recurrió a otro totalitarismo (fiscal).

También pasa por alto otro dato no menos importante: para poder cobrar esos impuestos debió existir antes de que el gobierno los creara y aplicara una acumulación de capital tal que permitiera recaudarlos. Y para que ese acopio tuviera lugar la carga fiscal anterior debía ser y fue muy baja. El pueblo americano no recogía el dinero que "crecía en los árboles". Simplemente, el gobierno -antes de la guerra- no entorpecía con impuestos la provisión de capital o lo hacía en muy escasa medida.

"Los ingresos por concepto de impuestos durante los años 1941-1945 eran aproximadamente de 138,5 billones de dólares, de los cuales las entradas por diversos conceptos e impuesto a las ganancias individuales, llegó al 36,2 %; las asociaciones y sociedades, el 34,2 % y el 29,6 % restante procedía de otros recursos. Desde el 15 de mayo de 1941, en cuya fecha el presidente Roosevelt vendió el primer Bono de Ahorro de la serie "E", hasta que fue depositado en el Tesoro Nacional el último Bono del Victory Loan, el 3 de junio de 1943, se vendieron en todo el territorio de los Estados Unidos 185.700 billones de Bonos para financiar la guerra. Alrededor de dos tercios fueron adquiridos por sociedades y corporaciones y un tercio, por personas individuales o físicas "[2]

El autor, reiteramos, utiliza todos estos datos simplemente para justificar -según su punto de vista- lo que él llama el "fundamento económico del impuesto". Pero -como ya advertimos- emplear el patrón excepcional de una guerra (o de dos como en el caso) usando -para colmo- como muestra al país más poderoso económicamente del planeta no establece "fundamento" de nada. Roosevelt pudo aplicar un fuerte intervencionismo económico sencillamente porque fue presidente del país más capitalizado del mundo, que de no haber sido así le hubiera sido imposible recaudar ni un solo dólar.

Omite también que esos bonos deberían ser rescatados en su momento, para lo cual el gobierno tuvo que volver a subir los impuestos (ya sin guerra de por medio) castigando por partida doble al sufrido contribuyente americano.

Nada de lo que el autor comenta puede cambiar el hecho de que los impuestos descapitalizan la economía del país donde se recaudan, y esto sucedió tanto en Estados Unidos durante las dos guerras mundiales como después de ellas y hasta hoy ocurre, no solo allí sino en todas partes del mundo.

"Y este enorme esfuerzo consumado por una nación democrática, con la aquiescencia de sus poderes políticos en pleno funcionamiento a pesar de las difíciles circunstancias, no significó ni con mucho la ruina de los diversos sectores de la población, ni la injusticia para con alguno de ellos, ni el desequilibrio en la imposición que es característico de los regímenes oligárquicos o despóticos. El pueblo americano soportó la carga de los impuestos sin perder la serenidad, en la confianza de que todos los habitantes, sin excepción, colaboraban en un esfuerzo tenso en el que se hallaba comprometida la seguridad de su país y la libertad del ser humano."[3]

El esfuerzo no lo hizo la "nación" si con este término se quiere referir a lo que hasta ahora el autor ha denominado el "estado". Pero si, si con él quiere referirse al pueblo americano. Vamos a conceder el beneficio de la duda respecto de los "diversos sectores", pero no es tan seguro que muchos individuos no hayan terminado arruinados por la política fiscal.

[1] Mateo Goldstein. Voz "IMPUESTOS" en Enciclopedia Jurídica OMEBA, TOMO 15 letra I Grupo 05.
[2] Goldstein, M. ibidem. Op. Cit.
[3] Goldstein, M. ibidem. Op. Cit.

Gabriel Boragina 
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lunes, 13 de julio de 2020

GABRIEL BORAGINA, IMPUESTOS, INDIVIDUALISMO Y DICTADURA

Dice Goldstein:

"Haciendo mérito de la paulatina claudicación de los principios individualistas que caracterizaron un largo período de la existencia humana, afirma el autor antes reproducido: “. Pero, hoy día, ese gran principio de la justicia individualista comienza a vacilar, y nos encaminamos con bastante rapidez hacia un régimen inspirado en el principio de solidaridad social, y en el cual, como en otros tiempos, los impuestos eran pagados por aquellos que no los votaron, y votados por quienes no tengan que pagarlos."[1]

Acá tenemos otra mentira más. "los principios individualistas" son relativamente nuevos en la historia mundial. Nacieron recién a fin del siglo XVIII con lo que tienen solamente algo más de dos siglos. Antes de eso -y desde la creación del mundo- rigieron principios colectivistas, a los que se volvieron hacia principios del siglo pasado hasta la fecha. Por lo tanto, el autor examinado (incluyendo al citado) o miente o ignora datos esenciales de nuestra historia económica.

El individuo no es opuesto a la solidaridad social (redundancia) ya que el individuo es por naturaleza solidario. Desconocen estos socialistas, entonces, la esencia de la naturaleza humana.

El individuo aislado no sobreviviría, está forzado por ende a ser solidario por muy egoísta que fuere, ya que si no coopera con su prójimo debería autoabastecerse y su nivel de vida decrecería rápidamente.

Lo que la cita expone es la excusa que los gobiernos mundiales han encontrado para hacer alcanzar su poder sobre sus naciones y lograr hacerse de las riquezas de sus dominados.

Falso, como dijimos, es que haya unos que pagan impuestos y otros que no lo hagan. Por vía directa o indirecta todo el mundo paga impuestos, no necesariamente desembolsándolos sino siendo privado de bienes y servicios que -por obra y gracia del impuesto- no estarán disponibles para quienes más lo necesitan. Nuevamente, el jurista exhibe su más supina ignorancia de elementales principios económicos. Quienes lo votan y quienes no, todos ellos pagarán el impuesto, más allá de la retórica y mitología jurídica.

"En efecto, vamos a ver que la política fiscal de las democracias tiende, por amplias exenciones y por descargos en favor de la clase asalariada, al mismo tiempo que por el impuesto progresivo sobre la renta y sobre las sucesiones, a concentrar los impuestos sobre un número cada vez más reducido de ricos."[2]

Desconoce el articulista la diferencia entre el impuesto nominal y el real. Dichas exenciones y desgravaciones son más que compensados por los impuestos reales que el pobre paga viéndose privado del bien gravado por el impuesto o en el caso que dispusiera de algún ingreso siendo forzado a pagar por el un sobreprecio en el mercado negro. El impuesto nominal es el que aparece legislado, y el real el que no, pero que, no obstante, opera en la economía real de la oferta y la demanda de bienes. El impuesto nominal es el que sufraga el contribuyente de derecho y el real el de hecho. Ricos y pobres (en la terminología de estos socialistas que venimos comentando), todos pagan, sea uno u otro tipo de impuestos. Los pobres podrían estar exentos de pagar los impuestos nominales (legislados) y normalmente lo están, pero jamás podrían ser eximidos de sufragar los reales (no legislados) lo que es otra consecuencia de ignorar por parte de los legisladores las leyes propias de le economía que son en todo tiempo y lugar inviolables.

El impuesto progresivo destruye fuentes de trabajo, porque carcome el capital que es la única fuente salarial. Es decir, el impuesto progresivo ataca a los trabajadores empobreciéndolos.

"Y, como bajo el régimen de sufragio universal, las leyes son hechas por la mayoría, incluso las leyes de impuestos, y que la minoría, por definición misma, resulta necesariamente derrotada, salvo la influencia indirecta que pueda ejercer sobre el gobierno por su riqueza y su prestigio, pero que a lo sumo pueden retrasar un poco su derrota, es inevitable que la parte del Estado vaya en aumento, puesto que será fijada por la mayoría que haya de beneficiar de ella, y tomado de la minoría poseedora. Esta es una de las causas principales de la progresión de los gastos públicos" "[3]

En suma, defiende el autor citado la dictadura de la mayoría por sobre la minoría. Lo que es consistente con nuestra tesis sobre que las democracias pueden devenir en dictaduras cuando las mayorías no respetan los derechos de las minorías. La minoría no necesariamente es rica, y por estar fuera de combate por su condición de minoría en un régimen de dictadura democrática no puede influir sobre ningún gobierno. Ya dijimos que el poder reside en quien hace las leyes, y esto es sólo prerrogativa del gobierno que, según la misma cita, reside en la mayoría. Si dice que es derrotada por ese gobierno (mayoritario) ¿de qué manera podría influir sobre él? No parece percatarse el autor de sus permanentes autocontradicciones y mezcolanzas sin fin de todo tipo, ni tampoco de su ignorancia escandalosa de temas económicos.

Claro que "es inevitable que la parte del Estado vaya en aumento" porque es un ladrón avalado por sus propias leyes que lo habilitan a robar al pueblo (ricos y pobres, cada uno en su propia proporción). La minoría poseedora real es la burocracia gubernamental que es la única que tiene el poder legal de imprimir dinero si lo necesita o de robarlo mediante las leyes fiscales por las cuales se auto habilita para robar, no sólo sin ser castigado sino penando al ciudadano si se resiste a ser expoliado.

La mayoría nunca se beneficia con los impuestos porque es la que los paga. Solo una minoría se beneficia de ellos y que está conformada por los gobiernos y sus acólitos, partidarios, lo que antiguamente constituía la nobleza y que hoy subsiste, aunque sin títulos nobiliarios explícitos, pero si implícitos.

[1] Mateo Goldstein. Voz "IMPUESTOS" en Enciclopedia Jurídica OMEBA, TOMO 15 letra I Grupo 05.
[2] Goldstein, M. ibidem. Op. Cit.
[3] Goldstein, M. ibidem. Op. Cit.

Gabriel Boragina  
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Argentina

jueves, 2 de julio de 2020

GABRIEL BORAGINA, FALACIAS FISCALES

"Pero, ya nos alegremos o nos indignemos, el hecho es que el Estado moderno sigue esa vía. Las leyes llamadas de solidaridad social recientemente votadas, en Alemania, en Francia, en Inglaterra —por ejemplo en Francia las leyes sobre la asistencia facultativa gratuita y sobre la asistencia a los ancianos e inválidos y la ley sobre seguros sociales, que gravaran el presupuesto en algunos miles de millones—el autor escribe en la postguerra consecuente a la primera conflagración mundial-, ¿qué hacen sino repartir a ciertas categorías de ciudadanos desheredados recursos que serán tomados, por medio del impuesto proporcional o hasta progresivo, del bolsillo de una minoría de ciudadanos más afortunados? 

Lo mismo ocurre con las subvenciones, más o menos numerosas, concedidas a las asociaciones agrícolas, a las sociedades de socorros mutuos, etcétera. Aquí sobre todo es donde se ve lo ilógico de la idea de: servicio prestado al contribuyente como base del impuesto, pues se trata, al contrario, de un servicio prestado, de agrado o por fuerza, por el contribuyente a otra persona... Además aunque ese papel repartidor del Estado se ha desarrollado principalmente en los últimos tiempos, no hay que creer que no siempre ha existido, y aún en condiciones mucho peores que hoy; pues, en otros tiempos ocurría al revés: el impuesto sacaba a los pobres con que dotar a los ricos" "[1]

La falacia contenida en el párrafo transcripto es conocida desde antaño como la falacia ad populum que -en términos sencillos- equivale a decir que algo es verdadero simplemente porque es apoyado por una mayoría de personas. Es lo que trata de decirnos el autor: si "todo el mundo" lo hace, entonces, es porque debe ser "bueno". Ahora bien, desde el comienzo de la humanidad hasta prácticamente el siglo XVIII había muy poca gente que estaba en desacuerdo -por ejemplo- con la esclavitud. Hasta autores considerados santos por la Iglesia la apoyaban, como fue el caso del doctor angélico Santo Tomas de Aquino. Era bastante difícil encontrar voces disidentes con la esclavitud, la más horrorosa de las perversiones sociales según los cánones de nuestros días. Pero -siguiendo el "razonamiento" del autor citado- deberíamos considerarla aceptable simplemente porque durante la mayor parte de la historia de la humanidad fue casi unánimemente admitida por una mayoría. Pueden citarse infinidad de ejemplos por los cuales se muestra el absurdo del "argumento" esgrimido ("si todos lo hacen nosotros también debemos que hacerlo"). Un célebre dicho popular lo patentiza cuando dice "Ingiera excrementos, millones de moscas no pueden estar equivocadas".

El autor emplea la misma falacia. Vendría a decir: "Si la mayoría de los países cobran impuestos por cualquier motivo que parezca solidario, entonces eso es lo que deberían hacer todos los demás". En este caso, parece decirnos "Si países importantes lo han hecho ¿Por qué no el resto?". Esta es una variante de la falacia ad populum que se denomina falacia ad verecundiam o falacia de autoridad que, parafraseada, viene a significar que, si alguien "importante" lo ha dicho o lo ha hecho, entonces, es "verdadero". Pero pasa por alto que -a menudo- las autoridades en ciertos temas o disciplinas no suelen concordar en sus teorías o puntos de vista, con lo cual el criterio de verdad absoluta por el sólo hecho de que una autoridad en cierta disciplina lo dice, no sirve de "argumento", ni mucho menos de regla.

Por ejemplo, en épocas de la alquimia, la química era ciencia ficción. Cuando la química desbancó a la alquimia del universo de la ciencia la "verdad" pasó a ser otra. Lo mismo ocurrió cuando la física clásica dejó lugar a la física relativista, y está a la cuántica.

Es cierto que el gobierno no presta -de ordinario- los servicios al contribuyente que "debería", ni en la cantidad, ni calidad que la gente necesita, pero es justamente el hecho de que monopoliza tanto estos servicios como el "derecho" a cobrar por ellos impuestos lo que le permite "el lujo" de brindar un servicio deficiente, costoso y gravoso para la ciudadanía. Y eso, cuando el "servicio" existe.

Es verdadero también que los pobres enriquecieron a sus gobiernos gracias a los impuestos que este les obligaba a pagar. Aun hoy es así. Excepto las formas, nada ha cambiado al respecto en lo sustancial. En ninguna época de la historia los gobiernos apuntaron primero a los pobres para llenar sus arcas, lo cual hubiera sido ilógico, sino que dirigieron siempre sus dardos impositivos contra los particulares ricos, comerciantes o mercaderes primero, y después bajando hacia el resto de la población. Solo cuando los ricos privados quedaban completamente esquilmados por obra del impuesto los jerarcas se veían "obligados" a gravar a los menos pudientes. Haber operado en sentido inverso hubiera sido -además de irracional- altamente impopular, y a pesar de lo que pareciera, la mayoría de los gobernantes quisieron (y quieren) ser populares y famosos (sea por amor o temor) y ser recordados de ese modo.

A los ojos de nuestros días, tales métodos lucen violentos e inadmisibles, pero no era así en aquellas lejanas épocas para una mayoría que los consentía con resignación fatalista, ya que no parecía existir otra salida a la situación. Lo que fugazmente describimos en este párrafo fue a lo que nos referimos antes con el rótulo de voracidad fiscal, la que no es nueva, siempre ha existido desde que se constituyó el primer gobierno en el mundo hasta hoy. Y esa voracidad nunca se ha visto satisfecha, salvo contadísimas excepciones.

Y es -justamente- el hecho de que los gobiernos no quieran perder popularidad que se valgan de inventos tales como la "justicia social, solidaridad", etc. para despojar a los que más tienen para darles a los que menos tienen, habida cuenta que es en las bases populares (o los que menos tienen) donde se hallan las masas que, ya sea por medio de los votos en las llamadas "democracias" o por la fuerza bruta en los sistemas totalitarios, dan respaldo y sustento (querido o no) a sus líderes políticos. Por lo tanto, los métodos de explotación de estos hacia sus dominados deben ser sutiles y más "modernos".

Gabriel Boragina  
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jueves, 25 de junio de 2020

GABRIEL BORAGINA, IMPUESTOS Y UTILIDADES "EXCESIVAS"

La distribución de la riqueza de la gente la hace esa misma gente a través del mercado libre. El impuesto altera esa distribución, ya que retrae riqueza que la gente -a través del mercado- la había dirigido hacia sectores distintos a los preferidos por los burócratas. La riqueza apropiada por estos a través del impuesto sólo pueden aplicarla a dos destinos posibles: sus propios gastos burocráticos (muchas veces personales) o a redistribuirlas entre terceros. Normalmente, la burocracia la aplica a ambos destinos en porciones disimiles que van cambiando conforme los diferentes gobiernos o políticas económicas desemejantes dentro de un mismo gobierno.

Esta redistribución siempre va en contra de los deseos del consumidor, porque de ir en el mismo sentido de ellos el impuesto no tendría razón de ser, así que necesariamente el impuesto contraría los fines sociales, sacrificándolos por los del burócrata a los que este les otorga preferencia.

En cuanto a las "excesivas utilidades" estas no existen excepto en la imaginación del autor. No hay ningún criterio objetivo que permita hablar de exceso o defecto, salvo en la personal apreciación de quien emite dichos juicios de valor. Son conceptos relativos por, lo que es "excesivo" para unos será "escaso" para otros conforme a la moderna teoría del valor descubierta y desarrollada por la Escuela Austríaca de Economía. Disponer de la propiedad ajena -como celebran los estatistas- va contra la moral, la decencia, el derecho y la economía. No hay autoridad terrenal lo suficientemente alta que pueda erguirse en juez de la propiedad ajena y menos aún disponer de ella.

"Aquí estamos en presencia de un factor social de gran valimiento que, no siempre ha movido a los hacedores de los presupuestos fiscales y que consiste en nivelar la riqueza de la población tomando como instrumento una buena y justa distribución de los impuestos."[1]

Por lo ya expuesto, esta tarea es imposible, porque el legislador de impuestos no se encuentra jamás en condiciones de realizarla. El impuesto provoca un daño y es una injusticia en si misma ya que viola propiedad del gravado. Entonces, su impacto debe ser el menor posible siendo su eliminación lo ideal. De momento que la sociedad lo acepta como "único" medio para financiar funciones de gobierno que se consideran "esenciales", estas deben ser mínimas, de manera tal que causen el menor daño posible en los bolsillos de la gente, que es lo contrario a lo que históricamente se ha venido dando y se continúa haciendo por parte de las burocracias elefantiásicas que se observan por doquier.

El objetivo del mercado no es nivelar la riqueza sino expandirla, por lo que queda claro que va en contra de los objetivos de la burocracia que aplaude el autor. Nivelar la riqueza implica siempre contraerla, disminuirla hasta cierto límite fijado arbitrariamente por el poder político de turno. Esto claramente se enfrenta con los objetivos de la sociedad civil que defiende el mercado.

"Aquí actúa el Estado como un repartidor de la riqueza nacional. "El Estado, presentándose aquí en nombre de la justicia social o de la solidaridad —afirma Gide—, como hoy día se dice, toma a aquellos a quienes sobra para dárselo a los que no tienen bastante. Inútil es decir que la escuela liberal niega enérgicamente al Estado el derecho de desempeñar tal papel- y atribuirse así la función de dispensador de la riqueza y de enderezador de entuertos."[2]

Es quitarles a unos lo que les pertenece para darles a otros lo que no les pertenece ni se han sabido ganar por sí mismos, es decir es la misma negación de la justicia real, definida por Ulpiano como la de "Darle a cada uno lo suyo" (lo suyo de cada cual).

Lo que ellos llaman "estado" (que no es más que el gobierno constituido por ciertas y circunstanciales personas) no tiene ningún derecho a repartir riqueza que no ha generado ni le pertenece y mucho menos regalarla a terceros que tampoco han contribuido a su generación. No valen para el caso aquellas falsas etiquetas estereotipadas como las de las de la "justicia social" y la "solidaridad", que no son más que elegantes e "inocentes" pretextos para despojar a los productores en su perjuicio, y en beneficio de burócratas y vividores del fruto del trabajo ajeno. Nadie está en condiciones de decir qué le sobra o le falta a otro, lo que no será más que su arbitrario juicio de valor, solo válido para el que lo formula. "Bastante" o "escaso" son meras apreciaciones personales, que cambian de individuo a individuo, de época en época, y de lugar en lugar, y nunca jamás ha habido un criterio único al respecto. Para los autores aquí analizados, que creen que el gobierno es una especie de dios terrenal que todo lo puede y le atribuyen poderes sin límite, es obvio que estos argumentos no les serán válidos.

Nadie puede hacer caridad con los recursos de otros, ni siquiera el gobierno sin violar el derecho de propiedad e incurrir en un robo liso y llano, que es lo que propone la doctrina de la "justicia social" que es pura injusticia real, tanto como su cacareada "solidaridad" que es pura insolidaridad. Si el propietario retiene sus bienes va de suyo que es porque los necesita a todos, ergo, nada de ello le "sobra". Si les sobraran los vendería o regalaría, o se desprendería de ellos de cualquier otra manera, pero si no lo hace es porque los necesita, mal que le pese al gobierno y aunque este opine lo contrario.

[1] Mateo Goldstein. Voz "IMPUESTOS" en Enciclopedia Jurídica OMEBA, TOMO 15 letra I Grupo 05.
[2] Mateo Goldstein. Voz "IMPUESTOS" Ibidem.

Gabriel Boragina  
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viernes, 19 de junio de 2020

GABRIEL BORAGINA, EL IMPUESTO Y LA DISTRIBUCIÓN DE LA RIQUEZA

Las sociedades antiguas estaban divididas en su mayoría en castas o clases sociales, y se impedía férreamente pasar de una casta a la otra y todo ello por disposición de las leyes dictadas por los gobernantes y no por los "ricos" en abstracto. Todo eso aseguraba a los líderes políticos el poder económico, impidiendo a las castas inferiores subir de peldaño. El nacimiento dentro de una determinada casta o clase determinaba toda la vida económicamente, y así, era posible de antemano saber quién viviría como rico y quien como pobre. Situaciones todas estas que recién terminan con el advenimiento del capitalismo en el siglo XVIII, primero en Inglaterra y luego en Europa y Estados Unidos.

"Contrariamente, existieron épocas en que los favorecidos de la fortuna y del favor del gobernante, estaban eximidos de costear los gastos de la administración pública, como un privilegio graciosamente otorgado por los autócratas y así, mientras la clase alta por privilegio, y la baja, por carencia de bienes, no contribuían a las cargas fiscales,, hete ahí que un sector generalmente pequeño de clase media, era el único que trabajaba empeñosamente para que el socio gratuito que poseía, el Estado, se quedara con la mayor parte del fruto de sus esfuerzos."[1]

Eran favorecidos de la fortuna, porque -primero- habían sido favorecidos del favoritismo del gobernante. En la cita se invierten "los términos de la ecuación". Pero ese privilegio que otorgaba el gobernante no era gratuito como parece presumir el autor. Toda prerrogativa siempre era concedida a cambio de otra cosa, y no por simples simpatías que podía haberlas, pero eran excepcionales.

Con todo, es cierto que existieron esas épocas, tal como sucede en la actual, sólo que la nobleza ha sido reemplazada por empresarios prebendarios y allegados al partido político al mando, que consiguen beneficios del poder de turno, aun así, son pocos. Pero nadie de salva de tributar, porque el gobierno tiene hoy más herramientas que ayer para conseguir que nadie escape al impuesto. Simplemente, el impuesto reviste actualmente formas tan variadas y diferentes a las que tenía en la antigüedad que la mayoría de las veces pasan inadvertidas. Pensemos, por ejemplo, en la inflación, el tributo -quizás- más letal de todos, al presente ampliamente utilizado por la mayoría de los gobiernos mundiales. Impuesto que no es nuevo, ya lo practicaban los gobiernos de la antigüedad, circunstancia que parece que el autor ignora.

Es cierto que en este momento hay una elite que no tributa (al menos directamente que no indirectamente) pero ella pertenece casi con exclusividad al elenco gobernante que -comparativamente- es muy reducida al resto de la población. Lo que ha cambiado es el tamaño de la mal llamada "clase media" que actualmente es mayor a la de las dos "clases" restantes ("alta" y "baja").

En el presente, el gobierno ("estado" para el autor) es socio gratuito de todas las "clases sociales", si es que puede hablarse de tal cosa como de "clase social", dado que en el capitalismo no existen "clases sociales" sino individuos.

"Este problema de hacer incidir la carga fiscal sobre el mayor número de habitantes, de modo que aquellos que más poseen afronten las mayores responsabilidades, pero sin excluir a los que poseen poco, constituye una de las ciencias más sutiles de las finanzas modernas y puede decirse que en ello radica la felicidad de los regímenes políticos y de sus habitantes."[2]

Un párrafo pletórico de ignorancia es el de arriba. Toda carga fiscal alcanza indefectiblemente a todos los que viven en el lugar donde la ley impositiva ha sido dictada, por lo tantas veces dicho: el impuesto descapitaliza, ataca el ahorro, desalienta la producción, reduce los salarios reales y -consiguientemente- aumenta la cuota de pobreza. Cuanto más se les quita a los que más poseen más pobres se vuelven los que nada poseen. Los que tienen poco podrán no pagar directamente, pero lo harán indirectamente vía un menor consumo, por un doble factor: el impuesto al aumentar los costos de producción, reducirá la oferta de bienes, además de mermar el poder adquisitivo de los salarios más bajos. El jurista ignorante de la economía no puede advertirlo. Sencillamente no lo ha estudiado. Y por ello, se limita a repetir el dogma socialista. Las finanzas "modernas" difieren poco de las antiguas en cuanto a sus métodos, y en cuanto a sus fines lar arcas estatales son infinitamente más ricas que las antiguas.

"Pero digamos que la distribución del impuesto no se limita a esto: a subvenir más o menos científica y cuerdamente las necesidades del Estado, sino que cumple una altísima función de equilibrio al tomar intervención, de una manera indirecta por cierto, en la distribución de la riqueza de los habitantes. Esta es quizá la misión trascendental que el legislador asume, restringiendo las excesivas utilidades de algunos en beneficio de todos, limitando a cierto máximo las posibilidades de beneficiarse integralmente con el producto de las especulaciones que cada persona asume según su capacidad, el monto de su fortuna, la cuantía de los negocios y hasta el factor del azar."[3]

Sigue el ignorante en economía haciendo, con absoluto desparpajo, exhibición de su ignorancia supina en temas económicos. No cuestiona el impuesto sino su distribución, cuando el problema no es esta sino la existencia misma del tributo. Habla -otra vez- de "necesidades" del "estado" cuando ya demostramos antes que esto es un mito, o dos mitos en realidad; el primer mito es el "estado" como ente vivo y orgánico con "inteligencia" y "voluntad" propias (a lo que ahora le agrega "cordura"), y el segundo es que, algo que no existe en el mundo físico pueda tener "necesidades". Es decir, este autor construye frases en torno a una mitología.

Ignora, por tanto, que la distribución de la riqueza no es función del "estado" sino del mercado, y que es este y no el gobierno el que cumple dicha actividad equilibradamente, conforme a sus propias leyes económicas, que difieren de las leyes que dicta el burócrata.

[1] Mateo Goldstein. Voz "IMPUESTOS" en Enciclopedia Jurídica OMEBA, TOMO 15 letra I Grupo 05.

[2] Goldstein, M. ibidem. Op. Cit.

[3] Goldstein, M. ibidem. Op. Cit.

Gabriel Boragina 
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jueves, 11 de junio de 2020

GABRIEL BORAGINA, EL "FUNDAMENTO" ECONÓMICO DEL IMPUESTO

El impuesto es siempre una confiscación mal que les pese a los juristas y -en particular- a los tributaristas, porque viola la propiedad privada, pero no sólo esta, sino que -además y por, sobre todo- la libre voluntad del obligado al pago.

No existe tampoco ningún "mandato de la colectividad ejercitado por medio de sus representantes legales y que importa la decisión colectiva de hacer entrega al Estado de la parte alícuota del patrimonio particular" salvo en un sentido romántico e idealista de la democracia. Pero, en su significado realista ese mandato es el de una mayoría sobre una minoría que es, en esencia, lo que constituye la base del sistema democrático (el gobierno de una mayoría sobre una minoría) excepto en el raro caso de un resultado por unanimidad.

Pero aun en caso de unanimidad hay derechos que no son votables. El derecho a la vida no puede ser objeto de votación y nadie -ni en democracia o fuera de ella- puede desconocerlo. Si una unanimidad parlamentaria decidiera que los blancos pueden -de aquí en más- esclavizar a los negros (o viceversa) tal ley seria nula por violar el derecho natural. De la misma manera, ninguna unanimidad democrática puede arrogarse derechos sobre lo que es propiedad de otros. Estas cosas no son fruto de elección colectiva, ni de decisión siquiera. La propiedad privada es un hecho que el derecho simplemente se limita a reconocer protegiéndolo. Si democráticamente se decidiera suprimirlo sería imposible, porque implicaría que lo que es de todos no es de nadie, apareciendo "la tragedia de los comunes" explicada por Garret Hardin. Involucraría volver a "la ley de la selva" del "todos contra todos", disputándose todos, la propiedad exclusiva de las cosas. La civilización es posible gracias al reconocimiento del derecho de propiedad. La barbarie es el resultado de su desconocimiento. Estos derechos -entonces- están mucho más allá de las elecciones y votaciones parlamentarias.

Si el gobierno fuera una necesidad real de la gente no sería necesaria compulsión alguna contra ella para crearlo y sostenerlo económicamente. Lo seria voluntariamente.

"En punto al fundamento económico del impuesto, no existe razón más valedera que la necesidad de mantener al Estado, y la consiguiente exigencia de que todo el mundo brinde su aporte al respecto. De otro modo, probablemente ocurriría el dramático vaticinio de Stuart Mill: "En ausencia de todo gobierno, los fuertes, los ricos, veríanse obligados a protegerse recíprocamente; pero los débiles, los pobres, no podrían escapar a la esclavitud"."[1]

Sucede que el vaticinio de Stuart Mill se cumplió con los gobiernos incluidos, con los cuales todos, ricos y pobres se han visto reducidos a la esclavitud gubernamental. No era algo difícil de vaticinar: ya estaba ocurriendo en su época, y había sucedido antes de la suya. La fortaleza de los ricos pasó a los gobiernos, volviéndose ricos estos y reduciendo a los antes ricos a la debilidad de la pobreza, excepto en aquellos casos en la que los ricos entraron en alianzas espurias con los gobiernos para obtener ventajas de parte de este. Hoy en día, ricos y pobres se encuentran obligados a protegerse del gobierno cuando tendría que ser al revés. La cita anterior no tuvo en cuenta que basta una ley del gobierno que decrete que los ricos deben entregar su fortuna al poder de turno para que su antigua riqueza pase a ser solo un melancólico recuerdo y su despojo una triste realidad presente. La fuerza la tiene el que hace la ley y la ejecuta. Y eso solo lo pueden hacer los gobiernos, no los ricos.

Véase la contradicción del autor analizado cuando cita a Mill (con quien acuerda) comparado con sus primeras reflexiones sobre los gobiernos de la antigüedad (Egipto, Grecia, Roma, etc..) de los que decía que reducían a la miseria a sus pueblos sin distinción de fortunas. Egipcios, griegos, romanos, etc. no eran pueblos sin gobiernos. Lo que dice Mill era lo que ocurría con los gobiernos antiguos y modernos. Los gobiernos no evitan la esclavitud, sino que esclavizan a sus súbditos apenas tienen la oportunidad de hacerlo. La esclavitud no aparece por la ausencia de gobierno sino por su exceso. En realidad, la esclavitud sólo ha aparecido en aquellos lugares donde primero brotaron los gobiernos.

En consecuencia, el "fundamento económico del impuesto" que da el autor no es tal.

"Es verdad que, a través de los tiempos, varió el carácter de la gravitación del impuesto sobre los diversos factores que incluyen a la sociedad: los magnates, los poderosos, los ricos, los pobres, los totalmente desheredados de fortuna. Es obvio que en los casos de pobres y desamparados, no se debían construir doctrinas jurídico-filosóficas para justificar su exoneración de impuestos. Los hechos de su propia impotencia para hacer frente a cualquier carga fiscal, los colocaban al margen. Pero existían modos muy violentos para hacer que tampoco los absolutamente despojados de bienes materiales se excluyeran de la obligación de contribuir al sostén del Estado y entre ellos, el más conocido, fue la reducción a la esclavitud, al trabajo forzoso, para que, de esta manera, solventara sus deberes."[2]

En realidad, raro es encontrar alguna época en el curso de la historia en que los gobiernos de cualquier signo que fueran excluyesen a alguien de la obligación de tributar en función de su escasa o amplia fortuna. Mas allá de las elucubraciones jurídicas que hace la cita, en el mundo real todos los gobernantes sometían a todos sus súbditos a la obligación de tributar. Recordemos que el mismo autor que estamos comentando comenzó su artículo exponiendo varios casos de lo dicho. Es más, los pobres eran el resultado directo del impuesto, que reduce la capitalización y -por lo tanto- la riqueza existente. No eran pobres por algún infortunio natural, sino que la causa de su pobreza era el impuesto, aspecto que los juristas -en general- desconocen por su falta de formación económica, lo que es palmario en el autor que analizamos ahora.

Si bien la pobreza es la condición natural del hombre, la riqueza en el pasado reconoce una historia de desfalcos y apropiaciones, cuyos autores eran los fuertes que eran -coincidentemente- los que ejercían el gobierno. Y es por esto que eran ricos, no porque compitieran en un mercado libre de regulaciones estatales, cosa que en no existió hasta bien entrado el siglo XVIII, y en forma germinal. Los ricos del pasado -como hoy- eran los gobernantes, sólo que actualmente se enriquecen de manera algo más sofisticada y menos brutal.

Gabriel Boragina 
gabriel.boragina@gmail.com
@GBoragina  
http://www.accionhumana.com/2020/05/el-fundamento-economico-del-impuesto.html

sábado, 6 de junio de 2020

GABRIEL BORAGINA, SOLIDARIDAD CON LOS POBRES

Se dice permanentemente que tenemos que ser "solidarios" con los pobres. Pero raramente o nunca quienes eso pregonan (socialdemócratas, populistas, socialistas, izquierdistas, progresistas, etc.) nos aclaran qué significa la palabra solidaridad. En consecuencia, debemos acudir al diccionario para encontrar su verdadero significado.

Y allí el diccionario nos define:
solidaridad[1]
(De solidario).
1. f. Adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros. 

Siendo así lo que se nos solicita, entonces, es adherir circunstancialmente a la causa o empresa de los pobres. Es decir, convertimos en uno de ellos, o convertirnos todos en todos ellos.

En realidad, el reclamo se dirige hacia los ricos, que es a quienes se les pide -en consecuencia- que se empobrezcan entregando parte de sus riquezas a los pobres. Pero el problema consiste en que si los ricos entregan parte o toda de su riqueza a los pobres los ricos se empobrecen en la misma medida en que los pobres se enriquecen. Entonces, para seguir cumpliendo la regla de la solidaridad, debería ahora procederse al revés: los nuevos ricos (antes pobres) deberían devolver parte o toda de la riqueza recibida de los antes ricos y ahora pobres a estos.

Todo parece indicar que, siguiendo este círculo vicioso, no se resolvería nunca el problema de la pobreza, simplemente, pobres y ricos cambiarían sus roles perpetuamente, en una suerte de ciclo sin fin.

Evidentemente entonces, la solidaridad no soluciona el tema de la pobreza, sino que escuetamente la va trasfiriendo de unos grupos a otros, quienes van girando sus rótulos, conforme reciban o pierdan riqueza.

No interesa si los ricos dieran su riqueza espontáneamente, o sean despojados por el gobierno mediante impuestos y otras confiscaciones haciéndolo por ellos, porque -en dicho caso- el dilema se le plantearía al gobierno y no a los actores directos de dicho circulo vicioso.

El sentido común (comprendiendo el significado de la solidaridad) tendría que decirles a esos grupos progresistas, izquierdistas, populistas, socialdemócratas, etc. que ese no es el camino si lo que quieren -en realidad- es reducir y suprimir la pobreza.

La solución no es empobrecer a los ricos para enriquecer a los pobres sino -y desde el punto de vista liberal capitalista- la única solución pasa por la creación de riqueza para todos, o sea, mutar el juego de suma cero de la solidaridad por el juego de suma positiva para todos. El único sistema que ha hecho esto en la historia -y lo sigue haciendo allí donde se le permite actuar (muy pocos lugares, por cierto)- es el capitalismo. Ninguno de los demás procedimientos ensayados en la historia, y los que se practican ahora en casi todos los países, ha podido suplantarlo en esa función de enriquecer a todos sin distinción de grupos sociales o de personas particulares.

Entonces, lo que se necesita para reducir y eliminar la pobreza no es solidaridad sino anti-solidaridad, por muy paradójico que parezca.

Pero si se quiere insistir en el término solidaridad cuyo uso es impropio, entonces habrá que convenir que el sistema más solidario para reducir la pobreza y eliminarla fue y es el capitalismo. No es cuestión de entrar a discutir términos, sino de analizar datos y tener conceptos claros de cómo se llama cada una de las cosas.

El capitalismo es un mecanismo de producción en masa para las masas como lo definió el fenomenal Ludwig von Mises. Si por solidaridad se entienden más bienes y servicios para los pobres, entonces tenemos que concluir que el capitalismo fue y es el sistema más solidario del mundo, porque es el único que provee masivamente alimento, calzado, vestido, habitación y demás objetos del confort para todos. Claro que no en forma igual, porque todos somos desiguales, y no todos producimos lo mismo, pero lo importante no es la igualdad, sino que cada uno en lo suyo pueda adquirir y consumir más. Solo el capitalismo logra esto último.

Lo que, si es cierto y observable, es que todos los que pregonan "solidaridad" con los pobres nunca lo son personalmente con ellos. Demandan que los "otros" sean solidarios. Y los socialistas/izquierdistas más ricos son los menos solidarios de todos, porque exigen que sean los ricos no-izquierdistas o anti socialistas los solidarios.

Aquí hay que reiterar que el rico no siempre adquiere su riqueza por vías capitalistas. Rico y capitalista no son sinónimos. La riqueza siempre la produce el capitalismo, pero los ricos no se hacen ricos solamente produciéndola sino que muchos ricos lo son porque requieren auxilio a los gobiernos para que expropie la riqueza de los verdaderos capitalistas que producen, y se la entreguen a los otros que se enriquecen meramente porque adhieren a una ideología, político o partido político determinado que -llegado al poder- tiene los instrumentales necesarios para expoliar y confiscar la riqueza producida por los verdaderos capitalistas. Esto es importante tenerlo en claro, porque el vulgo ignorante confunde -sin más- rico con capitalista, cuando no siempre coinciden uno y otro.

Muchas "empresas" y pseudo "empresarios" cimentaron sus "fortunas" al amparo y abrigo de los gobiernos que les concedieron patentes o monopolios exclusivos para esto o aquello otro; que buscaron el calor del poder político de turno, desplazando a los productores.

Pero también es verdad que todo el que trabaja es un capitalista, la mayoría de las veces sin saberlo como ya hemos tenido oportunidad de explicarlo antes[2], porque para producir cualquier cosa tenemos que utilizar herramientas que son bienes de capital, ya que sirven para generar otros bienes. Desde el momento que usamos esas herramientas estamos empleando bienes de capital, y un capitalista es quien usa bienes de capital. En tal sentido, el trabajo es un bien de capital, y el trabajador un capitalista. Sin embargo, al no saberlo ese trabajador puede adherir a ideas socialistas, populistas, progresistas, etc. haciéndolo incurrir en error acerca de su verdadera condición (capitalista).

Si el trabajador es un capitalista y la mayoría de ellos no lo sabe ¿por qué deberá sorprendernos que haya empresarios que tampoco sepan que hacen su riqueza a través de métodos capitalistas que -por ende- los convierte en capitalistas? Aunque ideológicamente adhieran al socialismo y nieguen que su riqueza la formen gracias al capitalismo, la ideología que profesen no los hace menos capitalistas.

Gabriel S. Boragina 
gabriel.boragina@gmail.com
@GBoragina 
Argentina
http://www.accionhumana.com/2020/05/solidaridad-con-los-pobres.html