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jueves, 9 de abril de 2020

GABRIEL BORAGINA , INTERVENCIONISMO, ENVIDIA, GANANCIAS Y PÉRDIDAS, DESDE ARGENTINA

Hay razones psicológicas muy profundas que subyacen al intervencionismo estatal. Estos fines inconfesables son los que se esconden detrás de toda una retórica que tiene por falso "fundamento" la perorata de la "justicia social" la "exclusión" e incluso muchas veces apelan a sentimientos religiosos como cuando ciertos sectores embanderan un supuesto "amor al prójimo" para justificar el latrocinio estatal. En realidad, los motivos ocultos y reales son muy otros. Veamos:

"Los intervencionistas no se aproximan al estudio de los asuntos económicos con desinterés científico. La mayoría se mueven por un envidioso resentimiento contra aquellos cuyas rentas son superiores a las suyas. Esta inclinación les hace imposible ver las cosas como realmente son. Para ellos, lo principal no es mejorar las condiciones de las masas, sino dañar a empresarios y capitalistas incluso si esta política hace víctima a la inmensa mayoría del pueblo."[1]

Tampoco tienen conciencia que, a la larga, tales medidas también los terminarán perjudicando a ellos mismos. Portan, por lo tanto, una visión cortoplacista y muy miope que, de todas maneras, en el corto plazo podrá rendirles algún fruto, aunque mas no sea el placer psicológico que les producirá el ver menoscabados a aquellos cuyas fortunas (grandes, medianas o pequeñas) envidian. A pesar del tiempo transcurrido desde que dichas palabras fueran escritas, no deja de ser preocupante que L. v. Mises estuviera describiendo el mundo de nuestros días, demostrando la pobrísima evolución moral de la humanidad en su conjunto. En tal sentido, no hay egoísmo malsano en el capitalismo, pero si los intervencionistas demuestran el peor de los egoísmos imaginables al concebir y aconsejar sus políticas. Las políticas que patrocinan interferencias en el mercado hallan su último fundamento no mas que en razones de mezquindad de sus proponentes.

"A los ojos de los intervencionistas, la mera existencia de beneficios es algo objetable. Hablan de beneficio sin ocuparse de su corolario, la pérdida. No comprenden que beneficio y pérdida son los instrumentos por los que los consumidores mantienen con fortaleza las riendas de todas las actividades empresariales."[2]

Así, el mismo autor que ahora nos encontramos comentando, ha definido al mercado (en rigor, a su funcionamiento) como la democracia perfecta. En él, gobierna la mayoría, conformada por las masas de consumidores quienes son los que dictan las directivas a los empresarios para que produzcan y comercialicen todo lo que aquellos consumidores desean, tanto en cantidad como en calidad. Otros han hablado de lo mismo nominándolo como el sistema donde prevalece la soberanía del consumidor que es lo que caracteriza al orden capitalista de producción, y que es, precisamente, lo que irrita a los intervencionistas y por lo cual no lo toleran. Subyace en el pensamiento intervencionista la teoría de la suma cero, basada, a su turno, en el tristemente célebre Dogma Montaigne.

"Son los beneficios y las pérdidas los que hacen a los consumidores supremos en la dirección de los negocios. Es absurdo contrastar producción para el beneficio y producción para el uso. En el mercado no intervenido, un hombre solo puede conseguir ganancias proporcionando a los consumidores de la forma mejor y más barata los bienes que estos quieren usar."[3]

Y por contraste, cuando el mercado deja de ser libre (en todo o en parte) este fenómeno no sucede, porque quien decide quién gana y quién pierde es la autoridad política y burocrática, lo que caracteriza al intervencionismo y lo que marca la época en la que estamos insertos. Hoy en día, el mercado esta tan pero tan distorsionando por el cúmulo de intrusiones gubernamentales que padece siempre inmolado constante por recurrentes medidas políticas, que resulta no sólo extremadamente difícil sino hasta imposible determinar a qué factor especifico se deben las pérdidas y las ganancias de los agentes económicos. Lo que sí es claro que, a medida que el tamaño del estado-nación crece el mercado disminuye y la redistribución (fruto de esa injerencia) hace que los perdedores y los ganadores respectivamente no merezcan serlo.

"Ganancias y pérdidas quitan los factores materiales de producción de las manos de los ineficientes y los ponen en manos de los más eficientes. Su función social es hacer a un hombre más influyente en la dirección de los negocios cuanto más éxito tenga en fabricar productos que reclama la gente."[4]

Se comprende la importancia fundamental de que el mercado sea libre de manipulaciones estatales que obstaculicen el juego armónico de la oferta y de la demanda, sin normas que alteren precios relativos, sin controles de ninguna índole, sin más restricciones que las que el mismo mercado impone conforme a sus propias leyes. Las ganancias -vigentes tales condiciones- son las señales que le indican -tanto a productores como a consumidores- donde se encuentran los empresarios más acreditados y eficaces. En tanto que las pérdidas revelan a los mismos participantes del proceso quiénes son los menos aptos para el manejo de los negocios en aquellas áreas donde no han obtenido éxitos. Si el gobierno y la burocracia interfieren con este sano mecanismo -a la larga- toda la economía se desploma.

"El consumidor sufre cuando las leyes del país impiden que los empresarios más eficientes expandan la esfera de sus actividades. Lo que hizo que algunas empresas se convirtieran en “grandes empresas” fue precisamente su éxito en atender mejor la demanda de las masas."[5]

Como decimos anteriormente, el grado de intervencionismo ha crecido tanto que hoy en día resulta ya difícil poder distinguir con claridad cuando una gran empresa lo es debido a la acción del gobierno y cuando a la del mercado. Muchas voluminosas empresas del pasado han sucumbido merced a las interferencias de las leyes que desfiguran el funcionamiento del mercado. Otras, en cambio, se adaptaron a las medidas intervencionistas y renunciaron paulatinamente a lograr sus beneficios por las vías de un mercado libre que, patuletamente, iba siendo sepultado bajo una maraña de normas, decretos, regulaciones, disposiciones, leyes, ordenanzas de todo tipo, sin dejar de lado fallos judiciales atentatorios contra la libertad de mercado. El caos que vive el universo económico de nuestra época halla su origen en todo lo dicho.


[1] Ludwig von Mises, Caos planificado, fuente: http://mises.org/daily/2454 (Publicado el 3 de febrero de 2007). pág. 10

[2] L. v. Mises ibidem, pág. 10-11.

[3] L. v. Mises ibidem, pág. 11

[4] L. v. Mises ibidem, pág. 11

[5] L. v. Mises ibidem, pág. 11

http://www.accionhumana.com/2020/02/intervencionismo-envidia-ganancias-y.html

Gabriel S. Boragina 
gabriel.boragina@gmail.com
@GBoragina 
Desde Argentina

miércoles, 13 de marzo de 2019

GUILLERMO RODRÍGUEZ GONZÁLEZ, VENEZUELA, OTRO EJEMPLO DE CÓMO EL SOCIALISMO CONDUCE AL COLAPSO DE LA CIVILIZACIÓN


La civilización es emergente, de orden espontáneo, resultado de la acción pero no de la voluntad de los hombres. Y está bajo amenaza.

El socialismo que se declara el heraldo del futuro nos regresó a la noche de los tiempos.

Al socialismo, se le detiene le tiempo o conduce al colapso de la civilización. La civilización es frágil. Es emergente, de orden espontáneo, resultado de la acción pero no de la voluntad de los hombres. Nos adaptamos al orden impersonal civilizado y a sus ventajas materiales y morales sin entenderlo, cooperando con personas a las que ni siquiera llegaremos a conocer. Pero toda civilización está bajo la amenaza del salvaje que subsiste en cada hombre civilizado, de sus atávicos anhelos de primitivismo tribal, su ignorante confianza en que los frutos de la civilización existirían sin respetar las reglas morales del orden emergente del que surgieron. El salvaje es envidia y resentimiento.

La civilización puede colapsar y ha colapsado en diversos tiempos y lugares. Una gran civilización de la edad del bronce colapsó en el mar Egeo cuando un volcán con la fuerza de varias bombas atómicas hizo erupción en la isla hoy llamada Santorini. Gran parte de la civilización maya colapsó en dos desastres que todavía se discute cuanto tuvieron de climáticos, sobreexplotación de recursos o colapso político y económico. Modestas civilizaciones colapsaron por cambios naturales a los que no pudieron adaptarse. Avanzadas civilizaciones han colapsado principalmente por su rechazo al orden espontáneo del que dependían, como el imperio romano occidental (destruido por el intervencionismo y destrucción de su moneda). El imperio romano oriental con una economía algo más sana, resistió varios siglos más.

Reciente fue el colapso de la totalitaria civilización soviética: una superpotencia global con los pies de barro de una inviable economía socialista. Inolvidable fue el acelerado colapso civilizatorio en la Camboya de Pol Pot. Pero todo socialismo está avocado a negarse a sí mismo –de una u otra forma– o colapsar.

De ello hablaba con mis vecinos, en medio del colapso del sistema eléctrico nacional en el socialismo venezolano. Teníamos ya más tres días sin electricidad, sin teléfonos fijos o móviles, sin agua corriente y sin combustible en las estaciones de servicio. Apenas recibíamos la limitada información que en radios de pilas daban escasas estaciones de radio independientes que transmitían lo poco que sabían. Operaban con plantas de autogeneración y limitado combustible. Sacábamos agua del tanque de nuestro edificio con un balde atado una larga cuerda; tendríamos agua a la luz de las velas. Nos sentíamos a medio camino entre una vieja película post-apocalíptica y otra de la remota antigüedad. Muy atrás, nuestro improvisado pozo que se secaría muy pronto carecía de rudimentario cabrestante. El socialismo que se declara el heraldo del futuro nos regresó a la noche de los tiempos.

La propaganda del socialismo en el poder habla de sabotaje (algo que pocos creen). Casi todos recuerdan que alguna vez atribuyeron apagones a iguanas, que sus ineptitudes las atribuyen a boicots fantasmas. Alguien comentó que los verdaderos saboteadores fueron los millones que hace 20 años votaron por Chávez. Razón no le falta. Otro respondía que no, que los saboteadores eran los que los engañaron, con Chávez a la cabeza. No los engañados. Respondía una joven que creer que el socialismo funciona no es inocencia sino de estupidez. Alguien comentó que el socialismo no llegó con Maduro, ni Chávez. Que estaba aquí, en las empresas del estado, los privilegios y corruptelas de una economía cada vez menos productiva. El mal tiene al menos cinco décadas entre nosotros. Tiempos de inflación, devaluaciones y controles de cambios. De esperar todo del Estado. De mentiras de nuestros intelectuales. El mal se enseñaba en la escuela y la universidad. El chavismo es el totalitarismo surgido del fracaso de aquello entre gentes que no entendían las causas, pero sufrían las consecuencias.

Quienes así razonan no se han librado completamente del socialismo en sentido amplio. Pero algo han aprendido de la desgracia. Un colapso nacional del sistema eléctrico es un síntoma de lo que seguirá fallando en manos de ineptos empeñados en un imposible. Los socialistas se limitan a racionar lo que son incapaces de producir en las cantidades que la civilización exige. Alguien que recordó que hace una década trabajé con un par de grupos interdisciplinarios en estudios sobre la caída de la producción petrolera y el peligro de colapso del sistema eléctrico –se producía petróleo con aparente normalidad y no se habían hecho multimillonarios jóvenes “empresarios” y sus socios en el poder importando con estratosféricos sobreprecios lo que no funcionó– y me pregunta que puede haber pasado realmente.

No soy experto en la materia. Pero escucho a los expertos. Sobre termoeléctricas muy por debajo de su capacidad. Crecientes problemas de generación y distribución. Falta inversión y mantenimiento. De sustitución de la ciencia y la técnica por la consigna y el voluntarismo. Del eventual colapso, del que los irresponsables a cargo tardarían mucho más tiempo del técnicamente necesario en salir a medias.

Temían que cualquier evento difícil de manejar afectara una línea crítica, tras lo que lógicamente las plantas térmicas que medio funcionan se desconectarían automáticamente. Pasó, y las plantas de generación distribuida no funcionaron. O apenas algunas pequeñas que no apoyan al sistema sino exclusivamente a instalaciones críticas. Después se supo que empezó con un incendio de subestación una próxima a grandes hidroeléctricas. Tuvimos electricidad inestable y con picos finalizando el cuarto día de apagón. La falta de mantenimiento acumulado se evidenció al incendiarse una subestación local y varios transformadores. En mi rincón de Caracas, me temo seguiremos en la obscuridad –sea sin energía en absoluto, o con inestable racionamiento eléctrico– cuando usted lea esto con retraso. Luego, regresaremos a una normalidad que no es tal. Al racionamiento de cada vez menos.

El mal es el socialismo, que está haciendo colapsar la civilización en mi país. Una falla eléctrica catastrófica en una economía capitalista es posible. La diferencia con una socialista es la capacidad de recuperar rápidamente el sistema. Tiempo y capital. Viabilidad del propio sistema. Con gran retraso regresaremos a una normalidad que no es tal. El socialismo es un colapso lento, inevitable y cruel.

Guillermo Rodríguez González
@grgdesdevzla