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lunes, 27 de julio de 2020

NOEL ÁLVAREZ, SOSTÉN DE LA DEMOCRACIA

Existen tres virtudes que es conveniente poner en práctica dentro de este mundo convulsionado, represivo y destructivo: la humildad, la paciencia y la caridad. 

Los tiempos oscuros que atormentan a la era actual son personificados por los bárbaros que se hacen eco, en la política, de un pasado fascista y que han llegado a gobernar varios países. Los diseñadores de una nueva generación de fascismo, dominan cada vez más, algunas organizaciones políticas y otras instituciones económicas y sociales, en todo el mundo. Su reinado de pesadilla, de miseria, violencia y destrucción parece estar legitimado, en parte, por su control sobre un gran número de aparatos culturales, los cuales producen una vasta maquinaria de consentimiento.  

El fascismo nunca ha sido completamente enterrado y las condiciones que producen sus supuestos centrales nos acompañan continuamente, iniciando un período de barbarie moderna que parece estar llegando a unos extremos homicidas. Esta formación educativa reaccionaria incluye los principales medios de difusión, las plataformas digitales, Internet y la cultura impresa, todos los cuales participan en un espectáculo continuo de violencia, destrucción de bienes y del medio ambiente. La violencia, creada por el hombre, recorre el mundo entero. Las instituciones democráticas, como los medios de comunicación independientes, las escuelas, el sistema legal, ciertas instituciones financieras y la educación superior, se encuentran bajo asedio.  

El totalitarismo engendra cinismo y es enemigo de la esperanza militante y social. La esperanza debe ser atenuada por la compleja realidad de los tiempos y vista como un proyecto y condición para proporcionar un sentido de agenda colectiva, oposición, imaginación política y participación comprometida. Sin confianza en quienes están al frente de las instituciones de cualquier país y de quienes buscan el poder, incluso en los tiempos más terribles, no hay posibilidad de resistencia, disensión y lucha. La agenda es la condición de la lucha, y la esperanza es la condición de la agenda. 

Henry Giroux, profesor norteamericano, en un artículo denominado, Terrorismo pedagógico y esperanza en la era de la política fascista, dice: “la promesa de democracia está retrocediendo a medida que los fascistas actuales trabajan para subvertir el lenguaje, los valores, el coraje, la visión y la conciencia crítica”. El profesor señala que, la educación se ha venido convirtiendo progresivamente en una herramienta de dominación a medida que los fomentadores del odio despliegan aparatos pedagógicos para atacar a trabajadores, jóvenes negros, refugiados, inmigrantes y a otros, a quienes consideran desechables.    

En la época actual, el lenguaje de la democracia ha sido saqueado, despojado de sus promesas y esperanzas, dejando solo mentiras por doquier. Si se quiere derrotar al fascismo, es necesario hacer de la educación un principio organizador de la política y, en parte, esto se puede hacer con un lenguaje que exponga y desenmascare las falsedades, los sistemas de opresión y las relaciones corruptas de poder, aunque estas provengan de nuestros propios correligionarios, pero, al mismo tiempo que vislumbre la posibilidad de un futuro alternativo. 

La educación puede ser entonces el medio más cercano para fortalecer la democracia, porque es, a través de ella que se gesta la formación de personas con capacidad de debatir sobre el mejoramiento del sistema mismo, pero, por sobre todo, para fortalecerla y hacer de ella un núcleo más fuerte con el pasar del tiempo, adaptándola a las necesidades futuras, con los cambios necesarios para su mantenimiento.  

El desafío de las democracias frente a los totalitarismos es poder sobrevivir como regímenes políticos. Subsistir para intentar garantizar la mejor vida posible a los seres humanos, con todas las contradicciones y diversidades que éstos presentan. Para perdurar, la democracia, no solo requiere contar con más instituciones, sino que precisa de mayor cantidad de ciudadanía, de más personas movilizándose a su favor, para lo cual debe haber entregado, previamente a los ciudadanos, a través de la educación, herramientas para buscar las soluciones o planes de soluciones para sus demandas.  

Entonces, el reto fundamental para quienes defendemos el pluralismo, la tolerancia y la libertad, es instruir a los ciudadanos sobre los principios y valores de la democracia, pero, sobre todo, acerca de un aspecto que es muy difícil de percibir a simple vista: su carácter sublime. Esa excelsitud debe ser resaltada, desde un punto de vista estratégico, porque al ciudadano común, se le hace muy difícil entender estas exquisiteces, mientras mantiene el estómago vacío.  Así las cosas, estoy convencido del papel fundamental que juega la educación en el desarrollo y prevalencia de la democracia. 

Noel Álvarez
Noelalvarez10@gmail.com
@alvareznv
@Gente4G
Coordinador Nacional del Movimiento Político GENTE

sábado, 4 de julio de 2020

ENRIQUE AVOGADRO, VIOLENCIA SÍ, PERO ¿ESPONTÁNEA?

"El totalitarismo no puede renunciar a la violencia. Si lo  hiciera, perecería. La eterna, ininterrumpida violencia,  directa o enmascarada, es la base del totalitarismo".   Vasili Grossman 

Tras la cuarentena de 107 días y los extraños modos de vivir impuestos a la sociedad por un miedo planificado, el Ejecutivo ha demostrado su incapacidad para administrar las simultáneas crisis sanitaria y económica; mientras tanto, desde la trinchera del Instituto Patria, con el cómplice silencio de la Casa Rosada, aparecen trágicas señales que debieran ponernos en alerta máxima ya que preanuncian la renovada irrupción de la violencia como praxis política. También para frenarla, nos veremos el 9 de Julio en las calles de todo el país, como hicimos el 20 de Junio. 

Es inevitable que Cristina Fernández la busque, ya que el aumento notable en su imagen negativa y la depreciación de Alberto Fernández, tanto por su dubitativa y contradictoria gestión cuanto por su clara dependencia de aquélla, sumados al desastre socio-económico que, más temprano que tarde, se convertirá en un iceberg asesino, están frustrando las ansias de de impunidad de la familia Kirchner y las cómicas pretensiones de cambiar el mundo que enunció el Presidente conversando con Luiz Inácio Lula da Silva mientras ofendía a todo el continente. 

Si, como creo, el desastre económico-social que el confinamiento está produciendo la enfrentan a una alta probabilidad de perder las elecciones legislativas del año próximo, con la consecuente resignación de las mayorías de las que hoy dispone, y aún más las presidenciales de 2023, la Vicepresidente no dudará un segundo en cambiar las reglas vigentes, sea postergándolas ad infinitum con la excusa del virus, sea alterando sus resultados, como hace su amigo Nicolás Maduro. Cristina Fernández, debido a su confeso deseo de ser absuelta por la historia del saqueo al que sometió a la Argentina, no jugará su futuro en un terreno electoral adverso. 

Sabe que carece de esa adhesión de las fuerzas armadas de la que sí goza el tirano venezolano (las ha comprado habilitándolas a organizar el tráfico de drogas y el contrabando de oro, además de haberles cedido grandes cajas públicas) y, por ello, necesita recortar su capacidad de intervención al máximo; de allí la derogación de las normas de defensa establecidas durante de la gestión de Mauricio Macri. Eso significa retirarlas de las fronteras, en las que venían colaborando con una Gendarmería a cuyos efectivos se envía a cuidar la seguridad urbana, y limitarlas a la defensa ante eventuales invasiones de ejércitos extranjeros, algo por completo descartable. Al proceder así se beneficia directamente al narcotráfico al cual, ciertamente, incomodaba la presencia del Ejército en las rutas de ingreso a nuestro país; basta recordar los aportes a las campañas electorales de Cristina Fernández, la efedrina y el triple crimen, más la rara intervención al puerto de Vicentín en Rosario, para preguntarnos si, otra vez, hay altísimos funcionarios socios de este siniestro negocio. 

Pero sigamos sumando: la propia Vicepresidente encabeza la persecución de los periodistas a los que considera enemigos, y ello ha llevado a algunos con ganas de hacer méritos en su universo a producir agresiones físicas a los mencionados por ella. Y algunos de sus "amigos", como Luis D'Elía, Hebe de Bonafini o Juan Pablo "Pata" Medina, directamente piden se ahorque o se fusile a Mauricio Macri en Plaza de Mayo sin que ninguna voz oficial lo repudie. 

Y la frutilla que corona ese budín se ve todos los días en el campo, donde se saquean o se destruyen silobolsas, se roba grano, maquinaria y animales y se incendian parcelas; y todo eso cuando no se asesina, literalmente, a los propietarios. Tampoco quienes cometen esos delitos son demasiado espontáneos, porque sus autores son incentivados por voceros kirchneristas que, además, son funcionarios, como Fernando Chino Navarro y Juan Grabois, quienes en público y en nombre de una reforma agraria, han exhortado a la expropiación de los establecimientos. 

Esos episodios, siempre impunes, están adquiriendo trascendencia, tanto por su creciente frecuencia cuanto por el daño económico que producen, y recrean aquella "guerra gaucha" que tanto nos costó en 2008. Pero ahora los chacareros son conscientes de su fuerza y están dispuestos a usarla en salvaguarda de sus propiedades; así, en cualquier momento, si estos hechos se repiten, se producirá un enfrentamiento armado. 

El Conurbano, como bien sabe el Gobernador Axel Kiciloff, se ha transformado en una olla a presión por la buscada y generalizada pauperización debida a la imposibilidad de realizar trabajos informales y a la pérdida de los formales, que afecta por igual a los pobres y a la clase media. La incapacidad del Gobierno para repartir alimentos y evitar los frecuentes robos para su reventa en el mercado negro, la propagación del virus debida a las inhumanas condiciones de vida y al clima invernal, la corrupción en las compras de insumos sanitarios, la proliferación del narcomenudeo y del delito común, son factores que incentivan la irritación social. En cómo reaccionará ese postergado sector, cuando todo se complique con la ya inevitable y creciente inflación que sobrevendrá cuando nos permitan salir a la calle, está la pregunta que produce insomnio a todos los argentinos.

Enrique Guillermo Avogadro
ega1@avogadro.com.ar
ega1avogadro@gmail.com
@egavogadro

domingo, 9 de febrero de 2020

CARLOS ALBERTO MONTANER: LA FAMILIA LIBERAL: AMIGOS Y ENEMIGOS

Para Antonella Marty, por su capacidad de divulgar las ideas de la libertad

Hace pocos años sabíamos lo que debíamos hacer en América Latina para superar el subdesarrollo: imitar a Chile. Fue, por ejemplo, lo que ha hecho Perú y, en medio de su crisis política, le va bastante bien en el orden económico. 

Veíamos con sana envidia cuanto sucedía en “el país de la loca geografía”, como le llamó el ensayista Benjamín Subercaseaux. Sin embargo, el principal problema del país no era su extraña geografía, sino su pobreza ancestral.  

En 1959, año en que triunfa la revolución comunista cubana, Chile tenía un desempeño mediocre. Su per cápita y su índice de desarrollo económico, eran dos tercios de los que Cuba exhibía. 

Hoy se han invertido esos datos y Chile marcha (o marchaba) a la cabeza de América Latina, triplica el per cápita de Cuba y lleva (o llevaba) camino de ser el primer país de América Latina que alcanza ese mítico lugar imprecisamente llamado “Primer Mundo”. 

Del 68% que existía en 1990 la pobreza se redujo a 8.6% y la pobreza extrema o abyecta a 2.3%. Lógicamente, el coeficiente Gini de Chile pasó de aproximadamente 55 a 45, situándose cerca del que se aprecia en Estados Unidos.  

Sin embargo, y aquí radica el núcleo de estas reflexiones, hay miles de chilenos destruyendo metódicamente las expresiones materiales de la formidable transformación chilena. 

¿Por qué sucede este fenómeno absurdo de autofagia? ¿Por qué miles de jóvenes chilenos atentan contra su propio bienestar? A mi juicio, por un error clave en la identificación de los aliados potenciales y de los inevitables adversarios. 

Durante siglos, desde la revolución francesa, cuando los jacobinos se sentaban a la izquierda y los girondinos a la derecha en el Parlamento, quedó esta costumbre de calificar a los partidos políticos como “izquierda” y “derecha”, pero esa división es hoy totalmente inadecuada. 

La frontera hoy es distinta. Hay una serie de partidos dentro de la “democracia liberal”, que tienen marcadas diferencias en torno a las cuestiones económicas, pero esas diferencias no las hacen adversarias. 

Conservadores, liberales y libertarios, democristianos y socialdemócratas, coinciden en estos cinco aspectos fundamentales:  

1.    Todas las personas son iguales ante la ley.

2.    Existen libertades imprescriptibles.

3.    Debe existir una clara separación entre poderes que se equilibren.

4.    Los poderes del Estado deben ser limitados y las autoridades sometidas a elecciones plurales, libres y transparentes, capaces de renovar a los gobernantes periódicamente, permitiendo el relevo generacional y la circulación de las élites.

5.    El mercado, con su crecimiento espontáneo, ha demostrado su capacidad de asignar recursos mucho más eficientemente que la rígida planeación de los “expertos”.  

Es verdad que la familia de la democracia liberal discrepa en cuestiones económicas importantes, como la intensidad del gasto público con relación al PIB, o la presión y estructura fiscal; y no puede ocultarse que hay grandes diferencias en materia social como el aborto, la educación sexual en las escuelas, o el rol de lo que hoy se llama LGTBI, pero esas distinciones no son vitales. Son accesorias y pueden ser dirimidas en las urnas. 

Las diferencias fundamentales e insalvables, son las que se tienen con los autoritarios, ya sean francamente totalitarios, como los comunistas y fascistas, o lo que hoy se denominan “democracias iliberales”. (Iliberales con I, un vocablo que debería recoger la Academia de la Lengua urgentemente en su visitado diccionario).  

Estos grupos iliberales pueden llegar al poder mediante elecciones, pero su carga ideológica tiene muy poco que ver con los valores y principios que anidan en la familia liberal contemporánea. Suelen ser nacionalistas, antiinmigrantes y, por ende, contrarios al libre comercio y a la globalización, aspectos básicos de la familia de la democracia liberal en nuestros días. 

Si estas conjeturas son acertadas, no es conveniente hacer pactos de gobierno con los comunistas, como hicieron en Chile durante la Concertación, o como han hecho los socialistas de Pedro Sánchez en España, o como, en su momento, pactaron algunos grupos en Cuba con el Partido Socialista Popular, el PSP de los comunistas, antes de 1959.  

Hay que entender que los comunistas y fascistas no coinciden ni remotamente con la visión compartida por las distintas ramas de la democracia liberal. A ellos la coyuntura política les exige jugar a la democracia, pero sin la menor convicción.  

·      Creen en la violencia como “partera” de la historia, como opinaba Marx, y en la peregrina idea de que el pensador alemán dio con los mecanismos que regulan el curso de la historia: la plusvalía, las diferencias entre el socialismo científico y el utópico, el legendario rol de los obreros y los otros dogmas de la secta.  

·      Creen en un partido único, de acuerdo con el diseño de Lenin, en cuya cabeza se aloja un líder indiscutible e indiscutido que puede hacer casi lo que le da la gana.

·      Creen en la planificación centralizada. 

Y si son esenciales las cosas en las que firmemente creen, más importante es todo lo que rechazan de la familia liberal:  

·      Rechazan la propiedad privada de los medios de producción y, naturalmente, el mercado.

·      Rechazan la separación de poderes. Les parece una estratagema de dominación de la “clase dirigente”.

·      Rechazan la libertad de expresión, con el criterio de que expresa la voluntad de los dueños de los medios. En realidad no quieren que nadie examine independientemente los actos de gobierno. 

En fin, es tal el trecho que los separa de la familia liberal, que es posible opinar que la distancia que existe entre un conservador y un socialdemócrata es infinitamente menor que entre un socialdemócrata y un comunista o un fascista. 

Convengamos, al menos, que no es inteligente dormir con el enemigo. Esto se ha visto claramente con la destrucción material de Chile. La posición de algunos grupos comunistas era de aliento total a la actitud devastadora de los enemigos de todas las empresas chilenas, las públicas y las privadas, los suntuosos bancos y los “chiringuitos” de propiedad personal o familiar. 

Eso tiene todo el sentido del mundo visto desde la perspectiva comunista. Si uno cree que hay que rehacer el mundo desde sus cimientos, es conveniente manipular y azuzar a los destructores, al “lumpen proletario”, que es lo que han hecho en Chile. 

Lo que resulta totalmente absurdo es tratarlos como si fueran aliados, y no como lo que realmente son: enemigos de la ley y del orden libremente establecido por más del 80% de los chilenos.  

En resumen: hay que defenderse vigorosamente y entender que si no elegimos correctamente a los amigos y adversarios, y no los tratamos de acuerdo con esos criterios, estamos condenados a desaparecer y a enfrentarnos a la pobreza, la cárcel, la muerte o el exilio.  

Así de sencillo.   

Carlos Alberto Montaner 
montaner.ca@gmail.com
@CarlosAMontaner 

miércoles, 24 de julio de 2019

ASDRÚBAL AGUIAR: GUERREROS DEL TECLADO

En las experiencias conocidas de Venezuela, Bolivia, Ecuador, Nicaragua, Argentina, más recientemente de Estados Unidos, sus gobernantes o ex gobernantes populistas y “posdemócratas” –por obviar las mediaciones institucionales, por querer gobernar solo a través de la radio y la televisión– se han empeñado, desde los años primeros del presente siglo, en descalificar sistemáticamente a los periodistas y editores de los de medios de comunicación social independientes. Les prosternan o los halagan con aviesas intenciones, les chantajean o amenazan, les expropian, o al término les criminalizan o vomitan al exilio. Han modelado, así, un comportamiento social del que no escapan, incluso, quienes se declaran libertarios.

El propósito manifiesto –imposible de simular tras la prédica de un respeto del derecho a la libertad de expresión o para hacerla extensiva a las audiencias o lectorías– ha sido y sigue siendo sustituirlos a unos y otros como forjadores y articuladores de la opinión pública, o hacerlos serviles; con lo que se debilita, evidentemente, la función contralora y escrutadora de la vida pública por parte del añejo cuarto poder y la misma sociedad.

Al efecto o en su defecto lo hacen, en Venezuela, Hugo Chávez y su causahabiente, Nicolás Maduro, discípulos aventajados de La Habana, como lo quiso hacer y no lo logra Rafael Correa, en Ecuador, al construir hegemonías comunicacionales de Estado, totalitarias. Pero como se trata, además, de emular con ello al añejo fascismo italiano, implantando una “simulación de legalidad, el fraude legalmente organizado a la legalidad” –bien lo explica Piero Calamandrei, en su libro El régimen de la mentira– aprueban como leyes de responsabilidad social o de democratización de la información a meras leyes de censura y establecimiento de sistemas de propaganda oficial.

Pero en este orden sobreviene otro fenómeno más actual e incisivo, a saber, el de la “ciudadanía digital”, que desborda los espacios geográficos y privilegia el carácter instantáneo e individual de la información; lo que es más importante, lleva hasta el plano de lo público todo aquello que desde la Antigua Grecia se consideraba inherente al fuero privado o la intimidad de las personas, desdibujándose hoy ambas esferas. He allí el escándalo alrededor del gobernador de Puerto Rico, Ricardo Rosselló, a quien un sector de la población quiere destronar antes de tiempo por sus expresiones privadas a través de un WhatsApp personal y por sus diferencias con los grupos LGBT. De nada vale ya, por lo visto, el sacramento constitucional del mandato democrático, a término: ¡Que se vaya, por que nos da la gana, y punto!  

El caso es que esta nueva realidad totalizante y dispersa de las noticias, que da lugar al conocido periodismo subterráneo o de redes (Facebook, Instagram, Twitter, Snapchat), que incrementa exponencialmente la participación de la gente: sueño de todo demócrata, se privatiza e individualiza en su uso y se hace dictadura; tanto como se le condiciona e interviene a distancia, desde un mundo virtual –gobernado por élites digitales– extraño a los andamiajes estatales y a los políticos, y a sus leyes territoriales.

Las mismas neodictaduras señaladas y en boga –desnudas como asociaciones de criminales– tampoco logran someter a esta avalancha inevitable, real e incontrolable de los “guerreros del teclado”, quienes transmiten datos y mensajes en explosión imposibles de contrastar en su veracidad, impedidos de fijar opiniones racionales, ajenos a las narrativas que forjan tejido social o auspician la gobernabilidad. De suyo, forjan un haz de movimientos convulsivos, una suerte de coreomanía o danzamanía digital que recrea al baile de San Vito, o a la enfermedad psicogénica colectiva de los siglos XV a XVII, cuando todos brincaban sin parar intoxicados por el cornezuelo de centeno.

Al parecer, presenciamos una nueva tensión en el marco de una peligrosa era posdemocrática, vuelvo a señalarlo, distinta de la clásica y conocida, ahora entre el poder político y los medios de comunicación social sin editores. A la vez que, como ya se constata, no es posible contar más con la voluntad popular ni realizar la gobernabilidad –incluso transitoria o espasmódica– sin las redes de comunicación digitales o virtuales, que también usan y explotan sus críticos.

De allí la igual mudanza de los gobernantes y políticos en periodistas de oficio cotidiano, insisto, no más para ser censores de la opinión y la información como a inicios de la modernidad, sino para, como tales y desde las indicadas redes realizar la gobernanza, apalancar la función pública haciéndola inmediata, satisfacer sus narcisismos, pero apartados, reitero, de las mediaciones institucionales y la opinión colectiva.

Esto es inevitable como la llegada de la imprenta; relaja, sí, la estabilidad de las reglas que son necesarias al Estado y la seguridad ciudadana. Trastorna el comportamiento, sea de los liderazgos como de los mismos ciudadanos digitales que hacen política –renegando de los “viejos” políticos o de quienes se apropian de las instituciones partidarias o estatales– a través de sus instrumentos electrónicos. El caso es que unos y otros, de nuevo, ejercen con desembozada vocación dictatorial el periodismo de redes. Bloquean o demonizan al contertulio cuando reciben de su propia medicina.

Apenas un criterio o desafío plantea el panorama descrito, y lo señalo en mi libro sobre Calidad de la democracia y expansión de los derechos humanos, copiando a Peter Hâberle: “No puede decirse que sea posible tolerancia alguna si no hay un deseo por la verdad”.

Asdrúbal Aguiar
@asdrubalaguiar

viernes, 22 de febrero de 2019

ALBERTO BENEGAS LYNCH, ASALTOS EN NOMBRE DEL CAPITALISMO


Como he consignado antes la expresión “capitalismo” no es la que más me entusiasma puesto que remite a lo material y la sociedad libre se base en valores que van mucho más allá de lo crematístico. Se base ante todo en principios éticos. Por eso prefiero la tan atractiva e ilustrativa palabra “liberalismo” que como lo he definido hace tiempo en uno de mis primeros libros es el respeto irrestricto por los proyectos de vida de otros. De todos modos autores como Michael Novak derivan de caput la idea de capitalismo en el sentido de creatividad, iniciativa, emprendimientos, imaginación y conceptos equivalentes.

En cualquier caso lo que intento demostrar en esta nota periodística es que resulta esencial comprender que el capitalismo definido como la libertad contractual y la consiguiente preservación de los derechos de las personas, comenzando con su propia vida y siguiendo con la libertad de expresar sus ideas y usar y disponer de lo adquirido legítimamente, se contrapone en el sentido más riguroso a cualquier alianza entre el poder político y mal llamados empresarios (mal llamados porque no compiten en mercados abiertos sino que apuntan a mercados cautivos al efecto de esquilmar a sus semejantes).

En este sentido tienen razón los críticos del capitalismo cuando observan que en su nombre se cometen todo tipo de asaltos a los miembros de la comunidad. Por las razones expresadas, la crítica se dirige a un blanco equivocado puesto que no se trata de capitalismo sino de un aparato infame de intervencionismo estatal y una lesión grave a los procesos de mercado y a los marcos institucionales civilizados.

Ya Adam Smith proclamó en 1776 en su libro más conocido que “Siempre está en interés del comerciante ampliar su mercado y reducir la competencia. La ampliación del mercado es frecuentemente del agrado del público, pero reducir la competencia es contrario a sus intereses y sólo sirve para que los comerciantes aumenten sus ganancias sobre lo que naturalmente hubieran sido así imponer, para su propio beneficio, un impuesto absurdo sobre el resto de sus compatriotas”. Y más contundente aun en la misma obra Smith declara sobre el empresario prebendario “tiene generalmente interés en engañar e incluso en oprimir al público y que por ello lo han engañado y oprimido efectivamente en muchas ocasiones”.

En la actualidad, en pleno siglo xxi, tal vez el libro más gráfico sobre lo dicho sea Bought and Paid For de Charles Gasparino, periodista que escribe en el Wall Street Journal, en Newsweek y comentarista senior de Fox News. En este libro se detallan con nombre propios las empresas y los ejecutivos que reiteradamente se alían con el poder de turno en Estados Unidos para sacar tajada a expensas de su prójimo y tejer los más sucios negociados, algo que no puede menos que definirse como un pantano hediondo en perjuicio de los trabajadores que no tienen poder de lobby. Transcribo de esta obra una de las conclusiones más relevantes del autor: “Me he dado cuenta que a menos que algo cambie (y pronto), a menos que el contribuyente estadounidense - el votante ordinario- actúe para revertir la expansión sin precedentes del gobierno que está convirtiendo lo que solía ser el bastión del capitalismo en un estado intervencionista, a menos que esto ocurra el presente siglo no será el siglo estadounidense”.

Algo está muy podrido en Dinamarca diría Shakespeare. En la medida en que se generalice esta alianza infernal las bases de la sociedad libre se carcomen a pasos agigantados y, como queda dicho, se desdibuja y se confunde el capitalismo con su opuesto. Es realmente bochornoso que se critique el capitalismo en un mundo donde no solo avanzan los ladrones de guante blanco mal llamados comerciantes donde se incrementa la deuda estatal, se hacen más pesadas las cargas tributarias, se manipula la moneda, se eleva el gasto público a niveles elefantiásicos y se incrementan las regulaciones en proporciones insostenibles.

Sin duda que todas las críticas no son inocentes, en muchos casos lo que se pretende es debilitar aun más el sistema que resulta claro hace agua por los cuatro costados debido al avance de las ideas socialistas.

En este último sentido, es del caso subrayar que el método más eficiente para la penetración socialista es el sistema fascista que significa que se permite el registro de la propiedad pero usa y dispone el gobierno, a diferencia del socialismo más abierto que usa y dispone la propiedad directamente el gobierno sin atajo alguno. El fascismo hace de precalentamiento y prepara el camino a la socialización total. Esto es así no solo porque resulta en general más digerible para la gente la manipulación desde el gobierno respecto a la expropiación lisa y llana, sino que frente a los desaguisados que provoca el sistema el gobierno se escuda en el hecho de que los responsables son los titulares aunque se deba al intervencionismo.

Esto del fascismo puede aparecer como una receta alejada pero está encima nuestro diariamente. Veamos los sistemas educativos en los que las denominadas instituciones privadas en verdad están privadas de decidir en su totalidad la estructura curricular que debe ser aprobada por ministerios de educación y similares. Veamos algo tan pedestre como los taxis en la mayor parte de las ciudades: el color con que están pintados, los horarios de trabajo y las tarifas están determinadas por los gobiernos con lo que la propiedad es otra vez nominal y así sucesivamente en los sectores y áreas más importantes.

Mi libro titulado Las oligarquías reinantes, que lleva un muy generoso prólogo de Jean-François Revel que subraya la tesis que expongo, está prácticamente dedicado a las componendas de estos barones feudales y sus socios para el saqueo de sus semejantes con la careta del empresariado. A continuación voy a reproducir parte de un pequeño relato de este libro al efecto de ilustrar el tema grave que estamos comentando.

Estaba caminando por un terragal en Chichicastenango, era un día de feria de modo que incluso las calles alejadas estaban abarrotadas (casi más turistas que locales). En Guatemala cada pueblito tiene sus atuendos particulares. Los más vistosos y atractivos son los huípiles, una especie de poncho de largo variado con coloridos y dibujos trabajados cuidadosamente en telares caseros y que usan las mujeres en combinación con faldas más bien lisas. En el huípil de Chichicastenango predomina el violeta, matizado con verdes fuertes y un negro retinto con algunos bordados de pájaros de la zona. Algunos turistas recalcitrantes los ponen en bastidores y los cuelgan en sus livings iluminados por las consabidas dicroicas.

El aire en ese lugar es de una pureza que acaricia los pulmones, probablemente debido a la altura y, en esa época del año, el cielo está casi siempre azul sin nubes a la vista. La temperatura acoge a los transeúntes con la más amable de las hospitalidades. En realidad estaba yo en busca de un San Juan Bautista tallado en un palo de procesión. Pero no logré mi cometido, puesto que ni siquiera llegué a la plaza principal donde se desplegaban las largas mesas con los cachivaches de la feria (mucho más adelante mi María me consiguió lo que ese día andaba buscando).

Confieso que el turismo más bien me disgusta y que los tumultos me trasmiten una mezcla de desconcierto y de temor irrefrenable. En cualquier caso, me llamó la atención la cara de un hombre mayor que estaba conversando con un chiquito en una de las maltrechas veredas del lugar por donde se filtraba pasto y algún arbusto que tozudamente se abría paso empujando piedras y otros materiales de construcción evidentemente colocados sin escuadra y, aparentemente, sin mucho esmero. No soy muy afecto a la conversación con extraños (incluso en mis viajes en avión si me toca de vecino un entusiasta de lo cotorril, de inmediato alego problemas en las cuerdas vocales), pero en este caso no sé si por la mirada tierna de esta persona o por la gracia que me hizo el chico, el hecho es que me detuve frente a la solicitud del anciano para que lo atendiera. Hablaba un español por momentos atravesado con su dialecto maya (Chomsky dice que la diferencia entre un dialecto y una lengua estriba en que esta última es impuesta por las armas).

No soy bueno para calcular edades pero tendría poco más de ochenta primaveras sobre los hombros. Pude constatar un cuadro de situación que no es nuevo pero al recibirlo de primera mano se torna más patético. Más dramático resultaba el cuento cuando uno miraba los profundos y significativos surcos cincelados por una vida ruda en el rostro de este indito anciano y anfitrión de la jornada.

Según parece este personaje, en sus épocas mozas, trabajaba mediodía en casa de un conocido empresario en la ciudad. Por ese entonces no vivía en Chichicastenango sino a unos diez kilómetros al sur de Guatemala. Tenía otros compinches que hacían diariamente el mismo recorrido. Todos en bicicleta. Entre algunos pobladores estaba muy generalizado este medio de locomoción. Si mal no recuerdo, las bicicletas costaban poco menos de ciento veinte quetzales hasta que se produjo el desastre para esta gente laboriosa y cumplidora: los rodados de ese tipo subieron a bastante más del doble del precio. Al principio las reposiciones se fueron estirando con arreglos en general precarios, pero finalmente la situación se hizo insostenible especialmente para las nuevas generaciones que debían trabajar y no les resultaba posible mudarse a la ciudad. Aquel instrumento de trabajo se tornaba inaccesible. Antes de la abrupta suba, las bicicletas eran en su mayoría importadas de Taiwan. Ahora una de las cámaras locales de empresarios convenció al gobierno que prohibiera la importación a los efectos de permitir que los guatemaltecos abastecieran sus propios requerimientos y así “promover la industria nacional y el pleno empleo”.

Además se recurrió al anzuelo envenenado al argüir que de ese modo el país podría contribuir a su independencia y, pasado un tiempo, después de acumular experiencia, la industria local podría mostrar su competitividad y consolidar beneficios para todos.

¿Cuáles beneficios? Si antes compraban un artículo más barato y de calidad superior evidentemente estarán peor. Si había empresarios que consideraban que podían mejorar la marca, nada les impedía poner manos a la obra y si la evaluación de ese proyecto mostraba que habría pérdidas en los primeros períodos que serían más que compensadas en los siguientes, debieron darse cuenta que nada justifica que los referidos quebrantos sean trasladados, a través de aranceles, sobre las espaldas de los consumidores ajenos al negocio. Lo que sucede es que resulta más cómodo que buscar socios para financiar el emprendimiento y más provechoso contar con un mercado cautivo que facilita las más ambiciosas aventuras, ya que si se toma como parámetro la rentabilidad frecuentemente resulta en un cuento chino (con perdón de los chinos).

Ocurre que para esos fantoches como los de nuestra historia -acotada para esta nota periodística- resulta más atractivo explotar a los demás que servirlos en competencia. Esta acrobacia verbal de la que hacen alarde estos pseudoempresarios está en alguna medida sustentada por algunos ingenuos capaces de tragarse cualquier sapo y por quienes despliegan ideas que con desfachatez llaman “proteccionistas”.

Aquel tipo de empresarios requiere de estos apoyos, puesto que sería insostenible la argumentación basada en que necesitan mejores mansiones, automóviles más confortables y adornar con joyas a sus mujeres o amantes. El apoyo logístico es indispensable. Los intereses creados tienen que escudarse en presentaciones de apariencia filosófica para poder prosperar. Sin duda que allí donde se ofrecen privilegios habrá largas filas para solicitarlos. De lo que se trata es de producir cambios institucionales de características tales que imposibiliten o por lo menos obstaculicen en grado sumo la dádiva. Para ser ecuánimes debemos cargar más las tintas en el clima de ideas que hace posible el mercado cautivo que en la voracidad empresarial que sólo responde a los accionistas quienes no demandan filosofía sino retorno sobre la inversión, en este caso mal habido.

Esta parte del relato que estampo en el mencionado libro muestra apenas un rincón de los avatares de los bandidos que se refugian en la figura del empresario que nada tiene que ver con el significado del empresario en una sociedad libre donde cada uno debe esforzarse por atender a su prójimo y si da en la tecla obtiene ganancias y si yerra incurre en quebrantos, siempre sin privilegio alguno. Es obligación moral de todos desenmascarar aquellos filibusteros que arruinan nuestras vidas aunque el costo resulte alto porque como ha dicho José Martí con volcánica temperatura moral: “mas vale un minuto de pie que una vida de rodillas”.

Alberto Benegas Lynch (h)
@ElIndependent