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lunes, 21 de octubre de 2019

CARLOS ALBERTO MONTANER: LAS 10 CARACTERÍSTICAS COMUNES DE LOS GOBERNANTES POPULISTAS DE IZQUIERDA O DERECHA

¿Es “populista” su presidente? Llamarle “populista” a un político o un funcionario es una manera rápida y segura de descalificarlo. ¿Pero qué hace a estos personajes ser “populistas”? La reciente lectura, mucho más ampliada, de este decálogo inspirado en el breve ensayo de Jan-Werner Müller (What is populism), provocó que muchos de los asistentes a mi charla en México, en la entrega del Premio Caminos de la Libertad, pensaran que hablaba de López Obrador. No era mi intención, pero si le sirve el sayo, que se lo coloquen. A mi juicio, lo interesante del término es que se aplica a la derecha e izquierda del término. 

Primero. El caudillismo. Generalmente, el populismo comienza con la admisión de un líder o caudillo al que se le atribuyen todas las virtudes y se le asigna, de hecho, ser el gran intérprete de la voluntad popular. Alguien que trasciende a las instituciones y cuya palabra se convierte en el dogma sagrado de la patria. Mussolini, Hitler, Franco, Perón, Fidel Castro, Juan Velasco Alvarado, Hugo Chávez y Nicolás Maduro, cada uno a su manera, son ejemplos de Caudillos.

Segundo. El exclusivismo. Sólo “nosotros” somos los auténticos representantes del pueblo. Los “otros” son los enemigos del pueblo. Los “otros”, por lo tanto, son unos seres marginales que no son sujetos de derecho y merecen nuestro mayor desprecio. Chávez calificó de “majunches” a sus adversarios, un venezolanismo que quiere decir “tonto o inútil”. 

Tercero. El adanismo. La historia comienza con ellos. De ahí el nombre adanismo, por Adán, el primer hombre. El pasado es una sucesión de fracasos, desencuentros y puras traiciones. La historia de la patria se inicia con el movimiento populista que ha llegado al poder para reivindicar a los pobres y desposeídos tras siglos de gobiernos entreguistas, unas veces vendidos a la burguesía local y otras a los imperialistas extranjeros.

Cuarto. El nacionalismo. El nacionalismo es una creencia generalmente vinculada a la supuesta identidad nacional. Suele ser excluyente y derivar en racismo u otras formas de exclusión social. En el terreno económico conduce al proteccionismo o a dos reacciones aparentemente contrarias. El aislacionismo para no mezclarnos con los impuros, o el intervencionismo para esparcir nuestro sistema superior de organizarnos. En nuestros días, ese nacionalismo se transforma en “antiglobalismo”. 

Quinto. El estatismo. Los populistas, casi siempre son estatistas. Creen que la acción planificada por el estado colmará las necesidades del “pueblo amado”. Tienden a no creer en el crecimiento espontáneo y libre de la sociedad. Los gobernantes populistas esperan la total sumisión de los creadores de riqueza. Intentan convertirlos, y muchas veces lo logran, en “buscadores de rentas”.

Sexto. El clientelismo.  Los gobernantes populistas no tienen partidarios, sino clientes que les deben cosas. Les encantan los “cazadores de subsidios”. Entienden que la política es para generar millones de estómagos agradecidos que les deben todo al gobernante que les da de comer y acaban por constituir su base de apoyo. 

Séptimo. La centralización de todos los poderes. El caudillo controla el sistema judicial y el legislativo, o trata de hacerlo. La separación de poderes y el llamado checks and balances son ignorados. En Venezuela cuando “los enemigos del pueblo” ganan unas elecciones, los gobernantes populistas crean un organismo paralelo y le traspasan los presupuestos y funciones. 

Octavo. Los funcionarios no están al servicio de la sociedad, sino de los populistas. Controlan y manipulan a los agentes económicos, comenzando por el banco nacional o de emisión, que se vuelve una máquina de imprimir billetes al dictado de la presidencia.

Noveno. El doble lenguaje. La semántica se transforma en un campo de batalla y las palabras adquieren una significación diferente. “Libertad” se convierte en obediencia, “lealtad” en sumisión. Patria, nación y caudillo se confunden en el mismo vocablo y se denomina “traición” cualquier discrepancia.

Décimo. La desaparición de cualquier vestigio de cordialidad cívica. Se utiliza un lenguaje de odio que preludia la agresión. El enemigo es siempre un gusano, un vende-patria, una persona entregada a los peores intereses. Ese es el antecedente de la destrucción del otro. Antes de aplastarlo hay que eliminarle cualquier vestigio de humanidad.

Insisto: ¿es populista su presidente? No necesita adoptar las diez características. Basta con cinco de ellas. [

Carlos Alberto Montaner 
montaner.ca@gmail.com
@CarlosAMontaner   ­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­

*El autor publica muy próximamente Sin ir más lejos, sus memorias personales. Editorial Debate, un sello de Penguin-Random House. 

miércoles, 24 de julio de 2019

ASDRÚBAL AGUIAR: GUERREROS DEL TECLADO

En las experiencias conocidas de Venezuela, Bolivia, Ecuador, Nicaragua, Argentina, más recientemente de Estados Unidos, sus gobernantes o ex gobernantes populistas y “posdemócratas” –por obviar las mediaciones institucionales, por querer gobernar solo a través de la radio y la televisión– se han empeñado, desde los años primeros del presente siglo, en descalificar sistemáticamente a los periodistas y editores de los de medios de comunicación social independientes. Les prosternan o los halagan con aviesas intenciones, les chantajean o amenazan, les expropian, o al término les criminalizan o vomitan al exilio. Han modelado, así, un comportamiento social del que no escapan, incluso, quienes se declaran libertarios.

El propósito manifiesto –imposible de simular tras la prédica de un respeto del derecho a la libertad de expresión o para hacerla extensiva a las audiencias o lectorías– ha sido y sigue siendo sustituirlos a unos y otros como forjadores y articuladores de la opinión pública, o hacerlos serviles; con lo que se debilita, evidentemente, la función contralora y escrutadora de la vida pública por parte del añejo cuarto poder y la misma sociedad.

Al efecto o en su defecto lo hacen, en Venezuela, Hugo Chávez y su causahabiente, Nicolás Maduro, discípulos aventajados de La Habana, como lo quiso hacer y no lo logra Rafael Correa, en Ecuador, al construir hegemonías comunicacionales de Estado, totalitarias. Pero como se trata, además, de emular con ello al añejo fascismo italiano, implantando una “simulación de legalidad, el fraude legalmente organizado a la legalidad” –bien lo explica Piero Calamandrei, en su libro El régimen de la mentira– aprueban como leyes de responsabilidad social o de democratización de la información a meras leyes de censura y establecimiento de sistemas de propaganda oficial.

Pero en este orden sobreviene otro fenómeno más actual e incisivo, a saber, el de la “ciudadanía digital”, que desborda los espacios geográficos y privilegia el carácter instantáneo e individual de la información; lo que es más importante, lleva hasta el plano de lo público todo aquello que desde la Antigua Grecia se consideraba inherente al fuero privado o la intimidad de las personas, desdibujándose hoy ambas esferas. He allí el escándalo alrededor del gobernador de Puerto Rico, Ricardo Rosselló, a quien un sector de la población quiere destronar antes de tiempo por sus expresiones privadas a través de un WhatsApp personal y por sus diferencias con los grupos LGBT. De nada vale ya, por lo visto, el sacramento constitucional del mandato democrático, a término: ¡Que se vaya, por que nos da la gana, y punto!  

El caso es que esta nueva realidad totalizante y dispersa de las noticias, que da lugar al conocido periodismo subterráneo o de redes (Facebook, Instagram, Twitter, Snapchat), que incrementa exponencialmente la participación de la gente: sueño de todo demócrata, se privatiza e individualiza en su uso y se hace dictadura; tanto como se le condiciona e interviene a distancia, desde un mundo virtual –gobernado por élites digitales– extraño a los andamiajes estatales y a los políticos, y a sus leyes territoriales.

Las mismas neodictaduras señaladas y en boga –desnudas como asociaciones de criminales– tampoco logran someter a esta avalancha inevitable, real e incontrolable de los “guerreros del teclado”, quienes transmiten datos y mensajes en explosión imposibles de contrastar en su veracidad, impedidos de fijar opiniones racionales, ajenos a las narrativas que forjan tejido social o auspician la gobernabilidad. De suyo, forjan un haz de movimientos convulsivos, una suerte de coreomanía o danzamanía digital que recrea al baile de San Vito, o a la enfermedad psicogénica colectiva de los siglos XV a XVII, cuando todos brincaban sin parar intoxicados por el cornezuelo de centeno.

Al parecer, presenciamos una nueva tensión en el marco de una peligrosa era posdemocrática, vuelvo a señalarlo, distinta de la clásica y conocida, ahora entre el poder político y los medios de comunicación social sin editores. A la vez que, como ya se constata, no es posible contar más con la voluntad popular ni realizar la gobernabilidad –incluso transitoria o espasmódica– sin las redes de comunicación digitales o virtuales, que también usan y explotan sus críticos.

De allí la igual mudanza de los gobernantes y políticos en periodistas de oficio cotidiano, insisto, no más para ser censores de la opinión y la información como a inicios de la modernidad, sino para, como tales y desde las indicadas redes realizar la gobernanza, apalancar la función pública haciéndola inmediata, satisfacer sus narcisismos, pero apartados, reitero, de las mediaciones institucionales y la opinión colectiva.

Esto es inevitable como la llegada de la imprenta; relaja, sí, la estabilidad de las reglas que son necesarias al Estado y la seguridad ciudadana. Trastorna el comportamiento, sea de los liderazgos como de los mismos ciudadanos digitales que hacen política –renegando de los “viejos” políticos o de quienes se apropian de las instituciones partidarias o estatales– a través de sus instrumentos electrónicos. El caso es que unos y otros, de nuevo, ejercen con desembozada vocación dictatorial el periodismo de redes. Bloquean o demonizan al contertulio cuando reciben de su propia medicina.

Apenas un criterio o desafío plantea el panorama descrito, y lo señalo en mi libro sobre Calidad de la democracia y expansión de los derechos humanos, copiando a Peter Hâberle: “No puede decirse que sea posible tolerancia alguna si no hay un deseo por la verdad”.

Asdrúbal Aguiar
@asdrubalaguiar