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domingo, 22 de marzo de 2020

CARLOS ALBERTO MONTANER: PUT THE PLANET FIRST. GLOBALISMO Y NACIONALISMO

La actual crisis comenzó en un mercado al aire libre de animales vivos en un remoto rincón del mundo. El Covid-19 se propagó de la provincia china de Wuhan al resto del planeta. Parece, no es seguro, que se originó en la costumbre de tomar sopa de murciélagos que tienen los chinos o, por lo menos, algunos chinos.  

Las Bolsas de New York y Londres cayeron en picado. Los cines, teatros y conciertos de una buena parte del mundo fueron clausurados. Se cerraron muchos  shopping centers y restaurantes. Los expertos anunciaron que el desempleo aumentaría exponencialmente. En Estados Unidos pudiera llegar al 20% de la población. El acabose. El Armagedón.  

La anécdota se saldará con varios millones de muertos, incluso más de dos en Estados Unidos de acuerdo con la revista The Economist. Esto debe ponerle fin al debate idiota entre los “nacionalistas” y los “globalistas”. 

El nacionalismo no sólo es una estupidez. Es peor aún: es imposible, pese a lo que digan o voten los partidarios del Brexit. Resulta un hecho incontrovertible: el globalismo, es decir, la noción de que estamos todos interrelacionados y debemos guarecernos tras instituciones supranacionales, aunque muchas de ellas sean frustrantes (aunque perfeccionables), y tenemos que comportarnos como seres humanos más allá de las banderitas y los himnos. 

Ese fue el dilema que se le planteó a Estados Unidos tras el fin de la Segunda Guerra Mundial: tratar de reconstruir el planeta y echarse sobre sus espaldas, incluso a los países derrotados, o arriesgarse a otro conflicto similar producto del resentimiento y del nacionalismo, esa mezcla explosiva que había estallado a sólo dos décadas de finalizada la Primera Guerra.  

Afortunadamente el tándem F. D. Roosevelt y H. Truman estaba en la Casa Blanca y ambos entendían la historia contemporánea de su país. Muerto Roosevelt y ganada la guerra, un periodista le preguntó a Truman si tenía sentido reconstruir a Alemania y al resto de Europa al costo de trece mil millones de dólares mediante el Marshall Plan. “Esa cifra es infinitamente menor que lo que nos costó la guerra”, le respondió el presidente. Tenía razón. 

La idea de “put America (o Inglaterra, Rusia, China o Alemania) first” es una necedad. Es verdad que el globalismo enlentece los procesos de creación de riqueza por la torpeza de los organismos internacionales y por la pérfida labor de los lobbys; y no es menos cierto que se cometen atropellos contra algunas naciones clave como Estados Unidos, pero el costo de abandonar la senda de la solidaridad y el internacionalismo es demasiado alto para poder asumirlo. 

El globalismo surgió, de manera embrionaria, hace miles de años, cuando dos personas pertenecientes a tribus diferentes establecieron una suerte de intercambio más allá de las lenguas en las que se hablaban. Ahí estaban los remotos antecedentes de la ONU, de la Unión Europea y de la lucha para mitigar los problemas del cambio climático que se debaten hoy día.   

A fines del siglo XV el globalismo cobró un nuevo impulso con el descubrimiento de América en 1492. El Reino de Castilla, el azar y los matrimonios de conveniencia en la realeza, hicieron que la árida meseta, entonces empeñada en reconquistar el territorio que le habían arrebatado los árabes muchos siglos antes, se trasformara en un formidable poder imperial que rigió al mundo durante un siglo con la ayuda de la Iglesia, los banqueros genoveses y los instrumentos para comerciar ideados en los Países Bajos. 

Finalmente, a partir de los siglos XVII y XVIII Francia y Alemania (que se convirtió en una nación unificada por Prusia a mediados del siglo XIX) recogieron el testigo, mientras Inglaterra desataba la revolución industrial y se alzaba a la cabeza del mundo, desovando en América trece colonias que acabaron por independizarse y, como tuvieron muy en cuenta el pensamiento de la ilustración escocesa, terminaron por transformarse en la república más exitosa de la historia. 

Nada de esto hubiera sucedido sin una mentalidad globalista. Hay que olvidarse del nacionalismo. A fin de cuenta, los Estados, como los conocemos, tienen sólo unos cientos de años. Poco a poco, el planeta se va unificando en las expresiones más exitosas. A trancas y barrancas, con marchas y contramarchas, se imponen, poco a poco, la democracia representativa, el culto por los derechos humanos, el mercado y la libertad. Eso también es la globalización. Put the planet first. 

Carlos Alberto Montaner 
montaner.ca@gmail.com
@CarlosAMontaner

El último libro de CAM es Sin ir más lejos (Memorias). La obra fue publicada por Debate, un sello de Penguin-Random House. Se puede obtener por medio de Amazon Books.   

lunes, 21 de octubre de 2019

CARLOS ALBERTO MONTANER: LAS 10 CARACTERÍSTICAS COMUNES DE LOS GOBERNANTES POPULISTAS DE IZQUIERDA O DERECHA

¿Es “populista” su presidente? Llamarle “populista” a un político o un funcionario es una manera rápida y segura de descalificarlo. ¿Pero qué hace a estos personajes ser “populistas”? La reciente lectura, mucho más ampliada, de este decálogo inspirado en el breve ensayo de Jan-Werner Müller (What is populism), provocó que muchos de los asistentes a mi charla en México, en la entrega del Premio Caminos de la Libertad, pensaran que hablaba de López Obrador. No era mi intención, pero si le sirve el sayo, que se lo coloquen. A mi juicio, lo interesante del término es que se aplica a la derecha e izquierda del término. 

Primero. El caudillismo. Generalmente, el populismo comienza con la admisión de un líder o caudillo al que se le atribuyen todas las virtudes y se le asigna, de hecho, ser el gran intérprete de la voluntad popular. Alguien que trasciende a las instituciones y cuya palabra se convierte en el dogma sagrado de la patria. Mussolini, Hitler, Franco, Perón, Fidel Castro, Juan Velasco Alvarado, Hugo Chávez y Nicolás Maduro, cada uno a su manera, son ejemplos de Caudillos.

Segundo. El exclusivismo. Sólo “nosotros” somos los auténticos representantes del pueblo. Los “otros” son los enemigos del pueblo. Los “otros”, por lo tanto, son unos seres marginales que no son sujetos de derecho y merecen nuestro mayor desprecio. Chávez calificó de “majunches” a sus adversarios, un venezolanismo que quiere decir “tonto o inútil”. 

Tercero. El adanismo. La historia comienza con ellos. De ahí el nombre adanismo, por Adán, el primer hombre. El pasado es una sucesión de fracasos, desencuentros y puras traiciones. La historia de la patria se inicia con el movimiento populista que ha llegado al poder para reivindicar a los pobres y desposeídos tras siglos de gobiernos entreguistas, unas veces vendidos a la burguesía local y otras a los imperialistas extranjeros.

Cuarto. El nacionalismo. El nacionalismo es una creencia generalmente vinculada a la supuesta identidad nacional. Suele ser excluyente y derivar en racismo u otras formas de exclusión social. En el terreno económico conduce al proteccionismo o a dos reacciones aparentemente contrarias. El aislacionismo para no mezclarnos con los impuros, o el intervencionismo para esparcir nuestro sistema superior de organizarnos. En nuestros días, ese nacionalismo se transforma en “antiglobalismo”. 

Quinto. El estatismo. Los populistas, casi siempre son estatistas. Creen que la acción planificada por el estado colmará las necesidades del “pueblo amado”. Tienden a no creer en el crecimiento espontáneo y libre de la sociedad. Los gobernantes populistas esperan la total sumisión de los creadores de riqueza. Intentan convertirlos, y muchas veces lo logran, en “buscadores de rentas”.

Sexto. El clientelismo.  Los gobernantes populistas no tienen partidarios, sino clientes que les deben cosas. Les encantan los “cazadores de subsidios”. Entienden que la política es para generar millones de estómagos agradecidos que les deben todo al gobernante que les da de comer y acaban por constituir su base de apoyo. 

Séptimo. La centralización de todos los poderes. El caudillo controla el sistema judicial y el legislativo, o trata de hacerlo. La separación de poderes y el llamado checks and balances son ignorados. En Venezuela cuando “los enemigos del pueblo” ganan unas elecciones, los gobernantes populistas crean un organismo paralelo y le traspasan los presupuestos y funciones. 

Octavo. Los funcionarios no están al servicio de la sociedad, sino de los populistas. Controlan y manipulan a los agentes económicos, comenzando por el banco nacional o de emisión, que se vuelve una máquina de imprimir billetes al dictado de la presidencia.

Noveno. El doble lenguaje. La semántica se transforma en un campo de batalla y las palabras adquieren una significación diferente. “Libertad” se convierte en obediencia, “lealtad” en sumisión. Patria, nación y caudillo se confunden en el mismo vocablo y se denomina “traición” cualquier discrepancia.

Décimo. La desaparición de cualquier vestigio de cordialidad cívica. Se utiliza un lenguaje de odio que preludia la agresión. El enemigo es siempre un gusano, un vende-patria, una persona entregada a los peores intereses. Ese es el antecedente de la destrucción del otro. Antes de aplastarlo hay que eliminarle cualquier vestigio de humanidad.

Insisto: ¿es populista su presidente? No necesita adoptar las diez características. Basta con cinco de ellas. [

Carlos Alberto Montaner 
montaner.ca@gmail.com
@CarlosAMontaner   ­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­

*El autor publica muy próximamente Sin ir más lejos, sus memorias personales. Editorial Debate, un sello de Penguin-Random House. 

domingo, 29 de septiembre de 2019

CARLOS RAÚL HERNÁNDEZ: PENSAMIENTO PALEOLÍTICO

Lejos de ser la política, aperturas económicas o economías de mercado, lo que amenaza la sociedad actual desde varios grandes países y viene a la ofensiva, son anti política, nacionalismo parroquial, diferencialismo y populismo, que bajaron de la academia a la tierra. Y esta realidad revocó el equilibrio complejo, dinámico de las relaciones globales, incluso en EEUU. Con gobernantes políticos de oficio, el mundo pudo mantener bajo control la letal combinación entre Guerra Fría y peligro nuclear. 

El teléfono rojo, símbolo de la política pactada y políticos pactistas, exorcizó peligros inminentes. Los políticos saben que hay líneas no traspasables pero un antipolítico, un match político –o político contaminado de esto- soslayan ese principio, hasta aprenderlo a palos, lo que en época del equilibrio nuclear no daba tiempo. Gracias a eso el planeta pudo tragar y digerir el comunismo y el fascismo, luego sus caídas, las de otros colectivismos, y la gigantesca reorganización global que tuvo que emprender la humanidad para sanarse. 

Los políticos salvaron el mundo de ideólogos y académicos porque lograron imponer el sentido de la realidad. La política y la globalización han producido la más brillante era de prosperidad y bienestar de la historia, pese a las matizadas nostalgias, errores y anacronismos autoritarios de Negri, Thomas Piketty, Stigltiz, Alexander Duguin, Paul Gottfried, Serge Latouche, Naomi Klein, Judith Butler y otros paleopensadores, pruebas vivientes de que la fuerza de la ideología puede doblegar al talento y la teoría científica. 

Obama superó la crisis financiera de 2008, que el izquierdismo global vaticinaba “definitiva”, según Stiglitz el final del “capitalismo”, fórmula semiológica de marxistas y sus primos para denigrar la sociedad abierta, pluralista, isonómica, liberal, democrática. Hoy la antipolítica desde EEUU impulsa la desglobalización propuesta por la izquierda y la derecha de los noventa. Se materializa el programa de las marchas anti FMI y de los riots antiglobalización, el nacionalismo económico y el pasadismo. 

¿Triunfa la parroquia?

Los esfuerzos de la humanidad por rehacerse de los estragos producidos por comunistas, socialistas, intervencionistas, populistas y nacionalistas económicos fueron bautizados por izquierda y derecha como neoliberales o neoconservadores. El gobierno norteamericano (y el británico brexit) ejecuta fielmente el programa de los 90 contra la globalización y el “neoliberalismo”: fija aranceles de 25% a los productos chinos, lo que hará subir sus precios para los consumidores norteamericanos. 

Eso enfriará la actividad económica en EEUU y China, que espera un bajón en su crecimiento de consecuencias mundiales. Sin contar que abrumadoramente los productos “norteamericanos” se producen parcial o totalmente en China y otros países asiáticos. Decía un diplomático de Pekín: “el celular más vendido en el mundo es Wawuei, que es chino y el segundo es Iphone, también chino” (para Apple lo produce Foxconn en la provincia de Shenszen, empresa que da empleo a un millón 300 mil trabajadores).

Aparte de propiciar la caída del producto mundial al atacar a China, con las nuevas sanciones a Irán, en un acto tolondro, el gobierno norteamericano logró lo contrario de lo que se proponía. Los ayatolas llevan 40 años en el poder a pesar de las sanciones ahora, y ante las nuevas retoman su plan nuclear ofensivo y de un manotazo destruyen gran parte de la producción petrolera saudita, una severa advertencia de lo que pueden hacer. 

Con esa operación, los embargados, que transan petróleo con dificultades, valorizan el poco que venden. Corea está sancionada desde hace 68 años sin cambio de régimen y los únicos resultados fueron dos hambrunas y tres generaciones de los Kim en el poder. Como respuesta al paquete de sanciones de 2019, Kim Yon Un retoma su plan nuclear ofensivo y surge la amenaza de otra hambruna. 

Nuevos cubanos

En Venezuela la polarización antipolítica-colectivismo causó efectos igualmente desastrosos. La oposición despalilló el poder político conquistado en 2015 y solo cuenta con apoyo internacional porque no consigue como actuar internamente en una secuencia de desengaños. La acción norteamericana convirtió al gobierno en dependiente de Rusia y China y la oposición está paralizada a la espera de que “pase algo”. La última invocación impotente, sucedánea de la política real es el TIAR. 

Este se resume en dotar a los países de la región para aplicar sanciones al Estado venezolano, las mismas que han chasqueado. Un aislamiento económico estilo Cuba, de consecuencias perfectamente conocidas. Pero en el plano global el paleopensamiento no debería ocultar un factor clave como se lee en sus metafísicas obras. Los países derrotados por la pobreza como Argentina, Venezuela y los estados fallidos asiáticos africanos son los que no pudieron superar el socialismo. 

No los tocó la ola de reformas económicas de los años 80 y 90. China e India, que juntas concentran un tercio de la población mundial, a su vez contienen la mayor concentración de pobres en el planeta. Y la disminución sistemática y milagrosa de la pobreza se debe a que ambos países abandonaron esquemas económicos desvencijados que proponen autores de izquierda y derecha como los mencionados arriba. 

Carlos Raúl Hernández
@CarlosRaulHer