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domingo, 30 de abril de 2017

ANTONIO JOSÉ MONAGAS, PEDAGOGÍA DE LA DIGNIDAD

PIDO LA PALABRA

La dignidad del venezolano se transformó en el mejor escudo con el cual hace posible resistir los embates de una violencia desalmada, de una tiranía obscena, de la desvergüenza hecha gobierno. 

Pareciera que el concepto de dignidad, poco ha sido atendido al momento de escribirse leyes que exaltan libertades y derechos humanos. Lo que se tiene en Venezuela, por ejemplo, se ha hecho de manera tan abstracta que a la hora de aplicarse las mismas, quienes administran y ordenan justicia, olvidan atender el respeto a la necesidad de discernimiento como principio de autonomía de vida. Tan cuestionable omisión, ha sido razón de problemas cuya profundidad ha permitido la degradación de valores morales, muchas veces, precariamente advertidos. Tanto, que el ejercicio de la política en contextos de obsolescencia y obcecación, ha desplazado la dignidad para que su lugar sea ocupado por intereses movilizados desde la codicia, la desvergüenza y la indolencia.

Es obvio admitir que la praxis política, se vea sometida a importunos cambios fácticos. Cambios estos que además de direccionar procesos dirigidos a enfrentar problemas relacionados con la incertidumbre, coadyuvan a enrarecerlos y encarecerlos. Sobre todo cuando lidiar con la incertidumbre mal definida, conduce a entrabar la gobernabilidad. Inclusive, desde los esfuerzos que pueden lograrse a través de los recursos de la planificación. 

Pero de ahí, a permitir que contravalores dificulten comprender la dignidad como valor interior y soberano que tiene todo ser humano, indistintamente de su situación económica, social o cultural, tanto como de sus creencias o pensamientos, es un aberración que atenta contra la condición democrática de la cual se precian hoy día importantes sistemas políticos nacionales. 

La dignidad comienza en el mismo punto donde se erige el respeto, por cuanto es significación del alcance de las libertades de las cuales goza el hombre en virtud de las posibilidades que es capaz de construirse en medio de las realidades que enfrenta y de los problemas que desafía y sabe superar. Por eso puede asentirse que la dignidad es un valor político. Está tan consustanciada con la política, que las dignidad no se conjuga en plural. Ni tampoco, es lugar común de corrientes colectivas o espacios de conjuradas afirmaciones que terminan sin nada que proponer. 

La crisis del Estado venezolano, adosada a una estructura social y económica carcomida por un proceso histórico colmado de distorsiones apuntaladas por la futilidad que revistió el modelo político empleado para gobernar al país en el siglo XXI, no tuvo la precisión moral ni ética para considerar la dignidad del venezolano como razón para apalancar el desarrollo nacional en todas sus manifestaciones. 

Mejor demostración del tamaño del yerro cometido, ha sido la vigente gestión gubernamental. Particularmente, en el curso de los años contados a partir de diciembre de 2007, fecha ésta cuando el régimen empieza a mostrar, con su pretendida “Reforma Constitucional”, sus ídolos de yeso soportados sobre pies de barro. O sea, a revelar su verdadera desnudez. A desprenderse de la careta con la que emulaba ser un “Estado democrático y social de Derecho y de Justicia”. 

Fue momento para iniciar su debut como “dictadura” cuyos efectos eran encubiertos con la excusa de procesos electorales, amañados por un Consejo nacional Electoral cómplice, y realizados a razón de uno por año, aproximadamente. Esas prácticas políticas, incitaron todo un mundo de oscuridad lo que fue permitiendo solapar perversidades e ilegalidades amparadas por la impunidad de un régimen que vino fraguando un estilo de Estado “forajido”. El apetito de poder fue estimulándose cada vez más, toda vez que la codicia del empedernido dictador se hizo directamente proporcional a los recursos provenientes de los jugosos ingresos petroleros que caracterizaron el comportamiento del correspondiente mercado que signó el primer decenio del siglo XXI. 

Los tiempos que siguieron fueron desventajosos. La popularidad del gobernante comienza a declinar por cuanto el populismo forjado a través del indefinido socialismo, se utilizó a manera de burdo pretexto para expoliar los factores de producción de los cuales se valía Venezuela para sostenerse en medio de la debacle que comenzaba a pulular. Así fue, luego que los ingresos de la renta petrolera, igualmente, se vieron contraídos al extremo que afectó la tendencia, ya débil, de la productividad venezolana. 

A la par de tan obstruidas condiciones, el régimen siguió dejando al arbitrio de las circunstancias, la noción de dignidad. Nunca entendió lo que asintió la Constitución de 1999 cuando su artículo 3, fuera redactado en pos de tan noble referente. Describe este precepto que “el Estado tiene como fines esenciales la defensa y el desarrollo de la persona y el respeto a la dignidad” Y aun cuando dicha consideración puede resonar en la espiritualidad del venezolano, el constituyente olvidó recalcar su importancia. Tanto así que dicho valor, si bien es referido siete veces más, se hace a desdén de meritorias implicaciones que darían cuenta de su esencia y trascendencia. Sus alusiones, comprometen mezquinamente el deber del Estado a cumplir obligaciones más por el interés político de exaltar la gestión de gobierno en curso, que por la necesidad de exhortar su sentido como valor ciudadano. 

Pero a pesar de que para el régimen la dignidad que alude el texto constitucional suena a cumplidos exentos de la estimación necesaria, para venezolanos de convicciones democráticas la dignidad ha sido la fuerza que ha animado las esperanzas a partir de las cuales enarbola los sentimientos de libertad sobre los que descansa su espíritu luchador y perseverante. Por eso el venezolano demócrata, decidió afrontar las impudicias de un régimen amilanado y pusilánime, en la calle. Decidió demostrar que su dignidad es el bastión de la moral que precederá y presidirá los cambios políticos por venir. Porque para estos venezolanos que, con arrojo han soportado la pestilencia que destilan estos gobernantes de verbo impropio, y embarrados de excrementos del diablo, su dignidad se convirtió en la conciencia de su existencia, en el paroxismo de la vida. 

En medio del caos sembrado por un régimen anulado por su misma opacidad, la dignidad del venezolano se transformó en el mejor escudo con el cual hace posible resistir los embates de una violencia desalmada, de una tiranía obscena, de la desvergüenza hecha gobierno. Por tantas razones juntas, es fundamental significar que para defenestrar tanto impudor con altaneras ínfulas de gobernante socarrón, es ineludible e inminente actuar en lo sucesivo con sentido nacionalista e institucional profundamente apegado a postulados de la pedagogía de la dignidad. 

Cuando no existe distancia entre el deber y el poder, se pierde la capacidad de detectar y otear cualquier peligro que amenace la socialización como principio de libertad y autonomía.

Antonio José Monagas
antoniomonagas@gmail.com
@ajmonagas
Merida - Venezuela 

domingo, 23 de abril de 2017

ANTONIO JOSÉ MONAGAS, LOS NIVELES DE LA REPRESIÓN EN VENEZUELA

PIDO LA PALABRA Y VENTANA DE PAPEL

La alteración o ruptura de la institucionalidad establecida constitucionalmente, dio al traste la forma del Estado, el ejercicio de la soberanía nacional y la división del Poder Público.

La dinámica política es enfática. Los cambios que caracterizan el discurrir de estos últimos años, son reveladores del ímpetu con el cual la política determina el camino de los pueblos. De cómo la política traza el ritmo de los tiempos. De manera que no hay duda de la fuerza que contiene la política, para transformar realidades tan rápido como inmediatamente. 

Las variaciones de las situaciones que vienen aconteciendo no sólo en Venezuela, sino también en cada rincón del mundo, dan cuenta de la magnitud del impacto político cuyos efectos son capaces de construir o destruir todo lo que se cruce o se interponga en su paso. Pero ante lo arriba descrito, se hace necesario explicar su razón. 

Todo ello deriva del problema que se configura alrededor del egoísmo que detenta el hombre en tanto que sentimiento posee la capacidad emocional, física y psicológica, así como condiciones éticas, conceptuales e ideológicas, capaces de motivar reacciones que llevan al ser humano a actuar a la defensiva u ofensiva frente a acontecimientos que, a juicio propio, puede considerar amenazadores ante objetivos y expectativas de vida definidas desde una perspectiva individual o colectiva. 

Adam Smith, en su obra La Riqueza de las Naciones, (1762)  ya había aludido a factores subjetivos que condicionan las preferencias y decisiones del hombre en su afán por elevar su nivel de vida. En su interpretación de la riqueza de una nación, describe cómo es posible el ajuste del desarrollo de una sociedad humana a los valores y motivaciones que la incitan. Por eso explica el papel que juega el egoísmo como actitud mediante la cual el hombre se plantea sostener un nivel adecuado de bienestar individual, así como razones para equilibrar sus deseos personales con las realidades donde circunscribe su vida social, económica y política. Ello lo refiere aduciendo que la vida es el resultado del libre ejercicio del “interés individual que beneficia exitosamente al bien común en la solución de problemas y satisfacción de necesidades propias”. 

Ahora bien. Si este problema se traslada a la política para desde su ámbito causal justificar cambios que lejos de consolidar y aupar procesos sociales, terminan por desguarnecerlos de consideraciones que alientan sus principios y razones, es posible hallar argumentos que confirmen las desviaciones de las que ha resultado ser cuestionado objeto inculpado de las consecuencias que incita. Precisamente en su interés por asentir su fuerza doctrinal, con esos mismos argumentos busca convalidar la coerción aducida como criterio a los fines de imponer su autoridad valiéndose de prácticas desmesuradas de represión. Formas éstas que al desglosarse de su conjunto, revelan el exagerado grado de violencia intrínseco a sus concepciones. 

El caso Venezuela es ejemplo patético del grado de desviación o aberración, con el cual el régimen autoritario se vale de dicho principio profundamente explicado por Max Weber en su libro: Economía y Sociedad. Es así que al apostar a sostenerse en el poder, indistintamente de la ilegitimidad que define su postura, utiliza métodos no sólo ilegales. Al mismo tiempo, mecanismos intensamente represivos pues en ellos el régimen ha conseguido la fórmula, aunque de autoría castrista, para lograr que sus amenazas, propias de una retórica ramplona, se convirtieran en una especie de condena cuyo efecto demoledor inhibiera las protestas propias de este tipo de soborno físico. 

Precisamente, con motivo de las decisiones aprobadas en principio por la Sala Constitucional del tribunal supremo de justicia (con minúsculas), las cuales han pretendido despojar de las atribuciones y facultades que la Constitución Nacional, basada en el criterio jurídico-político de separación de poderes, le establece al Poder Legislativo. Tan aberrante situación, sumada a otras más que vinieron sancionándose por tan ilegítima instancia judicial, luego del momento en que la oposición democrática obtuvo las dos terceras partes de los escaños del Parlamento Nacional, dio pié a que la paciencia del país político se desbordara y se tradujera en reiteradas manifestaciones de protestas y de resistencia civil. Fue oportunidad para que el pueblo demostrara finalmente su acumulada resignación y contenida indignación al gobierno ante los descarnados atropellos que trastocaron el abastecimiento de alimentos, medicamentos y rubros de todo tenor.

En consecuencia, el país recién entró en una fase de legítima y necesaria desobediencia. Además, calificada como derecho constitucional (Artículo 350). Prácticamente, Venezuela se paralizó o quedó suspendida entre reacciones que desesperaron al alto gobierno. Más, cuando el miedo consumió el “orden” interno que mantenía a las filas del partido de gobierno subordinadas a insolentes politiqueros con ínfulas militaristas. La alteración o ruptura de la institucionalidad establecida constitucionalmente, dio al traste la forma del Estado, el ejercicio de la soberanía nacional y la división del Poder Público. De manera que el gobierno central, aturdido ante este tipo de problema irresuelto ante su efímera capacidad de gobierno, optó por medidas cuya severidad lo obligó a actuar apegado a la fórmula del Estado Opresor. Fue el momento para que el régimen exhibiera su condición tiránica. Así apeló a reprimir desmedidamente a la población por tres vías. Primeramente, acudiendo a las fuerzas de seguridad pública representada por la Policía Nacional Bolivariana. Luego, entra en acción la retorcida Guardia Nacional, ahora adosada al remoquete de “Bolivariana”. Y como “guinda de torta”, permite la violenta intromisión de facinerosos organizados para robar, agredir y hasta asesinar ante los ojos complacientes de quienes comandan las fuerzas del Estado-opresor y Estado-victimario. He ahí los círculos de la embestida gubernamental cuando actúa en nombre de la paz (del cementerio). Es lo que traduce la manida expresión de “gobierno cívico-militar”. Son los niveles de la represión.

VENTANA DE PAPEL

ATRINCHERADO EN EL PODER

Para el pusilánime, para el agazapado, “todo hueco es trinchera”. Todo escondrijo es cual muralla, lo suficientemente conforme para que funja de defensa ante la cobardía que lo apresa, lo amordaza y lo sujeta de manos, brazos y hasta de ideas. Así es como se ve al actual gobierno nacional toda vez que sus decisiones son razones de escondite o de escape. Aunque no sólo de escape o huida hacia delante o hacia atrás. También, como se dice, sus ejecutorias u órdenes de cual “comando mercenario”, evidencian un escape por la tangente. Parafraseando la teoría política, sus determinaciones revelan actos de traición a su propia palabra.

El hecho de presumir actuar a instancia de los preceptos constitucionales sin respeto a lo establecido taxativamente por la referida letra legislativa, es manifestación absoluta de “desacato” llano y simple. Aunque igualmente, puede considerarse como expresión de ramplona burla. O sea, sarcasmo o mofa de la peor calaña. Traición al mejor estilo arribista y orillero.

Sin embargo, el problema de tan vulgar y desvergonzada desfachatez, obedece a distintas razones. Entre otras, y atendiendo la importancia de causa, cabe mencionar la razón de tipo meramente política. Pero no política en el entendido del concepto más elevado de “política”. Sino según lo que el término “política”, descubre de cara a burdos intereses facinerosos y groseramente viscerales.  Otra razón que explica tan gruesa irreverencia del régimen hacia el más excelso significado del vocablo “patria”, se encuentra en el fondo de lo que cada “bolsillo revolucionario” puede juntar. De manera de tener la posibilidad de disfrutar la vida en su más excelsa plenitud, pero “vacilándosela” donde mejor pueda. Y que efectivamente, no es en Venezuela, pues en el país no podría, ni tampoco debería por simple deducción al absurdo, un revolucionario quitarse el disfraz de “socialista” ya que sería un desparpajo de absoluta aberración. Lo haría donde su “capital” le rinda los mejores beneficios.

Estas dos razones entre muchas de igual repercusión, incluso moral, ética y hasta de corte histórico, dejan al descubierto lo que encubre tantas medidas gubernamentales profundamente contradictorias, que solamente dejan ver un régimen vulgar, arrogante, inepto, soberbio, insolente, confundido, equivocado y obstinadamente, atrincherado en el poder.  

“Un gobierno que presuma de las virtudes de sus conductores, tanto como de la notoriedad del proyecto de gobierno que detenta, es porque  está escondiendo las carencias que padece”

Antonio José Monagas
antoniomonagas@gmail.com
@ajmonagas
Merida - Venezuela


domingo, 16 de abril de 2017

ANTONIO JOSÉ MONAGAS, “AMOR” EN TIEMPOS DE TIRANÍA

PIDO LA PALABRA Y VENTANA DE PAPEL

El país político advirtió la rotura del estamento constitucional al violarse la ilación de preceptos que ensamblan la institucionalidad del sistema político ordenado por la Constitución venezolana.

La violación de los derechos constitucionales en Venezuela ha alcanzado tal grado de exasperación, que el ejercicio de la gestión pública, ejercida por el alto gobierno en los últimos años, rompió las barreras de la resignación, la conformidad y de la paciencia al abusar de la autoridad. O sea, trasgrediendo las prerrogativas que las leyes le confieren. Cada discurso presidencial, ha pecado de falsas acusaciones, cruentas humillaciones. Pero sobre todo, insolentes señalamientos que inculpan, sin prueba alguna, a quien cuestione las desvergonzadas e ilegales arbitrariedades cometidas por un gobierno cargado de la vulgaridad y soberbia propia de todo tirano.

Cada pronunciamiento de algún alto funcionario, expresa no sólo injuria y difamación. También, es contentivo de una alevosa manifestación de prepotencia. O de un desquiciado sentido de superioridad, que calza exactamente con el tamaño de la indecencia y del desconocimiento. Además, cargado del atrevimiento de todo ignorante capaz de asomar tanta torpeza, sin que logre comprender la necesidad y obligación de recular o de excusarse ante el dislate cometido. Las disonancias de lenguaje y expuestas órdenes de presumida cuartelaría, son demostrativas del primitivismo político que viene caracterizando la contrariada y cuestionada labor gubernamental. 

Lo que se ha visto durante estas dos últimas semanas a lo largo y ancho de Venezuela, ha sido en respuesta al paroxismo alcanzado ante la animosidad del régimen no sólo por mantenerse en el poder, a pesar de la ilegitimidad y exagerado nivel de maniobras con el cual ha intentado delictuosos hechos de inconstitucional tenor e ilegal cometido. Debe reconocerse que el régimen venezolano forzó toda medida de aceptada legalidad, mediante arbitrariedades logradas a la fuerza Así pudo desprenderse de las ataduras constitucionales que obligan al Poder Público Nacional a someterse a lo que la ley consagra como norma. Sin embargo, el Poder Ejecutivo, sordo, ciego y mudo ante las decisiones tomadas, y en complicidad con ilegítimos magistrados adscritos a la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de (In)Justicia, puso al descubierto la sucia jugada de asaltar al Poder Legislativo valiéndose del predominio del cual goza a través de conspicuos asociados colocados en cargos claves relacionados con la elaboración de las torcidas decisiones que luego procedió a hacer efectivas.

Así el alto gobierno, se voló el ordenamiento jurídico abusando de la autoridad que le permite actuar desde las alturas del poder. En consecuencia, el país político advirtió la rotura del estamento constitucional al violarse la ilación de preceptos que ensamblan la institucionalidad del sistema político ordenado por la Constitución venezolana. Esta situación tuvo eco en una población agobiada, maltratada y vapuleada. En una población con hambre y con enfermedades. En una población sin un empleo que le asegure el sustento ya que el régimen se ha empeñado en incumplir su decretado compromiso de “estabilidad laboral”. Por otra parte, ha sido consecuente con la impúdica política de desconocer derechos que exhortan libertades económicas que resguardan la propiedad privada de intrusos agentes de  la economía y hasta del gobierno. Pero las realidades de estos días, demostraron que la paciencia llegó al límite superior y se desbordó en protestas que, la misma Constitución, permite y exalta como derecho humano adquirido. Tan convulsiva situación hizo que la paciencia popular explotara e implocionara. Pero también llevó a la exacerbación de la resistencia que venía asumiendo como conducta social. 

La presunción inconstitucional de desconocer al Poder Legislativo para sustituirlo por el ilegítimo fuero de la Sala Constitucional, sumado a decisiones de revolver y transgredir la convivencia social basada en el pluralismo político y democrático, tanto como la persecución a dirigentes políticos, y a quienes llegan a opinar en desmedro de las mentiras y trampas ordenadas y cometidas por el régimen, provocó el necesario enfrentamiento de sectores populares a las desmedidas imposiciones gubernamentales. 

Tanto ha sido el nivel de confrontación, que la justicia gubernamental se volvió plastilina. El diálogo pretendido entre actores de la oposición y agentes del gobierno, quedó sin oportunidades ni alternativas cónsonas con lo que pudo haber logrado lo políticamente ansiado por la unión organizada de factores de oposición. La inmadurez política demostrada por el régimen, hizo pensar que se estaba fraguando un Golpe de Estado desde el Imperio. Y con el auxilio de una oposición sectaria. Cuando contrario a dicho cuadro de falsedades, las realidades fueron el mejor retrato del engaño diseñado seguramente por colaboradores cubanos. La situación que de ello resultó, hizo ver que todo fue una manipulación concertada entre altos funcionarios con el propósito de asegurar el enroque sobre el cual ha venido sosteniéndose a duras penas, pues su popularidad se vino al suelo. La militancia del partido del oficialismo, se desgranó en tanto toletes como cuadros revestidos de decepción por el mal gobierno adelantado.

La furia producida en la maltratada población venezolana por tanto abuso gubernamental y humillación padecida, alcanzó su máximo apogeo cuando el gobierno -subestimando la indignación del pueblo- el pasado 11-A, convocó a un acto de masas en San Félix, Edo. Bolívar, con la burda excusa de conmemorar el bicentenario de la Batalla de San Félix. El enardecimiento y la iracundia contenida por dicha población, se tradujo en arrebato de violencia al término de un discurso presidencial cargado del más asqueroso populismo. A su salida, la comitiva presidencial fue objeto de contundentes y aireados reclamos, lo que no fue óbice para que le lanzaran huevos, tomates y piedras que dieron en la humanidad de algunos funcionarios y oficialistas. 

Tan inaudita acción, demostró que se perdió el miedo frente a la represión armada con la cual responde el régimen. Inclusive, con la impune intervención de civiles armados. Aunque el hecho no pasó a mayores, significó una abierta demostración de que el pueblo se hastió de tanta indolencia gubernamental. Su clamor es desatendido por el alto gobierno lo cual es entendido como descarada burla. 

De estos sucesos se aprendió que “quien se empeña en pegarle una pedrada a la luna, no lo conseguirá. Pero terminará sabiendo manejar la honda” (Proverbio árabe). Es claro que todo ello no fue ninguna respuesta de amor o de apoyo al gobierno nacional, tal como fue insinuado por algunos afectos al régimen. Aunque si pudiera verse como una contrariada expresión de “amor” en tiempos de tiranía. 

VENTANA DE PAPEL
  
CAMBIO DE FRECUENCIA

La historia es reveladora y fehaciente testimonio del poder de la oración. No sólo la Biblia lo confirma. También, los hechos sucedidos en medio de tempestades físicas, espirituales, militares Y desde luego, políticas. Sobre todo, ante el furor que una crisis política incita pues las desgracias que éstas acarrean, no sólo inhiben libertades. También, inducen estampidas cuya fuerza de arrastre genera los peores vendavales y tsunamis que jamás se hayan visto o imaginado.

De ahí que la oración se convierte en un arma tan poderosa como la de mayor potencia. Aunque la diferencia estriba en que un arma militar tiene efectos destructores pues su objetivo es arrasar con una realidad que, a juicio de quienes dirigen la fuerza armada, entorpece propósitos encaminados a ganar espacios políticos sobre los cuales se articularán nuevos intereses. Más de naturaleza económica y mercantilista, que de otra índole que pueda animar el desarrollo económico y social. Aunque la historia revela crasas excepciones.

La oración, por su parte, tiene la capacidad de inducir emociones y sentimientos que igualmente producen un sacudón. Pero de espiritualidad. De tal forma y magnitud, que es capaz de transformar actitudes, cambiar perfiles, adecuar condiciones, modificar consideraciones y reformar aptitudes. Es decir, la oración provoca un cambio de frecuencia a nivel de todo aquello que es susceptible de variación hacia lo mejor, hacia lo sano y lo constructivo por cuanto incita el crecimiento de cuanta humanidad haya estado aletargada, paralizada o desviada del camino de la solidaridad, la comprensión y la verdad.

La oración trasmuta disposiciones. Pero más aún, la creencia de estar obrando en consonancia con el bien, cuando en el fondo podría estar causando el peor mal que puede animar una decisión tomada arbitrariamente, o al margen de toda consecuencia posible. La oración pronunciada desde el alma, tiene la potestad de lograr el equilibrio espiritual y asentir en su justo lugar, valores morales hoy tan deliberados. Pero igualmente, desatendidos por quienes viven ofuscados ante la tentación que brinda el poder como instrumento de violencia y como equivocado ejercicio de ordenamiento. La oración tiene el impulso para hacer ver que muchas intenciones políticas, tienen un errado asidero pues se dictaminan como órdenes sin siquiera considerar sus verdaderos alcances. La oración sabe develar el error que se comete cuando se abordan criterios de justicia, libertad, democracia, igualdad encapsulados en la ambición, la obstinación y el resentimiento.

Razones éstas, justifican la necesidad de orar desde el alma y con el convencimiento de su eficacia y trascendencia. La oración es pues el mejor instrumento para lograr la necesaria transformación que claman obtusas y confusas realidades siempre avivadas por una política retorcida. Más, la oración elevada desde lugares de crítica realidad, sin duda alguna, provoca un real y hondo “cambio de frecuencia”. 

“ Cuando la política gubernamental alude al amor como razón para reivindicar ideales, está desviando el sentido que estructura su concepción. Por eso, la política busca justificarse en su capacidad para entrometerse hasta en el amor y así manipular los intereses que lucen convenientes a sus ámbitos de intervención”


Antonio José Monagas
antoniomonagas@gmail.com
@ajmonagas
Merida - Venezuela

domingo, 26 de marzo de 2017

ANTONIO JOSÉ MONAGAS, CIUDAD SIN LEY

PIDO LA PALABRA

Es incierto cualquier augurio alrededor de lo que esta situación de desmedida arbitrariedad, pueda determinar. Sobre todo, tratándose del perjuicio que órdenes gubernamentales puedan decidir contra la autonomía universitaria.

¿Cómo puede doblegarse el espíritu universitario en el choque entre la indolencia disfrazada de gobierno y la infamia  pintada con los colores de la bandera nacional colocada en el brazo al mejor estilo nazi?

 ¿Cómo un egresado de la universidad autónoma, popular, crítica y democrática, puede actuar sin la más mínima consideración en contra de los espacios que dieron sentido, valor y conocimiento a su vida? Y si la envidia desplaza propósitos de nobleza en quien se tambalea al primer llamado del poder político, ¿nadie podrá sorprenderse cuando la corrupción lo corrompa?

Estas preguntas vienen a colación ante los problemas que padece la universidad autónoma venezolana por causa del maltrato que recibe de impúdicos actores políticos gubernamentales, de cara a la omisión de la cual hace gala las fuerzas del orden público y seguridad del Estado venezolano frente a las agresiones de las que es víctima incesante. No es otra realidad distinta de aquella en la que la impunidad en complicidad con la perversidad, se asocian para vulnerar, ultrajar y envilecer instituciones cuyas acciones y manifestaciones resultan incomodas a intereses operados por instancias de un gobierno dedicado a ocultar verdades y desvirtuar principios de ciudadanía que no encajan con los juegos groseros del poder político.

En tiempos recientes, a decir por los acontecimientos que vienen afectando el discurrir de la universidad autonómica venezolana, las realidades políticas se han visto embadurnadas de las más apestosas condicionantes. Sobre todo, a consecuencia de la desidia que pesa sobre una administración de justicia lerda que pareciera haber relegado el Estado de Derecho. O peor aún, que no existe pues no es difícil advertir funcionarios, fanáticos y oficialistas desconocer la normativa constitucional. El régimen viene sumando furibundos a sus órdenes para que ignoren las pautas más elementales del comportamiento democrático. Sin que sobre estas personas recaiga sanción judicial alguna.

Es incierto cualquier augurio alrededor de lo que esta situación de desmedida arbitrariedad, pueda determinar. Sobre todo, tratándose del perjuicio que órdenes gubernamentales puedan decidir contra la autonomía universitaria. Ya ello ha alcanzado mucho daño. Robos, atropellos, acusaciones infundadas, detenciones. O sea, expresiones todas apuntaladas en el miedo a que la universidad siga divulgando sus capacidades y potencialidades que alientan libertad para crear, pensar, construir país y ciudadanía y criticar apostándole al desarrollo del país. 

La universidad vive confrontando acciones que no se corresponden con lo que desde sus aulas y laboratorios se enseña y exalta como conocimiento. El asedio se da sin conocerse razones válidas, ni tampoco pertinentes, que luego lo ejercen mediante métodos chapuceros, indecentes y colmado de toda la violencia posible. Podría decirse que los predios universitarios se ven como un “estado de sitio”. Pero dirigido por encapuchados que, para justificar la insolencia que sus actos revelan, y para encubrir el respeto que no saben ni se atreven a brindar a la institución, se reducen a descargar con rabia colérica lo que escasamente le indican las órdenes de los activistas del resentimiento, del oprobio y del infortunio.

En medio de tan anárquico laberinto, la universidad ve mermada -por ratos- su impronta institucional. Más, cuando sus agresores son reivindicados por el discurso gubernamental. O también, cuando la algarabía conceptual enmaraña la dirección de compromisos que alguna vez pretendieron elevarse desde una palabra equivocadamente acentuada con alevosa entonación populista. Aunque la historia es vehemente cuando se trata de demostrar la dureza de la piel que cubre el músculo académico. Ello, muy a pesar de que, transitoriamente, el ámbito que circunscribe la universidad en función de su misión transformadora de la sociedad, pueda ser el de una “ciudad sin ley”.

Antonio José Monagas
antoniomonagas@gmail.com
@ajmonagas
Merida - Venezuela

domingo, 19 de marzo de 2017

ANTONIO JOSÉ MONAGAS, CUANDO LA AUTONOMÍA UNIVERSITARIA SE RESIENTE

PIDO LA PALABRA

La historia de la universidad, es descriptiva de repetidos enfrentamientos con quienes buscan apagarla, someterla o diezmarla en función de conveniencias pérfidas.

La dinámica política rebasa no sólo dimensiones de espacio y tiempo. También supera restricciones. Incluso, precisiones. Porque la política es la esencia de la vida misma. De la vida de toda sociedad. De todo proyecto humano que se plantee objetivos de existencia. De toda coyuntura individual o colectiva. Y hasta de toda organización, empresa o institución.
  
Por eso la universidad, al igual que otra corporación que reúne individuos para crear, maneja y evaluar conocimientos tanto como para sembrar, cultivar y divulgar saberes, no escapa del ámbito en el cual se moviliza la política. Todo así, por cuanto la universidad es un actor social con la disposición necesaria para intervenir, inducir o transformar procesos que discurren entre combinaciones de ocurrencias o de modo aislado.  Pero cuando esta universidad tropieza con intereses azuzados por factores reñidos con razones sociales, económicas o culturales, no logra traspasar o tramontar las circunstancias que ocasiona el hombre cuando se resiente en su devenir por la vida. Todo ello, por causa de dificultades que frenan sus ambiciones, anhelos o ideales.

Es lo que induce, entre otras razones, las que devienen en argumentos para borrar las huellas del camino que traza cuando se escribe la historia. Esto dicho así, exalta una inmutable verdad que acontece alrededor de la vida de toda sociedad que se precie de sus instituciones como adalides de su crecimiento y desarrollo. Realidades de este tipo se prestan para esculpir formas que encubren valores y principios sobre los cuales deben depararse las fuerzas que cimientan instituciones montadas sobre derechos, facultades y responsabilidades apegadas a la autonomía como expresión de libertad. 

Este es el problema que está padeciendo la universidad venezolana toda vez que sus dirigentes se refugian ante el miedo que se ventila desde los más altos escaños del poder político. Pero también, por culpa no sólo del desconocimiento en autoridades universitarias alrededor de lo que envuelve la gerencia universitaria, la espiritualidad del universitario y las implicaciones del término “autonomía universitaria” en lo que respecta al manejo filosófico, sociológico y administrativo de la universidad en su concepción. Es decir, la carencia de estas tres aristas que configuran el triángulo de gobierno entendido como esquema representativo de la “gobernanza y gobernabilidad de la universidad”. 

Y no es que esta consideración busque impugnar el sentido político que compromete el hecho de reconocer a la universidad como instancia de política. Pues como refiere el inicio de esta disertación, no hay nada más integrado a la naturaleza del hombre que no sea la política. Ya lo explicaban insignes pensadores. De Platón en adelante.

Tampoco es que la universidad “está muerta” ni mucho menos. Por lo contrario, está más viva que nunca ya que de haber fallecido, el oscurantismo sería el paradigma que arroparía toda intención de conducción política, económica y social. Afortunadamente, nada de eso está sucediéndose. El hecho de advertir que la universidad venezolana está padeciendo de dificultades que han provocado su extravío, no significa que languidece a consecuencia de los azotes que le propina un poder político que continúa pataleando a pesar de haber cavado su tumba y verse enterrado bajo el peso de sus propias culpas, males y trampas.

Así que no suele ser extraño que cualquier institución puede evitar debilitarse como resultado de los desafueros no controlables que el entorno incite a manifestarse. Asimismo, a perturbar. Pero de ahí a caer menguada ante el asedio de enemigos internos o externos, es otra cosa. Y la historia de la universidad, es descriptiva de repetidos enfrentamientos con quienes buscan apagarla, someterla o diezmarla en función de conveniencias pérfidas. Por tanto, no cabe duda alguna de que la universidad sabe resistir los embates que la asedian. La historia es el mejor testimonio de tanto valor. Es la misma situación que vive no sólo cuando sus fortalezas se ven abatidas. Es también el problema de cuando la autonomía universitaria se resiente.

Antonio José Monagas
antoniomonagas@gmail.com
@ajmonagas
Merida - Venezuela

domingo, 12 de marzo de 2017

ANTONIO JOSÉ MONAGAS, ¿CONFORMISMO, MIEDO O APATÍA?

PIDO LA PALABRA

Ante la avalancha de problemas que sorprendieron al país, el venezolano se vio absorbido por la indiferencia que lo sacudió. Tanto fue, que recurrió a argucias que además de zarandearlo, terminó apocándolo.

Entre las tácticas políticas tomadas de cualquier manual de guerra militar, está la de confundir al enemigo. Práctica ésta tan antigua, que el mismo Sun Tzu, hace más de dos mil quinientos años, elaboró con propósitos bélicos específicos. Confundir, ha servido también como estrategia. La intención, más que enmarañar situaciones que permitan alcanzar la victoria rápidamente, luego de complicar las condiciones alrededor de las cuales se establece la insurrección, es asentir consideraciones capaces de inducir el engaño necesario por el cual el enemigo tienda a imaginarse realidades que por presumidas, son equivocadas. Es el momento para desguarnecer al enemigo sin que advierta la maniobra del contrario.

Es la idea que desde el ejercicio de la política, buscan concretar quienes abusando de facultades y recursos, llevan adelante para así ganar el espacio político suficiente que pueda garantizar la victoria deseada y trajinada. Sólo que no siempre dicha táctica deviene en triunfo. Sobre todo, cuando la confusión perseguida, se convierte en el problema que mantiene inmovilizado a quien intenta arreciar el conflicto desde la palestra del poder.

Tan grave maraña resulta en una crisis de voluntad política que arrastra otra crisis de tipo emocional y que, por natural reacción, toca situaciones políticas dominadas por presunciones que no alcanzan realidades concretas. Justamente, el caldo de cultivo de situación-problemas con la capacidad intrínseca para desmontar cualquier configuración que la historia haya podido elaborar en beneficio de las tradiciones sobre las cuales cabalga la cultura de una sociedad.

Es precisamente, el lugar común que ocupa el conformismo como recurso de resignación de una población ante la posibilidad de verse atropellada por las contingencias provocadas por un gobierno obtuso y reaccionario. Pero también, es lugar común de los miedos que alimentan la anomia entendida como el estado de desorganización social a partir del cual se alimenta el desmantelamiento de normas tan esenciales como las constitucionales. Pero al lado de estas realidades, puede igualmente surgir la apatía a consecuencia de la desmoralización que afecta a una población irrumpida por la subestimación en la que se sumerge por causa de la crisis de voluntad política que la atrapa.


Este es el problema que padece el venezolano toda vez que la estrategia de confusión azuzada por un alto gobierno igual o peormente enredado por propuestas que no alcanzó a cumplir, por desesperación tanto como por ineptitud, hizo que arreciaran dificultades de todo orden y naturaleza. Hacia fuera y hacia adentro. En medio de tal desguace de fortalezas, comenzó a afectarse la idiosincrasia del venezolano reduciendo sus expectativas al menor grado posible. Tanto, que ante la avalancha de problemas que sorprendieron al país, el venezolano se vio absorbido por la indiferencia que lo sacudió. Tanto fue, que recurrió a argucias que además de zarandearlo, terminó apocándolo. Para ello, se obligó a inventarse fórmulas de supervivencia económica y de subsistencia política. Así nació el bachaquero. Se potenció la delincuencia. Se multiplicó la corrupción en todas sus manifestaciones. El país se tornó un revoltillo del quinto infierno. Y todo derivó de posturas asumidas por venezolanos que se resignaron a vivir entre ¿el conformismo, el miedo o la apatía?

Antonio José Monagas
antoniomonagas@gmail.com
@ajmonagas
Merida - Venezuela

domingo, 5 de marzo de 2017

ANTONIO JOSÉ MONAGAS, “¡ESO ES POLITIQUERÍA, CAMARADA!“

PIDO LA PALABRA

Hoy, por “política” apenas se tiene un poco menos que su recuerdo. O sea, postulados sin fuerza para elevar las razones por encima de las emociones.

Aunque la política se haya entendido como el ejercicio del poder tras la búsqueda de un fin trascendente, su concepción sigue sin complacer a todos. Desde Aristóteles, el estudio de la política constituye uno de los pivotes desde donde es posible apalancar el mundo. Ya Nicolás Maquiavelo pudo demostrarlo cuando escribió “El Príncipe”. Max Weber también procuró lo suyo desde la sociología toda vez que estudió la política desde la perspectiva del Estado. Karl Marx, también se planteó la misma necesidad cognitiva e intelectual. Sólo que éste abordó el problema de conceptuar la política, desde la crítica que hace de la sociedad burguesa y del Estado burgués. Sin embargo, no fue sino hasta que Hannah Arendt propuso un concepto de política que de alguna manera llegó a allanar una parte del laberinto que vino ampliándose a medida que la vida del hombre, en medio del trajín social en el que se permitió manifestar sus angustias políticas, alcanzó a complicarse sin control mayor que el que propiciara la propia dinámica política.

Arendt hizo ver por política “la vigencia, renovación y proyección de la polis como el espacio público provisto de libertad, igualdad, pluralidad, universalidad, no violencia; acción, comunicación e interacción de los seres humanos que son capaces de hablar y actuar continua y conjuntamente”. Sin embargo tan pertinente formulación, pudiera ser objeto de alguna reconsideración obligada por las vivencias políticas que, desde la década de los cuarenta del siglo XX, se han tenido. Y que por lo tanto, sin duda alguna, durante ese tiempo que ocupa hasta el presente, han estallado no sólo viejas categorías de comprensión. También, obcecadas formas de adecuar variables de coyuntura a determinaciones actuales.

En consecuencia, luciría propio pensar en su concepción de cara a las realidades vigentes. Habida cuenta que la política, lejos de conciliar posturas encontradas y reforzar mecanismos de integración que consoliden esfuerzos adelantados por actores mancomunados frente a propuestas de desarrollo local, regional y nacional, enrareció ámbitos sociales y económicos. Ofuscó escenarios que luego de riesgosas maromas y escarceos, terminaron por dejarse arrastrar hacia agudas crisis políticas que, además de profundas, envuelven el comportamiento de todo un Estado-nación.

Lo transcurrido del siglo XXI, se ha caracterizado por situaciones de profundos conflictos, dada razones que solamente se explican en la magnitud del desorden alcanzado. Es decir, de realidades donde la política dejó de estar en el sitial que, la historia de las ideas y del desarrollo humano, le concedió. Sólo que en estos tiempos, las ideas parecieran haberse agotado. Y el desarrollo humano, haberse detenido. Es lo que ha sucedido en Venezuela, aún cuando suena paradójico. Y es que las realidades hablan por sí solas cuando dan cuenta de estarse abonando, nuevamente, los terrenos de la antipolítica tal como ocurrió durante el último decenio del siglo XX.

La precaria cultura política de estos gobernantes, azuzada por el pragmatismo y el vulgar inmediatismo, convirtieron la gestión pública en un teatro bufo. En un espectáculo de patética exhibición, que ni siquiera aplausos animó a pesar de las chocantes  payasadas que tuvieron lugar como parte del acto central. Es decir, lo que podía entenderse como “política”, derivó en desnudas declaraciones de principios que sólo advirtieron problemas de coyuntura como si de problemas estructurales se tratara. El interés gubernamental, volcó su atención hacia los problemas intermedios del sistema político abandonando en consecuencia los problemas terminales del sistema social. Dicho esto de modo llano, el régimen se dedicó a paliar o a atenuar cuanta anomalía, dificultad, inconveniente o aprieto le descarriara el populismo trazado como proyecto de gobierno.


Toda la gestión pública se redujo a un escueto malabarismo que terminó agravando los problemas que padecía el país al ocaso del siglo XX. La elaboración de políticas públicas, no contó con el aval conceptual ni metodológico propio, ni tampoco con los estudios pertinentes que la formulación de estos mecanismos de dirección política, económica y social asientan ante las exigencias de desarrollo nacional. 

De manera que a la vuelta de 17 años de equivocados ejercicios de gobierno, el régimen se vio sin la capacidad para afrontar los cambios que la incertidumbre está permanentemente acuciando. A casi dos décadas de 1999, del momento en que arriba al poder un proyecto político con más agujeros y atascos que rellenos y rellanos, el país luce fundido, desperdigadas sus fortalezas y amenazado por todos los ángulos posibles. 

La política, como condición de poder, la forjaron hasta llevarla a su mínima expresión. Violentaron sus capacidades. Hoy, por “política” apenas se tiene un poco menos que su recuerdo, sin fuerza para elevar las razones por encima de las emociones. Puede decirse que lo que estos tiempos tienen por “política”, es un remedo de lo que en un principio fue. No hay espacio a dudar de que ahora esto es otra cosa. Sin duda que ¡eso es politiquería, camarada!

Antonio José Monagas
antoniomonagas@gmail.com
@ajmonagas
Merida - Venezuela

domingo, 26 de febrero de 2017

ANTONIO JOSÉ MONAGAS, LÉXICO DICTATORIAL

PIDO LA PALABRA

La codicia de gobernantes con ínfulas de mandones, es razón para desubicar todo discurso político del contexto en el cual se estructura la palabra respetuosa y debidamente entendida como recurso de poder.

En estos años del siglo XXI, la vida del hombre ha venido subordinándose a las contingencias que solaparon las realidades. La dinámica social, por ejemplo, ha sido tan sometida por las arbitrariedades de gobiernos despóticos, que se vio condicionada por las intemperancias suscitadas de situaciones vacilantes en términos de los desequilibrios políticos y económicos que suceden como parte de la movilidad diaria de una sociedad o nación. Esto ocurre, generalmente, cuando ese mismo conglomerado no logra atinar en la conducción de procesos políticos o económicos caracterizados por la incidencia de tensiones, conflictos o desarreglos de mayúsculo tenor. Sin duda alguna que los temores que se desatan de dichas intenciones y gestiones, se ven acompañadas de lo que significa superar tan temerarios peligros existenciales. De tan engorrosas realidades, no es difícil advertir problemas que comprometen las distintas formas de comunicación previstas para mediar respuestas y soluciones. Particularmente, con base en el manejo de un lenguajes conciso pero bastante preciso. No sólo el lenguaje como sistema de comunicación social, fundamento demostrativo de la racionalidad humana. Igualmente, como razón de comprensión de la política, la economía y la cultura que hilvana intereses y necesidades sociales.

Se habla de la quiebra del lenguaje. Ello, a manera de asomar los problemas que afronta el vocabulario como facultad que caracteriza al hombre para expresarse en medio de contingencias y necesidades mediante las cuales se hace posible manifestar opiniones entre la diversidad de posturas que imprimen sentido a la vida. Aunque bien debe reconocerse que dicho propósito ha venido sumiéndose en terrenos contaminados por la vulgaridad, la celeridad y la violencia dialéctica que desesperadamente ha alentado procesos de comunicación prestos a convulsionarse por tecnologías de la información manipuladas alevosa y desmesuradamente.

Todo esto aterriza en situaciones dominadas por el escaso conocimiento del lenguaje lo cual evidencia una pobreza de comunicación política que, indefectiblemente, limita la interrelación al momento de intentar la conciliación de ideas y pensamientos. Ideas y pensamientos que podrían apuntalar todo lo que implica el poder de la palabra concebida desde la perspectiva del desarrollo de la sociedad en su conjunto.

La política suele ser permanente víctima de este género de avalanchas. Avalanchas éstas provocadas por la procacidad de quienes entregados a la insana práctica que provee la demagogia autoritaria como circunstancia, se dan a la tarea de usurpar el ejercicio democrático de la voluntad popular en nombre de un proyecto ideológico tan perturbador como inusitado. Desde tan sobrevenida trinchera, estos chantajistas de la política atentan contra la preeminencia de los derechos humanos, así como arremeten contra el Estado de Derecho y de Justicia que caracteriza un sistema político que propugna libertades, seguridad y garantías. No obstante, tan aberradas ejecutorias lucen reclinadas sobre una verborrea insolente y descocada. Propia, de una politiquería que, extrañamente, apuesta a su desprestigio sin medir las consecuencias morales y éticas que tal desparpajo arrastra a su paso.

El lenguaje utilizado por estos personajes, está alejado de un nivel aceptable. O sea, luce lejos de ser impecable dando ello lugar a apoyarse en términos de cerrada acepción pues así pueden ajustarse a discursos donde el insulto, la humillación, la amenaza y la burla da cuenta de cuanto sentido de chabacanería y grosería suscribe la manera de dirigirse al colectivo. Ello es demostración de la pobreza de vocabulario que detentan quienes encuentran en el poder político la forma más expedita para imponer decisiones, tanto como para acusar comportamientos que pongan al descubierto el carácter totalitario del gobierno en curso.

La codicia que le es propia a este tipo de gobernantes, es igualmente otra razón para desubicarse del contexto en el cual se estructura la palabra entendida como recurso de poder. Pero debe entenderse que es de poder moral. Así que una cuidadosa y concienzuda elaboración de todo pronunciamiento o declaratoria que comprometa el alcance del poder político, es garantía de ganancia del espacio político que requiere el ejercicio sano de la política. Porque cuando este arreglo dialéctico no logra corresponderse con el cuadro de problemas hacia el cual la gestión política debe dirigir su atención, está incurriendo en una falta cuya gravedad tiende a verse forzadamente “justificada” por causa de la obsesión del gobernante de arrogarse la pretendida condición de incólume. Y es justo en ese instante, cuando se ve tentado a forjar presunciones basadas en un poder político tan equivocado que venderá su dignidad al primer postor que lo persuada de ser insustituible como gobernante. Ahí, entonces, procede a hacer uso de la comunicación como recurso del poder autoritario. Por eso su lenguaje político lo despliega con el cinismo propio de quien sólo habla desde el autoritarismo desde el cual se activa toda dictadura. Esto, por supuesto, apelando al uso de un léxico dictatorial.


“El lenguaje de la política, antes que comunicacional, debe construirse y entenderse como palabra impecable en el sentido de su contenido, dirección y orientación. O sea, en cuanto a su sintaxis, sindéresis y hermenéutica”

Antonio José Monagas
antoniomonagas@gmail.com
@ajmonagas
Merida - Venezuela

domingo, 19 de febrero de 2017

ANTONIO JOSÉ MONAGAS “EL GIRO DE LA ARAÑA”

PIDO LA PALABRA
PASO EN REVERSA

La inflexión sobre la cual se asienta “el giro de la araña”, está en la traición orquestada por altos y medianos dirigentes del régimen ante lo que constituyó y se formalizó desde la palabra de cada precepto constitucional.

Aunque hablar de las arañas pareciera ser un tema de cándido matiz, en el fondo resulta ser un problema de gruesa construcción. Particularmente, por lo que significa “el giro de la araña”. Y que si bien, a simple vista, dice poco o nada, en esencia revela la traición convertida en tormentoso revuelo. O explicado de manera diáfana, es el momento en que se quebranta el compromiso dado, o la decisión tomada. Por eso, cuando se habla de lo que revela “el giro de la araña”, y que por igual alude al giro del escorpión o de la garrapata, dada su relación familiar, está poniéndose al descubierto la ofensiva que, como reacción animal, permite afrentar todo cuanto la irracionalidad puede demoler en su paso en reversa. Pero que para la araña, el escorpión o la garrapata, significa avanzar. Aunque sea invertida o volteadamente. 

El caso que desde la perspectiva analizada busca enfatizarse, aunque no apunta a explayar el problema desde la mirada de los arácnidos, tiene como intención poner de manifiesto su efecto. Pero medido desde el ejercicio de la política. Específicamente, de la política venezolana en el ínterin que vive a consecuencia del régimen dictatorial que escarmienta el país político, social y económico. 

Ciertamente, “el giro de la araña” tiene su réplica en la política. Sobre todo, al traicionarse la palabra sobre la cual descansaron las múltiples promesas que estimularon expectativas de desarrollo luego de transitar períodos de marcada dificultad instigados por problemas de gobierno que emergieron de lo que se llamó “la antipolítica”. O sea, la animadversión contra la práctica de los partidos políticos cuando el país se vio sumido en serias dificultades por la incapacidad de la política de motorizar cambios inminentes en la sociedad. Por dicha razón, los partidos políticos dogmáticos, en la fase democrática vivida durante cuarenta años, después de 1958, vieron mermadas sus fuerzas e influencias.

En medio de la vorágine que alentó tan imponentes contradicciones, luego del arribo del militarismo más recalcitrante en 1998, el país comienza a padecer una serie de profundos problemas de toda índole que terminaron arrastrando a Venezuela hacia el recrudecimiento de la crisis de Estado que ya venía dejándose notar con profunda incidencia en la dinámica política y en la económica. Habida cuenta de que la misma ya cabalgaba desde finales de la década de los ochenta, como resultado del deterioro del mercado petrolero. 

La inflexión sobre la cual se asienta “el giro de la araña”, no está en la situación de desbaste y desgaste que ha estremecido a Venezuela por causa de la corrupción de los gobernantes, afectos y acólitos del socialismo pretendido. Está, justamente, en la traición orquestada por altos y medianos dirigentes del régimen ante lo que constituyó la palabra transcrita en cada precepto constitucional. Especialmente, en los principios que cimientan las razones constitucionales mediante un articulado que exalta la condición de Estado democrático y social de Derecho y de Justicia en un contexto jurídico que apalanca los derechos humanos, la organización y funcionamiento del Poder Público Nacional. También, las garantías que avalan el devenir del sistema socioeconómico y la seguridad de la Nación. 

No hay duda de que la traición siempre estuvo escondida debajo de ese velo invariable y perverso que representó el populismo disfrazado de “solidario”. Nunca dejó de estar enmascarada en medio de los discursos presidenciales cuando ofrecían “villas y castillos” a venezolanos que creían en promesas pautadas mediáticamente. También, fue una traición a la patria al atentar contra la soberanía y las libertades sujetas al ejercicio de la política. 

Por eso suena contraproducente y ridículo que el gobierno central, a través de Conatel, haya ordenado la exclusión de la señal de CNN en español y en inglés que proveían las empresas cableras venezolanas. Ello se decidió partiendo del nimio argumento de que los contenidos de CNN “constituyen una agresión contra la patria”. Particularmente, cuando más evidencias sobre los desaforos cometidos por quien funge como vicepresidente de la República, posiblemente nadie más las expondría con la valentía y la ecuanimidad que estos profesionales de la comunicación social llevaron a cabo. 

El gobierno central, cita el artículo 58 de la Constitución cuya interpretación luce desvariada toda vez que quien permanentemente flagela el cumplimiento de la Norma Suprema, es el propio régimen cuyas medidas desconocen el ordenamiento jurídico constitucional. Es así como pretende desconocer la separación de poderes como principio activo de la democracia. Asimismo, se ha aprovechado de todo coyuntura que surge de la crisis política actual para acentuar amenazas e imposiciones a todo factor de la sociedad que se atreva a contravenir el estilo despiadado de gobierno que caracteriza toda dictadura. Por encubiertas que sean sus intimidaciones. 

Por todo esto, surgido a consecuencia de estar implicado el vicepresidente de la República, según pruebas elaboradas a conciencia de lo que la acusación en cuestión repercute para la nación venezolana y su gobierno, es propio reseñar que la popularidad del régimen se afianzó sobre la necesidad de salir del foso donde la antipolítica arrastró al país. No obstante, esa misma sensación de complacencia, comenzó a perderse a medida que el gobierno se empeñó en radicalizar su obstinación a través de la fractura social y política procurada desde presumidas decisiones que sólo ampararon la corrupción. Y que, por el revolcón sufrido, se convirtió en una vulgar traición a lo establecido constitucionalmente.

Así que por esta razón, no cabe duda de que el régimen se verá abatido por culpa de tan descaradas “vueltas en reversa”. Y que a decir de los tristes hechos que han puesto al país de espalda a la moralidad política y a la ética ciudadana, con la revelación de CNN, y la declaratoria del Departamento del Tesoro de los Estados Unidos, la ofuscación gubernamental venezolana sólo es demostrativa de la cobardía ante la verdad y de la procacidad inducida ante la traición cometida. Por lo observado, la reacción gubernamental no ha hecho otra cosa más parecida a lo que realmente es “el giro de la araña”. 

Cuando quienes gobiernan son atrapados entre los resquicios de un poder tentador, sus decisiones tienden a traicionar los postulados sobre los cuales estructuraron sus planes de gobierno deviniendo todo en una situación de pérfido revuelo. O lo que se llama “el giro de la araña”.


Antonio José Monagas
antoniomonagas@gmail.com
@ajmonagas
Merida - Venezuela