sábado, 29 de diciembre de 2018

JOSÉ IGNACIO MORENO LEÓN, VENEZUELA, LA TRANSICIÓN IMPOSTERGABLE Y EL LIDERAZGO NECESARIO


Se agota un año más del siglo XXI con una Venezuela inmersa en profunda crisis que ni él gobierno, ni muchos de los que fungen como voceros de la oposición parecen entender en sus justas dimensiones. Se trata de una compleja crisis que puede identificarse en tres factores o elementos constitutivos de la misma: el colapso del rentismo petrolero, la profunda crisis del sistema educativo, y la crisis de valores y principios que representa la más grave amenaza a la institucionalidad democrática y al futuro del país.

Pero el análisis de esos factores no puede realizarse con una visión estática; es decir sin tomar en consideración que el país está enfrentando un entorno global de cambios que se mueven a velocidades exponenciales en todos los ámbitos del quehacer humano. Se trata de la dinámica de innovaciones que caracterizan a las nuevas realidades globales que son el signo emblemático de los nuevos tiempos. Es por ello que estudiosos del tema como el sociólogo y expresidente de Brasil Fernando Enrique Cardozo ha identificado ese proceso como un nuevo renacimiento o una nueva revolución industrial.

Ese dinámico escenario mundial es un condicionante referencial que impone la necesidad de considerar en Venezuela la necesidad impostergable de promover una Transición y un Genuino Liderazgo para impulsar las transformaciones requeridas para que el país se deslastre de los errores del pasado y del presente y se inserte adecuadamente en la ruta del progreso, es decir, se incorpore -al fin- en el siglo XXI.

Pero para entender a cabalidad la perentoria necesidad de la transición requerida, a fin de echar las bases que nos permita superar la crisis y asegurar la gobernanza del cambio, se requiere entender que, como país, estamos entrando en una sociedad mundial sin fronteras y en una economía globalizada. Que estamos en un proceso evolutivo hacia el agotamiento de la tradicional democracia representativa que nació antes del telégrafo y el teléfono y, desde luego, antes de la televisión, de las computadoras y de internet. Ahora en la revolución de las telecomunicaciones y en la sociedad de la información y del conocimiento se impone una nueva forma de democracia.

Esos cambios que aceleradamente están surgiendo explican igualmente la crisis del liderazgo político tradicional -casi generalizada globalmente-. Ahora los ciudadanos bien informados y bien capacitados, gracias a las novedosas herramientas de la información y el conocimiento, tiene oportunamente la misma información de quienes aún pretenden fungir de representantes de las comunidades; es por ello que ya empieza a lucir como obsoleta la tradicional figura política de la representatividad, especialmente cuando, con frecuencia, esos supuestos representantes de la colectividad, actúan más en función de intereses personales, grupales y hasta crematísticos. Ahora está surgiendo un nuevo tipo de liderazgo que debe confrontar más temas y novedosos retos, de los que ocupaban a los lideres tradicionales, y entienden que -sin descartar los fundamentos ideológicos-, el pragmatismo está influyendo sensiblemente en el accionar de la nueva política.

Pero igualmente en la sociedad de la información y del conocimiento que se está configurando está surgiendo una nueva forma de gestionar el gobierno y la tendencia a redimensionar el mismo, con la conformación de una nueva gobernanza con limitado gobierno, ya que el ciudadano y la sociedad en general, ahora con mejor acceso a la información y mayor capacidad para gestionar directamente la solución de sus problemas, pueden reducir la injerencia de un poder central -con frecuencia entrabador- lo que implica un cambio novedoso en el juego del poder que está siendo característica de la nueva democracia. Una democracia que tiende a ser más participativa y eficiente, operando en nuevas formas de Estado y de gobierno más cercanos a los ciudadanos con un papel protagónico y liberados de muchas de las trabas y restricciones de las tradicionales instituciones de la vieja política.

Ese proceso de cambios en la política y en la gestión pública es lo que Anthony Giddens llama “democratizar la democracia”. Pero debemos resaltar que democratizar la democracia supone promover el Capital Social representado en la cultura cívica, la responsabilidad social, la ciudadanía y los principios éticos. Lo que implica que para esos cambios la educación -a todos sus niveles- adquiere una importancia de gran relevancia.
Así pues, frente a la profunda crisis que existe en el país y la demanda de las nuevas realidades globales, se impone el reto impostergable de lograr un sólido acuerdo político y social para impulsar un proceso de transición que permita -en un prudente plazo- promover con firme gobernabilidad, los fundamentos de un desarrollo incluyente, deslastrado del rentismo y sustentado en el logro de un capital humano bien educado y bien formado. Durante esa transición se debe impulsar igualmente la reforma integral de nuestra educación para acoplarla a las demandas del nuevo paradigma educativo que exige la sociedad de la información y del conocimiento. Un paradigma académico en el que el educando asume el papel protagónico del proceso de enseñanza-aprendizaje, con la notable incorporación de las nuevas tecnologías de información, la robótica y la realidad virtual. Pero igualmente esa nueva educación debe sustentarse en su nivel primario en un programa alimenticio infantil que asegure cerebros sanos, alimentados y motivados adecuadamente.

La transición debe además orientarse hacia la construcción de los fundamentos de la nueva democracia -una democracia de ciudadanos en la que ni el clientelismo ni el populismo puedan germinar-. Una democracia afincada además en sólidos principios éticos, como antídoto frente al cáncer de la corrupción. Todo lo cual supone que ese acuerdo para la transición debe formularse sin resabios ideológicos del pasado y sin pretender desconocer las nuevas realidades globales. Por lo que para impulsar esa gesta trascendente se requiere de actores que, parafraseando a Wisconsin Churchill, promuevan los cambios señalados pensando en las próximas generaciones y no motivados por unas próximas elecciones. Actores que entiendan además que, por encima de intereses políticos mezquinos y el juego obtuso de la politiquería, deben responder en función del interés de todos los ciudadanos y los grandes objetivos nacionales, y que en el ejercicio político actúen para servir a la sociedad y no para procurar oscuros beneficios personales

José Ignacio Moreno León
@Celaup
@Unimet

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