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jueves, 10 de septiembre de 2020

TRINO MÁRQUEZ, EL ACUERDO UNITARIO AÚN ES POSIBLE,

Durante la era madurista se han dado fenómenos extraños, pero ninguno como el que rodea la consulta del 6-D: la oposición no puede desarrollar la campaña electoral por las restricciones impuestas por la pandemia del Covid-19; y el gobierno no necesita adelantar ninguna campaña, porque posee el control de todos los mecanismos de chantaje, coacción e intimidación que le permitirán obtener una cómoda victoria con el reducido universo de electores dispuestos a sufragar. Tan insólito como ese factor es que un presidente y un gobierno que concitan 80% de rechazo nacional, están convocando los comicios como si flotaran en una atmósfera de gigantesca popularidad.

La oposición no puede llevar a cabo la labor proselitista porque carece de los medios para desplazar sus candidatos por los circuitos electorales; unos locales, y otros nacionales. No se consigue gasolina para la movilización terrestre y los vuelos comerciales dentro del país se encuentran suspendidos. No es posible convocar reuniones en espacios públicos, ni visitar las casas de los votantes, ni convencer cara a cara a los electores de la importancia de acudir a los centros de votación. Ni siquiera se puede divulgar el programa legislativo de los candidatos y enriquecerlos con las opiniones de los ciudadanos. ¿Qué clase de comicios son esos donde todo lo vinculado con la oposición transcurre en medio del desconocimiento casi total por parte de los votantes, acerca de la oferta de sus futuros representantes en el Parlamento?

Al régimen de Maduro este ambiente tan limitado no le importa. Todo lo contrario: lo favorece muchísimo. Al gobierno le interesa que el universo electoral sea muy pequeño. Que se reduzca a ese sector al cual le llega con cierta regularidad a través de las cajas Clap, del Sistema Patria y de los demás subsidios monetarios miserables que reparte a través de la banca pública. Si esto no fuera suficiente para chantajear a los grupos más pobres y obligarlos a votar, todavía cuenta con los colectivos armados. Con los motorizados del terror, quienes amenazarán a quienes no se desplacen hacia los centros de votación el día de las elecciones.

Las encuestadoras más importantes del país señalan de forma consistente que más de 60% de los venezolanos no quieren sufragar. Para revertir esa matriz de opinión tan extendida y consolidada, habría que introducir cambios institucionales que remuevan las sospechas y fortalezcan las convicciones de la gente. Sin embargo, admitamos que hay que acudir a la cita con el CNE de Maduro y Maikel Moreno, y que sólo se logra que el acompañamiento internacional sea parcial, y no integral como exige la oposición y lo establece la Ley del Sufragio. En ese marco tan favorable al régimen, también la oposición debería instrumentar una campaña proselitista tenaz y convincente, capaz de quebrar las resistencias lógicas de la gente y propiciar la concurrencia masiva a los centros de votación. Este cambio de actitud no es posible en el lapso tan corto que resta hasta diciembre y en el marco de la Covid1-19.

El voluntarismo, aliñado como mucha prepotencia, de quienes piensan que resulta posible lograr ese giro, va a provocar una derrota fenomenal. Nicolás Maduro, aún representando una minoría en declive, se quedará con la mayoría de la Asamblea Nacional, principal órgano de representación de la soberanía popular, con la particularidad de que contará con la colaboración de la franja opositora que acuda a esa consulta. Se trata de un voluntarismo irresponsable, que colocaría el órgano legislativo bajo el control de un mandatario que sólo trata de anular el liderazgo de Juan Guaidó, quitarle la base de apoyo internacional que posee y, a partir de la Asamblea, intentar recuperar Citgo, el oro colocado en Londres y otros activos de la República con los cuales no ha podido acabar.

La Unión Europea, a través de Josep Borrell y otros voceros, junto a otros factores internacionales de poder interesados en encontrar una salida negociada, pacífica y electoral a la pavorosa crisis que azota a Venezuela, han propuesto postergar los comicios para una fecha en la cual el país haya recuperado la normalidad mínima, que permita realizar una campaña al menos relativamente equilibrada. Juan Guaidó y Henrique Capriles –aunque con posturas discrepantes- han señalado que buscan lograr elecciones justas y transparentes. En este punto, ambos coinciden. A partir de ese acuerdo básico, deberían explorar la posibilidad de llegar a un compromiso para, de forma conjunta, exigir la postergación de los comicios y la definición de condiciones que equilibren la competencia entre el gobierno y la oposición.

Maduro dijo que se había dirigido la UE para que enviase testigos a la cita del 6-D. Bueno, hay que complacerlo, pero no para que estén presentes en la consulta que él quiere realizar ‘llueve, truene o relampagueé’, sino para que asistan a una convocatoria más equilibrada, cónsona con la fortaleza que aún posee la oposición y las aspiraciones populares. Maduro necesita legitimar la farsa electoral, empoderarse todavía más con el asalto pacífico de la Asamblea y aparecer ante el planeta como el mandatario que derrotó a sus opositores a través del voto popular. No hay que ponérsela tan fácil. El acuerdo unitario aún es posible.

Trino Márques
trino.marquez@gmail.com
@trinomarquezc 

lunes, 18 de marzo de 2019

ALBERTO BARRERA TYSZKA, ¿ES POSIBLE SABER LO QUE PASA REALMENTE EN VENEZUELA?


Ocurre con frecuencia: más de una vez me he encontrado en el trance de estar frente a un desconocido que, al saber que soy venezolano, me pregunta: “¿Es cierto todo lo que está pasando allá?”. La duda siempre me sorprende. Uno de los obstáculos fundamentales para poder analizar lo que sucede en Venezuela es la verdad. Siempre hay más de una, queriendo imponerse como única, inapelable, cargada de la más honesta emoción. Estuve en Caracas el fin de año y durante casi todo el mes de enero. Dentro del país no hay mucho lugar para las dudas. La verdad es una experiencia física. La miseria y el hambre no tienen matices. La confusión comienza cuando esa verdad se transforma en noticia.

El pasado 23 de febrero, en la mitad de uno de los puentes que cruza la frontera entre Colombia y Venezuela, un camión cargado de ayuda humanitaria ardió en llamas. Esta imagen, en sí misma, ya era una información inflamable. Se trataba de uno de los vehículos que la oposición trataba de ingresar al país. Rápidamente, las redes sociales también se incendiaron. Era muy difícil no contagiarse. De lado y lado cruzaron acusaciones. Anatoly Kurmanaev, corresponsal de The New York Times con mucha experiencia en Venezuela, señaló muy temprano la complejidad del caso: destacó las dos versiones que se manejaban y alertó sobre la necesidad de “hacer más esfuerzo para averiguar qué pasó exactamente con los camiones, dado el significado que las imágenes de la ayuda en llamas adquirirán en los próximos días”.

Tras días de indagación y cotejo de las diferentes informaciones, el Times publicó un serio trabajo donde demuestra que el origen del incendio no estuvo en las fuerzas de choque de Maduro, sino en los manifestantes que estaban en el lado de la oposición. Las redes sociales volvieron a echar humo. En rigor, el reportaje ponía en entredicho las dos verdades oficializadas de lo ocurrido, la del madurismo y la de la oposición, y ofrecía una tercera alternativa, aferrada a los hechos, que señalaba que el incendio se había producido debido al desprendimiento accidental de una mecha de las bombas molotov que los manifestantes de la oposición lanzaban hacia las barricadas del régimen de Maduro. La realidad fue tan simple como incómoda. Pero en contextos tan erizados emocionalmente hay que saber y poder discernir entre la verdad de la vehemencia y la verdad de la investigación periodística.

Pero eso a veces no resulta tan fácil. Hace unos días, el periodista estadounidense Max Blumenthal filmó para The Grayzone un video de sí mismo paseando por un supermercado de Caracas, para mostrar los estantes llenos de variados productos. Blumenthal hizo incluso malabarismos con varias frutas, como queriéndose burlar un poco de quienes denuncian escasez en el país y aseguró que el verdadero problema era la hiperinflación causada por la elite capitalista de Venezuela. En esos mismos días, el periodista argentino Joaquín Sánchez Mariño también colgó en la red otro video, en el que mostraba otro hipermercado en la misma ciudad, donde los anaqueles estaban llenos… pero de un único producto. El desabastecimiento en el local era contundente. ¿Alguno estaba mintiendo u ofreciendo una visión distorsionada, demasiado recortada, de una realidad más amplia? ¿En cuál de los dos se podía confiar?

Mientras la oposición realizaba una campaña de denuncia, de petición de apoyo y de recolección de fondos, para enfrentar una enorme crisis humanitaria en el país, el gobierno de Nicolás Maduro enviaba un barco con 100 toneladas de ayuda humanitaria a Cuba como apoyo a las víctimas de un tornado que provocó destrozos en varios barrios de La Habana a fines de enero. ¿Cómo pueden convivir dos versiones tan opuestas de la realidad en un mismo mapa y en un mismo tiempo? ¿A quién se le debe creer?

La crisis que viene escalando desde comienzos de este año ha puesto de relieve el problema de opacidad que envuelve a la sociedad venezolana. Con frecuencia, lo que aparece en las noticias es y no es Venezuela. Por ejemplo, desde 2018 están activados en el país dos de los fondos humanitarios más importantes del planeta: el Fondo de Gestión de Emergencias (CERF, por su sigla en inglés) de la Organización de Naciones Unidas (ONU) y los de la Comisión Europea (ECHO). Ambos fondos han trabajado con varias organizaciones de la sociedad civil y son un apoyo en medio de la crisis, aunque, obviamente, son insuficientes. Este es, sin embargo, un dato que se conoce poco.

La oposición evita mencionarlo porque su discurso está centrado en atacar la negativa oficial a permitir la ayuda internacional en el país. Y el gobierno no lo reconoce públicamente porque no está dispuesto a aceptar que existe una crisis, porque no desea admitir su fracaso. Todo es y no es cierto completamente. Todo siempre puede ser o pudo haber sido. Mientras, la realidad se vuelve cada vez más urgente. Las proyecciones de la ONU sostienen que este año la migración venezolana alcanzará los 5,3 millones de personas.

Con el apagón que en estos días dejó a oscuras por más de cien horas al país ocurre lo mismo. Para el mundo exterior puede ser atractiva la verdad que remite a una conspiración imperialista. Pero no es la primera vez que Nicolás Maduro denuncia un sabotaje en el sector energético. En septiembre de 2013, tras un apagón en varias regiones del país, aseguró que la “derecha” pretendía dar un “golpe eléctrico”. En 2015, el propio Maduro creó el Estado Mayor Eléctrico, una instancia para manejar de manera directa y prioritaria el problema de la electricidad en el país. En 2016, una rigurosa investigación de la periodista Fabiola Zerpa ya anunciaba un posible colapso del suministro de energía en Venezuela. Nada de esto, sin embargo, está en la verdad que distribuye el oficialismo por el mundo. Maduro denuncia un “golpe electromagnético” pero no ofrece ninguna prueba. Como si el solo relato de la conspiración pudiera, en sí mismo, ser la evidencia de la conspiración. No hay más nada que investigar. La historia es un videojuego.

El chavismo insiste en decir que existe un “cerco mediático”, denuncia la creación de un “país paralelo” e invita a todo el mundo a conocer “la Venezuela de verdad”. En lo que casi parece una invitación a la psicosis colectiva, Maduro en medio de la crisis ha prometido que invertirá 1000 millones de euros en obras de ornato, en la “Misión Venezuela Bella”. Todo se trata de lo mismo: un ejercicio del poder cuya principal tarea es sembrar dudas sobre lo que es o no es real. Es una maniobra perversa, deliberada, para promover lo que en psicoanálisis se conoce como un mecanismo psíquico de “ataque a la percepción” de la realidad.

Mi vecino en Ciudad de México, al saber que estuve en Venezuela recientemente, me pregunta con genuina intriga: “Y todo eso que sale por la tele, ¿es cierto?”.

Creo que es necesario contrastar cualquier noticia, dudar de aquello que fácilmente refuerza nuestros sesgos personales. Existen medios independientes como Efecto Cocuyo, Armando.info, Runrunes, El Pitazo, Crónica Uno, Tal Cual, Correo del Caroní, entre otros, que están comprometidos con el periodismo de calidad y que son una referencia imprescindible a la hora de informarse. Pero también es necesario hacer una gran campaña contra la institucionalización del engaño. La posverdad debería ser considerada un crimen. Es otra cruda forma de violencia. El ruido delirante de un poder que solo busca confundir, que solo pretende borrar a sus víctimas.

Alberto Barrera Tyszka es escritor y colaborador regular de The New York Times en Español. Su novela más reciente es “Mujeres que matan”.

Alberto Barrera Tyszka
@Barreratyszka
https://www.nytimes.com/es/2019/03/17/la-verdad-en-venezuela/?smid=tw-espanol&smtyp=cur

domingo, 17 de febrero de 2019

OMAR ÁVILA, URGE UN GRAN ACUERDO NACIONAL


La lucha por el cambio político en nuestra Venezuela es larga y compleja. Afortunadamente la gente ha entendido que aun cuando es irreversible y va a ocurrir, no hay soluciones mágicas y no se va a producir ya. 

En este momento el juego político continúa en todo o nada y los sectores en pugna juegan al desgaste y si este panorama se mantiene, las perspectivas de una transición pacifica se alejan. 

Desde Unidad Visión Venezuela apostamos al cambio en paz y para que este sea el escenario que impere es necesaria una negociación que tenga como resultados  el entendimiento y acuerdo entre sectores: la oposición y el chavismo. 

Pensar que una fuerza política que tiene 20 años y que, nos guste o no, cuenta con el apoyo de parte de la población por pequeña que sea, va a desaparecer de un plumazo es irreal. Hay que hacer acuerdos. Partiendo de esos pactos se podrá elegir un nuevo Consejo Nacional Electoral, normalizar la situación del Parlamento y tantas otras situaciones que debemos corregir para el mejor desenvolvimiento de la vida política y económica del país. 

La ingobernabilidad camina tranquila aunque Nicolás Maduro lo niegue y pareciera que ejerce el poder porque en un país donde un sector aún reconoce solo a quienes acompañan a Maduro y otro solo a la Asamblea Nacional y su presidente Guaidó, la ilegitimidad y la ingobernabilidad andan de la mano. 

La posibilidad de un conflicto armado está latente y, lamentablemente, hay quienes apuestan por ella. Esa es la peor de las opciones. En ese escenario solo el pueblo seguirá sufriendo, y el hambre y las consecuencias de la emergencia humanitaria compleja, se verían acompañadas además, de los resultados propios de una agresión armada. 

Imaginar que la FANB apoyará las iniciativas de cambio y la entrega de la ayuda humanitaria es pecar de inocentes y poco inteligente. 

Los militares gozan de demasiados “beneficios” y prebendas que no están dispuestos a perder, ni renunciar. Tienen empresas de construcción, de telecomunicaciones, agropecuarias, de transporte, manejan la distribución  y "producción” de alimentos, así como de la industria farmacéutica e industrial,  pero además tienen una televisora, un banco y para completar si piensan que a la torta le faltaba la guinda, tienen una treintena de ministerios a su cargo. 

Estamos a punto de entrar en un proceso de negociación difícil y el más determinante para el destino del país en las últimas dos décadas. Hay que hacerle entender eso a la opinión pública. Esa es nuestra tarea como líderes. 

Apostemos por un gran acuerdo nacional en el que actores como Rusia, China y Cuba posiblemente también tengan alguna participación, pero que redundará en una nueva ruta para transitar el camino a la transición política en paz. 

Urge un gran acuerdo nacional ya, antes de que el pueblo nos pase por encima.
     
Omar A. Ávila H.
Diputado a la Asamblea Nacional
Teléfonos: 04125999733 // 04166065484
@OmarAvilaVzla

martes, 5 de febrero de 2019

VICENTE QUINTERO, ABJASIA: EL DILEMA DE RUSIA EN UNA POSIBLE TRANSICIÓN POLÍTICA EN VENEZUELA


En estos tiempos de posibles cambios en Venezuela, el mundo eslavo se hace las siguientes preguntas: ¿Qué va a pasar con Abjasia? ¿Cuál va a ser la posición de Juan Guaidó frente al gobierno de Abjasia? 



Georgia y Abjasia fueron anexadas al Imperio ruso en el siglo XIX. Hasta la Revolución de 1917, siguieron siendo formalmente parte de él. En las primeras décadas del siglo XX, ambas repúblicas estuvieron separadas en varias ocasiones. En 1918, Abjasia no fue parte de la República Federativa Democrática Transcaucásica, mientras que Georgia sí, posteriormente se independizó como República Democrática de Georgia (DRG). En 1921, después de la intervención militar del Ejército Rojo, se formó la República Socialista de Abjasia como una república soviética independiente. No fue sino hasta el año 1931 que  Abjasia se unió a la República Socialista Soviética de Georgia mediante un tratado, aún a pesar de la oposición de una parte del pueblo abjaso, que desde entonces ha vivido un proceso de georgianización.

El caso de Abjasia es complicado. Más que político, administrativo y militar-estratégico, el problema en Abjasia es étnico. Aunque Abjasia es un territorio multiétnico, lo cierto es que  Abjasia era gobernada por abjasos (30% de la población antes de 1931), quienes reafirmaban su identidad sociocultural y promovían el idioma abjaso. A lo largo de la era soviética, los abjasios pidieron que se restaurara la soberanía de su república. Las manifestaciones y revueltas populares más significativas ocurrieron en 1931, 1957, 1967, 1978 y 1989. En 1978, 130 representantes de la inteligencia de Abjasia firmaron el documento conocido como la “Carta de Abjasia”, dirigida a los líderes soviéticos, protestando por la georgianización de Abjasia.

Desde finales de los años ochenta, las tensiones entre los abjasios y los georgianos se agudizaron todavía más, especialmente a partir del proceso de desintegración que vivió la Unión Soviética. En agosto de 1992, comenzó la guerra en Abjasia, uno de los conflictos más sangrientos en los últimos años. Abjasia logró convertirse en un Estado de facto. En 1998, tuvo lugar en Abjasia otra guerra. Georgia perdió nuevamente. La oposición culpó al presidente Eduard Shevardnadze por perder la guerra, al no haber apoyado a los guerrilleros. Según Shevardnadze, el ejército no estaba preparado.

Uno de los principales objetivos de Abjasia, a mediano y largo plazo, es conseguir el reconocimiento de la comunidad internacional. Los países que reconocen a este Estado son: la Federación Rusa, Venezuela, Nicaragua, Nauru y Siria. La mayoría de los países miembros de las Naciones Unidas no reconocen a Abjasia como Estado independiente, sino como parte de Georgia.

Al haber sido uno de los pocos países del mundo que reconocen su independencia, Venezuela ha sido de gran ayuda para Abjasia. Desde el año 2009, ambos Estados han tenido relaciones diplomáticas, proyecto en el que se venía trabajando desde el año anterior. En el año 2010, las relaciones bilaterales fueron establecidas a nivel de embajadas. Para Abjasia, Venezuela fue la sede de su primera representación diplomática en el continente americano. El Acuerdo General de Cooperación entre la República Bolivariana de Venezuela y la República de Abjasia fue publicado en la Gaceta Oficial de la República Bolivariana de Venezuela número 39.529 (ordinaria) de fecha 13 de octubre de 2010, puede ser descargado aquí.

Por varias razones, Georgia reconoce a Juan Guaidó como presidente legítimo de Venezuela. Primero, Georgia es un país pro-occidental y pro-estadounidense. Georgia, hoy en día, es un importante polo de inversiones en Eurasia. Es un país que coopera con los Estados Unidos y promete desarrollarse rápidamente. Segundo, el conflicto político en Venezuela ha escalado a niveles muy altos y no puede ser ignorado. Tercero, Venezuela reconoce a Abjasia y ha sido su aliada en la región. Georgia percibe a Venezuela como un país hostil, y con frecuencia, las direcciones IP venezolanas son bloqueadas desde Georgia. Los georgianos tienen muchas razones para reconocer a Juan Guaidó como presidente de Venezuela y darle todo su apoyo.

La pregunta es: ¿cómo manejará Juan Guaidó, en un gobierno de transición, las relaciones de Venezuela con Abjasia? ¿Cuál es la forma más prudente de abordar las relaciones Venezuela-Abjasia-Georgia, en medio de la difícil coyuntura en Venezuela y su rol en el juego de ajedrez geopolítico? En situaciones tan delicadas como estas, es difícil ser neutral y se tiene que fijar una posición. Aunque Abjasia es un país pequeño y con escaso reconocimiento internacional, es muy relevante para Rusia en términos estratégicos y geopolíticos.

Ya veremos...

Vicente Quintero        
@vicenquintero